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Miedo. En torno a Raymond Carver

Por Paloma Torres

 

Cuando cayó en mis manos Principiantes, de Raymond Carver (recién publicado por Anagrama), recordé, como si de un  mandato se tratara, la última noticia que tuve del autor. Fue hace unos meses, cuando a las 16:32 de una tarde de otoño recibí un email de un amigo que contenía el poema de Carver titulado “Miedo”. Al leerlo me asusté. Sentí miedo porque me entraron ganas de escribir, que es como exponerse a un parto insoportable. Miedo a hacerlo en primera persona, que unas veces me parece una osadía pretenciosa y otras veces un ejercicio de sinceridad. No lo hagas, ya conoces tu miedo.  Miedo a ese buen lector que no eres tú y que va inevitablemente a interpretar tus palabras a su gusto, a enjuiciar de acuerdo con sus propias experiencias, a opinar sentado en el sofá, tal vez sin comprender que tú le temes.

      Miedo a confesar que, cuando era un bebé, alguien tenía que darme la mano hasta que me durmiera. Que lloraba si despertaba por casualidad y descubría que esa otra mano no estaba en su lugar. “¡Qué niña tan pesada!”, pensaban mis padres, esclavos de mi primera manía. Y qué podía hacer yo, rescato el segundo verso de Carver: “Miedo de quedarme dormido durante la noche”. Con el tiempo, aprendí a dormir sola. Y cuando crecí mi madre se preocupó de enseñarme a superar la timidez y las inseguridades. Pero el miedo no me abandonó, crece al mismo tiempo que el pasado: “Miedo de que el pasado regrese”, de que vuelvan a abrirse las heridas que tardé en olvidar, de que la ausencia se hinche como un globo hasta que no quede aire suficiente en esta habitación. Camino con pies de plomo. Quiero tener un bar de la esquina, como todos;  será suficiente.

      Escribe también Raymond Carver: “Miedo a los perros aunque digan que no muerden”.  A veces el perro mira de una manera extraña, el rostro del animal no es el humano, pero se le parece en los ojos. El perro vive en armonía con su naturaleza: mueve el rabo cuando está contento, gime cuando siente dolor. No da vueltas sentimentales. Al perro le asusta nuestra inestabilidad, y a mí me asusta que la ponga de manifiesto con su manera perfecta de ajustarse a la vida perra. Porque también nos dijeron en el colegio que la vida no mordía, que no había peligro mientras se sacaran bien las cuentas en los cuadernillos Rubio.

      “Miedo  a la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla”. Yo le tengo miedo a Pilarica, que corta sus zapatillas por los laterales para que sean lo suficientemente anchas y no le duelan los pies. Tengo miedo cuando me habla de su pasado, cuando me llora por aquello que dejó marchar cuando todavía no tenía 90 años. Ahora se ha quedado sin futuro. Me da miedo cuando se pinta los labios y se le sale el carmín. Me da miedo cuando me habla de soledad. Su soledad no es la soledad en Paul Auster, ni el sujeto olvidado de Sartre. No es una soledad grandilocuente, aunque sí tiene  poesía y grandeza. Pero eso le importa un bledo a ella, que pasa las horas muertas pelando judías verdes en un bol en la cocina, o escuchando los programas del corazón porque no los ve; se está quedando ciega. Qué ganas de dejar de escribir y hacer. “¡Tesoro de oro, cariñico mío! Que para ti sea todo lo mejor”. Miedo a que un día me falten esas palabras.

      “¡Miedo a la ansiedad!”, que no me deja concentrarme. Empiezo, y me levanto. La ansiedad aparece en cuanto se quiere llevar a término un proyecto. Hace que te bebas las latas de coca cola de un trago, y que te comas la tapa del bar antes de que los demás hayan podido probarla. La ansiedad se enmarca acertadamente entre signos de exclamación en el poema de Carver. Nunca descansa, siempre es un sobresalto, una inquietud. La paz interior deja un hueco grande. Sin ella uno nunca está donde está ni está haciendo lo que está haciendo, aunque lo parezca. Es la enfermedad del siglo XXI.

      Y la felicidad también asusta; que se vaya calladamente, como vino, como un amor. “Miedo a despertarme y ver que te has ido”.  “Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado”. Y, cuando se apuesta por amar demasiado, entonces miedo al último anuncio en la televisión de la Dirección General de Tráfico, miedo a su sufrimiento que es ya propio, y a asistir a su muerte, que sería como asistir despierto a tu propio final. “Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo”.

 

 

 

      “Miedo de quedarme sin dinero. / Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer”. Miedo de no tener suficiente, de perder los pequeños placeres de la vida, de no estar a la altura de esas carencias y descubrir que sí te importa lo superficial. Como repetía mi abuelo: “lo mejor del mundo, gratis”. Por eso comprendo ese miedo difícil de creer, a tener demasiado. Porque el dinero permite grandes cosas: el acceso a la belleza, al placer. Pero siempre, sin excepción, supone un riesgo terrible: el riesgo de olvidar que hay personas extendiendo la mano en la acera a las que ya no ves porque, simplemente, no te tropiezas con ellas. Qué peligroso es el olvido de la realidad. He dejado hace rato la primera persona. Temo la cara del avaro, y que esa sea mi cara si algún día me enriquezco. Temo que entonces, como en la Canción de Navidad de Dickens, vengan a visitarme los fantasmas de las navidades pasadas y de las navidades futuras. O que ni siquiera se molesten en acudir a recordármelo.

