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La revolución rusa, cien años después

Por Jorge Álvarez Yágüez

 

 

Introducción: Filosofía e historia: ¿Quiénes somos?

 

¿Quiénes somos? es esta una pregunta filosófica por excelencia. Gnôti seauton (conócete a ti mismo) era la fórmula délfica que repetía Sócrates a sus amigos. No es fácil de responder. Por cómo está configurado nuestro cerebro somos como una ciudad milenaria en que pueden encontrarse diferentes estratos arqueológicos; nuestro cerebelo, espacio de nuestras emociones, es muy antiguo. Mucho más moderno es nuestro neocórtex. Algo semejante ocurre no ya no con lo que del cerebro depende de los genes, de nuestro genoma, esa configuración, sino de los memes (Dawkins), esto es, de nuestra información adquirida, de nuestras ideas y conocimientos, esos cuyo procesador es justamente el cerebro, un procesador distinto del genoma (que procesa la información genética). Según la información memética, también somos hombres de muchos tiempos: por nuestra lengua nos remontamos a un milenio atrás, sin escarbar en sus raíces, pero por nuestros sistema de numeración, llamado arábigo porque fue introducido por Al-Ándalus, pero en realidad de origen indio –o quizá chino– se remonta al siglo VIII, pero si atendemos a nuestra escritura latina nos vamos al siglo VI antes de Cristo, y si ya nos referimos a la invención de la misma escritura retrocedemos al tercer milenio antes de Cristo (cultura sumeria). Por nuestra física, al menos del macro mundo, somos hombres de trescientos años, por el uso de los celulares de antes de ayer.

 

Los acontecimientos de la historia, pues, forman parte de nosotros; pero no simplemente porque los acumulemos en nuestro cerebro como información, sino que nos conforman, nos constituyen; somos seres históricos, somos historia, no solo seres que tienen curiosidad por este campo determinado que es la historia. Y somos historia porque la hacemos, porque somos, como nos definía Aristóteles, soôn politikón, él único animal político y por eso histórico.

 

Si repaso los acontecimientos que me han marcado, yo que nací ya en una era geológica distinta a la de mis padres, en el Antropoceno, cuando ellos lo hicieron en el Holoceno, veo que no todos los viví directamente o me fueron siquiera coetáneos: entre los que sí lo fueron está la dictadura criminal del general Franco (1939-1975-78), las consecuencias del Concilio Vaticano II (iniciado cuando yo tenía 7 años,1962-65); los efectos posteriores al mayo del 68; el golpe de Estado en contra del socialista Allende en Chile (1973); la guerra del Vietnam (1955-1975); y entre los no coetáneos: la Guerra Civil (1936-39), la revolución china (1949) y la malcomprendida revolución cultural (1968); y el más lejano, e indirecto, claro, pero uno de los más determinantes fue la Revolución rusa (1917) que levantó un sistema derrumbado en 1990 cuya polvareda aun no dejamos de percibir, como la luz que aún nos llega de esas estrellas muertas.

 

Las generaciones que se incluye hoy netamente en el siglo XXI no pueden decir que sean ya ajenos totalmente a aquel acontecimiento, pues algo que está sin duda determinando sus vidas tiene mucho que ver con aquella revolución. Al fin, como ha planteado Eric Hobsbawn, el siglo XXI empieza con el fin de aquel sistema originado por ella, y el desencadenamiento del imperio de las economías y lógicas neoliberales está igualmente marcado por ese final. Si estas generaciones, a diferencia de las anteriores, tiene una expectativa sociovital inferior a la de sus padres, que se desenvuelve en medio de un crecimiento de la desigualdad desconocido en “el corto siglo XX”, eso tiene mucho que ver con eso – todo ese desembocado neoliberalismo representa todos los valores contra los que se alzó la revolución.

 

La tarea filosófica del calar en nosotros mismos en tanto seres históricos nos exige entre otras cosas traer a conciencia aquel acontecimiento que marcó de una forma u otra tantas vidas. De esa manera es como tratamos de apropiarnos de nosotros mismos, de llegar a “ser el yo de nuestro propio yo”, como decía el escritor romántico Novalis –y nos recordaba el joven Gramsci (‘Socialismo y cultura’, 1916, Antología, 14).

 

 

Aniversario de ‘Das Kapital’ (1867)

 

Este año de 2017 no es solo el centenario de la Revolución rusa sino también el aniversario (150) del libro sobre el que, a su modo, se apoyó: el primer volumen de Das Kapital (1867). Aunque alguno, como el joven Gramsci, pudo pensar que aquella revolución era, en realidad, en contra de ese libro por cuanto que no respetaba la sucesión determinista de modos de producción y órdenes políticos que creía leer en él. Sea como fuere, si aceptamos la interpretación bolchevique diríamos que el 1917 ruso celebró a su modo, como se merece, el 50 aniversario de aquel mítico libro, cuyo alcance acaso sea más duradero que aquel inmenso acontecimiento. Pero, la cuestión que se suscita siempre es la de que Marx no pudo pensar nunca que en Rusia se fuera a dar la revolución, que allí pudiera proponerse la construcción del socialismo.

 

¿Pensaba Marx en que en Rusia podría darse la revolución?

 

Marx aprendió ruso para estudiar el desenvolvimiento económico de aquel país[1], y respecto a la cuestión que se planteaba de si Rusia tendría que seguir los torturantes pasos del capitalismo, respondió explícitamente por escrito en tres ocasiones[2]: en 1877 en una interesantísima carta dirigida a una perseguida revista político literaria rusa (Otiechéstvennie Zapiski, Anales de la patria), que Marx, sin embargo, no llegó a enviar[3], y en la que se quejaba de que sus planteamientos en El capital se entendiesen en clave genérica como “el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica”. Para Marx cada caso debía estudiarse en sus circunstancias, no podía deducirse de antemano nada, por lo que rechazaba el modo en que se interpretaba su posición, pues suponía “metamorfosear” su “esbozo histórico de la génesis del capitalismo en el Occidente europeo en una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre, a fin de que pueda terminar por llegar a la forma de la economía que le asegure, junto con la mayor expansión de las potencias productivas del trabajo social, el desarrollo más completo del hombre”. Respecto a Rusia en particular, Marx no podía excluir, por tanto, que su camino pudiera ser distinto al que había observado en El capital sobre la base de los países estudiados: “Para poder estar autorizado a estimar el desarrollo económico actual de Rusia, estudié el ruso y luego estudié durante muchos años las publicaciones oficiales y otras vinculadas a este asunto. Llegué a esta conclusión: si Rusia sigue por el camino que ha seguido desde 1861, perderá la mejor oportunidad que le haya ofrecido jamás la historia a una nación, y sufrirá todas las fatales vicisitudes del régimen capitalista”. Con la indicación de 1861 Marx se refería a la reforma agraria aprobada, en que la comunidad rural rusa (especie de comunismo primitivo) desaparecería; ella, entonces, parecía a Marx, podía ser una base para un desenvolvimiento distinto, pues ella suponía una diferencia esencial ya que la vía capitalista lo que exigía era la expropiación del campesinado, la separación del trabajador de sus medios de producción, punto en el que insistió siempre Marx.

