Fronterad

Imprimir

Las mujeres toman el volante en Arabia Saudí

Por Lali Sandiumenge

 

Era un día de agosto de 2006. Los ocupantes de los vehículos que cruzaban en ese momento la Calzada del Rey Fahd, el puente que une Arabia Saudí con la isla de Bahréin, creerían que veían un espejismo. Una mujer se manifestaba, en solitario, mostrando una pancarta: “Dad a las mujeres sus derechos”. La protesta duró tan sólo veinte minutos, los que tardó la policía en llegar y arrestarla. En ese intervalo, un conductor le preguntó: “¿Por qué pides derechos para las mujeres cuando los hombres tampoco los tenemos?”.

       Cinco años después, hombres y mujeres siguen sin tener derechos, pero la revuelta para exigirlos ha comenzado y está en manos femeninas. Wajiha al Huwaider, una de las más activas feministas saudíes, ya no está sola, ni en la calle ni mucho menos en la red, donde las mujeres han recogido la estela de la primavera árabe y se han organizado para decir que la hora del cambio ha llegado. La guerra arrecia en el ciberespacio y se libra simultáneamente en varios frentes: la plataforma de Facebook Saudi Women Revolution se propone derrumbar el sistema de patriarcado, que condena a las mujeres a ser menores de edad legalmente durante toda su vida; el movimiento Baladi (Mi país) exige el sufragio y la participación femenina en las próximas municipales, previstas para septiembre; Women's right to drive in KSA, desde Facebook, y Women2drive, en Twitter, luchan por acabar con la prohibición de conducir. Hoy, 17 de junio, es el día D: todas las mujeres saudíes en posesión de un permiso internacional de conducir están convocadas a poner la primera y arrancar, al volante de sus coches, de la revolución y de sus vidas.

       La lucha de las mujeres saudíes no es nueva, pero las redes sociales han multiplicado la labor que desempeñaban desde hace años por su cuenta y riesgo un grupo reducido de escritoras y académicas. “Es maravilloso ver cómo las mujeres han recuperado su voz. El ciberespacio les ha dado la oportunidad de opinar sobre sus derechos y de contactar y coordinarse entre ellas”, afirma Hatoon el Fassi, profesora de Historia de la Universidad Rey Saud de Riad y una de las más veteranas sufragistas del país. La periodista saudí Ibtihal Mubarak compara el papel que los medios sociales están jugando en Arabia Saudí con el que tuvo en la antigua Unión Soviética el samizdat, la copia y distribución clandestina de publicaciones prohibidas. “No solo están suministrando información sino poniendo en contacto a personas con los mismos intereses, lo que es crucial en Arabia Saudí, donde no existe una sociedad civil activa. El régimen saudí es incluso peor que el de la antigua URSS en cortar los canales de participación de los ciudadanos en los asuntos económicos, políticos y sociales”, apunta desde Nueva York, donde vive. “Para las mujeres, son la única vía para concienciar y movilizarse; son enormemente útiles y poderosos, porque incluso si no tienes ordenador o acceso a internet, puedes conseguir la información a través de alguien que sí tiene. Este es el significado completo de 'viral': se extiende y extiende, más allá del mismo medio”.

       Consciente de que el ciberespacio es un lugar difícilmente subyugable y potencialmente subversivo, la monarquía absoluta saudí restringió el uso de internet hasta 1999, cuando garantizó que podía controlar el acceso a la información y a los contenidos prohibidos: de forma muy general, todos los que son “incompatibles con la religión islámica y los sistemas nacionales”. El sistema de filtraje es uno de los más rigurosos, sofisticados y caros del mundo, pero también uno de los más transparentes. El guardián de la ortodoxia en la red, la Internet Services Unit (ISU), explica en su página web su filosofía y facilita formularios para que el público se convierta también en censor y solicite que se prohíba un portal. La lista negra incluía en 2004 más de 400.000 webs, entre los cuales, por supuesto, muchos que aluden a los derechos, la salud y la vida íntima de las mujeres.

       Como habían hecho antes con los teléfonos móviles (en 2003 doblaban el número de líneas terrestres), los saudíes se apuntaron con entusiasmo a la red. En diciembre de 2000, había ya 200.000 internautas en el país, 1,6 millones en 2003 y 2,54 en 2005, lo que supuso un incremento vertiginoso del 1.170%. En 2010 la penetración era ya del 38,1% de la población, con casi 10 millones de usuarios. Desde muy pronto, los foros y los chats rooms causaron furor y permitieron a los jóvenes expresarse, comunicarse y discutir online acerca de todo, incluidos los temas prohibidos. La pantalla del ordenador, según El Fassi, se convirtió en una puerta de salida a la falta de libertad y a la represión, una suerte de atajo por donde “escapar a las leyes de la sociedad, imponer sus propias reglas y crear su propia comunidad”.

