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M como compañera de doctorado

Por Linda Ontiveros

M tiene 10 meses de edad y hoy va por primera vez a la Universidad Complutense de Madrid. Bueno, unos meses antes su madre ya había paseado por los pasillos de la Facultad de Ciencias de la Información cuando estaba en el vientre de L. La enorme barriga que era el blanco de las miradas de los jóvenes estudiantes poco acostumbrados a ver mujeres gestantes con cuadernos debajo del brazo. Esta vez va de acompañante de L, que está haciendo el curso de doctorado Técnicas y Procesos de Creación de Imágenes y esta mañana ha quedado con una de sus profesoras para una tutoría sobre una investigación que tiene que entregar a final de curso. 

 


L llega puntual, no hay que hacer esperar a una profesora que ha tenido la amabilidad de aceptar una tutoría es esas condiciones. Entra al despacho y saluda a la profesora que en cuanto ha visto asomarse las ruedas del cochecito de bebé por la puerta, se ha levantado para hacerle sitio frente a su escritorio y se ha acercado hasta L para saludarla. Mira a la niña, que se ha despertado hace unos minutos después de  haber dormido durante todo viaje en Metro hasta la estación Ciudad Universitaria. La tutora le dice a la bebé las palabras habituales: que es muy mayor, que es la persona más joven que ha pasado por su oficina. M mira extrañada a la mujer, está un poco tímida, coge uno de los muñequitos que le ha llevado su madre para que se entretenga y hace como si estuviera muy ocupada para atender lo que le está diciendo. La tutora no insiste con la niña e invita a L a sentarse. L toma asiento y comienza a sacar los apuntes de su estudio. 

 


M observa a su alrededor, al despacho desangelado. Y deja caer unos de sus muñequitos. L, que está comentando sus avances en la investigación y ha puesto sus apuntes en la mesa, tantea debajo de su silla e intenta no quitar la vista de su interlocutora mientras consigue alcanzar el juguete y pasárselo a la pequeña. Todo sin casi doblar el cuerpo. M lo recibe y juega un par de minutos hasta que vuelve a dejar caer uno de sus peluches. L, interrumpe la conversación, recoge el objeto y se acerca a M para decirle:

 


-Hijita, toma el muñequito, y juega con tus cositas que en pocos minutos mamá terminará de hablar con la profesora y podremos irnos a casa. 

 


M la mira. Entiende, desde luego, pero no está muy convencida. Juega un par de minutos más y comienza a hacer “run, run, run”: se ha convertido en un coche. L sube eleva el timbre de la voz para que se le escuche mejor y, al mismo tiempo, disimular el  recital onomatopéyico de su hija. La profesora sonríe, le dice que no se preocupe, que la niña se está portando muy bien y que a ella no le molesta. 

 


L no tenía con quien dejar a la niña y no era posible suspender la cita porque la agenda de la tutora era bastante complicada. Las palabras de la profesora la tranquilizan. Apura el ritmo, acuerda los próximos pasos a seguir con la investigación. Quedan para dentro de un mes. L se despide asegurándole a la tutora que asistirá sola. La tutora se ríe y le dice “no te preocupes más, mujer”. Quizás también pasó por el mismo trance. 

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