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Anatomía de un suicidio

Por Ricard González

 

“Todos los hombres cuerdos han pensado en su suicidio alguna vez ” 
Albert Camus

 

 

 

El campus de la Universidad de Princeton es uno de los más antiguos y preciosos de Estados Unidos. Sus aulas, jardines y señoriales edificios huelen a historia y ciencia. Sin embargo, desde hace más de siete meses, el pasillo del tercer piso del East Pyne Building, antigua sede gótica de la biblioteca de la universidad, no exuda sabiduría, sino mucho dolor, pena y rabia. Delante del despacho 334, el del profesor español Antonio Calvo, se acumulan los ramos de flores, las dedicatorias, y las lágrimas. “No olvidaremos”, reza un nota anónima escrita en un humilde folio blanco colgado en la puerta del despacho. 

 

Aquellos que hemos perdido a un ser querido por suicidio nunca encontraremos una respuesta satisfactoria al porqué de un acto tan radical e irreversible. Buscamos una causa, pero es más bien un estado de ánimo que no es fácil de comprender. Quizás la idea se fue gestando poco a poco, durante un periodo de tiempo largo. Quizás fue cosa de una tarde. Quizás fue sólo un instante, un arrebato de desesperación. Un suicidio siempre deja más preguntas que respuestas. Y el caso de Calvo no fue una excepción. 

 

No obstante, sí existe una idea clara entre sus allegados de cuál fue el detonante, la acción que le situó frente el abismo: un despido que por inexplicable, fulminante y opaco llevaba la mancha del estigma. Hasta la pasada primavera, Antonio Calvo, de 45 años, era el director del programa de lengua española de Princeton. También era una persona feliz que había conseguido un sueño: trabajar en su auténtica vocación, la docencia, en una de las universidades más prestigiosas y legendarias del mundo. “Antonio no era alguien que fuera a quitarse la vida. Estaba llevo de vida, y tenía unos planes de futuro maravillosos”, explica Marco Aponte-Moreno, un amigo íntimo de Calvo con quien trabajó en Princeton, y que hoy da clases en la Universidad de Surrey, en Reino Unido. 

 

Esos planes, ese sueño, que había empezado en 2006 al ser contratado como profesor adjunto, se esfumaron de un plumazo el pasado 8 de abril. Y fue de la forma más humillante: un guardia de seguridad se presentó en su despacho a las 11 de la mañana, le exigió que recogiera sus pertenencias, y le devolviera las llaves. Después, le acompañó fuera del edificio. Aquel mismo día, también le cerraron su cuenta de correo de la institución. La directora del Departamento de Lenguas y Culturas Española y Portuguesa, Gabriela Nouzeilles, le envió una carta en la que le informaba de la decisión, que justificaba por “haber recibido información de múltiples fuentes que usted se ha comportado de forma extremadamente preocupante e inapropiada en su puesto de trabajo”. La urgencia de la dirección por deshacerse de él fue tal que ni tan siquiera esperaron las apenas tres semanas que quedaban de curso para expulsarlo. 

 

Unas horas después, sus alumnos esperaron pacientemente en el aula la llegada de su profesor de lengua española. Su ausencia era extraña porque Calvo no solía retrasarse. Aquel día, nadie se presentó para informarles de lo sucedido. A la siguiente clase acudió otro profesor del departamento y les comunicó que él sustituiría al titular hasta final de curso. Los responsables de la universidad no dieron explicación alguna sobre la sustitución, una actitud hermética que han mantenido desde entonces en todo lo relativo a la muerte de Calvo. 

 

El 12 de abril, cuatro días después de su despido, el docente español se apuñaló a sí mismo en el cuello, y en el brazo izquierdo, hasta desangrarse, dejando un charco de sangre en el suelo de su piso del barrio de Chelsea, en Nueva York. Lo encontró su íntimo amigo y abogado Christopher Neely. El día anterior ambos debían asistir a una reunión con la dirección de Princeton para contestar su despido, pero Calvo no se presentó. Neely encontró una nota en su piso en la que pedía una última voluntad: que no se informara a su familia, muy católica, de la forma en la que se produjo su muerte. Sin embargo, no se pudo cumplir su deseo, pues una semana después, varios medios de comunicación estadounidenses, incluido The New York Times, se hacían eco de su trágico y misterioso final. 

 

La mayoría de sus alumnos ya se había enterado entonces de la dramática noticia. El 15 de abril Princeton emitió una fría nota en la que informaba de la muerte del profesor. No hubo la más mínima expresión de dolor, o de solidaridad con su familia y amigos. Además, de forma engañosa, se advertía que Calvo estaba “on leave” (de baja) en el momento de su muerte. Esta expresión en Estados Unidos  se suele utilizar en casos de excedencia voluntaria, cuando la realidad era que había sido forzada. Es más, incluso se le había prohibido volver a entrar al campus. 

