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La historia no tiene libreto el blog de Joseba Louzao


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24 de diciembre, 2016

El silencio siempre es celebración

 

1. Fijando la mirada en lo invisible y dejando hablar en el silencio a lo que calla, se están dando los primeros pasos para abrigar la esperanza de regalar un corazón navideño a los que amamos. Porque allí sentiremos la sensación de estar acogido por Ello, “una lejanía sin nombre”, en la que encontraremos a Dios, si antes no hemos huido definitivamente. El ser humano está abierto a la escucha de la Palabra de Dios, que está cargada de silencio. O, como señala un pensador de los márgenes como Edmond Jabès, “la palabra de Dios está en la del hombre. La palabra del hombre, en el silencio de Dios”.

 

2. El silencio tiene algo terrible. Muchas veces en el silencio, en vez de aceptarnos, pretendemos afirmarnos ruidosamente. Con todo, si no escapamos del silencio, sentiremos a Dios poblándolo. Y es que Dios es extrañamente ambiguo. El mensaje de la Navidad brota desde dentro. No se podría entender este mensaje si no resonara en nuestro corazón en un rincón que recoge la voz de Dios. La Navidad se encuentra en el encuentro entre la experiencia de dentro y el mensaje de fuera. Sin este encuentro no podríamos entender lo que se celebra durante el tiempo navideño. Porque la fe procede de la palabra oída que abre nuestros ojos para atreverse a entenderse a sí mismo. Otra vez aparece la ambigüedad divina: en la proximidad está la cercanía, en el regalo se encuentra la riqueza y no hay mejor manera de encontrarse que perderse.

 

3. Dios y hombre. Decir que Dios se ha hecho hombre es sencillo. Lo hemos escuchado tantas veces que no nos resulta extraño. Con todo, esta afirmación esconde falsas representaciones que nos hacen caer en la tentación monofisita (Jesús no tiene naturaleza humana) o en el nestorianismo (que separa radicalmente las dos naturalezas de Jesús). Es decir, no se trata de yuxtaponer la divinidad y la humanidad, porque ambas tienen el mismo fundamento.

Lo humano nunca puede ser abstracto. Dios es hombre y, por ello, dice mucho de sí mismo. Dios está saliendo constantemente a nuestro encuentro porque no puede hacer otra cosa. Su humanidad es suya porque es humana y es humana porque es suya. Dios sale a nuestro encuentro no con apariencia humana, sino con (y en) su propia humanidad. Y, por esta razón, puede rozar cada corazón humano con ternura. Es en Jesús donde podremos descubrir el misterio de la Navidad, porque él mismo participa de nuestro misterio de ser humanos. El cuerpo, la carne, es relación y nos permite la comunicación con los demás. Es el cuerpo de Jesús, su persona, lo que nos lleva a un Dios vivo que quiere encontrarse con su creación.

 

4. Dios no puede ser sin la dinámica del don gratuito. Dios se da a sí mismo en la humanidad. El ser humano es un misterio que camina hacia el interior del misterio de Dios. En la Encarnación, Dios puso su tienda entre nosotros. Rahner consideraba que la humanidad era la gramática de Dios, que había sido creada libremente por Dios, para decirse en, y desde, ella. Cuando Dios hace teología, está haciendo antropología. Y es que Dios se expresa a sí mismo en la humanidad que es consciente de su libertad.

 

5. La experiencia de la Navidad es sencilla en su complejidad. Sólo hace falta hacer silencio y dejar que Dios nos hable desde su humanidad. Y es que la Palabra se nos ha ofrecido y a la vez escondido. En el fondo, necesitamos abrir con libertad nuestras puertas hacia Dios para que Dios se autocomunique libremente. En Jesucristo se encuentra el rostro del Amor gratuito que no se agota como cercanía que nos acoge constantemente. En el rostro de Jesús está la plenitud de la divinidad que se hace presente en la carne frágil de lo humano e histórico. Y no puedo más que recordar lo que decía Miguel Delibes sobre el amor, “la fiesta de tus ojos cuando me celebran”.

 

6. En el silencio, siempre hay celebración.

 

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