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Otra crónica del Brasil-Alemania

Por Joaquín Campos

 

Hanna Höch. Alemana. 43. Artista. O seudo. Porque me citó a las tres de la madrugada en el ‘Score’, un bar aumentativo de la claustrofobia, de esos que emiten los eventos deportivos de mayor interés, que estaba lleno hasta la bandera, con blanquecinos larguiruchos, ellas casi todas obesas, con las banderas de Alemania dibujadas en los cachetes de sus caras mientras que una inmensa minoría –brasileños que residen en Camboya, algo así como groenlandeses que se mudan a Ushuaia– iban de amarillo hasta la axila. El ambiente era de gala. Sobre todo para el dueño del bar que hacía caja de manera violenta. Los vecinos, ejemplares, o no se quejaron o no les escuchamos levantar la voz. Lo digo más que nada porque cada gol, excepto el último, –que fueron ocho– se gritó como un orgasmo conjunto, como esos que se visionan en uno de esos estúpidos videos que circulan por internet donde setenta personas a la vez hacen el acto, ¡y mira tú por dónde!, todas llegan al clímax al mismo tiempo. Cosas de los guionistas más enrevesados: el legado de Almodóvar.

 

Sé que sonará a broma, pero aposté a un 0-7. Sin dinero de por medio. Sólo por continuar con la retahíla de comentarios varios que suelen dejar a cualquier bar con pantallas gigantes emitiendo fútbol tan lejos de la librería como del banco del parque, lugares mucho más auténticos: que si 1-0, 1-2, 2-3, 0-0 y penaltis. La gente a mi alrededor se reía. No ya sólo por el hecho de que un calvo con gafas que ni era alemán ni brasileño estuviera levantado a las tres de la madrugada para ver un partido de fútbol, sino porque el resultado que yo predije causó entre desinterés general y miradas extrañas. Hanna, con un extraño corte de pelo –es lo que tiene ser artista: que no te permite ser normal ni a la hora de horadarte las fosas nasales– pidió una botella de whisky de malta. En ese momento un alemán trajeado –y las oficinas y embajadas habían cerrado nueve horas antes cuando en Camboya se sobrepasan los 30 grados centígrados como el que no quiere la cosa– me quitó el sitio de la barra en una humillación que sólo pude asociar a la maldita deuda de España con Alemania. Ya luego todo fue coser y cantar.

 

0-1, alemanes berreando. 0-2, alemanes desgañitándose. 0-3, alemanes en coma etílico. 0-4, alemanes volcando las mesas. Y 0-5, con los teutones besándose con cualquier que tuvieran cercano: a mí me tocó Hanna, el del traje y una camarera que pasaba por allí. En el descanso, cuando se suelen comentar las mejores jugadas, tuve que ir al baño donde comprobé el porqué de que España tenga la media per cápita más alta del mundo en consumo de cocaína: sin querer pasar lista allí mearon una treintena de futuros finalistas en donde sólo uno, hurgando con las llaves de casa en una bolsa con contenido blanquecino, se introducía en la napia dicho ungüento palo-zanahórico.

 

Volví a la barra donde Hanna me comenzó a realizar comentarios obscenos. Ya no sabía si era porque me tenía que pagar por hacer el acto o porque se había bajado media botella de whisky cuando yo llevaba engullidos dos vasos a duras penas. Pero lo realmente llamativo no fue que una veintena de alemanes con estudios y educación se me acercaran a tocarme como si yo hubiera sido el Papa Ratzinger –“Dijiste 0-7”, me comentó un señor mayor que dijo ser de Bremen palpándome los pectorales–, sino que el único trajeado de la noche me volvió a ceder mi lugar apoyado en la barra gracias a la euforia que genera saberse finalista de un mundial y el miedo que debe dar un tipo que acierta un pronóstico de apariencia irrealizable calvo y con gafas y melenas. Me abrazó.

 

Y luego el 0-6, alemanes con dejes de barras bravas argentinas –dos de ellos se desnudaron el torso y al subirse a una de las mesas de cristal la hicieron trizas–, y el 0-7, momento en el que la muchedumbre se dirigió a mí al grito patético del “¡Qué Viva España!”. Una de Hannover incluso me morreó echándose Hanna las manos a la cabeza en lo que yo creí que era el primer gol de Brasil que aún tardaría en llegar.

