Estación Central de Chisinau (Moldavia). Fuente: Wikipedia

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    El muro de 2017 y las pasiones de Transnistria, un país arbitrario

    Jesús Pérez Caballero - 13-03-2014

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    I. El muro de 2017

     

    Livianu, Marga y yo tomamos un microbús en la estación central de Chisinau. Susurro que en la frontera transnistria nos pedirán cien euros, como a no sé qué mochileros españoles que se llamaban por sus motes y ofrecían jamón a los guardias fronterizos. Que Tiraspol es propiedad de empresarios que negocian felices en la idea de Estado exprés. Un Estado jardín particular de señorones venidos de Siberia. O de ex espías afanosos reconvertidos a empresarios globales. Criminales que blanquean sus oscuridades. Quiero decir, con mirada obscena, que Transnistria es un país arbitrario, como un cadáver bomba. Aviso de que nos retendrán y tras una hora de frases circulares nos romperán el pasaporte mientras nos sonríen. Nos quemarán las uñas y luego nos preguntarán, en un rumano perfecto, por qué hablamos rumano.

     

    Sin embargo, el resto de pasajeros del microbús, la mayoría con aspecto de campesino, mira por las ventanas con tranquilidad. También Livianu y Marga. En el pasillo, los taburetes dispuestos por si faltan asientos, están llenos. Ni rastro del matadero de irracionalidad que evoco (¡con alegría!).  

     

    El puesto fronterizo está erigido con toda seriedad a unos sesenta kilómetros de Chisinau, como si a la soberanía le hubieran subido la falda. Por la cara de Livianu, la falda la levantó un demonio ruso, alto, paramilitar, desmemoriado, que nunca desmantelará ni las garitas, ni las barreras, ni las metralletas. Bajamos del microbús. Hay soldados de ojos sin brillo y espaldas anchas. Una vuelta directa a lo que se nos dijo que era el pasado. Como extranjeros, nos mandan a Marga y a mí a un mostrador, para rellenar un documento (traducido sólo del ruso al inglés) en el que se nos pide información obvia. Uno de los requisitos es escribir una dirección de alguien que viva en Transnistria. Livianu nos ha dado la de una amiga a la que hace años que no ve y que bien podría estar muerta. No lo comprueban y nos sellan el documento. Un ex libris valdría lo mismo. Una chica llora mientras se mete con un militar en una habitación. Livianu nos traduce que la chica no sabe la dirección de la persona a la que va a visitar. Ha insistido en que debe entrar en Transnistria. Le ha ofrecido dinero al militar. Él ha respondido: “Ven”. Vamos.

     

    Pocas personas en las calles de Tiraspol. Miran. El ansia de encontrarse sólo es menor que el de separarse. Aquí, como en Chisinau, da la sensación de que algunos edificios se han evaporado y las calles continúan en su lugar. Suenan himnos desde altavoces instalados al aire libre. Preguntamos a Livianu qué dicen. Responde que son himnos soviéticos que llaman a conmemorar la victoria de los rusos en la Segunda Guerra Mundial. Livianu está a punto de que la risa sardónica se le quede para siempre en la cara. Caminamos y vemos un gran cartel del presidente Smirnov dándole la mano a Medvedev. De fondo, aparece un edificio emblemático de Tiraspol. “¡Photoshop!”, exclama Livianu. Es la primera vez que viene y repite lo increíble que le parece que la gente no vaya riéndose por la calle antes de gritar mentira. Reprocha a cada transnistrio un cinismo salvaje, de león. Tener a unos kilómetros de su casa un país acusado de caminar con la ropa al revés fomenta su paranoia, con la que me siento cómodo.

     

    En Moldavia, esta secesión parece una riña de un señor con su sombra. Una lucha en la que el juez es quien puede hacer que las sombras de los contendientes apoyen al contrario. Salvo en los lugares donde hay carteles de propaganda (héroes soviéticos, fotos del líder), el cuidado de las calles de Tiraspol es irregular. Unas relucen y otras son de tierra. Se podía matar a alguien en alguna de las esquinas vacías o en los callejones sin empedrar que conectan parques llenos de broza. En el mercado parece que se negocie en rublos transnistrios sólo para aparentar ante nosotros que también son monedas. Llegamos a la calle principal. Veo un par de banderas en las embajadas de otros Estados de facto. El Derecho Internacional Público como un microscopio con el que auscultar la infinitud de lo minúsculo[1].