 

El 19 de abril, martes santo, se celebró el funeral en Benavides de Órbigo, su pueblo natal, de cerca de 3.000 habitantes y situado en la provincia de León. Sus cenizas se enterraron junto a la tumba de su madre, Carmen Fernández, más conocida como Maruja. Ambos perecieron a la misma edad, 45 años. Ella a causa de un cáncer. En el pueblo, entonces nadie sabía realmente cómo había muerto Antonio, el joven que había abandonado el pueblo hacía más de 20 años para ir a estudiar Filología Hispánica a la Universidad Complutense de Madrid. Todos, incluido su padre, creían que había sido un infarto. “No conocíamos nada de su suicidio. Nos enteramos después”, declaró al diario El Mundo el párroco que ofició la ceremonia. 

 

La comunidad universitaria se sintió tan perpleja como adolorida al conocer la noticia. Calvo era muy querido entre sus alumnos. Por su generosidad, entrega, y calidez, muchos le conocían con el mote de san Antonio. “Creo que es la persona más buena que he conocido. Poseía un gran sentido del humor, y se notaba que disfrutaba con su trabajo. Le apasionaba”, recuerda Emily Van der Linden, una joven de 20 años, cabello largo y ojos castaños, que lo tuvo como profesor en Toledo. Era esta ciudad castellana la que Calvo había escogido para ser la sede de un curso intensivo de español en verano. Cada año, y durante un mes, él se encargaba de dar las clases a una treintena de estudiantes, a quienes también acompañaba a hacer visitas turísticas en el centro de España. 

 

“Antonio era una hombre y un amigo genial. Y un trabajador incansable que desarrollaba tareas que en otros departamentos realizan tres personas diferentes. Siempre ofrecía apoyo y consejos, incluso para trabajos que no eran de su asignatura”, explica Philip Rothaus, un joven alto y fornido a quien aún se le ahoga la voz cuando habla de su profesor favorito. “A veces había chateado con él a las 2 de la mañana. Nos habíamos enviado vídeos divertidos que habíamos visto en Youtube. También habíamos compartido canciones. Le encantaba la música, una de sus cantantes favoritas era Lupe Fiasco”, añade. 

 

Con el paso de los días, la conmoción entre los alumnos se tornó en indignación. James Williams,  otro de sus alumnos, creó una página en Facebook titulada: Justice for Calvo: Forming a Student Response. Muchos estudiantes se apuntaron a la página, y se inició una movilización que incluiría reuniones, cartas, y recogidas de firmas para exigir explicaciones a la universidad. 

 

Sin embargo, Princeton mantenía su mutismo. Tan sólo, tras la presión, y a través de un comunicado público firmado por su rectora, Shirley Tilghman, reconoció que Calvo había sido despedido y no estaba de baja por voluntad propia. Pero la rectora afirmó que se había seguido el procedimiento adecuado en su sanción. Ni una palabra sobre los motivos de la expulsión. “Para preservar la privacidad de nuestros empleados, la universidad no comenta asuntos personales que no son públicos”, no se cansaba de repetir Class Ciatt, una portavoz de Princeton, a los medios de comunicación que la contactaban. 

 

Sin embargo, en este caso, su política de proteger la privacidad y la imagen de sus trabajadores podía acabar teniendo el efecto contrario. Y es que, fueran cuales fueran las acusaciones que pesaban sobre Calvo, debían ser muy graves. Para que un despido sea fulminante en la normativa de la institución se citan faltas como acoso sexual, “mala praxis” en tareas de investigación (por ejemplo, plagio), nepotismo, o relaciones sexuales consentidas con alumnos bajo su supervisión. 

 

A juicio de los allegados del docente español, la actitud de Princeton responde más a la voluntad de mantener su buen nombre que el de Calvo. “Creo que la universidad está escondiendo algo. Creo que hay algo que hicieron que no deberían”, sostiene Aponte-Moreno. “Si hubo alguna indiscreción por  parte de Antonio, sí se debería pasar página de este asunto. Pero si hubo alguna falta por parte de un individuo o grupo o institución que le haya podido tratar de forma injusta o inmoral, entonces se deben tomar medidas”. 

 

“De momento, la universidad no ha proporcionado respuestas”, añade Williams. Sus suspicacias son bien fundadas, pues no siempre Princeton ha guardado con tanto celo la información relativa a las suspensiones de sus profesores. En 2004, el rectorado hizo pública la razón que les llevó a suspender al docente Lee Mitchell: el robo de 20.000 dólares. 