      “Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa”. No he cometido delito. Pero el recuerdo es caprichoso: se escurre cuando lo convocamos, sobreviene con maniática intensidad sin que lo hayamos reclamado. Se me viene de vez en cuando a la cabeza una mañana en que la vecina del  tercero izquierda salió al descansillo en bragas y sujetador. Con su cuerpo colgante de mujer madura al descubierto y los pies descalzos sobre el mármol frío, gritaba que su hija había querido matarla. Bebía desde que, un día cualquiera, su marido se pegó un tiro en la boca en el despacho. Miedo también al tiempo, a que todo sucede en un día cualquiera. Nada tranquilizaba a la mujer, hasta que una patrulla policial se detuvo frente a la casa y dos guardias enormes de azul marino subieron acompasados las escaleras y la metieron dentro para intentar calmarla. La hija había llamado a la policía, la madre la insultaba con ojos desesperanzados.

      Desde que la muerte se instaló en mi portal, “Miedo a la muerte. / Miedo a vivir demasiado tiempo. / Miedo a la muerte. / Ya dije eso.”  El miedo a morir es un verso que se repite. La muerte es una visita inoportuna. Cuando me despierto por las noches no enciendo las luces, para no remover la conciencia. Miedo de que se muera otro. Miedo de sentirme morir yo. Miedo a la caja de madera. Miedo a la locura cuando llegue la hora, a darme cuenta con retraso de la vida desaprovechada, como el  Ivan Illich de Tólstoi, y el miedo a morirse en una situación embarazosa, como escribió Javier Marías, a morirse a medio afeitar o en calcetines.

      Con todos estos temores en el recuerdo, y solo después de repasarlos uno a uno, emprendí por fin la lectura de Principiantes, que es la versión original, sin “corregir”, de De qué hablamos cuando hablamos de amor, el libro de relatos más famoso de Raymond Carver, que se publicó en 1981 después de una poda de más del cincuenta por ciento del texto por parte de Gordon Lish, editor y mentor del escritor. Desde esa obra recortada se miró a Carver. Dijo una vez de él Tim O’Brien: “Utiliza el inglés como una cuchilla: talla piezas de prosa austeras y exentas de adornos, y para ello despoja a ésta de todo salvo del meollo mismo de la emoción humana”.

      Eso era Carver: austeridad, precisa brevedad; estética lacónica. Cuánto sorprende leer los relatos originales y descubrir que no conocíamos al viejo conocido. Al mirarle desde la perspectiva de Principiantes se comprende que decir solo una parte de la verdad constituye a veces una gran mentira. Carver era Carver, pero no lo era. Carver sin poda feroz es parco en palabras y sigue gastando una mirada certera, cortante. Domina el arte dificilísimo de escoger solo las palabras exactas; cada frase comparece como única, solitaria en su fuerza ante los ojos del lector: no hay nada que despreciar, y las historias avanzan edificando una sobria sensación de soledad. Pero Carver sin poda feroz es más hondo, más tierno, su prosa es más rica en imágenes.

      Cuando se habla de Carver se alaba siempre su ingenio para trasladar al papel emociones cotidianas, esas en las que no reparamos por la costumbre. Cierto. Pero no las escribe desde el sentimiento, sino desde la reflexión. Carver ha examinado largamente el comportamiento humano y lo comprende. Así, Herb, en Principiantes, se sirve un poco más de ginebra en su vaso. Añade un cubito de hielo. “¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? (…) Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. (…) Pero en un tiempo creí que amaba a mi primera mujer más que a la vida misma, y tuvimos hijos juntos. Pero ahora la odio con todas mis fuerzas. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de ese amor? ¿Simplemente se borró del gran tablón, como si nunca hubiera estado en él, como si nunca hubiera sucedido? Lo que fue de él es lo que yo querría saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo”. Y luego está la chica que se acerca con su novio a un jardín lleno de muebles en venta. Allí el propietario les invita a una copa, y ella termina bailando con él. ”Se sintió llena de una felicidad insoportable”. Ésta es una frase crucial del relato, que Gordon Lish suprimió, arrebatándole profundidad a un escritor que conocía los miedos más íntimos del ser humano y que sabía escribirlos en prosa, y en poesía.

 

 

 

MIEDO (R. Carver)

 

Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión. Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.

 

 

 

Paloma Torres es periodista. Ha publicado anteriormente en FronteraD los textos "La vieja costumbre de morir" y "Julio Ramón Ribeyro, la tentación del fracaso" . Colabora habitualmente en el suplemento ABC Cultural.

 

Las fotografías son parte de una serie: Panphobia: Miedo a todo.

Susan Seubert, fotógrafa norteamericana, trabaja regularmente para el New York Times y National Geographic Traveler. Exhibe su trabajo en galerias internacionalmente.

www.seubertfineart.com

 


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