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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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30 de abril, 2011

De mi Diario : Semana 17 / 2011

Weiß/Colonia, 24.4. (1)

Daniel Woodrell, el autor de Winter’s Bone, de donde salió la peli, sostiene en una entrevista que en Estados Unidos se habla demasiado de la problemática racista: «Intentan convencerse de que los problemas sociales del país se pueden resolver a través de la superación del racismo.  Pero lo cierto es que hay muchos más blancos que negros viviendo en la pobreza». Y él debe de saber de lo que habla, porque proviene de aquella región de los montes Ozark, donde transcurre su novela y que es una de las más deprimentes y aisladas de los USA. Por otra parte la tradición del poor white, del white trash, no existe en la literatura americana por pura casualidad.

 

Weiß/Colonia, 24.4. (2)

Encontré en el blog de Anahí las reproducciones de unas postales francesas de comienzos del siglo pasado, cuyo motivo son mujeres lectoras, y las reboté a mis amigos. Uno, desde Medellín, me dice «Todas las fotos de esa época tienen un encanto sobrecogedor, aunque no se sepa cuál es. (Por lo menos yo no logro ubicarlo, pero me fascinan)». Aventuro una explicación cuando le contesto que «el encanto tal vez provenga de ese aire de falsa inocencia, de esa semifingida ingenuidad que destilan. A los desnudos de esa época pareciera como si los sorprendiésemos, su trasfondo mental es una demanda; mientras que los de hoy en día se nos meten por los ojos, son pura oferta». Y una vez más pienso que estoy en larga mora con Uwe Klos, el texto que le prometí sobre la transgresión, glosando su foto “Antje”, un prodigio.

 

Weiß/Colonia, 25.4. (1)

Javier ha leído en mi diario la entrada acerca de los ermitaños ornamentales y me escribe: «Sí, los hermitages, folies que se encuentran en muchos jardines de estilo inglés, se construían para tener un eremita, fijo o a tiempo parcial, que debía vivir como san Jerónimo cuando se retiró al desierto de Jerusalén. Tú que eres tan cinéfilo puedes ver una película, El contrato del dibujante, de Peter Greenaway, donde aparecen esculturas semovientes, una variación del ermitaño». Y la verdad es que me da una tremenda vergüenza leyéndolo: ¿cómo es que no me acordé de esas escenas?  Tendré que consultar a mi médico de cabecera, el Dr. Alzheimer.

 

Weiß/Colonia, 25.4. (2)

Un mail de un querido amigo colombiano: «Esta chica: http://twitter.com/#!/mayraying tiene otra cuenta que es @mayrayang, toda espiritual. Sin embargo, el ying contiene mucho chile y tiene su gracia». Le contesto: «A mí siempre me produce rechazo semejante exhibición de la desinhibición. La experiencia me dice además que perro ladrador, poco mordedor. Ojo, no dejo de reconocer que tiene cierta gracia prefabricada. Pero gracia natural, de verdad, es la que tiene Constance Chatterley cuando le dice al guardabosques que su pene en reposo se parece al capullo de una flor. A esta mayraying le faltan uñas para semejante guitarra». Y Nosferatucita,  a quien le paso el enlace “ying”, me comenta que «no se ve tan fea para estar tan necesitada». Pero bueno, ¿no lo dice el refrán?: «La suerte de la fea, la bonita la desea». Enter.

 

Weiß/Colonia, 25.4. (3)

Llega Diny y me dice desde la puerta: «Ha muerto Gonzalo, acabo de verlo en El País». Abro la página del diario en la pantalla y veo un artículo de mi buen Gamoneda y otro que firma LS, donde leo sin sorpresa: «Lo recuerdo mientras caminábamos por las calles solitarias de Bad Hemsen, un día de invierno alemán en 1986 que, según él, "contagiaba la solemnidad de los pingüinos". Representábamos a Chile en un evento extraño llamado La Societé Imaginaire que se realizó una sola vez, y nunca supimos quién nos había invitado. De pronto, y mientras me hablaba de la urgente necesidad de regresar al sur de Chile, se acercó una estudiante alemana con uno de sus libros traducidos y le pidió una dedicatoria. Gonzalo Rojas abrió el libro, observó los numerosos versos subrayados, y escribió: "Estos versos que nacieron con muy poca esperanza son ahora más tuyos que míos"». Ay...