     

    Quizá la solución más sencilla para entender Transnistria[2] fuese aprender ruso. En la primera vez con el cirílico sus caracteres son como un guante cerrado sobre el corazón. Letras como ojos que caen hacia la boca, como musgo entre el significante y el significado. El cirílico me invita a la arbitrariedad[3]. Tras aprenderlo podría responder a algunas preguntas que surgen al leer sobre la mini guerra de marzo-julio 1992 que constató el Estado transnistrio. ¿Es el cirílico una cárcel donde se almacenan las lenguas cortadas a los campesinos moldavos rumano parlantes? No. ¿No transmite ese tipo de muerte? No, para nada. En Transnistria hay un poso de civilización que evita ese baile de lenguas cortadas y los dramas se deben quedar de habitación para adentro, como entre el militar y la chica que no sabía la dirección de su visitada. Más bien conviene dejar el cirílico para carteles. Carteles donde se recuerde a quienes mueren y piensan en madres patrias luminosas. A quienes partieron a una guerra como voluntarios y miran sus órganos caer como flores, cortados bajo el cielo estrellado por la estrella desgajada de la URSS. Carteles a colgar en las paredes de nuestras habitaciones, donde evocamos el far East.

     

    Es abril del 2009 y la República Moldava Pridnestroviana (RMP) ilustra que un Estado, antes de desaparecer, deja cadáveres y estructuras enterrados por el territorio en el que se evapora. En la correspondiente página de la Wikipedia rumana se lee, como un suspiro, que el nombre oficial de Transnistria como región autónoma moldava es “Unidad territorial de la orilla izquierda del Níster” (“Unitatea teritorială din stînga Nistrului”). Interpreto la simbología soviética de esta parte del mundo como el cuento de Monterroso, pero al revés: Cuando despertó, la URSS ya no seguía allí. Y como no seguía allí, se hace ouija para invocarla. Como en la ouija, uno de los motivos por los que se quiere hablar con el muerto es para constatar la propia existencia y para asustar a los demás.

     

    Los restos de la URSS se filtraron al trastero transnistrio. En los noventa, para combatir una alucinada reunificación con Rumanía. Ahora, por la soberbia de vivir en el limbo. Transnistria advierte a la Unión Europea, con una sombra de megáfono ruso y ayuda a los rusos a rodear Ucrania. Empresarios dudosos, políticos dudosos y dudosos dudosos engordan el armazón paralegal y susurran la posibilidad de agrandar los agujeros. El país sigue en una indeterminación clarísima y sólida. La RMP puede calificarse como un Estado que se ha hecho por la gestión de fronteras, como un exoesqueleto por el que crecer entre los cuerpos políticos vivos. Si en el devenir normal, e igual de ficticio, un Estado tiene un territorio y a partir de él nacen sus fronteras, en el caso de los separatistas transnistrios la gestión de las fronteras es un tráfico tan lucrativo que provoca la implicación y apoyo de redes políticas, económicas y sociales en Chisinau y Kiev[4]. La fiabilidad de esas redes es inversamente proporcional a la vaguedad de cachivaches ideológicos como su rusismo cursi.

     

    Rusia alentó la secesión de Moldavia y una anexión fantasmal, de gato de Schrödinger, a Moscú, ya que ni ha deseado convertir el Estado en un enclave, ni ha permitido una independencia total. A la RMP le queda ser un país en continua lucha por el reconocimiento internacional (Taiwán), una región perpetuamente separatista y apadrinada (República Turca del Norte de Chipre, Osetia del Sur, Abjasia) o un aviso para Ucrania (Crimea). Lograr, desde la perspectiva del Derecho Internacional Público, una inexistencia en paz.

     

    Marga quiere comprar dulces para su colección de envoltorios. La miro como si necesitase mi permiso para entrar en la tienda. Con la mirada, ella hace como que me lo pide. Entramos. Allí vemos a los rusos durmientes de los que habla Livianu: viejos emigrados o trasplantados a este lugar por los soviéticos y que no tienen ni idea de fronteras ni interés en aprender rumano. De hecho, dudo que sepan que en la Moldavia del más allá se habla esa lengua. Se parapetan en su ruso con tranquilidad, como quien sale al jardín porque alguien a quien ya conocía lo acaba de llamar. Son parte de la Transnistria histórica, una ondulación bajo los mapas, al margen de los países fiados a las fronteras.

