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"La Tempestad" sobre Ultramar

Por Luis G. Romero

 

 

Desde Cuba, como tierra firme al comienzo de la India,

 puede llegarse a España sin tropezar con el mar

Cristobal Colón

 

 

I

 

Tratándose de cuestiones humanas, descubrir es inventar: quien encuentra y muestra algo nuevo, a la vez interviene sobre la realidad y la transforma. Ahí está la historia de América para demostrar el íntimo vínculo semántico entre ambos verbos. Desde el parvulario escuchamos hasta el cansancio que dicho continente fue descubierto por Cristóbal Colón. Sin embargo, usualmente no enseñamos a las nuevas generaciones que este descubrimiento fue, al mismo tiempo, una invención. Semejante interpretación de los procesos de colonización -y posterior independencia- del continente americano no es precisamente popular: antes bien, resulta asaz dolorosa en ambos extremos del Atlántico. En una de sus orillas, empaña la gesta épica con la memoria de la violencia; en la otra, tiñe con la humillación y el dolor de los vencidos la construcción del proyecto americano entero (incluidas sus derivaciones contemporáneas). Pero lo cierto es que las civilizaciones prehispánicas fueron ajenas a la noción de lo americano. América nació, evolucionó y se volvió libre bajo la sombra de Europa: desde sus orígenes, los afanes y las rencillas del Viejo Mundo marcaron los destinos de las islas y tierras firmes de la Mar Oceana cuyo gobierno y riquezas los Reyes Católicos alevosamente prometieron compartir con Cristóbal Colón.

 

 

II

 

En un principio, América se confundió con el Paraíso. El viento que hinchaba las velas de las naves comandadas por Colón soplaba hacia los jardines del Edén perdido. También es cierto que, a la postre, los hidalgos paupérrimos que las tripulaban se convertirían en pálidas deidades sanguinarias en aras de otra obsesión, aparentemente ajena a las evocaciones místicas: El Dorado, la tierra de abundancia que habría de hacerlos ricos de la noche a la mañana. No obstante, las fronteras entre el Edén y El Dorado son borrosas: no se sabe dónde termina uno, y dónde comienza el otro. Se equivocan quienes meramente evalúan aquella primera travesía pavorosa por la inmensidad del Atlántico como una temprana expresión de la codicia capitalista. El interés empresarial ciertamente equipó las carabelas, pero fue el ensueño religioso quien prestó el ánimo para resistir la incertidumbre de la navegación hacia lo desconocido.

       A los ojos de sus descubridores, el Nuevo Mundo apareció intacto, milagrosamente preservado de la mácula del pecado original. No es fortuito que la literatura alquimista del siglo XVII viera en Colón al maestro que había encontrado el Paraíso -la América áurea- en medio de la omnipresente perdición mundana. En la célebre epístola que, desde Haití, Colón dirigió a los monarcas españoles hacia octubre de 1498, la desembocadura del Orinoco adquiere las dimensiones del apex terrae: la cúspide de la tierra, desde la cual el alma humana puede redimirse del lastre de la caída y contactar con Dios en las alturas. Para Colón, el delta del Orinoco constituye verdaderamente la entrada hacia “aquella parte más excelente de la tierra de la cual partió el primer rayo de luz en el momento de la creación”. El almirante concluye su carta con una promesa cubierta de alusiones teológicas, que revela la índole intensamente religiosa de su búsqueda: “hasta tanto sepan las noticias de las nuevas tierras que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal”, escribe exaltado, “irá el Adelantado con tres navíos bien aviados para ello a ver más adelante, y descubrirá todo lo que pudiere hacia aquellas partes”.