 

Más tarde, en 1881, Marx responde por carta a la misma cuestión, planteada epistolarmente por la infatigable, tantas veces encarcelada, revolucionaria rusa Vera Zasúlich, quien le instaba a publicar sobre el tema[4]. Marx citaba lo dicho en El capital respecto al ámbito al que se circunscribía su trabajo: “en el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre productor y medios de producción […] la base de toda esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra […] Pero todos los demás países de Europa occidental van por el mismo camino. (El capital, edición francesa, p. 316)”. Y subrayaba a continuación: “La ‘fatalidad histórica’ de este movimiento está, pues, expresamente restringida a los países de Europa occidental. El porqué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: “La propiedad privada, fundada en el trabajo personal… va a ser suplantada por la propiedad capitalista fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado (ob. cit., p. 340). En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar su propiedad común en propiedad privada”. A lo que añadía conclusivamente: “El análisis presentado en El capital no da, pues, razones, en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho, y cuyos materiales he buscado en las fuentes originales, me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia, mas para que pueda funcionar como tal será preciso eliminar primeramente las influencias deletéreas que la acosan por todas partes y a continuación asegurarle las condiciones normales para un desarrollo espontáneo”.

 

Un año antes de su muerte y un año también después de la carta citada, en 1882, Marx –con Engels– vuelve sobre el tema, en el prefacio a la segunda edición rusa del Manifiesto comunista, traducido por el llamado padre del marxismo ruso, al que reverenciaba Lenin, Plejanov –la primera edición de 1869, publicada con muchos errores, había sido vertida por Bakunin. En ese texto Marx y Engels se abrían igualmente a la posibilidad de una vía particular para Rusia, que dependería de que Rusia fuese la chispa de una revolución mundial, esa que tan desesperadamente, en su momento, ansiaba Lenin:

 

“El Manifiesto comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa –forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común de la tierra– pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente?

 

“La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista”.

 

En las tres respuestas, como vemos, Marx insiste en la misma triple consideración: 1) Lo expuesto en El capital no tiene validez universal, tan solo para los países occidentales. 2) La condición para la emergencia del capitalismo es la separación del campesinado de sus medios de producción. 3) En Rusia, puesto que se da la especificidad de una comunidad rural de propiedad colectiva, si bien ya acosada y con deficiencias, hay la posibilidad, todo lo difícil que se quiera, de que pueda darse un camino distinto; en el prefacio al Manifiesto ese paso se hacía depender de la revolución proletaria en Occidente, extremo este enfatizado por Engels en su contestación a Tkachov de 1975 y en carta a Danielson[5]. El tono general de los textos es expresivo de un cierto escepticismo, como bien interpretaron Riazánov y Bernstein en su momento[6]. Engels era más negativo, y también más ortodoxo con el canon del materialismo histórico, en su escrito de 1894[7].

 

 

Los acontecimientos

 

La revolución rusa fue la primera revolución proletaria de éxito duradero; la anterior, la Comuna de París, que Marx había tan apasionadamente seguido, y analizado en La guerra civil en Francia había conseguido prevalecer tan sólo dos meses, aplastada cruelmente, uniéndose sin rebozo alguno la burguesía a su enemigo prusiano en ello. Nos dejó su ejemplo, y el himno de la Internacional. Lenin mismo, consciente de la dificultad de la situación, cuando había sobrepasado en el poder ese tiempo se felicitaba por ello. La revolución se daba en un país eminentemente agrario (más del 80% de la población; solo dos ciudades con industria relevante: San Petersburgo y Moscú); sin embargo, a Lenin (El desarrollo del capitalismo en Rusia, 1899, 1908) le parecía un país capitalista, y una situación especial, caracterizada por su fragilidad la hacía lo que Lenin denominaba “el eslabón débil de la cadena” de las economías capitalistas, allí por donde todo podía romperse. Ello por la incapacidad del poder zarista de los Romanov, Nicolás II, y particularmente la guerra contra Alemania en que en medio del frío los soldados, campesinos la gran mayoría, luchaban en el frente sin condiciones de abrigo y alimento, maltratados por sus oficiales.

 

La revolución había tenido un anuncio previo y sorprendente en 1905, en que las huelgas se sucedieron a lo largo del año (Trotski las impulsaría en Petrogrado, y Rykov en Moscú), la ocupación de tierras, y los motines de los soldados (insurrección del acorazado Potemkin), en el contexto de la guerra con Japón. Quedan en el recuerdo los muertos del “domingo sangriento” de enero en San Petesburgo, cuando una multitud hambrienta con iconos y precedida de un Pope se había dirigido a Palacio pidiendo pan, y la guardia los había ametrallado. En ese mismo año Rusia declararía su derrota ante Japón, y el zar Nicolás accedería a una reforma que supondría una débil constitucionalización de la monarquía, formándose la Duma con un sufragio restringido, y sin verdaderos poderes (el rey nombraba los ministros que respondían ante él individualmente). Ese mismo año se registra el nacimiento de una institución revolucionaria que lo cambiará todo: los sóviets.

 

Ya en febrero de 1917 (marzo en el calendario juliano, el de Julio Cesar, sustituido en occidente en el siglo XVI por el más preciso, gregoriano, debido al papa Gregorio XIII) sucedió algo semejante que, sin embargo, tomó pronto otro muy distinto derrotero[8]. La guerra había creado una situación de gran descontento; los socialdemócratas rusos habían hecho un trabajo intenso y continuado, terminando la mayor parte de sus líderes en el exilio. El día de la mujer, un 8 de marzo, una manifestación de mujeres, hartas de aquella miseria, se dirigieron de nuevo al Palacio de los zares en petición de pan. Como antaño, se ordenó al ejército formar frente a ellas, pero los soldados, incluidos los cosacos empezaron a dudar en disparar y terminaron por negarse y pasarse a las filas de la protesta. Los obreros se declararon en huelga y se armaron. Después de algunos días de lucha, y cuando ya todos los regimientos de San Petersburgo se habían pasado al bando de la revolución, el zar Nicolás II abdicó. Se estableció la democracia, el sufragio universal, incluidas las mujeres, e incluso algo que despertó la atención de un fino espíritu como el de Gramsci: la liberación de los presos comunes. Este acto para el italiano representaba “el fenómeno más grandioso que la iniciativa del hombre haya producido”, la instauración de una nueva conciencia moral: “la libertad hace libres a los hombres –decía–, ensancha el horizonte moral, hace del peor malhechor bajo el régimen autoritario un mártir del deber, un héroe de la honestidad” (‘Notas sobre la r. r.’, abril, 1917); de hecho, algunos presos se habían negado a salir, querían cumplir su condena, otros, los de la cárcel de Odesa, se reunieron en el patio y se juramentaron no volver a delinquir contra lo que era una nueva sociedad.

