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Sáhara, aquí al lado

Por Juan Tomás Ávila Laurel

 

Querida ONU: Mis pesquisas me permiten recordarte que hace unos años que España entregó los territorios que mantenía bajo su mando a Marruecos, dejando inconcluso un proceso histórico y por descubiertos la mala fe y el “zanganismo”  con que ciertos países hacen sus cosas, ya siendo ya detestable someter militar y políticamente a un pueblo bajo cualquier yugo. Ha llovido mucho desde entonces, muy poco en el Sáhara mismo, pero la vida de los saharauis ha ido a peor. Al darnos cuenta de ello, y tras hacernos cruces, hacemos preguntas de si en la ONU no hay dinero para mejorar la vida de esa gente. Sí, querida ONU, ya que ni hay fuerza moral ni política para obligar a Marruecos a devolver lo ocupado, entonces cómo se sostiene el hecho de que se mantenga a la pobre gente en la miseria, sin casas, sin agua, sin comida apenas. ¿En serio creéis que nos tragaremos la tontería de que resolver este contencioso, para devolver la dignidad a esta gente, costaría mucho en términos políticos? ¿O es que la dignidad de los saharauis no es importante, y sí  la necesidad de Marruecos de engrandecer su territorio a costa de la vida de miseria de la gente de la que hablamos?

 

Hemos de recordar a la ONU que estamos en el año 18 del siglo XXI y hace años que los objetivos del milenio fueron anunciados. Díganos, ONU querida, por qué la gente saharaui  debía estar excluida, algo que decimos viendo el desempeño vital de esa misma gente. ¿Y sabes ONU, organización tan poderosa que algunos estados miembro tienen el derecho a vetar lo que no les conviene, y suponemos ahora que son los que sostienen el statu quo?, en nuestro desvelo por saber lo que pasa con esta gente, hemos dado con un documental en el que se alaba el titánico esfuerzo de un hijo de Sahara al que llamáis El Loco del desierto, sí, loco porque es suprema locura hacer lo imposible para dotar de una vivienda más sólida que la intemperie a los seres queridos que se enfrentan diariamente a inclemencias como tormentas de viento o de arena, además de la falta pertinaz de agua. Con rubor y estupefacción nos enteramos de que el documental contó con el apoyo de la ONU, en la rama que habla de los refugiados. Sí, rubor y estupefacción, porque el documental en el que la poderosa ONU colaboró iba sobre cómo, casi a la desesperada, el llamado Loco del desierto se afanaba por construir pequeños habitáculos para los necesitados. Sí, es útil, ingenioso y necesario para la conservación de la Tierra que alguien sepa encontrarle un uso a las millones de botellas de plástico que los ricos legan al ambiente como fruto del desenfrenado afán de lucro de los poderosos.  Sí, es de agradecer que las botellas tiradas allá y acullá sean los materiales con los que dará forma a las modestas casas en el sitio en que está abandonado su pueblo. Hurra, chaval. Lo que preguntamos es en qué consistió el apoyo de la ONU para que aparezca en los créditos. ¿Aportó las botellas vacías con que, rellenadas de arena, constituían el armazón de las casas, o acaso las entregó llenas de agua para paliar la sed de los saharauis? ¿Es lo único que puedes hacer?

 

Creemos, ONU, que nuestra sorpresa no puede ser mayor que vuestra vergüenza por poner vuestro nombre en un filme que narra las desventuras de una gente a la que abandonaste para defender otros intereses. Y muchos años después, sumamos nuestra voz a la de cientos de personas que están viendo que ya es tiempo de que se reconozca el derecho del pueblo de Sahara a buscar su propio camino, pero con el compromiso real de los que más poder tienen.

 

Barcelona, 18 de diciembre de 2018

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