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Pekín mon amour

Por Joaquín Campos

 

Pekín asombra cuando la mitad de sus coches tienen prohibido circular –un día los pares, al siguiente los impares–. Y ya no les digo nada cuando desde Tianjin llegan amenazas en forma de lluvia ácida, nube tóxica, cianuro de sodio y todos aquellos asuntos entre reales y fílmicos que tanto asustan a la plebe, que o se ha encerrado en casa a cal y canto o se ha tomado las de Villadiego con el billete abierto. Que uno se pregunta, sin sorna alguna, cómo nadie se había fijado con anterioridad en el cielo negro que generalmente cubre sus cabezas, hace carraspear sus gargantas y escuece sus ojos. Que como diría Orwell, aunque como no lo dijo me la apunto yo, “el mal televisado es el auténtico mal”. Orson Welles, por cierto, habría cambiado lo de televisado por radiado.

 

Pero haber vivido en Pekín te permite añorarla en secreto. Como lo de ponerme zapatos, asunto que en Camboya es de imposible realización y que en Pekín es de obligado cumplimiento; atándome los cordones, cepillando los costados de mis Camper, y transitando por un distrito de Chaoyang que posee más habitantes que toda Barcelona.

 

En esos caminos sin destino que comenzaron en 2007, uno, como los bebés que se hicieron niños y luego adolescentes, ya toma decisiones por puro placer. Y sin saber si la Lonely Planet lo resalta decirles que callejear por las calles de las embajadas de Sanlitun es una auténtica delicia. Y no sólo por ese juego infantil de ir pasando de embajada en embajada, o de país en país, creyéndote el inventor del Monopoly, o jugando a ver si te sabes las banderas, sino por el silencio sepulcral que sólo rompe el sonido de las hojas de unos árboles inmensos, testigos de guerras internas, externas, dictaduras y ciertas mejorías. De Tanzania a Kazajistán, de aquí a la de Argentina, Togo; luego me detengo medio segundo para aclararme y cuando leo en una placa que era la de Somalia el policía chino, mucho más efectivo que corpulento, salta de su escalón para, bufando, informarme, en idioma internacional, que no tengo derecho a detenerme ante esa embajada. Ya llegando a Sanlitun, que es cuando la paz se transforma en shopping, bares y restaurantes, con un desasosegante ruido de cláxones, tacones golpeando las aceras y vocerío eufórico varonil, camino junto a la de España por donde paso cabizbajo por la penosa época que nos ha tocado vivir a sus ciudadanos.

 

Luego, si la terraza del Migas –probablemente el negocio español más efectivo entre todos los que actúan en terreno mandarín– me parece la verdadera embajada, donde arrasa la nacionalidad que un día fue Imperio, me escapo agachando la cabeza para caer en un hutong que me hizo preguntarme, por su extrema belleza, en el porqué de mi desdicha con esta China.

 

De vuelta a mi hotel quise cenar unos pinchitos de carne adobada al estilo uigur y recordé, al ver el lugar cerrado, que ha quedado prohibido hacer barbacoas para que el próximo 3 de septiembre las huestes del Partido, con sus gerifaltes y ejercito a la cabeza, puedan mostrar al mundo lo listos que son y los cielos tan azules que tienen, aunque en ellos, muy seguramente, pululará el cianuro de sodio, entre otros asuntos varios a escoger antes de irte al otro barrio por descompensación orgánica general.

 

No volveré a vivir en Pekín. Ni borracho ni abstemio. Pero juro que esta noche volveré a pasear entre las embajadas.

 

 

Joaquín Campos, 21/08/15, Pekín.

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