La autora y la portada del libro

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    El mismo camino de todos los días

    Gabriela Adameşteanu - 21-04-2016

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    A mi padre, Mircea Adameşteanu

     

     

    PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 1

     

     

    Durante varios años, desde que empezábamos a encender la estufa, o sea, en otoño, y hasta que en mayo acababa la primavera, dormíamos los tres en la misma habitación, mi madre, mi tío Ion y yo. Entonces pensé con pesar que a mí nunca me sucedería nada relevante y con esa idea discurrió mi vida hasta la noche en que el portero de la residencia estudiantil entró en nuestro dormitorio, anduvo a tientas entre las cinco camas, encendió la luz y preguntó:

     

    —¿Quién es Letiţia Branea? Han llamado por teléfono. Tiene que ir urgentemente a su casa.

     

    Vi por vez primera su mirada insegura y, bajo los ojos aliviados y compasivos de las chicas, salí de mí misma y entré en el papel que esperaba, presagiando o comenzando a experimentar un dolor que quería sentir únicamente yo, obligándome a sentirlo tal y como había leído en los libros o había visto en el cine.

     

    Algunas veces me quedaba sola en la habitación, mi madre estaba trabajando y mi tío Ion tenía clase; se iba temprano porque el instituto estaba lejos, hacía parte del camino a pie y andaba despacio con su pierna lisiada. Cuando me despertaba, el sol calentaba el polvo que cubría los muebles amontonados. De vez en cuando, veía por la ventana los colores cambiantes de la estación en las colinas próximas a la ciudad y, en las madrugadas serenas de primavera, los perfiles rosáceos de las montañas que, a lo lejos, se difuminaban, inconsistentes e inverosímiles como los cirros, en el riguroso calor del mediodía. Yo los contemplaba encaramada en lo alto, en el repecho sin enlucir de la galería. Si extendía la mano, tocaba las ramas negras del peral que, de improviso, se habían vuelto flexibles a causa de la savia invisible, y la luz blanca me invadía con la inexplicable alegría de los inicios. Allí, en las colinas cubiertas de bosques poco frondosos y azules, terminaba la ciudad, hendida en su mitad por el bulevar de acacias cortadas en redondo todos los veranos, con sus calles polvorientas que bajaban en pendiente hasta el cauce pedregoso del río, con las paredes desconchadas de las casas y los balcones agrietados, con patios largos donde se albergaban cuatro, cinco o seis familias y con el cuartel, donde los soldados me silbaban desde el sótano al pasar, con la nervadura compleja de las aceras desgastadas por las pisadas, con la Calle Mayor y los dos institutos; o sea, todo lo que yo conocía, además de la familiaridad fatigosa de mi propio cuerpo.

     

    Malgastaba esas horas inciertas de soledad con la confusa generosidad del que no tiene nada. El zumbido del contador en la entrada me parecía ser el tiempo, que algo podía empezar. Me ponía a leer en la cama y me olvidaba de mí, al rato bajaba al angosto espacio entre la biblioteca de mi tío y el aparador. Siempre tenía moratones en las piernas a causa de aquel pasadizo al que mi tío llamaba “las Termópilas”. Cuando abría la puerta del armario, la ropa se caía levantando nubes de polvo y naftalina. Iba con los brazos cargados de ropa hasta el espejo y me ponía una prenda tras otra, sonriendo o tratando de adoptar una mueca visible de dolor, con toda la atención concentrada en el rostro, como si fuera un primer plano cinematográfico. Varios vestidos arrugados de seda natural con florecillas, otros de paño ligero con hombreras triangulares y cuello bordado, sombreros flexibles de terciopelo de ala irregular y con un elástico para la nuca. Me preguntaba cuándo los habría llevado mi madre, tenía la impresión de haberla visto siempre con esa bufanda de hombre a cuadros grandes, que había quedado de mi padre, la cual nunca se le acoplaba a la cabeza y le rodeaba con pliegues rígidos el pelo ondulado por la permanente y cada vez más encanecido.

     

    Yo no recordaba a mi padre, pero sabía que nunca tendría que olvidarlo. Por eso procuraba no pensar en él, esperando que algún día, a su debido tiempo, entendería y sufriría mucho, incluso más que mi madre. En cambio, sí recordaba otra habitación distinta a aquella, grande y llena de gente, con todas las luces encendidas, caballeros desconocidos con sombrero que reían mientras mi madre lloraba y gritaba. Y de pronto, me entró tal pánico que me escondí debajo de algo, quizá de una mesa. Me quedé allí encogida, sin moverme, aunque oí un portazo, noté los latidos de mi corazón golpeándome las rodillas mientras mi madre seguía llorando.

