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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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17 de noviembre, 2017

Luis de Usoz, historia de un heterodoxo español

 

Luis de Usoz y Río nació en 1805 en la capital de la provincia de Charcas (hoy la ciudad boliviana de Sucre), hijo de una mujer letrada que había traducido obras del francés antes de partir a América, y del Oidor Decano de aquella poderosa Audiencia y Chancillería, que fue desterrado a consecuencia de su defensa de los indígenas durante las primeras revueltas independentistas. En condiciones cada vez más precarias, los Usoz vagaron por el Alto Perú durante un lustro hasta que, en 1816 y después de la muerte de la agotada madre, consiguieron regresar a España.

 

Poco sobrevivió el padre de familia y Luis de Usoz y sus hermanos se criaron con un tío paterno que gozaba de una desahogada posición en la Administración de Fernando VII. Recibió una exquisita educación en los mejores colegios de Madrid y se apasionó con la filología, el griego y el hebreo. Completó su formación en la prestigiosa universidad de Bolonia y en 1834, tras regresar a Madrid, entró a formar parte de los círculos artísticos e intelectuales en los que irrumpía el romanticismo. Fue redactor de El Español y miembro fundador del Ateneo; pertenece a ese selecto grupo de eruditos y bibliófilos, con Serafín Estébanez Calderón, Pascual de Gayangos y Bartolomé José Gallardo, que supo valorar y aprovechar el inmenso patrimonio bibliográfico de las desamortizaciones.

 

Hacia 1836 cayó en sus manos una traducción de la Apología de la Doctrina Cristiana, de Robert Barclay, tratado fundamental de la doctrina cuáquera, y entró en contacto con un personaje peculiar, George Borrow, viajero infatigable por España y agente de la Sociedad Bíblica británica, al que ayudó, aconsejó y sacó de más de un apuro. Usoz seguía considerándose católico, aunque anticlerical, y su obsesión era acceder a los textos primigenios para preparar una versión definitiva de la Biblia, así como redactar una historia del protestantismo español que nunca llegó a abordar. En 1837 se casó con María Sandalia del Acebal, viuda y acaudalada, lo que le eximió de preocupaciones materiales. En Londres, por mediación de Borrow, conoció al cuáquero Benjamin B. Wiffen, con quien trabajó estrechamente desde entonces y a quien le unió siempre una íntima amistad.

 

A su regreso y conmovido por la religiosidad de los cuáqueros, creencia a la que nunca estuvo formalmente adscrito, emprendió, a su costa y con la eficaz ayuda de Wiffen, la búsqueda de libros prohibidos u olvidados de reformistas, protestantes y antiesclavistas. En su correspondencia, que se conserva en la Wiffen Spanish Collection de Oxford y que fue editada por Juan Bautista Vilar en 2010, se detallan las rocambolescas fórmulas para introducirlos en España. Agentes que recorrían librerías y bibliotecas de todo el mundo, diplomáticos o ingenieros de ferrocarril ingleses que servían de correo, funcionarios de aduanas comprados, hasta recibió una obra camuflada hoja a hoja en  un periódico. Se recluyó en su biblioteca y se fue aislando de su entorno; sus contemporáneos le describen solitario y cabizbajo, con largo gabán y sombrero calado. Gayangos escribe a Estébanez Calderón en 1842 que se ha encontrado con Usoz en San Sebastián y que estaba “hecho un herejote”.

 

Con su imponente biblioteca de más de diez mil volúmenes, Usoz puso en marcha su gran obra, la Colección de Reformistas Antiguos Españoles, que contiene obras fundamentales de autores españoles como Juan y Alfonso de Valdés, Blanco White y Cipriano de Valera. Veinte volúmenes exquisitamente editados y anotados que se imprimían por lo general de forma clandestina, sin nombres ni pie de impresor (Ignacio Ramón Baroja, abuelo del novelista, fue uno de ellos).

 

Usoz falleció en 1865. Aunque desconfiaba del destino que podría correr su biblioteca en España, dejó la decisión en manos de su mujer. En 1873, tras la proclamación de la Republica, que consagraba la libertad religiosa, María Sandalia donó los libros a la Biblioteca Nacional. Las autoridades republicanas ordenaron que permaneciera unida, con signatura propia (U/…) y en una sala especial presidida por el retrato de María Sandalia. La Primera República fue efímera.

 

Descollaba por entonces un ambicioso polígrafo llamado a convertirse en el alma de la Biblioteca Nacional, Marcelino Menéndez Pelayo, que vio el cielo –o el infierno– abierto. En 1879, confesó a un amigo: “Estoy sacando todo el jugo a la librería de Usoz”, y en efecto la exprimió a fondo para su obra monumental Historia de los heterodoxos españoles, sin la que no habría sido posible. Lejos de reconocer la deuda intelectual y garante de la ortodoxia católica, censura a Usoz su “absurdo propósito de hacer protestante a España” y le califica de “fanático” al que los libros teológicos del siglo XVI habían producido el mismo efecto que los de caballerías en don Quijote. Tiene que reconocer, sin embargo, que Usoz dejó “verdaderos modelos de ediciones críticas” y que desplegó una “esplendidez tipográfica” hasta entonces desconocida en España.

 

Tras el saqueo y condena de don Marcelino, Usoz cayó en el olvido. No fue hasta 1973 cuando el cuáquero Domingo Ricart se propuso rescatarle y escribió una primera aproximación biográfica en la que acusaba a la Biblioteca Nacional de ocultar parte del legado. En su reciente biografía de Usoz, Manuel Serrano traza un vivo retrato del erudito, pero reitera las mismas tesis sobre el ocultamiento. Cerca de 45 años ha tardado la Biblioteca Nacional en responder a Ricart. En una exposición sobre el erudito organizada este año en la BNE, la comisaria, Marta Vizcaino, exhuma los documentos que demuestran que nunca ingresó el epistolario de Usoz y que no hubo expurgo ni catálogo escondido. Tampoco se llegó a encargar retrato alguno de María Sandalia para presidir una sala –hoy no existe– en la que, para mayor inri, cayó una bomba franquista durante la Guerra Civil, afortunadamente sin consecuencias porque los libros estaban protegidos.

 

España, donde prendieron los heterodoxos tanto o más que en el resto de Europa, debe a Usoz, del que no conocemos retrato alguno, la recuperación de un capítulo de su historia. La conmemoración del quinto centenario de la Reforma parece la ocasión propicia para que deje de vagar por los pasillos de la Biblioteca Nacional el fantasma de Luis de Usoz. Y el de María Sandalia.

 

Versión ampliada del artículo publicado en Abc Cultural el 9-7-2017

 

[Disponible en línea y gratuito el catálogo de la exposición La librería secreta de Luis de Usoz]

 

Retrato de María Sandalia del Acebal, obra de Madrazo, 1820.

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