 

 

       Hombres y mujeres tomaron por asalto la red y, a partir de mitad de la década, los blogs. Saudi Jeans, de Ahmed al Omran, entonces estudiante de Farmacia en Riad; Farah's sowaleef (Los Chismorreos de Farah, el parloteo diario de una aburrida, reprimida y exhausta chica saudí), de Farah Aziz, una estudiante de Traducción, y The Religious Policeman (El Policía Religioso), escrito por un saudí desde Londres, fueron algunos de los pioneros y son ya clásicos en la literatura online del país, aunque sólo el de Al Omran, periodista ahora en Estados Unidos, sigue activo. Uno de los primeros fue también A saudi girl, un blog que escribió entre 2004 y 2006 un chico saudí haciéndose pasar por una chica, Alia, con el propósito de convertirla, según confesó más tarde, “en una amazona árabe luchando por sus derechos”.

       No hizo falta al final que un hombre hablara por ellas, aunque es posible que Alia inspirara a más de una. Los blogs, en manos de las mujeres, se convirtieron en un arma muy poderosa para denunciar la discriminación y en un espacio inesperado de libertad para expresarse y despotricar. Podían hacerlo a solas, esconderse bajo seudónimos y no tenían que pedir permiso a ningún mehram (guardián masculino) para escribir lo que les diera la gana (aunque sí para acceder a la red). “Es reconfortante saber que nada está fuera de nuestro alcance. Es una libertad absoluta”, explicaba por email en 2006 Ubergirl, el seudónimo de una estudiante de literatura inglesa que dedicaba su blog a “vociferar su enojo”.

       Hacia 2006 se calculaba que había medio millar de blogs saudíes, la mitad escritos por mujeres. Algunos de los más conocidos han desaparecido de la blogosfera, como el que escribía Jo desde Riad, A thought in a Kingdom of Lunacy, o el de Mystique, desde Jedah, The emancipation of mystical thoughts. Saudi Eve está inactivo, pero todavía abierto en la red. El hecho de que muchas escribieran en inglés (“Los mutawa —la policía religiosa— no lo entienden”, justificaba Mystique) permitió a los cibernautas extranjeros conocer de primera mano a las mujeres saudíes y descubrir una vez más que el hábito raramente hace al monje. Algunas siguen promoviendo el acercamiento, como es el caso desde febrero de 2008 de Saudiwoman's weblog, uno de los más conocidos ahora.

       Los blogs rompieron el muro de silencio y los móviles y sus aplicaciones —como el bluetooth— abrieron fisuras en la estricta segregación de sexos. La red permitió otras rebeldías, como montar una banda de rock femenina y clandestina y difundir sus canciones online. El impacto de las redes sociales está por evaluar, pero sus efectos sociales deben de ser considerables. En enero de este año había más de 3 millones de usuarios de Facebook en el país, un 12.24% de la población. El tweet que escribió hace unos días una de ellas es elocuente: “Gracias #twitter :) ¡Has hecho posible encontrar gente similar en un país como #saudi!”. 

       El golpe de gracia lo dieron las revoluciones de Túnez y Egipto. El virus democrático se contagia fácilmente y la red entró en erupción. El hashtag #EgyptEffectSa puso el debate en marcha. Mucho antes de que los dos primeros día de la ira convocados en Facebook pudieran celebrarse —el 11 de marzo y el 20 de marzo— el Ministerio del Interior advirtió que reprimiría con mano dura las protestas. No solo se prohibieron las manifestaciones, también se endureció la legislación para coartar todavía más la libertad de expresión y de opinión. La revuelta saudí abortó al poco de ser concebida. 

       Quiénes no dejaron pasar la oportunidad fueron ellas. “Cuando vi las revueltas árabes, me avergoncé de que las mujeres saudíes, las criaturas más insultadas de la Tierra, siguiéramos calladas”, explica por email Noha al Sulaiman, una trabajadora social de 28 años que disparó el tiro de salida en febrero al crear en Twitter el hashtag #saudiwomenrevolution para promover el debate. “Tenemos que concienciar a las mujeres y a la sociedad saudí. Estamos solo al principio y somos conscientes de que tendremos que hacer frente a la ignorancia y al rechazo, y romper la barrera del miedo. Planeamos hacernos oír por todos los medios, no dejaremos de luchar por nuestros derechos, porque ya es hora de cambiar”. Junto con otras mujeres, crearon una página en Facebook, en la que colgaron una declaración de intenciones en toda regla. La iniciativa ha recogido hasta ahora cerca de 6.000 apoyos (a principios de marzo tenía unos 900), pocos teniendo en cuenta que están luchando para acabar con un apartheid de género que, como subraya Ibtihal Mubarak, “puede compararse fácilmente con el de Suráfrica”.