     

    Y pocos años después, recuerdo las colas para comprar petróleo, cuando iba a relevar a mi tío. Horas y horas iluminadas de pronto por el sol de la tarde. Sobre la tierra apisonada, con manchas de grasa, las casillas de la rayuela trazadas con un clavo y, acá y acullá, grupos de mujeres haciendo calceta y hablando de sus hijos y casi nunca de sus maridos. Cuando, de improviso, la cola se ponía en movimiento y todos avanzaban rápidamente empujándose y vociferando, algún muchacho espigado, sentado en el bidón ennegrecido sobre el que había extendido un periódico, levantaba de pronto los ojos alelados del libro y se ponía a mover a tientas los brazos alrededor. Al rato, se encendían las primeras farolas y la estrella grande y roja en el edificio más alto de la ciudad. Yo salía de la cola y contaba. Quedan veintiséis, susurraba, y luego, cuando solo había diez, podía por fin ver entre ellos, a la luz incierta del atardecer, las paredes frágiles de metal amarillo de la garita. Permanecía con los ojos clavados en las dos cisternas de cristal a las que el líquido subía con un zumbido inaudible y burbujas minúsculas. A medida que me acercaba, más olía a petróleo y a gasolina, un olor que mareaba. Con las mangas subidas, el gasolinero giraba la manivela de manera rítmica e interminable.

     

    —Vamos, ¿cuánto quieres? ¿Es qué te has dormido de pie? –me gritaba.

     

    Y entonces, yo extendía la mano que se me había quedado rígida apretando el dinero, húmedo por el largo apretón, y miraba desesperada buscando a mi tío Ion para transportar juntos el bidón colgando de un palo.

     

    Luego estaban las tres casas hasta donde llegaba la cola del pan. Reconocía con los ojos cerrados la distancia desigual entre los tres canalones cuadrados y oxidados y las placas marrones de pintura vieja de la pared que marcaban el avance de la cola. Al rato, llegábamos hasta la barra en la que yo apoyaba la barbilla al tiempo que escudriñaba la cara apergaminada de la vendedora, en la que había clavados unos pelillos negros como púas, y también en el mentón. Por debajo del pañuelo de lunares azules, anudado en la nuca, se le salía el pelo demasiado brillante espolvoreado de caspa. Un hombre rechoncho de tez olivácea, con el abrigo desabrochado, hacía aspavientos y vigilaba al borde de la acera, increpando a los que querían colarse.

     

    —¡Más deprisa! –gritaba la mujer a los que rebuscaban en los bolsillos las cartillas de color naranja.

     

    Y arrojaba panes redondos y negros a la repisa de madera de la ventanilla.

     

    —¿Por qué no los traen cortados ya de casa? –preguntaba, limpiándose la harina de la mano en el delantal, mientras con la otra cogía a toda prisa los cupones de bordes desgastados e irregulares.

     

    Después de comer, cuando yo estaba en la escuela, mi tío Ion se preparaba las clases o el seminario de formación política y mi madre guisaba en la cocina de verano del patio. Esa nos la había dejado el propietario joven. Hubo un tiempo en que mi madre cocinaba durante el invierno en el recibidor, el cual separaba nuestra habitación de la de ellos; luego, el dueño dijo que necesitaban pasar por allí y tapiaron la otra puerta. Al entrar, se descalzaban y dejaban en el recibidor los zapatos y, más tarde, los calcetines sucios. Cuando su puerta se quedaba abierta, llegaba un aire caliente que olía a colonia Velur, a niño pequeño y a pañales sucios colocados sobre la estufa. Los pañales en que Sorin se ha­cía pipí no se enjuagaban, sino que los ponían a secar directamente. Mi madre entraba y decía:

     

    —Lo hacen a posta… Yo ya no puedo seguir aquí…

     

    Padecía del hígado y a menudo le entraban náuseas.

     

    —¿Y qué quieres? –decía mi tío quitándose las gafas y restregándose los párpados con el hueco de la mano–. Esta es la situación… Como si haciéndolos rabiar fueses a conseguir algo… ¿Es que pretendes que nos tiren a la calle?

    —¿Y a ti qué? Si te pasas el tiempo leyendo… –decía mi madre y se ponía a hablar rápido y en voz alta–. Tú no te cruzas con él en todo el santo día… Cuando me ve, vuelve la cabeza… Si le hubiera hecho algo… Vaya un animal… No comprendo cómo ha llegado adonde ha llegado…

    —¿Y eso te extraña? Como si fuera el único… -contestaba mi tío, aburrido, volvía a ponerse las gafas y a enfrascarse en el libro.