     

    De repente, mientras Livianu traduce, entra un vagabundo. Es calvo, sin dientes, flaco, nervudo. Nadie se sorprende de que entre con mirada ávida. Nos pregunta, intercalando frases en ruso y en inglés, si España es más grande o más pequeña que Tiraspol. Respondemos que es mucho más grande. Después nos pregunta si Austria es más grande o más pequeña que Tiraspol. Respondemos que más grande. Y así, el tipo sigue alternando preguntas absurdas que indirectamente revelan conocimiento (pues Marga es austríaca y yo español), con la petición de datos concretos, como cuánto hace que estamos allí o por cuánto tiempo nos quedaremos[5].

     

    Caminamos. Cerca de la estatua de Lenin el Alto, frente al edificio del gobierno, hay un muro en el que se leen proclamas a favor de Rusia. En una placa se explica que la pared central del muro se abrirá en el 2017 para mostrar al mundo su contenido. “¿Qué será?”, le pregunto a Livianu. Responde que no tiene ni idea, pero empieza a reírse. Marga también se ríe y me dice que ahí dentro hay alguien encerrado. Livianu, como casi siempre que escucha una broma macabra, da un gritito, se pone seria, se ríe unos segundos, se calla y se queda mirando a lo lejos.

     

    Es posible que este muro funcione como un buen símbolo de lo que ha pasado en esta zona. Un muro del que nadie se percata, pero que es parte de la ciudad, a la que liga al Estado y a su padrino. Muchos viajeros llegan a Tiraspol y no entienden qué hace allí, y la construcción absorbe el desconocimiento y la indiferencia para hacer agrandar la separación entre ellos, los rusos, los transnistrios, y nosotros, seamos quienes seamos. Después de esos pensamientos, me dejo llevar. Creo que si el muro homenajea el siglo de la Revolución de Octubre debería contener algo simbólico: flores. O algo explícito: bombas y kalashnikovs. O algo obvio: una hoz y un martillo. O algo institucional: dos banderas, la soviética y la transnistria. O tal vez una fusión de ambas, en la que se viera una gigantesca T (una T de oro sobre fondo rojo) y colgando del palo horizontal de la T dos balanzas: en una, un arma hecha de estrellas rojas, y en otra, niños rusos, bielorrusos, moldavos, ucranianos, rumanos, alemanes, judíos. O algo relacionado con Sheriff, el holding desencadenante de unas luchas de poder que han hecho ver a los Smirnov que no todos los que comparten un caldero tienen por qué ser amigos. Por ejemplo, una tele donde se emite perpetuamente el partido más importante en la historia del Sheriff Fotbal Club y en los descansos escenas que demuestran el avance de Transnistria, representado por imágenes de un órgano amputado de un mapa de Rusia que se transforma en arcángeles que matan a sus enemigos con agujas mientras cruzan el Níster.

     

    ¿Y qué más puede esconder este muro hasta el 2017?

     

    Un perro de color escarlata, como si su piel fuera igual a la descarnada, misteriosamente vivo, misteriosamente antropomorfo.

     

    O un hombre de tres cuerpos uno detrás de otro, tres cabezas, seis brazos, seis piernas que hablará la lengua de la unificación universal y llevará la camiseta más irónica que pueda imaginarse.

     

    O un actor cochambroso, secuestrado desde que se proclamó el Estado de Transnistria, que recitará, encorvado, todo lo que opinaba Lenin sobre el silencio.

     

     

    II. Las pasiones transnistrias

     

    Desempolvar tribus dizque eternas, como la europea o la eslava, nubla las razones que crean los engendros políticos. Dudo de los burócratas transnistrios que juraban su Constitución con todo su cuerpo. Ojos ciegos al presente por guiñar al pasado y al futuro. El ímpetu y demás valores impudorosos no bastan para que un Estado funcione. Más bien, esas manifestaciones emotivas suelen ser el sudor de una maquinaria ya en marcha. Pero sea lo que sea la maquinaria transnistria, ha funcionado. Ha sobrevivido a zancadillas diplomáticas, a payasadas políticas, a un aislamiento lunar, a los cambios en el árbol ruso. Los hechos consumados pueden ser ridículos, pero son hechos. A principios de 2014, el pivote geopolítico transnistrio, como otros lugares, ha permitido a Rusia mantenerse como una presencia acusmática[6]. Es otro ejemplo de la voz en off que narra lo que pasa en la zona, sea en las calles teatralizadas de Tiraspol o en un Occupy prooccidental en Kiev. 