 

 

III

 

La historia suele desilusionar a los ilusos, y al final el Edén soñado por Colón quedó reducido a la terrenal materialidad de las Antillas. Pese a ello, el florecimiento del ars inveniendi que había sido fecundado con la idea del Nuevo Mundo no perdió ímpetu. Quizás el Paraíso estuviese definitivamente perdido, pero los territorios recién descubiertos aún representaban la oportunidad de un nuevo comienzo para la humanidad. El apetito de novedades comienza generalmente por el cansancio de lo ya conocido: el entusiasmo exploratorio que multiplicaba las expediciones por regiones hasta entonces ignotas anticipaba una secesión histórica. A medida que América se expandía en el imaginario de aquella época, el orden medieval, centrado en lo divino y lo eterno, inició su éxodo hacia otra realidad en la que, como había previsto Séneca, el cinturón del Océano había sido quebrantado, y Tule ya no era la parte extrema de la Tierra.

 

 

       Bajo este signo, en 1516 el canciller inglés Tomás Moro publicó la primera edición de una fábula marinera que habría de convertirse en una las obras cumbres del Renacimiento: De optimo rei publicae statu sive de nova insula Utopia (Del mejor estado de la república, o de la nueva isla de Utopía). Inspirado en los memoriales de Américo Vespucio, Moro refiere en esta breve novela un diálogo imaginario con un trotamundos portugués, Rafael Hitlodeo (por añadidura, acompañante del propio Vespucio en tres de los cuatro viajes que hizo al Nuevo Mundo), quien describe detalladamente la configuración de una república óptima encarnada en la afortunada y lejana isla de Utopía. Hitlodeo abre el relato de sus andanzas en la nueva ínsula con una expresión de añoranza que, en sí misma, condena las miserias y mezquindades imperantes en la vieja Europa: “Si hubieras estado en Utopía, como yo he estado; si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, entonces, no tendrías dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada. Yo estuve allí durante cinco años, y hubiera estado muchos más, de no haberme tenido que venir para revelar ese Nuevo Mundo”.

       Vespucio había contado que los habitantes del Nuevo Mundo habían aprendido a vivir, en plena libertad e igualdad, “de acuerdo con la naturaleza”. América es, por tanto, el pretexto primigenio de Utopía. El nombre de aquella isla fabulada donde la propiedad privada ha sido abolida y, en los mismísimo albores de la Reforma, todas las religiones encuentran acomodo bajo una amable tolerancia, habría de concitar en los siglos venideros toda suerte de esperanzas y temores en tanto anticipa perennemente una realidad mejor que la presente. La palabra utopía, como es harto sabido, proviene de las voces griegas ού (no) y τόπος (lugar), a partir de lo cual se le ha definido usualmente como el-lugar-que-no-existe. Sin embargo (así lo advirtió el propio Moro en el sexteto del ficticio poeta Anemolio que precede a su relato), el prefijo puede intercambiarse también por la raíz ευ (bueno), con lo cual el τόπος designado adquiere un sentido totalmente distinto: el-buen-lugar. Utopía no existe hoy, pero mañana puede (y debe) adquirir realidad. En las últimas líneas del libro, justamente, Tomás Moro confiesa que “existen en la república de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades”, pero añade a continuación que no espera que lo sean. A diferencia del Paraíso, que se limita a situar la vida feliz en algún lugar remoto e inaccesible, Utopía exige la transformación racional y voluntaria de las malas leyes para así hacer posible la buena sociedad. Utopía es Otro Mundo inmanente en el reino de la posibilidad nacida del esfuerzo humano: en suma, un mundano otro mundo.

 

 

IV

 

Moro apunta que, en su trayecto hacia Utopía, Rafael Hitlodeo había visitado diversos pueblos dotados con las más ilustres costumbres: los Polileritas, tributarios de Persia, cuyos convictos por robo eran obligados “a devolver lo sustraído a su dueño y no al rey, como suele hacerse en otros lugares”; los Acorioros, convencidos, después de guerrear para anexarse un reino a instancias de sus gobernantes, de que las conquistas acarrean más calamidades que beneficios; o los Macarienses, quienes consideraban que un erario relativamente pobre aseguraba la tranquilidad de la república. Al igual que la fantástica geografía moreana, el Nuevo Mundo que prefiguraba Utopía estaba densamente poblado: alguien se había adelantado en usufructuar sus promesas de felicidad, y los recién llegados no admitían contendientes en sus pretensiones de dominio y fortuna. La tragedia colonial cayó así sobre América, como una tempestad que se prolongó durante todos los siglos del señorío europeo sobre el continente e incluso más allá, hasta nuestros días.