 

 

       La batalla no se libra sólo online. Al Sulaiman fue una de las mujeres que se unieron al movimiento Baladi y acudieron a finales de abril a distintas oficinas electorales del país para registrarse para votar, aún a sabiendas de que no se lo permitirían. “Muchas mujeres respondieron al llamamiento y fueron a los centros de inscripción cuando empezó la fase de registro para los hombres”, explica El Fassi, una de sus promotoras. “Después, algunas de nosotras presentamos demandas legales contra el ministro de Asuntos Municipales y estamos preparando consejos locales en la sombra por si no nos responden a las demandas”. De algo ha servido, aunque poco: el 7 de junio el consejo de la Shura recomendó que se tomen las medidas necesarias para que las mujeres puedan votar... en futuras elecciones (las municipales de 2005 fueron las primeras de cualquier tipo en 40 años).

       Pero la iniciativa que está adquiriendo más fuerza y haciendo más ruido es la que reclama el derecho a conducir, una lucha de largo aliento que se ha convertido en un símbolo de la reivindicación de sus derechos. No se trata tan solo de que las mujeres saudíes son el único colectivo de personas del planeta que tienen expresamente prohibido conducir un vehículo  –tampoco una bicicleta— o que la prohibición no está recogida en ninguna ley, sino que eso, en un país como el suyo de grandes distancias y avenidas, reduce aún más la falta de autonomía, es un golpe para el presupuesto familiar, un grave problema en caso de urgencia e impide trabajar a muchas que podrían hacerlo. Muchas mujeres se han sacado el carné aprovechando alguna estancia en el extranjero y alguna ha confesado estos días que se disfraza de vez en cuando de hombre y conduce.

       El movimiento ha sacado partido de la efervescencia para resurgir de sus cenizas. Más de dos décadas han pasado desde que un primer grupo de 47 pioneras se la jugaran y dieran un descanso a sus chóferes para conducir en convoy durante media hora por las avenidas de Riad. Era el 6 de noviembre de 1990, en plena Guerra del Golfo, y aprovecharon la presencia de la numerosa prensa extranjera para promover su causa. Fue la primera protesta ciudadana de cualquier tipo que se recuerda, pero de nada serviría. Si esperaban apoyo internacional, fue muy tibio. Nada ha cambiado desde entonces y ellas lo pagaron caro: algunas fueron detenidas, a otras les confiscaron el pasaporte y otras perdieron su trabajo o las obligaron a cerrar sus negocios.  

       Veterana ya en el arte de disentir, Wajiha al Huwaider tomó el testigo en 2007 y fundó junto a la profesora retirada Fawzia al Oyouni y otras activistas la Liga de Solicitantes del Derecho de las Mujeres a Conducir Coches en Arabia Saudí, cuya primera acción fue recoger más de un millar de firmas  vía una dirección de email ([email protected]), en apoyo de una petición que entregaron al rey Abdalah en el segundo aniversario de su llegada al trono. “Conducir es un símbolo de libertad”, explicaba poco después Wajiha. “Y es muy importante para nosotras porque durante décadas hemos vivido en Arabia Saudí la ilusión de que somos una sociedad especial, diferente del resto del mundo. Y no es verdad, somos gente normal, pero nos han puesto bajo una situación anormal y unas circunstancias extrañas. Y conducir es una de ellas”. Su acción más sonada tuvo lugar el Día Internacional de la Mujer de 2008, cuando se grabó ella misma al volante de un coche en Khobar y colgó la prueba del delito en Youtube. “¡He conducido!”, explicó con alborozo por email, convencida de que más pronto que tarde las cosas cambiarían. 

       No fue así, y han tenido que pasar de nuevo unos cuantos años antes de que el mundo les haya prestado de nuevo atención. La iniciativa se puso en marcha con una petición a principios de marzo y en mayo publicó un primer manifiesto público convocando a las mujeres a conducir el 17 de junio durante cualquiera de sus actividades cotidianas. “Nosotras, las mujeres de Arabia Saudí, seremos las que lideren el cambio. No conseguimos hacerlo con nuestras voces, no fracasaremos con nuestras acciones”, advertían. “Somos vuestras hijas, mujeres, hermanas y madres. Somos la mitad de la sociedad y damos a luz a la otra mitad y, sin embargo, nos habéis invisibilizado y habéis marginado nuestras demandas”.