 

Una de las fórmulas de compromiso propuestas por los estudiantes para evitar la filtración de detalles que pudieran comprometer el honor de Calvo o el de la institución es la creación de una comisión independiente que estudie el caso, y proponga medidas de sanción si se hubieran violado las normas de la universidad en el proceso de despido del profesor de lengua española. Asimismo, en una petición que ya han firmado cerca de 300 personas, los estudiantes solicitan que al menos se informe a la familia de los motivos concretos que llevaron a la expulsión del profesor. Sin embargo, desde el rectorado, se hace oídos sordos a cualquier sugerencia de mayor transparencia. 

 

Princeton es una de las ocho universidades que pertenecen al selecto club conocido como Ivy League (la liga de las hiedras), un nombre que deriva de las exitosas carreras de muchos de sus graduados, entre los que se cuentan senadores, magistrados del Supremo, y presidentes. Es decir, la crème de la crème de Estados Unidos. Fundada en 1746, es la cuarta más antigua del país, y forma parte de las “facultades coloniales”, como se conoce a las que abrieron sus puertas antes de la Revolución Americana. Para una institución tan famosa y prestigiosa, un escándalo de este tipo es especialmente dañino, lo que quizás explique su hermético silencio. 

 

A falta de transparencia, empezaron a circular  rumores por los pasillos y blogs de la universidad. Algunos parecen fundados, otros simples habladurías. Un rumor que cogió tracción en la prensa  aseguraba que Calvo fue víctima de una conspiración para echarlo de la universidad en la que habrían participado algunos alumnos de doctorado, y algún compañero suyo del Departamento de Lenguas y Culturas Española y Portuguesa. No está claro si sus motivos serían rencillas personales, la ambición por ocupar su lugar, o quizás una mezcla de ambas. 

 

Según un artículo publicado en The Houston Chronicle por Robin Wilson, el docente español había tenido problemas con la instructora Paloma Moscardó-Valles, quien no le “trataba con respeto” y “había tratado de desacreditarle”. Sin embargo, la profesora ha negado que esta información sea cierta. 

 

Varias personas cercanas al profesor español han explicado a los medios de comunicación que su relación con los estudiantes de doctorado no era tan buena como la que tenía con los alumnos de licenciatura, conocidos en Estados Unidos como undergraduates. En su condición de director del programa de lengua española, una de las tareas de Calvo era supervisar las clases que los alumnos de doctorado impartían a los de licenciatura. 

 

En concreto, se encargaba de la supervisión de 30 instructores y estudiantes de postgrado que enseñan cursos de español todos los años a aproximadamente 800 estudiantes de bachillerato. El profesor a menudo había expresado su frustración por la falta de compromiso de los doctorandos con sus obligaciones docentes. Solían llegar tarde al aula, o cancelaban sus lecciones a última hora y sin justificación. 

 

Fue en este contexto, que Calvo escribió a uno de estos estudiantes un e-mail con la siguiente frase: “Te estás pasando mucho tiempo tocándote los cojones. ¿Por qué no trabajas”. Según Aponte-Moreno, los días anteriores a su muerte el profesor español mostró su preocupación porque se estaba utilizando esta frase para arruinar su reputación. Aunque el sentido de esta expresión figurada es muy claro para cualquier hispanohablante, por mala fe o ignorancia, se habría interpretado como acoso sexual. El entuerto se vio facilitado por su condición de homosexual, de la que Calvo no hacía bandera, pero tampoco escondía. 

 

La denuncia se habría realizado durante el proceso de revisión de su contrato de cinco años, que terminaba al final del presente curso escolar. En este tipo de procedimientos, es habitual que se recojan opiniones tanto de estudiantes, como de colegas, y otros miembros de la comunidad universitaria. De acuerdo con la versión de The New York Times y The New York Post, Calvo también fue acusado ante el comité de revisión de comportamiento agresivo por haber alzado la voz en una discusión con una alumna, a la que habría dicho: “Te mereces un bofetón”. Si Calvo era consciente de la existencia de otras acusaciones más nunca las expresó a sus allegados. 

 

El día después de hacerse efectiva su suspensión, Calvo escribió en su diario un texto en el que expresaba la angustia y desesperación que le había generado el tortuoso proceso de renovación de su contrato. “La tortura emocional de meses de espera se ha convertido en insoportable ... Es mejor dejarlo aquí, en lugar de continuar por este camino hacia una mayor tortura, de marchar marcado como su fuera culpable de un crimen cuando en realidad el comité rechazó ver el mérito de mi trabajo, centrándose en su lugar sólo en el hecho de que alce la voz a alguno de mis subordinados”. 