 

Se formó un gobierno provisional con socialistas moderados y la burguesía conservadora con Kerenski de presidente. Los bolcheviques (que se habían escindido de los mencheviques en 1912 –la división había surgido en 1903, en el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso–) no quisieron entrar, exigieron a ese gobierno, que sabían débil y timorato, el retirarse de la guerra y una reforma agraria que diese tierra a los campesinos; su consigna de gran éxito sería “paz, pan y tierra”; extendieron la organización de sóviets de soldados y campesinos en la que fueron alcanzando un puesto predominante, especialmente en San Petersburgo y Moscú. El gobierno preparaba planes para la continuación de la guerra, y no accedía a las reformas que se urgían mientras la reacción conspiraba, llegando a un intento de golpe con Kornilov.

 

A partir de la llegada de Lenin del exilio, a la estación Finlandia de San Petersburgo, en abril, en un tren blindado costeado por los alemanes, con los que había llegado a un acuerdo, los bolcheviques se prepararon para la revolución, y eso fue lo que desencadenaron cinco meses más tarde en octubre, justo el día en que se celebraba el Congreso de los sóviets. La toma del Palacio de Invierno, sede del gobierno, fue sobre todo un hecho simbólico, pues apenas hubo resistencia alguna, ni tenía gran valor militar. La consigna fue todo el poder para los sóviets. La duda en convocar una Constituyente se disipó. Lenin sería criticado por ello por Rosa Luxemburgo. El gobierno dirigido por Lenin, y en el que estaba la cúpula bolchevique, incluidos Trotski, y un aún desdibujado Stalin, fue de un solo color; la propuesta de Martov, un menchevique de izquierda de enorme prestigio, admirado por Lenin y Trotski, de un gobierno plural con las distintas corrientes dentro del Congreso de los sóviets, que se encontró ante hechos consumados, no salió adelante ante la oposición bolchevique.

 

Todo fueron problemas desde el principio, con el boicot de la burocracia, la resistencia declarada de la aristocracia y burguesía que daría lugar a una cruenta guerra civil de 1918-1920, y la oposición de los países capitalistas; hasta 13 Estados participaron en el intento de abortar la revolución. El temor a que se extendiese era real por el entusiasmo que la revolución había despertado. Lenin quiso firmar como fuera la paz con Alemania, lo que se consiguió en Brest-Litovsk, 1918, con importantísimas concesiones territoriales rusas[9]. Alemania, temerosa del contagio de la revolución, no estaba menos urgida a pactar pues su ejército se hacía necesario ahora en el interior.

 

 

Conmovieron al mundo

 

La Revolución rusa tuvo, al igual que la francesa pero con una envergadura superior, un significado internacional. Enseguida desencadenó por parte de la reacción la lucha mundial contra el peligro comunista, contra las ideas bolcheviques, sabedora del ejemplo que representaba para el proletariado del mundo[10].

 

Para Kant, el entusiasmo despertado por la Revolución francesa, debido a ver en ella el cumplimiento del derecho, la república, era el signo claro de que cabía confiar en el progreso moral de la humanidad. Tal podría también haberlo observado en la conmoción empática mundial que causó la revolución de 1917, poco más de un siglo después. Una pasión general recorrió el mundo ante lo que habían hecho los rusos, y el solo nombre de Lenin en las diferentes lenguas adquiría tonos místicos. De la entera Europa al México revolucionario, de las minas de Minnesotta en Estados Unidos a Brasil y Argentina, a Australia e Indonesia, a China.

 

Lenin sabía que el poder en Rusia no podría mantenerse si no se desencadenaba la revolución en Europa, y esperaba eso al principio en Alemania e Italia. Lenin esperaba que pronto se trasladase la capital del mundo socialista de Moscú a Berlín. No en vano el idioma oficial de la Internacional era el alemán. A que la revolución despertara en Europa, con la inevitable guerra civil, dedicó todas sus fuerzas[11]. Se dio un paso, muy criticado, la división del movimiento obrero con la escisión de los partidos socialdemócratas y la constitución de los partidos comunistas de 1921 en adelante, la formación de una nueva Internacional Comunista, la III Internacional, cuyas drásticas exigencias de entrada (las famosas 21 condiciones) dejarían fuera a los socialistas y a los comunistas de extrema izquierda, esto es a la gran mayoría de las organizaciones de izquierda que tenían el apoyo de la mayor parte de la clase obrera. Se trataba de que un partido de profesionales de la revolución, decidido y bien organizado siguiese el ejemplo ruso y sirviéndose de una situación propicia al entroncar con ella pasara de su minoría inicial a encabezar a las amplias masas obreras.

 

 

La revolución en Europa

 

En primer lugar hay que indicar algo que no suele atenderse, el impulso que la revolución que aprobó inmediatamente el voto femenino supuso para su extensión a otros países (ya lo tenían Australia del sur y los países escandinavos): la República de Weimar, la República Popular de Hungría e Inglaterra lo aprobarían en 1918, Los países bajos en 1919, Checoslovaquia y Albania en 1920.

 

Europa parecía estar dispuesta a la revolución. Muchos movimientos que por todas partes se iniciaban, la difícil situación del final de aquella primera gran guerra, la guerra mundial, devastadora, con millones de muertos; nunca la humanidad había sufrido un conflicto así, que los nacionalismos, a los que se había visto arrastrada la misma socialdemocracia. El SPD, la socialdemocracia alemana era el partido obrero más grande y sólido del mundo, con un millón de afiliados, más diputados en la cámara que ningún otro, con sus periódicos, escuelas, universidades populares, asistencia solidaria, coros musicales, tabernas, asociaciones deportivas; el partido que bien podía considerarse “el heredero legítimo de Marx y Engels” (Hobsbawm), al que pertenecían algunos de los dirigentes más eximios, como el austríaco K. Kautsky, uno de sus fundadores, amigo de Marx y Engels y testamentario de este, E. Bernstein[12], A. Bebel, Rosa Luxemburgo y K. Liebknecht, votó los presupuestos militares y apoyó la declaración de guerra (Ebert pacta con el ejército, y procura mantener la calma obrera mientras dure la guerra). En contra de su ala izquierda, que, movida por líderes extraordinarios como Rosa Luxemburgo o Karl Liebknecht o Clara Zetkin, llamaba a no secundar una guerra entre capitalistas en que los obreros y campesinos se matarían unos a otros, ellos preferirían seguir la llamada de Lenin a que los soldados volviesen sus fusiles en contra de sus patronos y generales. De hecho, ante el internacionalismo revolucionario que Rusia potenció al final de la guerra, la reacción de las burguesías y el plan del presidente norteamericano Wilson, fue estimular el nacionalismo, constituir lo que llamaban un cordon sanitaire que aislase a Rusia, alimentando el nacionalismo polaco, rumano, moldavo, la creación de pequeños estados nacionales.

 

En ese clima los campesinos andaluces, buena parte afiliados a organizaciones anarquistas, se lanzan a huelgas potentes reclamando la tierra ante los latifundistas, ese fue el significativamente llamado trienio bolchevique (1918-1921).

