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Madalina

Por Joaquín Campos

 

Desde el pasillo que da acceso a la zona de urgencia de una clínica internacional alemana describo cómo ha sido mi última experiencia sexual en la que al menos cobré; aunque mi hernia ha brotado así como una distensión de ligamentos en la rodilla izquierda y una ocurrente torticolis que al menos me permite abrir la boca para reírme o solicitar la eutanasia al personal del centro.

 

Madalina, rumana, y bailarina profesional fracasada que arrastra su escasa pericia elástica por los hoteles más absurdos de Phnom Penh, haciendo de héroe circense y danzante de ballet clásico –y si no hace de fulana es porque carga con cuarenta y cuatro años de vida–, mordió el anzuelo del anuncio del Cambodia Times por esa epidemia de soledad racista que padecen las occidentales en un país –y en todo un continente, diría yo– donde la versión masculina de su misma especie las ignora para lanzarse de cabeza a por esa variedad de razas diversas que hasta que por aquí aterrizaron desconocían por completo. Que hasta el porno asiático tiene seguidores limitados en el viejo continente.

 

Madalina reside en el Hotel Cambodiana, un edificio antiguo y aberrante sin ningún tipo de encanto, donde sus habitaciones son minúsculas y su decoración, irritante. El complejo vive de sus asociaciones secretas con el gobierno camboyano, que les organiza almuerzos y reuniones pomposas, así como satisface el ego de los ídolos por un día –me refiero a los que se casan sin saber lo que hacen– que montan fiestas en su digna terraza situada justo en la unión de los ríos Mekong y Tonle Sap. Y claro, lo de vivir donde trabajas ayudó a que a eso de las once de la mañana –Madalina comienza su turno laboral cada día a partir de las seis en el bufet y a eso de las nueve en el lobby, justo antes de la aparición de la exasperante orquesta filipina–se presentara en casa de manera miedosa, como ocultándose tras una gafas de sol bastante más grandes que la mitad de su cara. La mirilla de la puerta de casa, uno de mis mayores sueños y más sórdidos inventos de la historia de la humanidad, sigue siendo ese objeto sin importancia para un resto de la sociedad atontada con las nuevas tecnologías.

 

Son de marca.

 

Yo no entiendo de marcas, sólo de vergüenzas.

 

¿A qué te refieres?

 

Si lo entiendo, Madalina, lo entiendo. Cuando yo he ejercido de cliente, sobre todo las primeras veces, sufría muchísimo, como creyéndome que el portero del edificio o la vecina del piso franco me iban a recriminar mis ganas de soltar lastre.

 

Para una mujer no es fácil pagar por sexo.

 

Y ahí está el problema. Nadie sabe que yo cobro. Acabo casi de comenzar con este juego. Por lo que tú podrías ser mi novia, mi prima de Rumanía o un ligue que ayer me llevé de cualquier antro de Phnom Penh.

 

Si llevas razón. Lo que pasa es que una nunca sabe.

 

Madalina ni fumaba ni bebía, hecho éste a agradecer tras la retahíla de primeras clientas –y clientes– que he sufrido, en donde drogas y demás vicios hicieron siempre acto de presencia. Su vida, con una infancia bajo el yugo de Ceaucescu, giró de manera inesperada cuando el comunismo cayó y sus interminables años de dura vida gimnasta tornaron en un intento de ser administrativa.

 

Pero ya era tarde. Por lo que comencé a viajar por el mundo enseñando ballet clásico y gimnasia rítmica. Doce años en los Estados Unidos, en mi mejor época, ayudaron a que mis ingresos fueran tan altos que llegué a vivir hasta relativamente tranquila, pensando en un futuro esperanzador para cuando mi cuerpo no diera más de sí. Pero monté dos negocios erróneos, en Bucarest, y tuve que ponerme a danzar hace seis años, cerca de los cuarenta, y con el cuerpo oxidado.

 

¿Nunca te casaste?

 

Sí, dos veces. Una en Rumanía cuando tenía veinte años, divorciándome al año y poco; y otra en los Estados Unidos, concretamente en Portland, Oregón. Esta vez la cosa sí duró un lustro. Pero cargo con un problema que no gusta a los hombres.

 

¿Cuál?

 

Soy estéril. Y siempre tendré muy claro que yo nací fértil y que en el club nacional donde hacía gimnasia rítmica desde los cinco años nos dopaban sin control.

 

Dos cosas: el dopaje existió en esas épocas, como bien sabrás, en todos los países comunistas. Lo raro es que aún parezcas una mujer con la de hormonas que metían esos cabrones. Un día vi a una alemana de la zona comunista que hacía salto de altura que al dejar de competir le salió bigote. Y no tenía pechos.

 

Yo tampoco tengo pechos. Por cierto, dijiste “dos cosas” y sólo comentaste una.

 

Ah sí, que ya que eres estéril podríamos hacerlo sin condón.

 

¿Pero tú estás loco? ¿Es que los hombres hacéis sexo con prostitutas sin goma?

 

No te creas; los hay y muchos.

 

No me lo creo.

 

Pues créetelo. Además, yo estoy limpio. Me hice unos análisis hace un par de meses para la renovación de mi visado de trabajo.

 

Ni aunque te hicieran otro análisis aquí mismo. Te pones capucha y si me apuras, doble capa.

