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Más gas

Por María Iverski

 

Cuando crees que la vida apenas puede ya sorprenderte entonces aparece un tío al que se le ha ocurrido rellenar los raviolis con lentejas y resulta que la mezcla hasta sabe bien. Me siento cansada, cambiando brevemente otra vez de país musulmán, renegando como siempre de todo en mis primeras horas en Estambul. Acaba de comenzar el Ramadan y ya me saturan esos europeos, más tontos que Abundio, que felicitan la tan señalada fecha con un “Ramadan Karim” solo porque el gracioso musulmán que les adereza el kebab nunca les ha dicho abiertamente lo que piensa de de sus democráticos países de mierda.

 

La prensa describe una Turquía verdaderamente indignada por la muerte de varios manifestantes en los últimos días, su indignación te golpea en la cara mientras contemplas esas calles llenas de turistas, las tiendas y cafés abarrotados, ese Taksim en el que duermen la mona vagabundos, borrachos y un frustrado compositor que espanta el buen tiempo con sus himnos a la libertad y al amor. La gente no debería escribir ni cantar, y si me apuran ni siquiera hablar, antes de los 50 años. Por su bien, por el bien de una humanidad libre de continuas mamarrachadas vomitadas en un exceso de vanidad y juventud para las que no existen curación hasta que simplemente quedan atrás.

 

Nos dirigimos de nuevo hacia la plaza Taksim. Si por las mañanas el pugilístico cuadrilátero se ha mostrado como una completa decepción, quizá por la noche resurja un poco más animado. El hotel Marmara Pera ha cerrado ya su bar de la última planta así que no le dejan más remedio a los turistas que lanzarse a los insondables caminos de la perdición. Él, cual perfecto caballero, lleva mi bolso. Parece haber olvidado el ligero malestar de la tarde cuando reconocí mi casquivana condición preguntándole a otro hombre sobre tanques, morteros y obuses.

 

En la Istiklal Cadessi se agrupan los noctámbulos que quieren arrancarle algo, lo que sea, a la noche del sábado. El educado recepcionista del hotel, en lo que constituye una invitación en toda regla a adentrarse en la calle, nos ha enseñado antes unas imágenes de varios callejones envueltos en el gas. Allá vamos pues.

 

Los borrachos, o sea, manifestantes de Taksim y del parque Gezi en lenguaje periodístico, poseen una apariencia ciertamente más honorable gracias a la pluma de esos burdos empleados que aspiran a “crear” una de las noticias más leídas en prensa. En realidad, hay pocas cosas más reaccionarias que ese veinteañero vestido de negro obligado a elegir una “buena causa” y así ejercer su derecho a cabrearse con el mundo. Si yo en mi época quería apadrinar a niñitos huérfanos para que pudiesen esnifar pegamento sin necesidad de robarle a las viejas hoy, desgracia de las desgracias, florecen los capullos de la Primavera árabe.

 

Con unos cuantos transexuales subidos a unos tacones, un centenar de rumanos y albanokosovares intentando birlarte  la cartera y esos dos eternos heavies, presencia habitual frente a la entrada del viejo “Madrid Rock”, esto podría ser la Gran Vía. Nos reímos de los cascos de construcción que portan algunos de los presentes, nos reímos del hombrecillo que baila raquítico con sus gafas de bucear entre el jaleo festivo de los allí congregados. Los jóvenes cantan consignas, suenan carcajadas, sentados en los bordes de las tiendas los más pasados de rosca observan la sesión más golfa de las discotecas de Estambul. Erdogan no debe de pegar ojo por las noches del acojone.

 

De repente, la marabunta empieza a correr asalvajada calle abajo. Sorprendida por la velocidad de los acontecimientos aplasto las tetas contra una valla metálica entre un indiferente vendedor de mazorcas de maíz que se rasca los huevos y dos chavales que como poco acaban de probar el crack esa noche. Mi experto en misiones de alto riesgo permanece de pie sin inmutarse mientras yo me recompongo el pelo y el vestido. No pasa nada así que no tarda en animarme a proseguir calle arriba, aproximándonos un poco más a Taksim.

 

La algarabía de antes vuelve a montar un sonoro barullo en lo que parece el perfecto subidón de adrenalina para una noche de verano. Como no estoy nada curtida en estas lides no lo veo venir. Cuando ya iba a protestar por la falta de una guerrilla urbana en condiciones un tipo salido de la nada lanza un coctel molotov provocando una segunda estampida de la multitud. Lo veo a él, unos metros delante de mí,  quieto, tranquilo, sin perder detalle, y a mí misma, con los pies clavados en el suelo, incapaz de reaccionar hasta que un blindado con aspecto de tanque emerge cual barco fantasma en una película de terror acercándose con parsimonia hacia nosotros. Nos van a gasear pero con elegancia, lenta y suavemente, con ese ritmo que solo dominan los hombres de verdad...Una lucecita se enciende, al fin, en mi cabeza, y se me viene a la mente esa bonita expresión española que dice poner pies en polvorosa. Tomar las de Villadiego, salir de aquí cagando hostias. Y sin mirar atrás me remango los largos del vestido con el mismo arte que la Pantoja y corro, corro como una posesa, correría hasta el Bósforo si hiciera falta para evitar los primeros manguerazos de agua que la policía turca reparte con alegría.

 

Perderse por las calles paralelas no sirve de nada. Los efectos de los gases lacrimógenos ya se hacen notar. Él me pregunta con cierta compasión si son mis primeros gases al verme lloriquear, con la vista nublada, la nariz taponada, los labios ardiendo. La gente se refugia en los bares, yo, tan comprometida como ellos, quiero refugiarme en un vodka en la paz de una anónima habitación de hotel. A ver si con el gas pimienta entro en una nueva dimensión.

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