Fronterad

Imprimir

Ejercicios de escritura creativa versus ejercicios de rigor

Por Andrés Delgado

 

La expresión “taller de escritura” es una divagación, un rodeo, una ambigüedad. Lo es porque es evidente que existen múltiples talleres para aprender y practicar la escritura.

 

Por ejemplo, hay talleres de escritura periodística a los que van los poetas que evitan morir de hambre. Allí aprenden a resumir, concretar y evitar los adjetivos floridos y los juicios alborotados. Lo contrario también lo aprenden, a ser explícitos y claros.

 

Hay talleres de escritura académica: para aprender a firmar papers y ganar prestigio en la universidad. También los hay de escritura jurídica, administrativa, médica. Hay talleres de escritura científica: para bajar a la tierra el lenguaje de las ecuaciones diferenciales. A propósito, el matemático James Maxwell decía que hasta que no describía en inglés sus ecuaciones no tenía plena seguridad de haberlas entendido.

 

Y, claro, hay talleres de escritura literaria, que transmiten una emoción. Allí están los talleres de poesía, de cuento, de novela, incluso los talleres de crónica y ensayo, géneros donde el autor cobra lo suyo y no tiene que conservar el anonimato. En esta breve taxonomía de ejercicios comentaremos algunos que se proponen en los talleres de escritura literaria.

 

Ejercicios de estilo


En el taller de escritura literaria doña Doralba alegaba que estaba harta de escucharme repetir que el estilo se refiere a las palabras que un escritor utiliza. “El estilo es otra cosa”, decía, “el estilo no puede definirse de manera tan sencilla”. Ante tal enojo era mejor quedarse calladito, además porque a Doralba le encantaba escribir, pero no leer. De manera que yo cerraba el pico. Siempre es bueno saber en qué pelea ajustarse las mangas y en cual hacerse el bobo.

 

Ejercicios de estilo de Raymond Queneau está muy bien para estudiar el concepto. El libro va sobre una historia sencilla contada en dos párrafos. Luego Queneau la reescribe noventa y nueve veces de maneras distintas, aplicando diferentes estilos, diferentes maneras de usar las palabras. De esta manera, la historia sencilla cobra otro nivel.

 

En la tarea de escoger las palabras, en un primer momento, podría ayudar el estudio de La cocina de la escritura de Cassany.

 

Cualquier otro libro, y hay docenas con claves básicas y ejercicios de redacción que dejen consejos al estilo de “la voz activa es preferible a la vos pasiva”, “la afirmación es preferible a la retórica”, “el lead y la coda: lo que bien comienza bien termina”, “privilegie los sustantivos” y “pastoree sus adjetivos”.

 

Bien sea para escribir poesía, cuento o crónica es muy importante molerse el cerebro con las palabras que funcionan y con las que no, es decir, forjándose un inventario de cada categoría.

 

Yo, por supuesto, tengo una tablita de Excel con una columna para cada una. De esta manera tener claridad para describir, digamos, un atardecer en la Represa del Peñol, en la Isla Martinica o en la Pampa argentina, para pintar a un político o a un ladrón, sabiendo que por estos días algunas palabras funcionan para uno y para otro.

 

Tal vez le interese otra entrada en FronteraD: Apegos y agotamientos: sobre las implicaciones estilísticas del uso de algunas palabras 

 

Ejercicios creativos

 

El mercado está plagado de libros y ejercicios de escritura creativa. Keri Smith escribió varios: Este no es un libro y Destroza este diario. Son un par de inventarios al estilo de “escribe un mensaje secreto para un extraño, arranca esta página y déjala en un lugar público.” Un buen reto para talleres de escritura creativa para muchachos de colegios.

 

Otros títulos que marchan por esta línea son Este libro lo escribes tú, de Carlos García Miranda, en el que se proponen 78 retos de escritura creativa.

 

Uno de los que más graciosos es el siguiente: las cosas están vivas. La consigna es tomar la voz de algunos objetos y escribir lo que dirían. De esta manera plasmar lo que pensaría la taza de tu baño, por ejemplo, las plantas que siempre olvidas regar, el limón podrido que mantienes en la nevera o el libro que tienes pendiente de leer en la mesita de noche desde hace más de un año.

 

Son libros livianos y entretenidos, para recrearse y jugar, para soltar el teclado, el lápiz, para destrabar las palabras a diestra y siniestra, es decir talleres de escritura creativa.

 

En esta misma parte de la biblioteca se podrían ubicar: El gozo de escribir de Natalie Goldberg y El Camino del artista de Julia Cameron y otros libros con expresiones como “mayor libertad”, “disparadores creativos”, “desbloqueo”, “encuentros con el artista interior”, “el juego”, “introspección guiada”, “horizontes imaginativos”, incluso “camino espiritual” y “nuestra verdadera naturaleza”.