     

    Imaginemos un partido de tenis. A un lado, el señor Rusia. Al otro, el señor Europa, ataviado con una cintra ucraniana y sosteniendo una raqueta moldava. La pelota es Transnistria. A medida que el partido dura más y más, la pelota crece y crece, hasta que tiene el tamaño de los jugadores. Entonces el juego se interrumpe y el señor Europa mira con los ojos muy abiertos a la pelota antropomorfa. La pelota antropomorfa dice que tienen que jugar a otra cosa y mira al señor Rusia. El señor Rusia afirma que él sí podría seguir jugando, pero comunica que dejará hacer.

     

    La analogía ilustra que Transnistria se ha construido precisamente por seguir viva como ente político. En las noticias dispersas sobre los zigzags diplomáticos y su congelación candente, el lector se da cuenta de que nunca hubo un proceso de identidad ex novo. Hay barreras naturales como el Níster que la separan del resto de Moldavia, sí. Hay recursos económicos que posibilitan la consolidación estatal, también. Y una distribución étnica particular. Y la citada eslavofilia new age. Pero no es un conflicto ni económico, ni étnico, ni cultural. Es un Estado que, experimentalmente, funcionó entre los restos de algo que funcionó durante décadas, la URSS, que desapareció, pero que dejó núcleos de poder que perviven. El Estado transnistrio, entre otras paradojas, representa cómo Estados de nuevo cuño perviven por conceptos que no tienen que ver con los clásicos de la teoría de la soberanía: redes, percepciones, lobbies. Acordes a la sutileza de los actuales muros entre países.

     

    En todo caso, el efecto onírico que me causa Transnistria no proviene de la imaginería soviética. De hecho, a poco que se rasgue, uno se encuentra que lo rescatado es lo que tiene de heroico la Rusia del pasado siglo. Por ejemplo, los cantos a favor de los héroes soviéticos de la Segunda Guerra Mundial que se escuchaban en las calles de Tiraspol. El onirismo transnistrio tampoco lo explica su inserción ambigua en el flujo de los Estados, con causas económicas y sociales que desnudan la literatura de esa consolidación aparentemente mágica. Lo que sí parece un sueño es que Transnistria cumpla algo que Europa olvidó tras la Segunda Guerra Mundial: una minoría nacional mayoritaria en un territorio logra su propio Estado[7]. Ese establecimiento de fronteras casi patrimonial podría haber conducido a un mapa europeo de tiras étnicas, ciudades-Estado con fronteras en espiral o enclaves portátiles que se movieran en bloque según lo hicieran sus habitantes. Transnistria demuestra que sólo una potencia regional con intereses alejados del romanticismo pudo concretar la hipótesis de un modelo tribal europeo. De ahí, por anacrónico, el efecto irreal.

     

    A esa irrealidad ayuda que la sombra de esa Transnistria tribal sea rusa y no, por ejemplo, suiza. A veces Rusia es una sombra desgajada, que crece hasta ser la misma noche. Otras es la sombra de un perrito, simplemente paseada con el cuerpo, pero inexorable. Pero siempre sombra, es decir, ineludible como tema sobre el que pronunciarse quien tiene fiebre de literatura.

     

    El significado de lo ruso para un occidental medio[8] es turbulento. Por ejemplo, una tentativa de genealogía asume que Raskolnikov es lo primero que ese occidental supo de Rusia. La imagen se a une a los héroes ignífugos de Los justos y se completa con la vinculación de Camus a lo ruso: para ofrecerle sus bolsillos raídos de metafísica. Luego, se añade otros binomios al Camus/Dostoievsky, como si cada escritor tuviera, lejos o cerca, especular o deforme, su contraparte rusa: Melville/Grossman, Walser/Gogol, Céline/Bulgakov, Sartre/Lenin, Sabato/Lermontov, Carrère/Limonov, Saviano/Lilin.  Después, al occidental medio no le basta la literatura rusa. Quiere saber su contexto. Se pregunta por el zarismo. Llega a la URSS. “Parece mentira que alguna vez se creyera en la URSS”, dice. “Parece mentira que no se siga creyendo en lo que representaba la URSS”, vuelve a decir. “Aunque, parece mentira que alguna vez hubiera una URSS”, concluye tras la democratización de la violencia de los noventa[9]. Y tras las compras de onzas de carne soviética por los más listos, emerge Putin. Y se enmascara con una careta de Putin. Y guerra de Chechenia. Y terrorismo. Y conspiraciones de autobombas. Y teatros tomados. Y niñas hechas trizas. Y bombeos de cifras de madera, carbón, gas, petróleo, exportado todo lo tangible. Y lo que reluce. Y sensación de canción con carceleros encarcelados y asesinos asesinados. Y Putin se desenmascara. Y tras la máscara está Putin. Y hoy mira por la ventana a los periodistas rusos, a sus ajedrecistas, a sus cantantes, a quienes en protesta se clavan el pene en el suelo. Quizá el déspota ilustrado se marche cuando toda Rusia sea más demócrata que Tocqueville. O puede que los ciudadanos putin distribuidos por el país se aburran de la manera que tiene su líder de arrancarle pelos a la modernidad y de brindar con las sombras zaristas, y sean ellos quienes lo echen.