 

 

Los trabajadores alemanes, que formaron sóviets (Rate) de soldados y trabajadores siguiendo el ejemplo ruso, declaran en Berlín la república en 1918 y en 1919 en Baviera, todas inmediatamente derrotadas; los espartaquistas que habían apoyado la intervención revolucionaria, en contra del parecer de Rosa Luxemburgo, lo pagarían caro, con el asesinato de sus dos venerados líderes (Liebknecht y Luxemburgo) por los numerosos escuadrones del Freikorps, amparados por el ministro de Defensa, el socialdemócrata Gustav Noske. Volverían los alemanes, instigados por la Komintern, a intentarlo en marzo de 1921, contra el criterio de Paul Levi y Clara Zetkin que se opusieron en el KPD a la línea de Thalheimer y Brandler, y fue un sonoro desastre; Levi lo calificaría de “putsch bakuninista”[13]; pero ello no impediría el siguiente, en 1923, una mal organizada conspiración aislada.

 

En 1918, en Bulgaria la vuelta de los soldados del frente proclamó la república, también pronto derrotada con ayuda de los alemanes.

 

En Hungría, en 1919, con Bela Kun (y un joven Lukács), se organizan sóviets y se llega a la toma del poder por el breve tiempo de unos meses.

 

En Francia fracasa la huelga general de julio de 1919.

 

En Austria, a finales de la guerra, la fortísima socialdemocracia, que tenía brillantes hombre como Otto Bauer, entra en el gobierno, y en el 19 con la nueva Constitución, organizan consejos obreros que se complementan legalmente con el parlamento. Sin embargo, la reacción se organizaría inmediatamente, y finalmente, con el golpe de Dolfus en 1934, con todo el apoyo de la Iglesia –la misma que por boca de Pio XI había visto en Mussolini al hombre “que la Providencia nos ha enviado”, ante una socialdemocracia paralizada, indecisa en acudir a la huelga e insurrección, se pondría término a un tiempo en que encabezados por la “Viena roja” también allí la revolución pareció posible. 

 

En 1920 las esperanzas de los soviéticos y de la Internacional estaban puestas en Italia, donde se estimaba pronta la revolución, como en una carta Lenin, Bujarin y Zinoviev trataban de convencer a los miembros del PSI. Gramsci y el grupo de Turín estaban de acuerdo con tal valoración[14]. Los consegli di fabrica se crean en la industriosa Turín[15], “el Petrogado de Italia”, al tiempo que la ocupación de fincas por parte de los campesinos italianos. Los turineses se hacen con el poder en las fábricas, con el decidido apoyo de la izquierda de los socialistas, Bordiga, Gramsci, Togliatti, pero, abandonados por el resto, no podrán seguir adelante. La patronal respondió con el cierre, mientras no se disolviesen los consejos, y un despliegue de más de cincuenta mil soldados. En Turín y su comarca tiene éxito la huelga general, pero no llega a extenderse a otras provincias. Los obreros turineses, aunque vencidos, no dejarán de obtener algunas conquistas (las comisiones internas serán permitidas). Los socialistas de izquierda, con el grupo de L´Ordine Nuovo a la cabeza, apoyaron decididamente aquel movimiento, y fundarán inmediatamente después el Partido Comunista Italiano.

 

Como había temido Gramsci, la reacción violenta de los explotadores no se haría esperar, y en 1922 tendrá lugar la exitosa marcha sobre Roma de Mussolini y los camise nere que terminará con aquél en el poder…

 

En la pacífica Inglaterra, en 1926 se produjo la primera huelga general de su historia. Allí también se había formado equivalentes de los consejos, los Shop stewards.

 

Si nos vamos al extremo oriente, tenemos que registrar, entre 1920 y 1927, importantes movimientos revolucionarios en China, donde el recién creado Partido Comunista se alía con los nacionalistas del Kuomintang (Sun Yat-sen, 1866-1925), pero serían derrotados por estos mismos a su llegada al poder en 1927 (Chiang Kai-shek). Tampoco Oriente, por tanto, permitía alimentar las esperanzas.

 

Después del 17 y de la Primera Guerra Mundial buena parte de las dinastías reinantes europeas habían sido barridas, los Romanov, Hohenzollern, Habsburgo, con sus regímenes autoritarios o de meras monarquías constitucionales, sustituidos por democracias parlamentarias, pero la revolución proletaria en Europa fracasaba. El III Congreso de la Internacional (Moscú, 1921), dio un giro, de los que empezarían a ser habituales, comenzó a tomar nota de ello y, en consecuencia, a ceder en su radicalismo –no por mucho tiempo–, presentando una política de unidad de los obreros en un “frente unido” con los socialdemócratas hasta ese momento tan radicalmente combatidos como traidores; ahora se declaraba concluido el periodo propicio para la toma del poder, y la actividad se limitaría, en colaboración con los otrora vilipendiados socialdemócratas, a tratar de ganar elecciones y constituir un gobierno de coalición. No se tocaba, sin embargo el modo de organización partidaria y ninguna de las 21 condiciones impuestas en el congreso anterior.

 

Sin duda la urgencia de la revolución europea para los soviéticos introducía sesgos cognitivos en sus dirigentes. En agosto de 1920 en el II Congreso de la IC Lenin afirmaba: “La revolución del proletariado, la abolición del mecanismo capitalista se aproximan y se aproximarán en todos los países”. De 1917 a 1920 Lenin  no haría sino anunciar la inminente revolución mundial: en el 17 hablaba de “víspera de una revolución a escala mundial”; en 1919, ante el I Congreso de la Tercera IC sostiene que “la victoria de la revolución proletaria en todo el mundo está asegurada”[16]. Pero el gran dirigente ruso no podía dejar de tomar nota de lo sucedido, y un tiempo después, ya enfermo[17], consciente de la situación, consideraba que Rusia no podía proyectar ni su modelo ni sus necesidades perentorias de revolución sobre la situación particular de los otros países, que estos debían saber “traducir” aquel acontecimiento que conmovió al mundo a la lengua de su propio país, y que solo desde un buen conocimientos de las condiciones concretas de cada uno podía sentarse una base real para una futura revolución. Pero Lenin muere pronto, en 1924, a los siete años de la revolución, tenía 54.

 

 

Un filólogo sardo extrae las lecciones del fracaso

 

Sería un fino marxista italiano, uno de los fundadores del partido comunista de su país, y secretario general desde 1926, año en que sería encarcelado hasta que gravemente enfermo se le permitió salir para ser tratado y termina muriendo en un hospital en Roma un 27 de abril de 1937, a la edad de 46 años, pocos días después de cumplirse su condena, quien extraería las lecciones de esas derrotas de la revolución en la Europa occidental. Gramsci había compartido las posiciones izquierdistas y sectarias de la Internacional; incluso en 1921, cuando esta, en su III Congreso, rectifica y lanza su táctica de frente único, Gramsci se mantendrá reticente al lado de Bordiga y Terracini, a pesar de su divergencia con ellos, pero interesado más en distanciarse y combatir a la derecha socialdemócrata de Tasca. El giro de Gramsci no se produciría hasta su ida a Moscú en mayo de 1922. Los Cuadernos que escribe en la cárcel entre 1929 y 1935 constituyen la teoría más elaborada de la experiencia del fracaso revolucionario.