       Hacia 1611, William Shakespeare concluyó su carrera como dramaturgo con una obra titulada, precisamente, La Tempestad: una de las ficciones narrativas que con mayor crudeza han retratado la feroz servidumbre a la que fueron sometidos los pueblos amerindios. Shakespeare nos cuenta que Próspero, legítimo duque de Milán, fue despojado del poder por su hermano Antonio, puesto en una barca y entregado a merced de las olas con su hija Miranda. En un guiño a la añeja tradición utópica, ambos exiliados desembarcan en una isla. No obstante, a diferencia de los utopianos, los habitantes originales de la isla colonizada por Próspero no merecen ser alabados por su prudencia, ni imitados en sus hábitos. Próspero es un mago cuyos hermosos y maravillosos poderes contrastan con las oscuras y destructivas artes de Sycorax, la hechicera que le había precedido en el gobierno de la isla. La llegada de Próspero, muchos años después de la muerte de su antecesora, marca el comienzo de una nueva dominación sobre las criaturas que moran en ella. Por una parte, tras liberar a Ariel, un espíritu del aire, del hechizo con el que la bruja le mantenía sujeto a un árbol, Próspero le exige obediencia en pago a los servicios que le prestó; por otra, igualmente impone su arbitrio a Calibán, el hijo que Sycorax tuvo con un demonio: un individuo monstruoso, abyecto e ingenuo que es el único habitante de la isla.

 

 

       Si bien Próspero despliega un talento singular en la práctica de la magia, los portentos realizados por Ariel no son menores. Es Ariel quien provoca la tempestad que coloca al usurpador a merced de la venganza de Próspero. “¡Salve, gran maestro! ¡Salve, hombre sabio!”, exclama, tras cumplir esta encomienda, a la vista de su señor: “Vengo para recibir tus indicaciones. Bien sea volar, nadar, meterme en el fuego o cabalgar por las nubes onduladas: con tu grandiosa palabra dirige a Ariel y a todas sus fuerzas”. Sin embargo -pese a la cordial deferencia que obsequia a su patrono-, cuando Ariel solicita su libertad, Próspero no vacila en prorrogar el imperio que ejerce sobre él y en amenazarle con devolverle a su antiguo confinamiento. Ante la intimidación, Ariel accede a mantener su condición servil. “Perdóname, amo”, suplica al implacable mago, y acto seguido promete: “Seré dócil a tus órdenes”.

       Calibán, por el contrario, detesta servir a Próspero. Sus palabras acusan el despojo y los agravios acumulados: “Por mi madre Sycorax, esta isla es mía”, reclama a Próspero, “y tú me la quitaste… Yo soy todos los súbditos que tienes; yo, que fui mi propio rey, y tú me empuercas en la dura roca y me niegas el resto de la isla”. Por obvias razones -la obra fue escrita en el periodo en que Inglaterra daba los primeros pasos en su aventura colonial-, Shakespeare prodiga al siervo manso un tratamiento más gentil que a su contraparte rebelde. A los ojos del espectador, Ariel personifica la belleza alada; Calibán, en cambio, aparece como un híbrido deforme que sólo se distingue de los animales por su maldad. Próspero finalmente concede a Ariel la libertad pero Calibán, por su propia condición -que recuerda las cualidades de rusticidad y simplicidad atribuidas a los indígenas por el derecho indiano-, jamás puede escapar a la servidumbre.