     

     

    *

     

    En el bautizo del niño, no pude dormir en toda la noche. Pusieron la radio muy fuerte, gritaban y cantaban. Luego, se emborracharon, el propietario joven vino a nuestra puerta y se puso a dar porrazos.

     

    —¡Fuera de mi casa, fascistas! –gritaba–. Ya os enseñaré yo…

    —Georgel, vuelve a casa, Georgel… –oí la voz de Cornelia, entre ruidos y murmullos.

     

    Él la empujaba y blasfemaba mientras ella seguía suplicándole con voz plañidera:

     

    —Entra en casa, que estás asustando al niño…

    —Dejadlos en paz, están borrachos –nos susurró mi tío.

     

    Se enterró la cabeza en la almohada y resoplaba de rabia contenida. Únicamente mi madre se levantó y comenzó a deambular por la habitación. En la oscuridad, le veía, moviéndose debajo del camisón de seda, los pechos blandos que me gustaba empujar con las botas cuando era pequeña y ella me calzaba.

     

    Por la noche, mi tío roncaba. No sé si habría roncado siempre, pero una vez me desperté cuando entró al recibidor el propietario con su mujer.

     

    —Puta del demonio, siempre me haces lo mismo, te voy a matar…

     

    Tan solo yo me desperté, mi tío seguía roncando. Entonces fue cuando lo oí roncar por vez primera, me arrebujé en las sábanas calientes tratando de volver a dormirme; eran viejas y empezaban a crujir. Con la punta de los dedos de los pies palpaba el colchón lleno de nudos y, de vez en cuando, oía el reloj de pared marcando las horas desde el recibidor. Yo presentía el sonido y lo esperaba con el aliento contenido, sin embargo, me estremecía a cada campanada con la misma sensación dolorosa que si me sacase del sueño. A continuación, empezaba a contar las campanadas dobles y, al rato, cuando se detenían, la noche dejaba de correr y volvía a ser infinita.

     

    —¡Deja de dar vueltas y estate quieta de una vez! –gruñó mi madre en medio de su sueño, dándome un empujón poco amistoso con la espalda blanda y caliente.

     

    Mi tío seguía con sus sonoros ronquidos y, de vez en cuando, con gorjeos. Después, un perro empezó a aullar por la vecindad, lanzaba a intervalos regulares sus ladridos lúgubres y responsables. Entonces, pensé en mi padre, me acordé del paquete que le preparó mi madre la última vez, tocino, calcetines de lana y cigarrillos Mărăşeşti, y de cómo volvió con él al día siguiente: “no me lo han admitido”, manifestó, y durante dos días no pronunció ni media palabra. Quizá no lo hubiesen trasladado a otra prisión, como me dijo mi tío, quizá mi padre hubiese muerto, pensé y me puse a llorar, en silencio, sin ruido. Los cristales de la ventana se ensuciaban en la madrugada y, sin darme cuenta, me quedé dormida, aliviada por el placer de las lágrimas.

     

    Desde entonces, siempre me dio miedo la ronquera de mi tío. No sé si realmente estaría despierta, pero me parecía que tenía que estarlo. Contaba siempre las horas de sueño y trataba de acostarme más temprano. Mientras ellos todavía andaban por el cuarto hablando en voz queda, yo me tapaba la cabeza con otra almohada y a través de ella me llegaba, ahogado, el sonido del reloj. “No”, me decía, “no aguanto hasta que sea de día”. Al rato, venía mi madre, había terminado de fregar o de preparar la comida del día siguiente y los viejos bastidores del somier crujían bajo el peso de su cuerpo cuando buscaba, suspirando, su sitio habitual. Oía los resoplidos cada vez más intensos de mi tío, con todos los músculos en tensión, esperaba y, de pronto, caía el primer ronquido. Entonces me distendía, bajaba sin hacer ruido hasta su sofá-cama junto a la ventana y le tiraba de los dedos gruesos y rasposos de los pies.

     

    —Ponte de lado –le susurraba–, ponte de lado.

     

    E, impotente, le daba un tirón del pijama.

     

    —Si me despiertas –me decía a la mañana siguiente– ya no pego ojo en toda la noche.

     

    Pero, algunas veces, se daba la vuelta él solo y su respiración se volvía silbante y fatigosa.

