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Trece años de despedidas. En Srebrenica no hay olvido

Por Patricia Alonso

Un año más, amanece 11 de julio en Srebrenica y la fila de ataúdes empieza a desfilar por las laderas del cementerio de Potocari. Otros 520 cuerpos han sido identificados y por fin, tras 17 años, podrán descansar en paz. Otras 520 familias destrozadas. Otras 520 historias cada cual más desgarradora. Miles de personas ya han recibido sepultura desde que se inaugurara el memorial en 2003, en el mismo lugar donde los cascos azules holandeses establecieron sus bases en 1995, y donde no evitaron la matanza de miles de bosnios a manos de las fuerzas del Ejército de la República Serpska al mando del general serbio Ratko Mladic, hoy sometido a juicio ante el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya.

 

Una mujer llora mientras su hija de 10 años la observa con los ojos llenos de dolor. Ella no ha conocido la guerra, pero su mirada parece decir lo contrario. Tres líneas más atrás, junto a otro féretro, dos mujeres se abrazan y empiezan a rezar con su mano derecha acariciando la tela verde que cubre las cajas, a pesar de que esperanza es lo último que se transmite. Madres que entierran a sus hijos de 17 años, jóvenes que apenas llegan a los 20 años despiden a su padre, aquél al que nunca llegaron a conocer o del que apenas tienen recuerdos.

 

Coches daneses, franceses y suizos ayudan también a hacerse una idea sobre lo que pasó en este pueblo. Muchos tuvieron que salir corriendo dejando todo atrás. Los que aquí se quedaron, intentaron sobrevivir de cualquier modo. Como Marko Markovic.

 

En Bosnia-Herzegovia es fácil distinguir a sus habitantes entre croatas, serbios y musulmanes gracias a su nombre. Como todos se apresuran a decir, en realidad les gustan las mismas cosas, tienen más o menos las mismas costumbres y hablan el mismo idioma. Marko, sin embargo, no nació croata. La guerra y el peligro que corría de ser asesinado por su origen musulmán hizo que se cambiase de nombre, pensando así que se salvaría. Pero se equivocaba. Nunca cumpliría los 33. Su familia le daba hoy con entereza el último adiós junto a la tumba 117.

 

Lo cierto es que Srebrenica impresiona. Es más, a día de hoy, la mayor parte de las ciudades y pueblos de Bosnia siguen impresionando. Pequeños cementerios en los patios de las casas, en cada esquina de la ciudad, antiguos edificios en los que todavía es obvio el reciente paso de la guerra. Desde las calles de Mostar hasta la Avenida de los Francotiradores en Sarajevo las casas todavía con marcas de disparos se dan paso unas a otras entre edificaciones de ladrillo inacabadas y la completa  ruina. Muy pocas se salvan.

 

En Srebrenica el sentimiento de pérdida es aún mayor, sobre todo en estas fechas. En esta ciudad que no llega a los 37.000 habitantes, se calcula que en 1995 fueron asesinados por tropas serbias alrededor de 8.372 bosnios musulmanes, en su mayoría hombres, algunos de los cuales no habían llegado ni a la mayoría de edad. Repartidos por distintas fosas comunes, enterrados y desenterrados una y otra vez con el objetivo de que nadie los encontrase, se necesitaron cerca de 8 años para que las familias pudieran comenzar a identificar sus restos (o pedazos de ellos).

 

Su religión no permite enterrar un cuerpo si no se tiene al menos el 70 por ciento. Quizá muchas familias no podrán enterrar a sus padres, abuelos ni hermanos nunca; otras, entierran parte de lo que fue de ellos. Como Rufedja Buhic. Que hace dos días se despedía por fin de su hijo, asesinado cuando sólo tenía 17 años, y al que tuvo que enterrar sin manos, ni pies... ni cabeza.

 

Como espectador, uno no puede evitar preguntarse cómo pueden convivir las diferentes etnias –o nacionalidades, como se autodenominan los habitantes de Bosnia– en un mismo territorio. Olvidar es difícil. Pero perdonar se hace esta vez aún más complicado. Tanto para unos como para otros.

 

Llantos profundos que reflejan el dolor de quien ha perdido y visto demasiado. De esos que te hacen pensar en tus propios fantasmas y encogen el corazón. Sin embargo, y a pesar de las tensiones patentes en el país, hay que reconocer el valor que han demostrado los ciudadanos y el empeño que han puesto en no dejar a sus muertos en el olvido. El intento por partir de cero aunque esto suponga remover viejas heridas. Mucho más de lo que podrían decir otras naciones que se consideran más evolucionadas.

Por eso, a pesar del dolor, muchos de ellos te agradecen que estés ahí, contando su historia, retratando su tristeza. Alguno, cuando pasa por tu lado, incluso te aprieta el brazo como muestra de cariño y te lanza una sonrisa furtiva, pero tierna.

 

Muchos llevan en el cementerio desde primera hora de la mañana. Las tumbas escavadas desde el día anterior, y las palas preparadas para decir adiós definitivamente.

Justo antes de trasladar los féretros, el rezo colectivo. Miles de personas se colocan en fila y surge un silencio sepulcral que pone los pelos de punta. Entonces, tras las palabras del imán y como autómatas, todos empiezan a moverse con una sincronía asombrosa.

 

Llega el momento final. Una cadena humana recoge los féretros desde la explanada en la que aguardan y los lleva a las tumbas. Allí los esperan su familia y amigos, que los entierran por sí mismos. Es el último adiós. El cierre a un capítulo que parecía no acabar nunca. Los habían perdido, y ahora los han recuperado.

 

 

 

Patricia Alonso Sande es periodista

 

 

 

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