       El profundo simbolismo colonial inscrito en La Tempestad le ha convertido en una obra fundamental en el imaginario caribeño e iberoamericano. En los albores del siglo XX, el uruguayo José Enrique Rodó reivindicaba a Ariel como emblema cultural (en sus propias palabras, en cuanto “imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad”) de una América Latina llamada a constituirse en heredera de la antigüedad clásica, el renacimiento italiano y la ilustración francesa frente a la barbarie utilitaria del Calibán angloamericano. Una lectura distinta ofrecería el haitiano Aimé Césaire, quien en 1969 publicó Une Tempête, reelaboración para el théâtre nègre del texto shakespeareano en que Próspero es representado como el decadente colonizador blanco; Calibán como el digno esclavo negro que infructuosamente reivindica, desde sus propias raíces culturales, la libertad (uhuru, en el idioma swahili) que le ha sido arrebatada; y Ariel como el mulato atrapado entre ambos contendientes. Mientras que para el modernista Rodó, cuya mirada estaba fija en el siglo XIX, Ariel personifica “la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia” que debería normar la cultura latinoamericana; para Césaire, inmerso en la realidad poscolonial de uno países más pobres del continente, Calibán encarna el rudo e inconquistable espíritu del colonizado que resiste la opresión del colonizador.

       Entre Ariel y Calibán, América Latina aún lucha por asimilar su pasado colonial. El dilema entre uno y otro esclavo, empero, conduce a un callejón sin salida. Como apunta el crítico cubano Roberto Fernández Retamar, no hay verdadera polaridad Ariel-Calibán: a final de cuentas, ambos son siervos en manos de Próspero, el hechicero extranjero.

 

 

V

 

La relación entre Próspero y sus esclavos, empero, tampoco puede simplificarse en términos de una oposición irreductible. La situación del colonizador manifiesta en sí misma contradicciones internas e historias diferenciadas: las circunstancias del mago exiliado no son idénticas a las del usurpador Antonio, o a las de los nobles que acompañan a éste en su forzada visita a la isla. De ahí que, en el epílogo de La Tempestad, Próspero tome la palabra por última vez para apelar a la indulgencia del público. “Si os complace”, implora, “retenedme aquí, o dejadme ir a Nápoles… no quede hechizado yo en la isla, y de este encanto libradme con vuestro aplauso”. Paradójicamente, el colonizador también puede llegar a aborrecer el yugo de la colonia.

       Corría la segunda década del siglo XIX cuando el septuagenario filósofo inglés Jeremy Bentham comenzó a trabajar en un manuscrito titulado Rid Yourselves of Ultramaria! (¡Libraos de Ultramaría!), consistente en una exhortación al pueblo español y sus Cortes Constitucionales para desembarazarse, por su propia conveniencia, de las colonias americanas. El curioso hispanismo Ultramaría, evidentemente, alude a las llamadas provincias de ultramar que la Constitución Política de la Monarquía Española, promulgada en Cádiz en 1812, enunciaba entre las partes integrantes del territorio español. Sin embargo, Bentham había ensayado antes otras fórmulas para la identificación de los territorios coloniales. En un escrito previo, referido al mismo asunto de la emancipación, Bentham bautiza a la América española como Creolia: la tierra de los criollos.

 

 

       Semejante designación de las provincias ultramarinas es asaz significativa. Bentham percibe exclusivamente a los criollos como potenciales sujetos políticos: “los aborígenes” y “los negros importados” apenas son considerados en sus cálculos utilitarios en torno a las ventajas de la emancipación americana. Sobre esta base, considera que el linaje común de los españoles y los criollos constituye un hecho innegable. “España ha producido muchos de los padres de los habitantes de la América española”, anota. No obstante, ello no justifica que unos y otros participen en un mismo régimen constitucional en cuanto les distancian las circunstancias y los intereses. Bentham advierte que la supuesta unidad entre peninsulares y criollos en la Nación española proclamada por la Constitución gaditana sólo encuentra respaldo en “la vanidad” y “la adulación retórica”. “¡España es una!”, ironiza al respecto, “Así debe ser su aritmética. ¡Tiene su parte peninsular como tiene la ultramarina! Así debe ser su geografía. Del mismo modo podría decirse que España y la luna son una, con su parte terrena como con su parte lunar”.

