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Dos tiendas

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Diré que llueve en la calle de la Cruz y que las tiendas, a esta hora de la mañana, están cerradas, y que, sin embargo, las prostitutas ya aguardan un cliente. La acera es estrecha, lo suficiente para el paso de una sola persona; la que permanece quieta debe apartarse, apoyarse en la pared empapelada de propaganda, guarecerse en un  portal.

 

Regreso por la tarde, las tiendas llevan abiertas todo el día. Hay una que vende capas españolas, capas románticas, capas del motín de Esquilache, capas que vestían madrileños de otras épocas cuando caminaban por la calle de la Cruz. Los maniquíes, muy serios, observan sin cabeza a los viandantes.

 

Justo enfrente, hay una tienda china que muestra en su escaparate sostenes de color zafiro, ligueros con falsos rubíes, bragas con psicodélicos encajes. Los maniquíes parecen vestir sus propios sueños, un espejismo de capitalismo erótico, fabricado en talleres miserables.

 

Los rostros de las prostitutas apenas han cambiado, continúan su jornada laboral, igual que la lluvia.

 

La lluvia es una cosa, dijo Borges, que sin duda sucede en el pasado.

 

Las dos tiendas se miran.

 

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