El encuentro de La Societé Imaginaire no se ha realizado una sola vez, sino varias más. El de Bad Ems (no Hemsen) tuvo lugar en 1987 (no 86), y en él no participó Gonzalo Rojas (los latinoamericanos presentes fueron Enrique Molina, José Balza, Abdón Ubidia y Álvaro Mutis). Así es que nadie representaba a Chile, pues LS, en aquel entonces amigo mío, si estaba allí es porque me hizo el favor de llevarme en su auto a esa ciudad balnearia. A ello debe añadirse el hecho incuestionable de que en 1986 no había  libros de Gonzalo Rojas traducidos al alemán. Creo que ni siquiera hoy los hay.

Ay... 

 

Weiß/Colonia, 25.4. (4)

Dediqué medio día a la necrológica de Gonzalo, pero también le di luego un empujón al texto de mi conferencia sobre Cantinflas, cuento ya 17.300 espacios, me falta tan sólo (¡”tan”... “sólo”...!) algo menos de la mitad. Mi optimismo cada vez me parece más patológico.

 

Weiß/Colonia, 26.4. (1)

Invité a Diny a almorzar en La Modicana, para que no tuviera que cocinar (cuando los nietos están de vacaciones pasa el doble de tiempo en casa y cocina pues el doble de lo normal), y los dioses premiaron mi buena acción porque la carta del día tentaba hoy con sopa de pescado, y fue una que se cuenta entre las mejores que comí en los últimos tiempos. Mientras esperâbamos la comida me contó Diny de sus visitas diarias a la casa de Montse, por mor de la Meggie. Tal parece que la pobre gata está totalmente flipada desde que se encuentra sola en la casa, dos semanas ya, de manera que espera a Diny delante de la puerta, echada en la esterilla, y no se le despega de sus talones en todo el tiempo que pasa allá: «Hoy hasta empezó a acompañarme a la parada del autobús, y no me extrañaría que mañana estuviese allí esperándome, en vez de hacerlo a la puerta de la casa». Menos mal que Montse y Henri vuelan de regreso el sábado, y Frank, con Paul y Oskar, llegarán en el coche el domingo. Menos mal, sí, porque también yo extraño a los tres críos, como la Meggie, si no es que más. Miauuuuuuu...

 

Weiß/Colonia, 26.4. (2)

Por recomendación de Carlitos me llaman de la emisora Deutschlandfunk para ver si estoy dispuesto a hacerles una necrológica del «poeta González Rojas». Como quien me lo pregunta es una persona bien educada no la mando a tomar por culo. Pero le digo que no. Rotundamente. Hay momentos en que me cago en la tapa del órgano y en cierta obra de caridad que nos exhorta a enseñar al que no sabe. Mierda.

 

Weiß/Colonia, 27.4.

El diario me ilustra acerca de que hoy es el Día Internacional Contra el Ruido. Como Diny se ha ido a Holanda, a fin de registrar notarialmente su firma (conditio sine qua non para el reparto de la herencia de mi suegra), me pregunto si pasar el día sin hablar con nadie será gesto meritorio en honor de semejante Día. Decido que no. Es más, ni siquiera le doy bola a la irónica sugerencia al final de la glosa que el diario le dedica al tema: «Por favor, pase sin hacer ruido las hojas de este ejemplar». Hasta las paso más ruidosamente que de costumbre. Por joder, coño, harto más que por favor. Estoy hasta los güevos del Día Internacional de Loquesea. Tan sólo voy a festejar, si es que llega ese gran momento... que llegará, llegará, sí que llegará... cuando el único día libre del año sin una advocación, sea declarado Día Internacional No Dedicado A Nada. Imbéciles.

 

Weiß/Colonia, 28.4.

Quelle horreur, mon Dieu! Reapareció Héctor en su cuenta y convirtió Twitter en Poultwittertry, en un gallinero con cacareo de muchos decibelios. Le escribo a Soledad: «La verdad es que me da vergüenza ajena y he decidido no abrir ya más cuentas Twitter que las de Alberto Salcedo, Andrés Hoyos y Juan Villoro, los tres amigos míos, porque en ellas me sé a salvo del cacareo.  Como es natural, si descubro allí algún enlace a una cuenta femenina sin cacareo, la abriré para ver de aprovechar el sutil ingenio de la mujer en mi Twitter’s Digest: pero sólo eso. Qué horror. Son unas histéricas del copón, ustedAs, las héctorheridas».