 

Hay ocasiones en que estos retos apelan más a las terapias de autovaloración que a la creación estética. Lo cierto es que en la escritura creativa hay una palabra clave: disparadores, es decir detonantes, la pólvora con la que se descubre una idea.

 

***

Muy cerca de este punto está la escritura automática de André Bretón y los surrealistas. Es seguro que me voy a ganar un problema con mis amigos poetas. No importa. Acá vamos. Ellos me perdonarán de antemano.

 

En la escritura creativa podrían encajar esas cosas del cadáver exquisito, la irracionalidad, la visceralidad, el trance y la fuma. Es un tipo de escritura que no tiene filtro y el autor permite que toda ocurrencia, cualquier asociación, recuerdo, nostalgia o apuesta por el futuro, cualquier juicio o justificación quede escrita. Desde esta trinchera disparó en muchas ocasiones el querido García Lorca. Un colombiano, Andrés Caicedo y su flujo de la conciencia, la herencia de Joyce y Proust, y a pesar de ello Caicedo escribió cosas muy buenas. Por acá también aparece Cortázar y su combo.

 

En este cajón cabe buena parte de los talleres que se realizan en ferias y fiestas del libro, en espacios en los que se prioriza en el juego, por supuesto, eso es claro, qué tal obligar a la gente en un centro comercial a quebrarse el lomo con un buen cuento o poema.

 

Ahora bien, un taller de escritura literaria no debería detenerse solamente en estos ejercicios. Son necesarios otros prototipos de problemas que acá llamaremos ejercicios de rigor.

 

Ejercicios de rigor

 

En este tipo de ejercicios hay una palabra clave: edición. Cuando la escritura creativa pasa por la edición parece que se convierte en otra cosa. Las novelas, por lo general, tienen que salvar un filtro y aunque parezcan naturales y espontáneas son cerebrales y premeditadas.

 

¿Y los poemas no se editan? Dirán mis amigos poetas. Se editan, claro, pero no todos, y por eso algunos poemas también son ejercicios técnicos.

 

Algunos libros que siguen esta línea son Mientras escribo, de Stephen King; Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa; El guion, de Robert Mckee.

 

La crítica más común para ellos es que son muy flojos porque parecen enseñando trucos, porque dejan fórmulas, recetas, como si la literatura se tratara de una ecuación, como si el arte obedeciera a la operación de algunas variables que siempre arrojarían un resultado.

 

Son libros “muy aristotélicos” dicen los vanguardistas. Y es verdad, son trucos muy básicos, pero también es cierto que son necesarios. Lo que sucede es que este tipo de libros se ocupan de problemas fundamentales de la narrativa.

 

No estoy seguro si estos mecanismos también se presentan en la poesía. En algunos casos también se necesitan para la crónica, sobre todo en la construcción de escenas, diálogos y descripción de personajes.  

 

Este tipo de libros, que llamaremos textos aristotélicos para darle gusto a la vanguardia, contestan las preguntas de la narrativa primaria: qué es un personaje, cómo se construye un villano, qué es un clímax narrativo, preguntas básicas que todo estudiante de escritor podría aprender. Qué es un acontecimiento narrativo, cómo se construye una escena, cómo se crea una conexión emocional con el lector, entre otros, son problemas narrativos que podrían estudiarse si se tiene la pretensión de contar historias.

 

En este punto vale la pena anotar que, por ejemplo, en la pintura antes de pasar al impresionismo siempre es bueno estudiar la teoría del color y la perspectiva, así como en la música antes de pasar por la atonalidad es conveniente estudiar la armonía básica y la polifonía.

 

Los textos aristotélicos ayudan a escribir literatura para el entretenimiento, porque es verdad, la literatura de la línea dura responde a otros pálpitos. Ya lo hemos dicho por otros lados. La literatura del entretenimiento es masiva, popular y aparentemente sencilla porque utiliza fórmulas, géneros. No hay que olvidar que, por ejemplo, a Borges le encantaban los cuentos de cuchilleros, la novela policiaca y autores como Stevenson.

 

Los textos aristotélicos ayudan a resolver problemas de estructura, de conflictos, de escenas.

 

Tal vez podría interesarle otra entrada en FronteraD: Literatura de entretenimiento versus la línea dura

 

Se ha dicho que un taller de escritura narrativa es un gimnasio mental donde se realizan repeticiones, como en cualquier gimnasio, para agilizar y fortalecer los músculos escriturales. Si lo que quiero es aprender a crear un personaje necesitaré obligatoriamente repetir el ejercicio una y otra vez, inventar uno, otro y otro, hasta que incorpore la técnica para crearlos.

 

Lo mismo con la creación de atmosferas y clímax narrativos. La clave es ensayar, repetir, volver a repetir, como en un gimnasio, ejecutándolas muchas veces.

 

Los ejercicios creativos hacen hincapié en los disparadores mientras que los ejercicios de rigor en la técnica.

© 2013 Fronterad. Todos los derechos reservados.