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La noche que Lou Reed arrulló a un bebé

Por Linda Ontiveros

L revisa el cartel de los conciertos de los Veranos de la Villa, mientras amamanta a S. Quiere ir al espectáculo de Lou Reed y Laurie Anderson. Será en un lugar nuevo, que sustituye al Conde Duque. Para ese día, S tendrá dos meses de nacido. Comerá cada tres horas. Con M no hay inconveniente, ya está acostumbrada a este tipo de salidas.

 

L se conecta a internet, en la página de los Veranos de la Villa para informarse de si está permitida la entrada con menores pero no lo dicen por ninguna parte. Encuentra el nombre de la promotora que organiza la gira en España, se llama Stageplane y tiene un mail de contacto. Les escribe y el mismo día recibe la respuesta de que “aunque no tienen información detallada al respecto, cree que sí es posible asistir con menores porque en años anteriores estaba permitido”. Tras la comprobación, L compra las entradas a través de internet. Y L le pregunta a M:

 

-Vamos a ir a un concierto. ¿Quieres venir?

 

-Prefiero quedarme en casa –responde la niña.

 

L y D deciden llamar a I, la canguro-punk para que ese día se quede con M unas 4 horas.

 

Llega el día 14 de julio y L prepara todo lo necesario para S:

 

Mochila porta bebé

Manta

Pañales y el resto de materiales para su aseo

Bibe con agua

Chupete

Tapones para los oídos especiales para niños

 

Con todo listo, a las 20 horas, D se pone la mochila portabebé, y L le ayuda a colocar a S dentro.

 

El escenario de Puerta del Ángel estaba en medio de un pequeño bosque. A pesar del espacio abierto, como comprobarían más tarde, el lugar tendría muy buena acústica. Quizás demasiada para un bebé.

 

Sorteada la entrada del recinto, suben las escaleras que les conducen a sus sitios. Se sientan, todas las gradas se llenan de gente. L se da cuenta de que ha cometido un error al comprar las localidades: no ha elegido esquina y eso limita mucho las posibilidades de movimiento si es necesario abandonar los asientos si el bebé llora. Tampoco hay espacio para cambiarlo si hace falta, y los vecinos fuman cigarrillos y canutos. Las miradas de los vecinos parecen decir que temen que el concierto se vuelva una pesadilla si el pequeño que succiona el chupete con tanta insistencia comienza a llorar.

 

Y el temor se vuelve realidad. Antes de que salgan al escenario, un técnico prueba uno de los instrumentos y el acorde distorsionado arranca al bebé de su ensimismamiento. L da un rápido vistazo a su alrededor. Al fondo a la izquierda, toda la zona está desocupada. Es la más alejada del escenario. Cuando empiezan los aplausos de recibimiento a Reed y Anderson, D y L se mueven como unos soldados en una trinchera bajo fuego enemigo.

 

Esta esquina desierta se convierte en el lugar ideal para el trío, ya que la distancia amortigua un poco los decibelios de la guitarra de Reed. Y el lugar ofrece una vista inmejorable: el Palacio Real y sus alrededores bañados por la luz naranja del atardecer veraniego.

 

A partir de ese momento, y después de la primera y ruda canción, comienza una fase de melodías más suaves. S sigue disfrutando de su chupete, mientras las voces de Reed y Anderson trazan un inolvidable recital en donde música, poemas y relatos se mezclan a la perfección tras hora y media de espectáculo. L se levanta y, con S en brazos, se balancea. Su hijo está disfrutando de su primer concierto. La noche se cierra alrededor, la perfección parece asistir también al recital. Lástima que se les haya olvidado la cámara.

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