 

No hay nada mejor para el sufrimiento que el miedo. El sexo nació a pelo y morirá tecnológico, con gentes haciendo el acto por internet con una Steadicam en las ingles y una cámara gran angular en la frente: la gran victoria de una Iglesia a la que lo del condón se les fue de las manos. Un día conocí a una mujer, que cohibida por tanta información televisiva manipulada, me dijo que el sida se podía contagiar por un beso profundo. Juro que era licenciada, madre de familia y había viajado bastante a lo largo y ancho de este mundo. “Hombre, profundo, a no ser que te besen con cuatro bolsas de cuarto de litro con sangre infectada, no sé yo”, le contesté. Pero Madalina tenía claro que aquello iba a ser un polvo reiterativo en la seguridad, por lo que tras ducharnos durante veinte minutos –nunca pensé que era necesario meterse medio bote de champú y otro tanto del de suavizante; que llegué a pensar que esos geles que ponen gratuitos en las habitaciones de los hoteles le estaban causando ceguera– pasamos a un camastro donde todo pegó un giro radical, como si el champú se lo hubiera bebido y en vez de espuma por la boca se le hubiera enjabonado el cerebro.

 

No te asustes, pero hace medio año que no practico sexo.

 

No sé, otras veces había colaborado con muchachas con los mismos problemas, pero aquello tenía poco o nada que ver; porque Madalina se subió sobre mi cuerpo y comenzó a girar, saltar, abrirse de piernas hasta impresionarme tanto que casi me desmayo, obligándome a tomar posturas mucho más difíciles que ponerse a dieta o ahorrar. En un momento de la masacre casi detengo el show, me visto de juez, y saco el cartelito con un diez, a ver si se iba a casa con la medalla y el orgullo de haberme destrozado. Pero aquello no se detenía justamente por una ecuación clásica que se forma en este tipo de casos: andaba sedienta de sexo y quería amortizar lo que iba a pagar.

 

Como en los accidentes de tráfico, tras realizar el coche siete vueltas de campana saltándose la mediana y cayéndose por un terraplén, salí como tranquilo de aquella sesión sexual, solamente un poco aturdido y dolorido, aunque poco. Pero el problema se acrecentó cuando tras marcharse Madalina me tumbé sobre una cama convertida en ring de boxeo que debió ser cuando debí desfallecer. Serían las cinco de la tarde cuando me desperté sediento y hambriento, pero al reincorporarme noté que la pierna izquierda no me iba, como a esos futbolistas de cromo que al día siguiente de la lesión salen con el pulgar levantado mirando a la cámara tras la visita al doctor de turno. Y el cuello. Aquello era una farola, recio e inamovible. Las costillas, contusionadas. Un tobillo, el de la otra pierna, como inflamado. Y lo peor de todo: mi hernia, que llevaba tres años hibernando, en carne viva. Y sí, cobré los cincuenta dólares pactados, pero en la clínica SOS de la calle 228 llevo ya quinientos dólares gastados en radiografías y demás pruebas médicas. El doctor, un tal Benoit, francés, me ha preguntado hasta tres veces qué me ha pasado. Y al final le he tenido que decir lo único coherente y razonable.

 

He tenido un accidente de coche y he dado siete vueltas de campana.

 

¿En serio? Sospechaba que podía ser eso. Si fuera necesario le evacuaremos a Bangkok, que en este país no hay hospitales decentes. Por cierto, la cabeza la tiene perfecta. ¿No le duele?

 

Oculta bajo las mismas gafas de sol, Madalina cerró la puerta de casa mientras yo aún creía haber muerto y estar en otra dimensión. Y la verdad es que hay que reconocer a los comunistas una profesionalidad absoluta a la hora de formar a sus gimnastas. Lástima lo del dopaje a mansalva, que no le hubiera venido nada mal a ésta tener un par de hijos para que a los cuarenta y cuatro años se tomara el sexo como algo más recreativo, y no como la final olímpica de barras paralelas. En vez de borrar su número de mi agenda del móvil hice algo que solía hacer con mis examantes pasadas y pesadas: cambié su nombre por el de ‘no coger’. Que al paso que va este negocio tendré que ir pensando en diferentes tarifas según el tipo de cliente, el riesgo y la duración del acto.

 

Benoit, con una bolsa llena de medicinas, me despidió desde su consulta citándome para el día siguiente, mientras la enfermera recolocaba los desperfectos que había ido dejando mi cura: cremas, gasas, inyecciones, supositorios y los clásicos utensilios médicos.

 

Ha tenido suerte, la verdad. Los ligamentos de la rodilla no están rotos y la torticolis se le pasará en cuatro días. Lo único malo es lo de la hernia, que deberá cuidársela. Le aconsejo acupuntura y mucho descanso. Y que pierda peso.

 

Pero si peso noventa kilos, cuando hace medio año superaba los noventa y seis.

 

Las hernias no comulgan con el peso extra. Pero yo mido metro noventa y uno y tampoco es necesario que acabe como Madalina, extremadamente delgado y estéril.

 

De vuelta a casa, con una cojera ostensible, medité con esas épocas en las que los humanos eran mucho más cobayas que en la actualidad. ¿Qué le darían de comer a Madalina en su tierna infancia? ¿Qué tipo de droga a mansalva le administraban cuando tenía sólo nueve años de edad? ¿Cuántas de sus antiguas compañeras serán estériles, tendrán bigote o hasta habrán fallecido?

 

02/09/13, Phnom Penh. 

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