 

Carismático, incisivo y apasionado, Calvo se ajustaba al estereotipo del carácter latino que se tiene en Estados Unidos, y quizás eso le creó problemas en un ambiente con unas normas culturales anglosajonas. Ahora bien, ninguno de los alumnos contactados por esta publicación observó nunca ningún comportamiento inapropiado o agresivo del profesor en la relación con sus pupilos. “Alguna vez, Antonio podía utilizar expresiones coloquiales, o ser directo en sus comunicaciones, pero nunca con el objetivo de herir a nadie, sino de estimularle a mejorar. O simplemente, para hacer una broma”, recuerda Rothaus. Asimismo, tampoco nadie vio o escuchó que Calvo hubiera realizado ningún acercamiento a uno de sus alumnos con fines de tipo sexual. 

 

Sólo seis personas, los profesores que integraron el comité que decidió el despido de Calvo, y que estuvo presidido por la rectora de la universidad, Shirley Tilghman, saben a ciencia cierta los motivos de una medida tan radical y urgente. El simple hecho de haber alzado la voz, o utilizado alguna expresión grosera para dirigirse a sus subordinados puede ser motivo para un toque de atención, pero no parece lógico que provocara una expulsión fulminante. 

 

De hecho, el propio Departamento de Lengua y Cultura Española y Portuguesa había recomendado su renovación en el mes de noviembre, al iniciarse el proceso de evaluación de su tarea. Sin embargo, el hecho de que fuera Gabriela Nouzeilles, la máxima respona sable del departamento, y no la rectora Tilghman, ha despertado muchas suspicacias sobre su rol en este affair, pero que se ha visto protegido por el pacto de silencio al que han llegado –(¿o han sido forzados?)- sus miembros, que se han negado a hacer cualquier tipo de declaración a la prensa. 

 

La falta no sólo de transparencia, sino de sensibilidad, en este caso por parte de Princeton ha sido sorprendente. El colmo llegó el pasado mes de jubio con unas declaraciones del vice presidente de Relaciones Públicas de la Universidad, Robert Durkee. En su campaña mediática para justificar las acciones de la institución, llegó a sugerir a The Houston Chronicle que el suicidio de Calvo les dio la razón en su decisión de expulsarle, describiéndolo como una persona violenta: “Si nos fijamos en lo que hizo varios días después, lo que hizo fue un acto muy violento. No nos gustaría que esa violencia fuera dirigida a nadie en nuestra comunidad”. Además, aseguró que, de manera confidencial, en los días posteriores a la muerte de Calvo se quejaron por “su comportamiento inapropiado e intimidante”. 

 

Puesto que su visado de trabajo, y también de residencia, en Estados Unidos estaba a punto de caducar, la expulsión de Princeton implicaba poner fin a su sueño americano, y representaba una ominosa mancha en su expediente que le podía dificultar mucho encontrar otro trabajo en el ámbito de la docencia. El 8 de abril, de repente, Calvo se vio ante la tesitura de abandonar su Nueva York, la ciudad que tanto amaba, y donde había encontrado su lugar en este mundo. Allí llegó con una beca el año 2000 para estudiar un doctorado en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, asqueado de la endogamia de las universidades españolas. Enseguida se enamoró de Manhattan, de sus paseos por el Central Park, de la libertad que ofrece una ciudad tan cosmopolita y abierta. También de su loft del barrio de Chelsea, situado en la duodécima planta de un bloque entre la Sexta Avenida y la Séptima. Por eso, prefería desplazarse cada día los cerca de 75 kilómetros que separan Nueva York de Princeton, un trayecto que requiere el trasbordo de varios medios de transporte público, y que supera la hora y media. 

 

Elegante y atractivo, Calvo siempre cuidó su aspecto. Una prenda que le fascinaba especialmente eran los zapatos, que gustaba coleccionar. Durante seis años, llevó periódicamente sus trajes a una tintorería de la calle 26, no muy lejos de su apartamento. “Se los traía de España. Me decía que allí se lo hacían mejor, a medida”, señaló a El Mundo Raúl, de origen mexicano. Con los años y por su carácter afable, se estableció una relación de amistad entre ellos. “Le he dado muchas vueltas a cómo un hombre como él pudo tomar una decisión tan drástica. Estoy convencido que se suicidó para trasmitir algún mensaje”. 

 

Casi tres meses después de su trágica muerte, sus amigos, familiares, y estudiantes continúan intentando descifrar ese misterioso mensaje. 

 

 

 

Ricard González es politólogo y periodista

 

 

Sobre este mismo asunto, Alberto Moreiras, catedrático y jefe del departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Texas A&M, en Estados Unidos, publicó en FronteraD el artículo El póker de Antonio Calvo

 

 


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