     

    Mientras tanto, la vida y la historia siguen unidas por las muñecas. Los señores transnistrios siguen dando esquinazo a los ventrílocuos rusos. Livianu se fue a vivir a Roma con su hermana. Quiero desconocer qué fue de Marga. Abril del 2009 queda tan lejos como octubre del 2017. El muro se abrirá y quizá se verá que los legajos que ocultaba son actas de nacimiento y de defunción, algunas magníficamente conservadas, otras completamente podridas. Quien tenga que saltar fuera, saltará.

     

     

     

    Jesús Pérez Caballero (Gandía, 1981) es escritor y jurista. Ha vivido en Berlín (Alemania) y Covasânt (Rumanía). Acaba de volver de Guadalajara (Jalisco, México), donde repasó unos textos y acabó su tesis doctoral sobre crímenes contra la humanidad y crimen organizado. En FronteraD ha publicado Pueblos prendados de fantasmas: Cioran en España, yo en Rumanía

     

     

     

     

     

     

     

    Notas


     

     

    [1]    Principado de Sealand, etcétera.

     

    [2]    No sólo a Transnistria, sino para entender, como un eco, todo3Todo4Todo5Todo.

     

    [3]    A estaКино - Чёрный Альбом (Аудио)Youtube, publicado el 13 de julio de 2012 (consultado el 31 de diciembre de 2013).

     

    [4]    Más información sobre esta consolidación de redes, legales (si es que el estatus transnistrio no ilegaliza todo lo que toca) e ilegales, en International Crisis Group, Moldova: Regional Tensions Over Transdniestria, número 157/17 de junio 2004 (consultado el 21 de diciembre de 2013), pp. 17-22; Nantoi, Oazu, About the Situation in the East Districts of the Republic of Moldova (1992- 2000), Institutul de Politici Publice, 2001 (consultado el 22 de diciembre de 2013), p. 3; y Popescu, Nicu,The EU in Moldova-Settling conflicts in the neighbourhood, Occasional Papers, número 60/Octubre 2005, EU Institute for Security Studies (EUISS) (consultado el 23 de diciembre de 2013), pp. 6 y 17-18.

     

    [5]    Cuando cuento esta historia, siempre sugiero que era un agente secreto.

     

    [6]    El critico de cine André Bazin utiliza la expresión para referirse a un recurso cinematográfico en el que se escucha una voz pero no se identifica quién la emite.

     

    [7]    Una taxonomía de algunos de eso suspiros la ofrece Gauss, Karl-Markus, 2002, Europeos en extinción. Poliedro, Barcelona. Allí reúne judíos sefardíes (Sarajevo, Bosnia), gottschee (alemanes cerca de la frontera de Eslovenia con Croacia), arbëresche (albaneses del sur de Italia), sorabos (eslavos en la frontera de Alemania con Polonia y la República Checa) y arromanos (minoría de una lengua similar al rumano en Macedonia, Grecia, Albania, Rumania o Serbia).

     

    [8]    Partiendo de dos ficciones que se dan dentelladas entre sí: la de que yo sea un occidental medio y de que eso exista.

     

    [9]    La idea de la democratización de la violencia está tomada de Briscoe, Iván 2009, El Estado y la seguridad en Guatemala, Documento de Trabajo 88, septiembre, FRIDE (consultado el 24 de diciembre de 2013), pp. 17-18. Obviamente, ese autor la utiliza en otro contexto.

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