 

En síntesis, Gramsci observará que la diferencia fundamental respecto de Rusia radica en su estructura estatal, que comprende de forma nueva como una unión de sociedad política y sociedad civil. Mientras que en el Este el Estado es una débil estructura prácticamente limitada a la represiva sociedad política, en Occidente la sociedad civil está extraordinariamente desarrollada. Esto hace que mientras que en Rusia pudiera ser relativamente fácil la toma del Estado por la revolución, la debilidad de su tejido civil haría muy complicada la construcción del socialismo. A la inversa, en Occidente, la sociedad civil está ampliamente desarrollada, empezando por su diversificación en clases y grupos sociales nada homogéneos y perteneciente a distintas épocas que han ido dejando su sedimento, que contrasta claramente con la simplificación de la Rusia zarista en que ni siquiera se da una verdadera clase media; una sociedad civil además conformada por un sinfín de organizaciones y asociaciones de todo tipo, de medios de comunicación, centros educativos, iglesias, publicaciones. La sociedad civil constituye, entonces, un abigarrado cuerpo que ejerce el papel de un diverso y ramificado “conjunto de trincheras y casamatas” que consolida el poder de la burguesía, y hacen extremamente difícil la conquista del poder, pero sin embargo harían más factible la construcción posterior del socialismo.

 

En conformidad con ese análisis la estrategia revolucionaria tendría que modificarse en una orientación consistente en un largo proceso de minado del poder burgués en la sociedad civil, en una lucha cultural y económica en que el proletariado fuese tomando progresivamente posiciones en ella, al tiempo que logrando una amplia base social que tendría que abarcar a otras clases sociales también oprimidas en el modo de producción capitalista: el campesinado, en primer lugar, pero también la pequeña burguesía y las clases medias; para esa tarea, esto es, constituirse en una clase dirigente y hegemónica de carácter nacional el proletariado tendría que formar todo un amplio frente de intelectuales unidos a su causa, dado el cualificado papel que los intelectuales juegan en la organización del conjunto de la sociedad. Ese cambio estratégico se acuñaba como el paso de la “guerra de movimiento” a una “guerra de posiciones”.

 

Gramsci presentaba su elaboración justamente en continuidad con las últimas reflexiones de Lenin, especialmente las del periodo de los tres últimos Congresos de la Internacional en las que Lenin participó (II, III, IV, esto es, de 1920 a 1922). Se trataba de saber traducir la experiencia rusa, lo que exigía conocer a fondo las lenguas nacionales. Eso es lo que hizo como nadie este genial revolucionario, este filólogo sardo[18].

 

 

De la revolución mundial al socialismo en un solo país. Las purgas

 

En lo que se conoce convencionalmente como “testamento de Lenin”, un conjunto de cartas y notas de 1922 dirigidas al congreso del partido, sabemos que Lenin no quería que Stalin se convirtieran en el nuevo secretario general, temía su rudeza y la concentración excesiva de poder en sus manos. Como es bien conocido sería en este hombre afincado siempre en Rusia en quien sin embargo acabase por recaer todo el poder. Stalin había tenido importantes cargos (director del órgano de los bolcheviques, y ministro de las nacionalidades en el primer gobierno revolucionario), y había demostrado gran capacidad organizativa y tino político; en la IC, sin embargo, no había jugado hasta ese momento papel alguno, su formación estrictamente nacional, y posiblemente su falta de idiomas contribuyeron a arrinconarlo; cuando alcance la dirección la IC dejará de tener el alemán como idioma oficial, que pasará a ser el ruso. Los temores de Lenin se cumplieron, Stalin convertiría un partido ya fuertemente disciplinado y concentrado, pero al fin con amplios debates, en una mera herramienta ciega en sus manos; para ello no dudó en asesinar a todos los que observaba como discrepantes, o poderosos adversarios. Todos los grandes bolcheviques, compañeros de Lenin, fueron eliminados: el respetado teórico Bujarin, para Lenin el más grande en el partido; los que solían acompañar a Lenin en la pequeñísima ejecutiva del partido bajo la tiranía zarista, Kamenev y Zinoviev, y el hombre que había construido el Ejército ruso, y que desde abril había convergido en casi todo con Lenin, el polifacético Trotski (asesinado por el estalinista español, Ramón Mercader, en México en 1940). Y tantos otros: “entre 1934 y 1939 cuatro o cinco millones de miembros del partido y de funcionarios fueron arrestados por motivos políticos, cuatrocientos o quinientos mil de ellos fueron ejecutados sin juicio previo, y en el XVIII Congreso del PCUS que se celebró en la primavera de 1939 apenas había 37 supervivientes de los 1.827 delegados presentes en el XVII Congreso de 1934 (Kerblay, 1983, p. 245)”[19].

 

Marx y Lenin en su El Estado y la revolución, que había podido escribir en medio de la revolución en 1918, habían teorizado la necesidad de una dictadura del proletariado después de la revolución para vencer la desesperada resistencia burguesa. Pero lo que perfilaba Stalin bajo tal etiqueta constituía algo muy distinto, no otra cosa que una dictadura de un partido militarmente obediente a su secretario general. Todo había acabado como Rosa Luxemburgo había previsto en su crítica en contra de la supresión de elecciones generales en la primera época de Lenin: “Sin elecciones generales, sin irrestricta libertad de prensa y de asociación, sin libre contraste de opiniones, se extingue la vida en cualquier institución pública, se convierte en vida aparente, en la que solo la burocracia se mantienen como elemento activo (…) Una dictadura, ciertamente, pero no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos, es decir, una dictadura en sentido burgués de la palabra”[20].

 

Sin esperanzas ya de la revolución europea, Stalin pasó a sostener, en contra de Trotski que huiría al extranjero, la teoría del “socialismo en un solo país”. En la IC se daría un giro en el VI Congreso (1928, Moscú) en que la política iniciada de “frente unido” es restringida y se inicia la estrategia de “clase contra clase”, y combate de los liberales y de los socialdemócratas que aceptan el marco parlamentario, tildados de socialfascistas. Se prosigue la industrialización, iniciada por Lenin con la NEP (que cedía al campesinado en su voluntad de poseer la propiedad de la tierra, y mantenía ciertas áreas de mercado), y se gira hacia una colectivización forzada en el campo; se trazan distintos planes económicos quinquenales, sin gran éxito. No obstante, a pesar de todos los desastres, como las hambrunas que se cobraron cientos de miles de vidas, se iría consiguiendo en medio de altísimos costes un crecimiento de la producción que le permitiría hacer frente a la invasión nazi, y más tarde constituirse en una potencia.