 

Weiß/Colonia, 29.4. (1)

En el diario, hoy, una buenísima entrevista con Hans Küng. Explica sin grandes aspavientos, sencillamente argumentando con hechos, las razones por las que Woytila no tendría que haber sido beatificado. Y aduce varíos ítems latinoamericanos: su prohibición de la teología de la liberación; la protección que dispensó hasta el último momento al siniestro pedófilo mexicano, el cura Marcial Maciel Degollado (a quien Küng nombra por su nombre completo), y el bloqueo a la causa de beatificación del arzobispo Romero, el mártir salvadoreño. Le escribo enseguida a José Manuel para que adquieran los derechos, la traduzcan y la publiquen, porque sería una pena que sólo la conocieran los lectores alemanes o quienes sepan leer en este idioma. Veremos.

 

Weiß/Colonia, 29.4. (2)

La catastrofe de Fukushima me tiene desde hace días releyendo a trechos El Japón heroico y galante, las crónicas que escribió el prolífico Enrique Gómez Carrillo en su visita a aquellas tierras, y que rescató en el 2009 ese heroico editor guatemalteco que es Raúl Figueroa Sarti. Hoy, me divierte mucho la cita que hace del etnógrafo Léon de Rosny a propósito de la cortesía japonesa, como se evidencia en el texto de esta epístola: «Dignaos obtemperarme el napreciable privilegio de rebajaros hasta el suelo para acordarme con vuestra inapreciable benevolencia el invicto honor de gratificar a este vuestro estúpido servidor con la inapreciable amabilidad de obtener de vuestra alma el favor de hacerme digno de elevarme tan alto que pueda tributaros el modesto homenaje de mi profundo e inquebrantable respecto [sic], inclinándome luego en el honorable polvo que pisan vuestros nobles pies». ¡Toma del frasco, Carrasco! Y además eso de “obtemperarme”, como hors d’œuvre, me dejó turulato. Tuve que recurrir al diccionario de la RALE y enterarme de que es un verbo que existe y que significa “obedecer, asentir”.

 

Weiß/Colonia, 29.4. (3)

Por comentarios que me llegan vía mail me doy cuenta de que ha habido gente en Colombia, Argentina, Costa Rica, México, que madrugó para ver la boda de Londres. No salgo de mi asombro, pero luego me hago la reflexión que siempre suelo hacerme en estos casos: la televisión significó la salvación de dos instituciones tan obsoletas como las monarquías y el Vaticano, superfluas y parásitas las primeras, nocivo e indigno el segundo. Pero nada que hacer contra su “glamour” (¡¡ugggggggng!!), el pitecantropus erectus es una especie estúpida e incorregible.

 

Weiß/Colonia, 29.4. (4)

Me llegó por correo quelonio un CD que me envía Lourdes, un álbum magníficamente editado, con música de su padre, Constantino Mendoza Moreira. Hace que me sienta muy orgulloso, porque ella me preguntó cuando lo estaban editando que cómo lo podría titular, yo le di un par de sugerencias, y una de ellas parece que les gustó, porque el CD se titula así: “Tamarindo en sol mayor”. Lo escucho con esa cierta devoción que se siente ante lo desconocido; es la primera vez que siento esta música, y esos “Rosales mustios” me entristecen de más.

 

Weiß/Colonia, 30.4. (1)

Imagino que un extraterrestre desembarca en nuestro planeta y por una de esas casualidades de la vida penetra en mi casa (sin que lo veamos, claro, porque los extraterrestres o son invisibles o no valen la pena; para lo visible nos basta con el putocantropus erectus). Por supuesto, este E.T. se comunica con sus congéneres y ellos le piden que describa el lugar donde se encuentra, y la respuesta algo asombrada sería: «Bueno, es un apartamento donde en cada habitación hay un promedio de tres objetos para escribir, y dos de ellos están además adosados a pantallas». Juan de Mairena lo miraría complacido, pensando que los extraterrestres dominan el lenguaje poético.

 

Weiß/Colonia, 30.4. (2)

Al levantarme de la siesta me encuentro con un mail de mi tocayo porteño anunciándome la muerte de Sabato. Se me pone cuesta arriba la faena. Dicen que no se debe hablar mal de un difunto, pero parto de la base de que ésa, como toda regla, admite excepciones.

 

Weiß/Colonia, 30.4. (3)

Regresó Henri, con su mamá, en vuelo desde Cerdeña. Y esta noche duerme Vincent en nuestra casa. Y mañana llegan de Cerdeña, con su papá, en el auto, Paul y Oskar. Y el Rhin corriendo al final de nuestra calle, como si nada. Como si su misión nada más fuese darle la razón a Heráclito en vez de también festejar y alegrarse conmigo.

 

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