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Odisea escatológica en vuelo trasatlántico

Por Linda Ontiveros

Los cuatro miembros de la familia llegan al mostrador de Aireuropa para hacer el checking de su vuelo de vacaciones de verano. L entrega los billetes electrónicos que ha comprado con cinco meses de anticipación, para conseguir buen precio, buenos asientos y, sobre todo, la cuna para S, de un año. Para su sorpresa, la empleada de la aerolínea le informa que tienen asignados puestos en diferentes filas. L y D, casi al unísono, responden que es imposible, que debe ser un error porque han reconfirmado los asientos de la fila 7, en la que se puede colocar la cuna de bebé. La empleada intenta tranquilizarlos diciéndoles que hará una llamada para arreglarlo. Tras explicarle la situación a su supervisora, les entrega el bording pass con los asientos continuos de la fila 7. D y L respiran tranquilos, un problema menos al que enfrentarse durante un viaje de nueve horas.

 
Atraviesan el control de seguridad, en el que antes han tenido que descalzarse, librarse de los cinturones y plegar el carrito de S para pasarlo por el escáner. Una vez sorteado este paso buscan una cafetería donde reponer fuerzas: han salido de la casa a las 8:30 h, son las 12:30 y todavía quedan tres horas para que salga el vuelo. Tres bocatas, agua mineral y un par de zumos alivian el hambre de los padres y de M, mientras el peque de la familia hace lo suyo con un puré de verduras y pescado, descongelado por cortesía del bar. Al terminar se pasean por el dutifree para comprar unos chocolates, chicle para que a M no se le tapen los oídos con el despegue y el aterrizaje, y un par de latas de aceite de oliva para cocinarle a S, una vez que lleguen a destino. 

 


Al salir de la tienda buscan en los monitores la información sobre su puerta de salida y se dan cuenta que deben caminar un buen trecho de la Terminal 1. Se ponen en camino. L lleva a S en el cochecito mientras M camina junto a su padre. La niña, ansiosa por llegar cuanto antes, lanza el primer “¿cuánto falta para que lleguemos?”, al que su padre responde “ten paciencia que aún quedan unas cuantas horas”. 

 


En la puerta de embarque comienza la gente a hacer una fila. L prefiere sentarse un rato con M, pero D aprovecha para caminar con S que no quiere estar más en el cochecito y empieza a dar muestras de necesitar urgentemente una siesta. Los empleados de la aerolínea hacen el llamado para que las personas con movilidad reducida y las familias con niños menores de 2 años embarquen. Embarcan entre los primeros y se sientan en la envidiada fila 7 donde se pueden estirar bien las piernas. 

 


S juega a los pies de su madre, M ya se ha puesto cómoda y cuenta los segundos para que despegue el avión y que su padre le ponga el mini portátil que han traído de casa equipado con algunas de sus series favoritas. Cuando embarcan todos los pasajeros, el piloto anuncia que hay un retraso en la salida, que aún nos les han confirmado de torre de control que pueden despegar. S, que ya tiene su cinturón puesto, empieza a contornearse y a quejarse: ha escogido ese preciso momento para hacer sus necesidades. Pero nadie puede levantarse de su asiento por orden de la azafata. S aumenta el volumen de sus quejidos, la chica que está sentada a su lado parece lamentar su suerte. D recurre a otro sobrecargo que se sienta muy cerca de él. El chico le dice que intente cambiarlo desde el mismo asiento. D reacciona rápidamente, le pasa a L una manta para que L la ponga en el piso y acueste al niño que, entre el sueño y el accidente de pañal que ha puesto toda su ropa perdida, no para de llorar. L logra su cometido en un tiempo que habría impuesto un récord en cualquier concurso. 

 


Cuando todo (pañal sucio y ropa perdida) está envuelto en una bolsa de plástico bien anudada, el piloto anuncia el inicio de despegue. L le entrega el niño a D. No puede tenerlo en brazos porque su blusa ha sufrido la misma suerte que la de S. En cuanto el avión logra la altura necesaria y se apagan las luces de uso obligatorio de los cinturones, la madre sale disparada al baño, se lava las manos, se quita la blusa, se pone el jersey que llevaba en la maleta de mano. Cuando regresa a su asiento ve que S duerme ya en la mini cuna. L mira a D, que le pregunta si todo está bien mientras enciende el portátil para M. L asiente con la cabeza. Aún quedan nueve horas de viaje. 

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