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La alimentación construye futuro

Por Nazaret Castro

 

Dice la antropóloga Patricia Aguirre, especialista en Alimentación y docente en la Universidad San Martín de Buenos Aires, que desde hace años termina todas sus conferencias insistiendo en la misma idea: lo que hagamos hoy con nuestra alimentación prefigura el mundo del mañana. Nada hay más esencial para la vida humana y, posiblemente, ningún sector de la economía expresa mejor el absurdo despilfarro, la injusticia social y la lógica suicida del sistema capitalista.

 

En el marco de la jornada “Comunicar y consumir para transformar”, celebrada en el CC Floreal Gorini de Buenos Aires, Aguirre desgranó algunos de esos sinsentidos que configuran la actual industria alimentaria: alimentos “kilométricos”, que van de punta a punta del planeta para que podamos comer uvas en pleno invierno; campos enteros dedicados a la producción de agrocombustibles para dar de comer a los automóviles; animales hacinados y medicados; pesca depredadora que, de seguir a este ritmo, llevará a la extinción del 90% de las especies marinas para 2050, según la FAO; y una alimentación basada cada vez en una menor variedad de alimentos: de las miles de especies comestibles que existen, el 90% de las calorías que ingerimos provienen de sólo 15 especies y el 75% de sólo tres cereales (trigo, arroz y maíz).

 

La pérdida de diversidad nos hace más vulnerables; el abuso de antibióticos para el ganado nos lleva a una evolución descontrolada de bacterias y virus; la sobreexplotación de la tierra y los mares expolia irresponsablemente los recursos de nuestros hijos y nuestras nietas. El ecocidio siempre es, también, un suicidio. Y, como recuerda Aguirre, el problema de fondo es que hoy los alimentos no son nutrientes, sino mercancías: no se producen para alimentarnos, sino para generar la máxima ganancia posible.

 

“Podemos y debemos producir con sustentabilidad, distribuir con equidad y consumir con comensabilidad”. Con esto último, la antropóloga nos recuerda que cocinar y alimentarnos, como también producir, ha sido durante siglos una actividad social, un hecho humano que nos une; hoy, los alimentos ultraprocesados, esos que no nos nutren pero reportan sustanciosas ganancias a la decena de multinacionales que controlan la alimentación en el mundo globalizado, triunfan porque no hace falta que los cocinemos y los podemos comer mientras leemos o hacemos otra cosa a las carreras. Al fin y al cabo, “comemos como vivimos: si vivimos a las carreras, comemos ultra-procesados”. Pero esa alimentación que promueve la industria alimentaria y las grandes multinacionales de la distribución, esa que se presenta con una falsa apariencia de variedad, en envases de mil colores y tamaños, nos enferma: nos provoca hipertensión, obesidad, diabetes; y, por esa misma lógica del mercado que necesita de la desigualdad y la carencia, la opulencia de unos pocos condena al hambre y la malnutrición a mil millones de personas, en un mundo que produce alimentos de sobra para toda la población mundial.

 

La cuestión de fondo son los valores, afirma Aguirre. El mercado ha pasado de ser un organizador de los intercambios para ser el eje de nuestras vidas y nuestras subjetividades. La batalla es cultural: por eso, dice la antropóloga, es necesario trabajar simultáneamente para cambiar las subjetividades individuales y las estructuras. Las prácticas alternativas, sea desde la producción o desde el consumo, cambian las subjetividades; y las nuevas subjetividades crean nuevas prácticas. Nadie tiene una solución mágica; el de la alimentación es, insiste Aguirre, un problema complejo y, por tanto, no tiene una solución simple. Las alternativas deben pensarse desde la transversalidad de disciplinas, de conocimientos, prácticas, activismos; y deben reflexionarse desde lo global y lo local simultáneamente (o, como diría el antropólogo colombiano Arturo Escobar, desde lo “glocal”).

 

¿Y si, en lugar de pensar si alimentamos el automóvil con maíz o con petróleo, nos cuestionamos el automóvil en sí? ¿Y si rompemos con las dicotomías de la modernidad occidental y nos cuestionamos esa división radical entre campo y ciudad? Otra ciudad es posible -sin coches, con huertas y espacios verdes, cambiando el asfalto por adoquines que dejen pasar el agua de la lluvia-, así como otra economía es posible. Es más: esos otros mundos posibles ya existen y, tal vez, comienzan y se recrean en una maceta en un balcón...

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