       El debate que ha generado Women2drive es muy vivo, tanto dentro del país como en Twitter, donde se desarrolla ya globalmente —sobre todo entre mujeres— a través de los hashtags #saudiwomen, #women2drive, #saudi #womenrighst#saudiowomenrevolution. También en Facebook se discute qué hacer y cómo ese día. “No sé conducir”, escribió Amal en Women’s Right to Drive in KSA. “Ojalá tuviera carné”, añadió Sharifa. “Si alguien conduce, por favor documentadlo en vídeo o fotos y compartidlo con el mundo. Y no vayáis solas, por si acaso”, aconsejó Ahmad. “Me gustaría hacerlo, pero para ser sincera ¡estoy aterrada!”, admitió May. “… yo también!”, confesó Hayat. “He decidido que será mejor ir con mi chófer y un bate de béisbol en el coche y ayudar a las mujeres que sean acosadas”, anunció April.

 

 

       La campaña es muy activa y tan tenaz que está sobreviviendo a los obstáculos, las críticas y las amenazas. El principal: la detención durante nueve días de Manal al Sharif, una consultora de seguridad informática de 32 años, su principal promotora, poco después de haber colgado en Youtube un vídeo que la muestra conduciendo a plena luz del día por la calles de Khobar. Wajiha al Huwaider, amiga personal suya y compañera de trabajo en la petrolera Aramco, que se sentó en el asiento del copiloto y grabó el delito, fue interrogada. Tras su liberación, el 30 de abril, Al Sharif dejó la campaña, que desapareció de la red.

       Desde entonces han surgido muchas otras iniciativas online en su apoyo (y también algunas hostiles, como una que propone azotarlas): Todas somos Manal al-Sharif, un llamado de solidaridad con las mujeres saudíes (en árabe, más de 27.000 likes: me gusta); Teach me how drive so I can protect myself (Enséñame a conducir para que pueda protegerme); I'll drive my car in my country (Conduciré en mi país); Support #Women2drive; We are supporting Manal Asharif (Apoyamos a Manal Alsharif);  Teach me how to drive! Lets all support the Saudi Women basic rights (¡Enséñame a conducir! Apoyemos los derechos universales de las mujeres saudíes); Woman behind the wheel (Mujeres al volante) o Saudi Women Driving Campaign. La campaña cuenta también con el apoyo de un puñado de hombres, activistas, intelectuales y académicos, como el abogado de derechos humanos Waleed abu al-Kair, que recogió 600 firmas a través de su cuenta en Twitter pidiendo la liberación de Manal. A nivel internacional, se puede ayudar a través de Yes 2 Women Driving in Saudi Arabia; mandando un vídeo a la iniciativa Honk for Saudi Women (Toca el claxon por las mujeres saudíes), o firmando la petición en change.org para que Catherine Ashton, la responsable de la política exterior de la Unión Europea, haga un comunicado público apoyándolas.

       La detención de Manal al Sharif, más que desanimarlas, parece haber dado más bríos al movimiento femenino. “¿Cuántas veces os dije que la revolución en Arabia Saudí la iniciarían las mujeres? ¡Mejor que me creáis ahora!”, twitteaba hace unos días Ibtihal Mubarak. “Las mujeres son las más discriminadas y por ello son las más susceptibles de formar una oposición organizada que supere las ideologías de los hombres, y con eso me refiero a las diferencias y discrepancias entre los liberales y los islamistas”, explica por email. “Mucha gente cree que las activistas saudíes son una minoría, pero la gran mayoría de mujeres anhelan tener más derechos. Espero que su resistencia y su coraje inspire y motive también a los hombres”.

       Cada día una nueva Manal aparece en el país. Al menos dos mujeres más han colgado en Youtube vídeos en las que se las ve conduciendo, una en Jedah y otra en Qatif. La semana pasada, seis fueron arrestadas mientras hacían prácticas con tres coches en un recinto sin tráfico al norte de Riad. Tuvieron que esperar en un cuartucho de una comisaría —”minúsculo, sucio y polvoriento”, como lo describió twitteando desde allí una de ellas, Rasha Alduwisi– a que sus “guardianes” —padres, maridos, hermanos e, incluso, hijos— las fueran a rescatar y, tras ser amonestados por no controlarlas suficientemente, obtuvieran el permiso de llevárselas a cambio de comprometerse por escrito a que no lo volverán a hacer nunca más. Algunas aseguran que, pese a todo, hoy conducirán. Wajiha ya no estará sola. Como decía en su twitter una de estas mujeres audaces, es absurdo amenazar con encarcelarlas si ya viven en una prisión.

 

 

* Lali es periodista. En FronteraD ha publicado El papel de internet en la revolución árabe

 


© 2013 Fronterad. Todos los derechos reservados.