 

¿Por qué la has besado?

 

¡Ha sido ella! Además, ¿no dices que eres artista?

 

Una pareja de alemanes, ataviados con la indumentaria oficial de la selección, me insinuaron que sería posible que algún redactor del diario sensacionalista ‘Bild’ estuviera ya embarcando rumbo a Phnom Penh con la idea de entrevistarme. La euforia llegó a tal altura que por un momento Hanna pasó a ser la segunda mujer más importante entre el público. La jaleaban por tener un “novio tan guapo” mientras modelos machos de Baviera, de 1’95 y años de gimnasio y gomina, se pellizcaban los mofletes. “Es lo que hay”, les dije, guardándome el secreto de que además de follar iba a cobrar.

 

En medio de la marabunta se me presentó Adolf, que con una cara misteriosa me pasó la mano derecha por el hombro, como una pitón se enrosca con la idea de engullirte, para ofrecerme un dato claro. Rotundo: “En el Nagaworld (casino de Phnom Penh) un 0-7 se paga 1 a 3.000; en internet hay casas de apuestas que casi doblan esa cifra. ¿Dónde apostaste?”. Y en ese momento ocurrieron dos hechos memorables: que Brasil metió en el descuento y que reconocí no haber apostado dinero. “Lo dije por decir. Dije 0-7 como pude haber dicho 0-45”. La marabunta se apartó de mí; y nunca supe si fue a causa de que ya no era el talismán que ellos veían en mí o porque el árbitro pitó el final del partido y ya casi amanecía en Phnom Penh. Además de que el día siguiente era laborable. Hanna, al menos, se quedó apoyada sobre mí; entre otras razones porque de aquella botella de Macallan 12 años no quedaban más que sus babas en el cuello de una botella de la que acabó bebiendo a morro.

 

Yendo a su casa me sentí realizado. Sabía que ya no tendría que hacer el acto. Porque en un momento del trayecto, en un tuk-tuk que bailaba más que un flan, Hanna comenzó a vomitar. No todos los días se contrata a un puto y se es finalista ganando en Brasil por 1-7. Que yo sí que me quedé a esto de la gloria. A la mañana siguiente, desdibujado por tratar de comprender aquellos cuadros abstractos que decoraban su apartamento, cumplí el acuerdo. Algo simple. Limpio. Aséptico. Con muchos menos gritos que en la dichosa semifinal.

 

Somos finalistas.

 

Me guardé el comentario: quería cobrar. Pero Hanna era mucho mejor aficionada al fútbol y borracha que pintora. Luego me fui, llegando hasta mi zulo donde un alemán de 75 años, de esos que luego salen en los informativos detenidos por pedófilos, deambulaba de un lado al otro del pasillo de mi hotel. Iba en calzoncillos, descalzo, sin camiseta, fumando de manera enconada. Le di los buenos días y casi me manda a paseo. Luego le insinué que aunque tuviera 40 años yo también me merecía algo de cariño. Se puso a gritarme en alemán. Le intenté calmar por mi admiración de lustros hacia Nietzsche y nada. Luego utilicé el recientísimo 1-7 y menos. Por lo que me escondí en mi zulo intentando comprender qué hacía un alemán cercano a su lecho de muerte en un hotel de quinta en un país asiático equivalente a los más paupérrimos del África negra. E intentando armar el rompecabezas debí quedarme dormido, levantándome con la clásica erección pre-micción a causa de que la limpiadora había entrado en mis posesiones como Pedro por su casa. Sé que le excita mi presencia. Por lo que me dejé llevar.

 

Puedes limpiar la habitación. Yo me quedaré en la cama.

 

Ella aceptó. Y entre risilla y risilla me encendí el primer cigarrillo del día, que como un tiro en la nuca me produjo dolor y picor a partes iguales.

 

Fumar es malo –me dijo la señora de la limpieza.

 

Mucho peor es limpiar –le contesté.

 

 

Joaquín Campos, 12/07/14, Phnom Penh.

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