Fronterad

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St. Anselm

Por Pablo Mediavilla Costa

 

Recuerdo meter el libro en la maleta una noche de verano en Barcelona y leerlo, a salto de mata y salvado ya el Atlántico, en mis primeros días en Nueva York. La mirada siempre deformada del retrovisor me devuelve ahora sensaciones que me resultan muy extrañas, de una felicidad pueril y envenenada y de una soledad, ésta sí, que se convertiría en alta escuela. Leí 'La ciudad automática' de Julio Camba sin casi haber puesto un pie en el asfalto, tirado en un colchón hinchable en una habitación diminuta y miserable de Brooklyn y, de forma inadvertida, lo que el gallego me decía se iba a convertir en el cauce de mis propios pensamientos futuros sobre Nueva York. Él puso las orillas y los cantos rodados y yo mis ideas líquidas, los chispazos geniales y alcohólicos o las reflexiones serias mirando el techo de mis habitaciones por habitar. Y siempre la misma pregunta: ¿Qué es Nueva York?

 

La prueba de que Camba construyó los circuitos y yo puse la electricidad está aquí, en este párrafo perfectamente limpio que había olvidado o, peor, que había soñado imaginar por primera vez: "Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente, esta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso. Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno".

 

El domingo por la noche, en el St. Anselm, un restaurante de Brooklyn que un amigo me había recomendado y que ahora es templo, con Ramón y Ángela, al otro lado de la mesa, batiéndose a muerte con platos a cual más exquisito, me di cuenta de cómo la sequía había viajado por un río menos caudaloso y vi la marca del agua, apenas una veta de humedad bajo las azoteas de los edificios más viejos del lugar, el perfil de una inundación sentimental que arrastró en algún tiempo fuera del presente a poetas fusilados, torres como alfileres, gallegos errantes y al que yo fui, mucho antes de escribir estas líneas.

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