       Desde la perspectiva benthamiana, la ficción normativa que instituye la Nación española a partir de la “reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”, según disponía el artículo 1º del texto constitucional gaditano, habría de introducir tal corrupción en las instituciones que, en última instancia, la misma subsistencia de España resultaría amenazada. “En el lenguaje del Código Constitucional”, amonesta a los españoles, “esos extraños y vosotros sois designados por un único y mismo nombre”. Las consecuencias de esta denominación común distan de ser inocuas. Bentham vaticina que, por ejemplo, en el supuesto en que fuera requerido en las provincias de ultramar un incremento en los impuestos o un desvío del gasto público hacia la metrópoli, la minoría dirigente -los ruling few- en aquéllos territorios haría prevalecer necesariamente sus privilegios económicos. Ultramaría impondría paulatinamente su criterio sobre España hasta que, en vista de que los territorios americanos permitirían una expansión de la población superior a la previsible en la Península, los criollos llegaran a constituir mayoría. En ese momento, las instituciones centrales habrían de trasladarse a América, gobernándose desde allí la Madre Patria.

       Forzar la unidad, por tanto, representaba un enorme peligro que solamente podría ser conjurado mediante una transformación substancial de las relaciones existentes entre la metrópoli y las colonias. El vínculo político que unía ambos hemisferios era ya insostenible, pero no lo era el incremento del tráfico mercantil entre uno y otro. El abandono de las provincias de ultramar resultaría rentable: Bentham tiene el cuidado de recordar a los españoles que el comercio entre Inglaterra y los Estados Unidos no menguó tras la independencia de este último país.

       Ultramaría ya se había lanzado a reclamar por su cuenta y riesgo la independencia de la metrópoli cuando Bentham se decidió a ofrecer sus consejos al pueblo español. No obstante, su lectura de la situación iberoamericana no comporta una perogrullada sin más. El oscuro panfleto Rid Yourselves of Ultramaria!, que no sería publicado sino hasta el último tercio del siglo XX, involucra un radical replanteamiento de la cuestión colonial en tanto identifica a los criollos como sujetos colonizados (lo cual representa un acierto), a la vez que solapa Ultramaría con Creolia (algo entendible en el contexto en que escribió Bentham, pero nefasto con miras a la constitución de auténticas repúblicas democráticas). “Si el árbol se conoce por sus frutos, así los frutos se conocen por el árbol”, concluye Bentham. Sus palabras resultaron proféticas: Iberoamérica pronto conseguiría la anhelada independencia y, a pesar de ello, el orden colonial no perdería vigencia.

 

 

VI

 

En 1832, la feminista y socialista francesa de ascendencia hispano-peruana Flora Tristán hizo un viaje a Perú con la intención de reclamar su herencia paterna, que se encontraba en posesión de su tío. Dicho país había obtenido su independencia de la corona española en 1824, constituyéndose al efecto como república. Tristán pronto caería en la cuenta de que tal calificación constitucional sólo podía sostenerse formalmente. El nuevo régimen había mantenido intacto el sistema de castas colonial. “En el Perú, como en toda la América”, refiere en Pérégrinations d’une paria (Peregrinaciones de una paria), el libro en que relata su periplo por Creolia, “el origen europeo es el gran título de nobleza”. Esta circunstancia, sumada a la ignorancia del pueblo y la insaciable sed de poder y riqueza de las élites, anulaba el sentido de la palabra República. Así lo expresó Tristán en la dedicatoria de la obra antes mencionada, dirigida a los propios peruanos: “Nadie hay quien desee mas sinceramente que yo vuestra prosperidad actual y vuestros progresos en el porvenir. Ese voto de mi corazón domina mi pensamiento, y al ver que andáis errados y que no pensáis, ante todo, en armonizar vuestras costumbres con la organización política que habéis adoptado, he tenido el valor de decirlo, con riesgo de ofender vuestro orgullo nacional”.