 

Después de la durísima victoria frente a los nazis, de batallas tan crueles como la de Stalingrado, y una vez que las tropas soviéticas llegaran hasta Berlín, la Segunda Guerra Mundial puede decirse que había terminado. Se había cobrado más muertos que ninguna otra desde que el hombre habitara la tierra, 54 millones (10 millones se calcula que se había cobrado la Primera Guerra Mundial), de los cuales más de la mitad, 27 millones eran soviéticos, la mayor parte civiles, como en los demás países, un rasgo nuevo de las guerras del siglo.

 

Las exigencias soviéticas iban a ser proporcionales, y en Yalta se consumaría el reparto de zonas de influencia. Todo un área de países entre los que estaban Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Checoslovaquia y la mitad oriental de Alemania quedarían en el lado soviético, bajo regímenes comunistas, tuvieran o no el apoyo de su población, pues la resistencia comunista había tenido muy distinta fuerza en cada uno de ellos.

 

Stalin se ciñó al reparto de áreas de influencia, y dejó a los resistentes comunistas griegos, que estaban a punto de vencer, bajo el fuego de la intervención de fuerzas extranjeras como la de los británicos; aquellos acabarían sin ayuda siendo derrotados y Grecia alineada con los países capitalistas. La Yugoslavia de Tito y Albania por sus fuerzas constituirían sus propios sistemas al margen de Moscú. La gran China, con su Partido comunista liderado por Mao, lograría su revolución en 1949.

 

Con respecto al tercer mundo, el fin del colonialismo se abriría paso con el final de la Segunda Guerra Mundial, y con ello la referencia al nuevo bloque. “El modelo de una economía planificada parecía perfecto para un país sin una burguesía sólida que impulsase la economía de mercado, por eso fue una referencia para los países coloniales del tercer mundo; Moscú era un mejor ejemplo que Detroit o Manchester. Además tanto en el periodo de entreguerras como en los primeros quince años después de la Segunda Guerra Mundial la economía soviética crecía a un ritmo muy superior a las occidentales, y parecía muy verosímil que llegasen a superar en breve a la producción capitalista occidental”.[21] 

 

La época de estabilidad, y a la vez de terrible peligro, regida de la división en dos grandes bloques, Pacto de Varsovia y OTAN se había, entretanto, inaugurado.

 

 

Valoración de la figura de Stalin

 

Acaso fuera oportuno comparar lo que representó Stalin con aquella figura que se comentaba en El príncipe respecto de los que habían sostenido la soberanía con gran crueldad, al menos en sus comienzos, y habían sabido permanecer en el poder sin que sus ciudadanos se rebelaran; que aunque por el uso de la extremada violencia no podrían ser alabados, no podrían obtener gloria, sí habían logrado sus fines. Eso es lo que representarían en la antigüedad Agatocles en Siracusa, y Oliverotto de Fermo en tiempos del propio Maquiavelo. Del primero se nos dice: “La matanza de sus ciudadanos, la traición de sus amigos, su absoluta falta de fe, de humanidad y religión, son ciertamente medios con los que uno puede adquirir el imperio; pero no adquiere nunca con ellos ninguna gloria.

 

“No obstante esto, si consideramos el valor [virtu] de Agatocles en el modo con que arrostra los peligros y sale de ellos, y la sublimidad de su ánimo en soportar y vencer los sucesos que le son adversos, no vemos por qué le tendríamos por inferior al mayor campeón de cualquier especie. Pero su feroz crueldad y despiadada inhumanidad, sus innumerables maldades, no permiten alabarle como si él mereciera ocupar un lugar entre los hombres insignes más eminentes”[22] (p. 47).

 

De Stalin diríamos algo semejante, él logró en poco tiempo industrializar, resistir el asedio internacional, vencer a los nazis y convertir a su país en un país poderoso, pero con tal inhumanidad y crueldad, con tales costes humanos, que no merece ser alabado.

 

Pero eso solo sería una estimación hecha, en todo caso, desde el punto de vista macro de los datos últimos, de llegada; desde el ideal comunista, por ejemplo, el balance no puede ser peor. Por mucho que lo siguiesen tantos partidos comunistas nacionales, que se mantenían en la obediencia estricta a la Internacional, a su vez sometida al servicio de los intereses nacionales soviéticos[23], solo contribuyeron con ello a difundir una perversión del ideal entendido como una especie de suma de economicismo, autoritarismo y lógica instrumental, que no haría sino hundir aquél.

 

Toda la orillada heterodoxia marxista de tantos autores creativos, desde los descalificados por el mismo Lenin bajo el rótulo de “enfermedad infantil del comunismo” (A. Pannekoek, Karl Korsch, A. Rosenberg, el joven Lukács) a Rosa Luxemburgo y A. Gramsci quedaría como fuente de inspiración alternativa.

 

De la revolución rusa acaso pueda decirse que fracasó muy especialmente en lo político; no pudo triunfar una verdadera democracia obrera, en un comienzo fuertemente condicionada por la guerra civil y el asedio internacional, sin contar los “errores” relevantes (no convocatoria de la Constituyente parlamentaria, como quería Rosa Luxemburgo; orientación meramente estratégico-militar del partido, etcétera); y,  después de la muerte de Lenin, la dirección de carácter tiránico de Stalin.

 

Desde el punto de vista económico, podría hablarse de un cierto éxito macroeconómico, pues logró en poco tiempo convertir un país semifeudal en una potencia industrial, con un crecimiento que rebasó durante un tiempo al occidental, aun a pesar de los grandes desastres como las hambrunas (1921-22, de alrededor de un millón de muertos; 1932-33, esta última con de 6 a 8 millones de muertos) y el coste de la Segunda Guerra Mundial ya mencionado con 27 millones de muertos. Claro que, sea cual fuere el punto de vista, es difícil admitir las innumerables muertes que se cobró en lo que dependía de los planes agrarios e industriales tan solo como un dato a registrar en el apartado del debe. Otra cuestión no menor es si también en lo económico esa era el modelo comunista. Esto es lo que complicaría una tesis como la que ha podido alguna vez expresarse en que Stalin aparecería como un aminorado Napoleón, que como él habría conservado parte del proyecto material de la revolución aunque no su modelo político.

 

 

Cambios a la muerte de Stalin. El derrumbe

 

Ciertamente a la muerte de Stalin (1953) y después de las asombrosas e imprevistas denuncias de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del PCUS en 1956 se produjeron movimientos de cambio: gobierno reformista consentido en Polonia; la revolución húngara (Imre Nagy) de 1956, que declaraba el fin del partido único y se proponía la salida del Pacto de Varsovia, fue aplastada por los tanques soviéticos; el mismo método se utilizaría contra la revolución en Checoslovaquia, en 1968.

 

Como es bien sabido, el final del llamado bloque del Este, ese al que la Revolución había dado lugar, de cuyos anhelos poco parecía quedar, se vendría abajo en 1991, anunciado por la caída del muro de Berlín de 1989. Aunque muy posiblemente el declive, el derrumbamiento, comenzara no en 1989 sino con la crisis de 1973 y el comienzo de la globalización; a partir de ahí el mundo ya no se recupera realmente, sale momentáneamente de un hoyo para caer en otro. Es significativo que el neoliberalismo que lo acompañaría empezaba a recibir los primeros reconocimientos mundiales: en 1974, Hayek premio Nobel; en 1976, Milton Friedman.