     

     

    *

     

    Cuando empecé a ir a clase por las mañanas, por las tardes nos quedábamos los tres en la habitación. A mi tío Ion lo habían pasado del nocturno al horario de mañana. Eso ocurrió más o menos dos años después de que nombrasen un nuevo director con el que, según decía mi madre, mi tío se llevaba bien. El director estaba matriculado en la universidad como alumno libre y, antes de los exámenes, acudía a mi tío para que le hiciese los trabajos. Pero mi madre decía que, probablemente, lo que más le gustaba era que mi tío Ion no rechazaba ninguna tarea e iba adonde el otro le pedía.

     

    —De todas formas, siempre acaba uno haciéndolos –decía él apoyado en el respaldo de la silla y pasándose la mano por la frente cada vez más alta, su pelo era escaso y canoso–. Al principio, no tiene ningún sentido no aceptar y, más tarde, no tienes más remedio y vas. A tu alrededor se crea un mal ambiente y así se te queda.

    —Nadie dice que no los hagas –tronaba mi madre–, pero eso de que no tengas ningún domingo libre y que te patees todos los centros culturales…

    —No te preocupes, también van otros, pero esos son jóvenes –decía, ensombreciéndose con resignación–, esos no tienen antecedentes penales… No tienen un pasado como el mío…

    —Esta sí que es buena –decía mi madre mirándolo con una mueca de estupor en los labios–. Sí que es buena… Pero ¿tú qué has hecho? ¿Has matado a tu padre? En lugar de defenderte, como otros, tiras piedras a tu propio tejado.

    —¡En absoluto! –se enfadaba él–. No tiro ninguna… Ahora me llevo bien con todos, incluso con el director… ¿Por qué me miras así? –preguntó observando su sonrisa irónica de compasión–. Cuando hicieron el horario este año, ¿acaso no consiguió que yo no tuviese horas muertas entre clase y clase para no perder el tiempo en los trayectos, por ser el que vive más lejos del instituto? Y más sin haberle yo pedido nada… Pero tú eres así, te pasas el tiempo mirando a tu alrededor para ver quién vive mejor que tú…

     

    ¿Se había acostumbrado a pensar que las reglas de su vida eran diferentes a las de los demás durante los años en que vio que le hacían el vacío y se sintió amenazado? ¿O bien recibió siempre con vanidad infantil y agradecimiento, como un regalo, lo que a los otros les parecía normal y merecido? Entonces no lo pensé y más adelante no lo advertí. Pero, descubierta de repente su vulnerabilidad por una palabra inesperada, podía refugiarse en una especie de maldad y miraba casi satisfecho el rostro de mi madre, se sentía invadido por una confusión ofensiva. Hasta que los rasgos de ella se arrugaban, como si fuera a llorar.

     

    —Si tú dices eso, ¿qué puedo esperar de otros? Cuando todo lo que hago es por vosotras… Yo ya no espero nada de la vida… Pero nadie me cree y los míos menos aún que los extraños…

    —Quéjate a ellos, entonces…

     

    No pudo evitar decirle eso y se puso a ordenar su lado de la mesa, tenía unas ojeras pronunciadas y la boca cerrada con obstinación. Indignada, aparté la cabeza de los cuadernos y a él le dirigí una mirada feroz.

     

    —¿Cómo puedes decirle todo eso con lo que sufre? –le grité, como si yo no me pelease con mi madre mucho más.

     

    Ella se había ido a la cocina dando un portazo y su presencia me faltaba para alegrarme del todo por haber intervenido.

     

    —Con vosotras no hay medio de trabajar en esta casa…

     

    Su voz era más insegura. En el silencio que siguió, yo intuí la inquietud que la emponzoñaba después de cada pelea con él, era su viejo miedo a luchar y disfrazaba su inseguridad con la generosidad. Al rato, sa­lía del cuarto con pasos pesados y furtivos. Luego, volvían juntos, se hacían señas, hablaban en voz baja y yo sentía la expresión de su rostro aun estando de espaldas. Eso me ponía nerviosa y gritaba con el derecho que me daba mi reciente superioridad:

     

    —Acabad de una vez, ¿cómo queréis que estudie con ese cuchicheo vuestro? Mejor estaría en el internado, al menos allí hay silencio cuando la gente lee…

     

    Eso era por decir, conocía bien el viejo edificio, los bancos negros como si se hubieran quemado, desportillados y que crujían a cada movimiento, el aire demasiado caliente y el olor a estufa encendida con carbón, a zapatos y a respiración amontonada. Además, yo era de ciudad, ese era uno de mis escasos privilegios y era consciente de ello. Mi madre desaparecía para volver a su lugar en la cocina y mi tío Ion se sentaba en la otra punta de la mesa para preparar las clases del día siguiente, moviendo las rodillas. Al rato, yo dejaba de leer, me asqueaba el humo del cigarrillo olvidado en el pequeño cenicero de plata ennegrecido y me fascinaba el interminable bailoteo de las piernas. Una sensación molesta, como un zumbido, me acompañaba siempre y, de pronto, me arrepentía de haberles gritado. Con disimulo, pasaba la mano por debajo de los libros cuidadosamente forrados, estaba segura de que mi tío no me veía, pero al poco lo oía:

     

    —Deja a Dostoievski, que no te preguntarán nada de él en el examen… ¿O es que piensas quedarte aquí y pasar el tiempo pateando la Calle Mayor?