 

 

       El orgullo nacional de la naciente -e incongruente- República del Perú reaccionó con violencia a los comentarios de Tristán. Numerosas copias de Pérégrinations d’une paria fueron quemadas tanto en el teatro de Lima como en la plaza pública de Arequipa. El título fue asimismo incluido en un índice de libros prohibidos. Creolia había comenzado a aprender el lenguaje del nacionalismo refractario a todo aquello que, verdadero o no, hiciese peligrar su propia complacencia. Con la conciencia nacional, habían nacido al propio tiempo dos monstruos mayúsculos de la Iberoámerica independiente: el chauvinismo y la xenofobia.

 

 

VII

 

Al igual que George Orwell, entiendo por nacionalismo, primero, “el hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que bloques enteros de millones o decenas de millones de personas pueden ser etiquetados confiadamente como buenos o malo” y, segundo (lo que es más grave aún), “el hábito de identificarse a uno mismo con una sola nación o unidad similar, colocándole más allá del bien y del mal y no reconociendo otro deber que promover sus intereses”. Dicho brevemente: el nacionalismo es el apego, sin contrastes ni fisuras, por la cultura propia. Por consiguiente, el discurso nacionalista tenderá a excluir de la Nación a quienes no compartan nuestras condiciones geográficas, nuestra historia, nuestro lenguaje y nuestras costumbres. Los nacionalistas sólo son leales a sí mismos: ¡desdichados quienes no sean aceptados dentro de las difusas lindes de la Nación!

       Durante dos siglos, Iberoamérica ha intentado resolver las añejas cuestiones desatadas por las tempestades del siglo XVI dentro de los horizontes nacionalistas. Los resultados de esta estrategia han sido por demás pobres. Menos de veinte años después de su independencia, Alexis de Tocqueville formulaba sobre México un desalentador diagnóstico -que podría extenderse a la región entera- cuando afirmaba que este país parecía inexorablemente predispuesto a ser “arrastrado constantemente de la anarquía al despotismo militar, y del despotismo militar a la anarquía”. En términos similares, al analizar la situación de América del Sur, el propio Tocqueville se maravillaba porque “el pueblo que habita esa bella mitad de un hemisferio parece obstinadamente dedicado a desgarrarse las entrañas” y, a la vista de “ese estado alternativo de miserias y de crímenes” se confesaba “tentado a creer” que para los sudamericanos “el despotismo sería un beneficio”.

       Llegados a este punto, se imponen dos preguntas rayanas en el lugar común: ¿Qué es lo que ha salido mal? ¿Es posible enderezar los vericuetos torcidos en los que se ha extraviado nuestra historia?

       Quizás, para responder a estas cuestiones, debamos adquirir conciencia sobre qué significa ser soberano. Para el ejercicio de la soberanía democrática no basta el orgullo nacional, sino que son precisos ciudadanos capaces de comprometerse con el bien común, dispuestos a defender los derechos de todos y de cada uno. Ciudadanos menos interesados en sus propios asuntos y más entregados, en cambio, al amor -no exagero en el empleo de este término- que exige la libertad compartida. La América inventada por los europeos fue entrada del Paraíso y preludio de la utopía, pero también lugar de la rapiña y la opresión. Ahora, Creolia debe madurar y transformarse para sanar las heridas de Ariel y Calibán. Han pasado dos siglos desde que los latinoamericanos reclamamos la prerrogativa de inventarnos a nosotros mismos pero, como observara Flora Tristán, aún no hemos conseguido que la república -o, dicho en otros términos, la libertad común, de todos y para todos- florezca en absoluta plenitud. La libertad en Iberoamérica, ganada a costa de tanta sangre y amenazada desde incontables frentes (comenzando por el crimen organizado o la proximidad geográfica de la voracidad imperial de los Estados Unidos) no es todavía un objetivo alcanzado, sino que entraña un universo complejo y frágil que puede ser destruido en cualquier momento. Por ello mismo, resulta más preciosa, y merece mayor esfuerzo de nuestra parte para conservarla y fortalecerla.

 


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