 

Muy sacrificada y dolorosa había sido la emergencia de aquel bloque, muy larga su vida, y rápido, casi instantáneo, su sorprendente final. El desafecto continuado de la población y la crisis económica que atravesaba, alentada por el gasto militar, minaron definitivamente su solidez; se vino abajo como una casa vieja sin que ningún importante movimiento lo derribara, bastó con que sus inquilinos decidieran abandonarla y diesen un fuerte portazo a su salida.

 

Mientras tanto en el Oeste se había desarrollado la denominada “época dorada”, esos tres decenios de fuerte desarrollo pero a la vez de redistribución, en que con una fuerte progresividad fiscal se desarrolló un Estado de bienestar y Europa logró el mejor momento de nivelación, equilibrio social y riqueza de su historia. Que eso ha de contarse en el haber de los efectos de la Revolución hoy casi es moneda común. La burguesía temía la revolución en el oeste, y desarrolló un sistema de nivelación en que se orilló toda protesta de corte radical, y de ese modo al mismo tiempo podía socialmente presentar un sistema competitivo respecto a su partner al este que en aquellos momentos crecía amenazante a toda máquina.[24]

 

 

¿Sigue siendo deseable la revolución?

 

¿Cabe y es deseable esperar una revolución? Si por ello se entiende un cambio radical y rápido, un corte estricto con lo anterior en el que se intenta instituir un cuerpo nuevo, una nueva totalidad, creo que la respuesta, al menos para las sociedades desarrolladas, es no. No porque no necesitemos un gran cambio, sino porque los cortes bruscos y las rápidas instituciones de un complejo nuevo suponen unos costes excesivamente altos, además no es deseable un intento de totalización, la totalidad ha de ser algo que se dé más allá de cualquier plan, y ha de quedar siempre abierta. Necesitamos un cambio radical pero ya ha de obtenerse con costes más bajos de lo que han significado hasta ahora las revoluciones, pues tenemos mucho que perder, esa es nuestra gran diferencia, y no queremos nada planeado en su globalidad por nadie. Creo que solo nos queda la estrategia de los proyectos radicales parciales que abren caminos que otros continuarán de formas que nadie puede prever de antemano.

 

La revolución permanece, sin embargo, en cuanto ideal, en cuanto persistirá siempre la necesidad del progreso en el autogobierno, en la autoinstitución (Castoriadis). Nuestra revolución eliminará tres aspectos del viejo concepto: a) costes insoportables (fin de la historia sacrificial); b) corte estanco con lo anterior e inmediatez de lo nuevo; c) totalización calculística. La nuestra se dará, y por nuestra actividad e iniciativa, por eso que Hannah Arendt denominaba “acción”, tendrá lugar durante un proceso más o menos largo de tiempo y a través de reformas o rupturas parciales estructurales, y serán estas las que nos irán adentrando en un todo por nadie ideado.      

 

Con todo y con ello, tengo la impresión de que esta es una respuesta en las actuales condiciones con cierto sesgo wishful-thinking, el colapso que se anuncia para la humanidad debido al cambio climático, ante el que parece los gobiernos viven de espaldas, quizá no nos deje más camino que el de la acción colectiva desesperada inédita hasta ahora en la historia.

 

 

Terminemos

 

Las consecuencias de la revolución en Rusia fueron, de todo punto de vista, innumerables. Todas las revoluciones del siglo XX fueron influidas de un modo u otro por ella, incluida la sandinista en la Nicaragua de 1979, solo cabe exceptuar la revolución iraní de ese mismo año, encabezada por los ayatolás.

 

Varias generaciones vivientes somos hijos de la revolución, ya no de una en concreto, sino de ese larguísimo periodo de revoluciones que se inició con la francesa de 1789 cuya llama se continuaría a lo largo del XIX (1848, 1871), y del que la revolución rusa tomaría el relevo en el XX. Nos preguntamos si eso, como cree Hobsbawm, tuvo su fin con ese siglo, allá por 1989, o aún puede ser de algún modo motivo viviente.

 

 

 

 

Jorge Álvarez Yágüez es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Sus dos últimos libros han sido Política y República. Aristóteles y Maquiavelo (Biblioteca Nueva, Madrid, 2011), y El último Foucault. Voluntad de verdad y subjetividad (Biblioteca Nueva, Madrid, 2013). En FronteraD ha publicado Democracia y desobediencia civilCinismo, nihilismo, capitalismo y Althusser y el otro lado de la teoría.

 

 

 

Notas



[1] “No sé si le he dicho que desde comienzos de 1870 tuve que estudiar ruso, lengua que ahora leo con bastante facilidad. Ello empezó porque me mandaron de San Petersburgo la importantísima obra de Plerovski sobre La situación de la clase trabajadora (en especial los campesinos) en Rusia y también quería conocer las (espléndidas) obras de economía de Chernichevski (en agradecimiento por las cuales está condenado desde hace 7 años a trabajos forzados en las minas de Siberia). El botín merece la fatiga que le cuesta a un hombre de mi edad dominar una lengua tan lejana de los troncos lingüísticos clásico, germánico y románico. El movimiento intelectual que ahora ocurre en Rusia muestra que hay una fermentación profunda. Las cabezas están siempre enlazadas por hilos invisibles al body del pueblo”. (Marx, carta a Sigfrid Meeyer, 21/1/1871).

 

[2]Los textos se ofrecen reunidos en: Marx, Engels, El porvenir de la comuna rural rusa, México, Pasado y presente, 1980. Ver: Marx, Escritos sobre la comunidad ancestral, Bolivia, 2015. Sobre la cuestión de la economía rusa son importantes las cartas a Danielson: K. Marx, N. F. Danielson, F. Engels, (J. Aricó, ed.) Correspondencia, 1868-1895, México, Siglo XXI, 1981.  Véanse las breves anotaciones de Sacristán en: Escritos sobre El capital, Barcelona, El viejo topo, 2004; y la muy recomendable conferencia de 1983, Los últimos años de Marx en su correspondencia, http://www.rebelion.org/docs/119243.pdf 

 

[3]Sin embargo no tardaría en conocerse, pues Engels, que la encontró entre los papeles de Marx, se la envió a Vera Zasúlich en 1884, se tradujo al ruso y fue publicada en 1888, y una traducción alemana apareció en Zúrich en 1887.

 

[4] De la carta se conservan varios borradores que dio a conocer por vez primera Riazánov, y que muestran que Marx preparaba un trabajo más amplio sobre la cuestión:  Marx, Engels, El porvenir... op. cit.