     

    Era la primera novela de Dostoievski que se había publicado. Yo había oído hablar vagamente de él y, antes de abrir el libro, decidí que era extraordinario y que me iba a gustar. Al leerlo, no me permitía constatar que estaba decepcionada y conscientemente me inventaba cosas reveladoras.

     

    —De todas maneras, no voy a entrar en la Universidad –decía yo con insegura valentía.

     

    Con mis malos antecedentes políticos familiares, prácticamente no te­nía posibilidades de entrar. En cierto modo, lo esperaba y me prometía ir a otra ciudad a trabajar en una fábrica, como leía en muchos libros y en los periódicos. Ya no viviría con mi tío y con mi madre, no pensaría que, si me cateaban en el examen de ingreso en la Universidad, sería el hazmerreír de toda la ciudad. Pero sobre todo, con absoluta seguridad, allí me ocurrirían cosas imprevistas y rompería con la monotonía que entonces me ahogaba. Y el miedo a las pruebas que me esperaban cedía inmediatamente ante la duda y me decía a mí misma en seguida que sería algo demasiado fuera de lo corriente para que me pasara a mí.

     

    —Tienes la cabeza llena de pájaros –dijo mi tío torciendo el morro cuando le transmití en cierta ocasión algunos de mis pensamientos–. ¿Qué pintas tú en una fábrica? ¿No ves que estropeas todo lo que tocas? Más vale que aprendas a barrer la casa como Dios manda.

     

     

    *

     

    A menudo, iba por las tardes con mi tío al mercado y me quedaba merodeando mucho rato por el interior de las naves, donde resonaban las voces de los que hacían cola, los hachazos de los carniceros en los tajadores desportillados y manchados de sangre y los golpazos pegajosos de los trozos de carne en el mostrador de chapa mugrienta. Cuando acababa el verano, me gustaba perderme entre los puestos de detrás del mercado en que se apilaban sandías rayadas, allí donde la ciudad se precipitaba de repente hacia el río, con callejas atestadas de tiendecitas todavía particulares que exhibían en los polvorientos escaparates velas de todos los tamaños, cobertores de niño de colores chillones, azules y rosa, artículos de ferretería o ropa de alquiler para bodas.

     

    —¿De dónde son? –preguntaba mi tío apretando la sandía entre sus grueso dedos y aguzando el oído para percibir el débil chasquido–. ¿Son de Vlaşca?

     

    Y se quedaba con ella en la mano mientras el campesino, con el cuello huesudo y sin afeitar que sobresalía de la camisa de tela basta con las puntas dobladas hacia adentro, sacaba, a fin de darle el cambio, un ovillo mugriento de billetes y le alargaba cada uno en la palma de la mano tiesa y negra mientras contestaba distraído y con voz cansina. Pero la tímida sonrisa de mi tío, la palidez de su rostro de hombre de ciudad comparada con la cara pilosa y ruda del campesino y, en especial, el brillo inseguro y nostálgico de los ojos, contradecían el matiz protector de la voz, idéntica a la de todos los que han vivido entre campesinos y creen que saben cómo han de hablar con ellos.

     

     

     

     

    Este fragmento corresponde al inicio de la novela El mismo camino de todos los días que, traducida por Joaquín Garrigós, que acaba de publicar Ediciones Xorki.

     

     

     

     

    Gabriela Adameşteanu (Târgu Ocna, Rumanía, 1942) pronto destacó como periodista, traductora, ensayista y autora de cuentos. A mediados de los setenta publicó su primera novela, que le valió el Premio de la Academia Rumana, pero fue Una mañana perdida, con la que obtuvo el premio de la Unión de Escritores, el libro que la consagró. El texto fue publicado en francés por Gallimard y, convertido en obra teatral en 1987, supuso un auténtico revuelo en una época en la que régimen de Ceausescu entraba en su fase más dura. Defensora desde siempre de los valores democráticos, en este momento Adamesteanu sigue escribiendo y dirige la revista 22, una de las publicaciones políticas y literarias más prestigiosas del país.

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