 

[5]Para el texto de 1875 ver: Marx Engels, El provenir de… op. cit. En la carta a Danielson de 24/2/1893 decía: “No hay duda de que la comuna, y en cierta medida el artel, contenían gérmenes que en ciertas condiciones podrían haberse desarrollado ahorrando a Rusia la necesidad de pasar por los tormentos del régimen capitalista. Suscribo sin reservas la carta de nuestro autor [Marx] sobre Zhukovski. Pero para él tanto como para mí, la primera condición que se necesitaba para realizar esto era el impulso desde el exterior, el cambio del sistema económico en Europa occidental, la destrucción del sistema capitalista en sus países de origen”. Sobre las diferencias entre Marx y Engels ver el ya citado estudio de Sacristán: ‘Los últimos años de Marx...’ op. cit.

 

[6]Ver Marx, Engels, El porvenir... op. cit.

 

[7]La carta a Danielson del 17/10/1893 no deja alternativa alguna: “a Rusia no le quedaba más que dos caminos: o desarrollar la comunidad agrícola para convertirla en una forma de producción de la que estaba separada por varias etapas históricas y para cuyo establecimiento ni siquiera en Occidente habían madurado entonces las condiciones –una tarea evidentemente imposible–, o elegir el camino del desarrollo capitalista. ¿Qué otra cosa podía hacer más que seguir este último camino?”.

 

[8]Que los acontecimientos de febrero fueron inesperados para los bolcheviques, se refleja en que Lenin poco antes se preguntaba si llegaría él a ver la revolución en Rusia.

 

[9]Trotski era partidario de seguir la guerra con el ánimo de contribuir al malestar en las tropas alemanas y con ello a despertar allí la revolución.

 

[10]El historiador español Josep Fontana resume bien el mensaje de la revolución en aquel momento: “Para los millones de europeos en 1917 estaban combatiendo en los campos de batalla, y que habían descubierto ya que esa guerra no se hacía en defensa de sus intereses, la imagen de lo que estaba pasando en Rusia era la de un régimen que había liquidado la guerra de inmediato, que había repartido la tierra a los campesinos, que otorgaba a los obreros derechos de control sobre las empresas y que daba el poder a consejos elegidos que debían ejercer de abajo arriba”. J. Fontana, ‘¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa?’, http://old.sinpermiso.info/articulos/ficheros/5revrus.pdf

 

[11]En el III Congreso de la IC en 1921 decía: “Siempre fue claro para nosotros que sin ayuda de la Revolución mundial internacional, es imposible la victoria de la Revolución proletaria. Incluso antes de la Revolución llegamos a pensar que la Revolución ocurriría inmediatamente o, al menos, muy pronto en otros países atrasados y países capitalistas más altamente desarrollados porque, de otro modo, pereceríamos” (citado en A. Domènech, El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crítica, 2004, p. 315.

 

[12]El ejemplo del revisionismo marxista, sintetizado emblemáticamente en su afirmación "el objetivo final del socialismo, sea lo que sea, no significa nada para mí; el movimiento lo es todo". Sin embargo, Bernstein fue un gran teórico, discrepó acertadamente de Marx en lo que se refiere a la desaparición de las clases medias, condenadas a la proletarización.

 

[13]P. Spriano, Storia del Partito comunista italiano. De Bordiga a Gramsci. Vol I, Turín, Einaudi, 1967, p. 152. Lenin reconocería más tarde la corrección de las posiciones de P. Levi y C. Zetkin. Ibid, p. 154.

 

[14]Esto es lo que afirmaba en L´Ordine Nuovo el joven sardo: “La fisionomía de la lucha de clases se caracteriza en Italia, en el momento actual, por el hecho de que los obreros industriales y agrícolas están incoerciblemente determinados, en todo el territorio nacional, a plantear de modo explícito y violento la cuestión de la propiedad de los medios de producción” (‘Por una renovación del partido socialista’, en A. Gramsci, Antología, ed. de M. Sacristán, México, Siglo XXI, 1970, p. 71.)

 

[15]Ese Turín en el que, en el mes de julio de 1917, una impresionante muchedumbre de unas 50.000 personas había recibido a una delegación del sóviet de Petrogrado que sería el eje de la revolución de octubre.

 

[16] M. Salvadori ha recogido y analizado muy acertadamente el optimismo leniniano en el contexto de la crisis europea: ‘Qué es una crisis revolucionaria?’, en Materiales, 6, 1977, pp, 77-100. Sobre la estimación optimista de la crisis, ver también, F. Claudín, La crisis del movimiento comunista, R. Ibérico, Francia, 1970, pp. 25-46.

 

[17]En mayo de 1922 sufre el primer ataque de su enfermedad; en noviembre dará su último discurso público, ante el sóviet de Moscú. Muere en enero de 1924.

 

[18] Esto anotaba en sus Quaderni: “En 1921, tratando de problemas de organización, Ilich escribió o dijo –poco más o menos– lo siguiente: no hemos sabido ‘traducir’ a las lenguas europeas nuestra lengua” (A. Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce, Buenos Aires, Nueva Visión, 1972, p. 72.)

 

[19] E. Hobsbawm, El corto siglo XX, Barcelona, Crítica, 1998, p. 390

 

[20] Citado en A. Domènech, El eclipse... op. cit. p. 303.

 

[21] E. Hobsbawm, op. cit, p. 376.

 

[22]N. Maquiavelo, El príncipe, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, p. 47

 

[23]Lo que incluye el ascenso del nazismo, que Stalin permitió dando órdenes estrictas al KPD de no intervenir. La entrevista del dirigente alemán Heinz Neumann con Stalin que nos cuenta la extraordinaria Margaret Neumann es absolutamente reveladora. Stalin le dice a H. Neumann: “Y no cree usted, Neumann, que, caso de que los nacionalistas llegaran al poder en Alemania, estarían tan exclusivamente ocupados con Occidente que nosotros podríamos construir el socialismo con tranquilidad”. Ver A. Domènech, El eclipse... op. cit. p. 353.

 

[24]Boaventura de Sousa hacia una evocadora comparación histórica: “Desde la caída del Muro de Berlín estamos en un tiempo que tiene algunas semejanzas con el período de la Santa Alianza que, a partir de 1815 y tras la derrota de Napoleón, pretendió barrer de la imaginación de los europeos todas las conquistas de la Revolución Francesa. No por coincidencia, y salvadas las debidas proporciones (las conquistas de las clases trabajadoras que todavía no fue posible eliminar por vía democrática), la acumulación capitalista asume hoy una agresividad que recuerda al periodo pre Revolución rusa. Y todo lleva a creer que, mientras no surja una alternativa creíble al capitalismo, la situación de los trabajadores, de los pobres, de los emigrantes, de los jubilados, de las clases medias siempre al borde de la caída abrupta en la pobreza no mejorará de manera significativa. Obviamente que la alternativa no será (no sería bueno que fuese) del tipo de la creada por la Revolución rusa. Pero tendrá que ser una alternativa clara. Mostrar esto fue el gran mérito de la Revolución rusa.” ( https://www.pagina12.com.ar/19067-el-problema-del-pasado-es-que-no-pasa).

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