Fronterad

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Ácido

Por Joaquín Campos

 

Resmey llamó a mi teléfono desenvolviéndose en un perfecto inglés. No todos los asiáticos lo manejan como ella, una persona a la que su vida daría para siete libros de quinientas páginas cada uno. Incluido el maravilloso capitulo que inauguró ayer queriéndose dar un festín con el único prostituto oficial extranjero que campea a sus anchas por Phnom Penh, la capital de Camboya y único lugar de este aún puro país que atufa a drama: a invasión occidental en chancletas, a ratas que flotan en las anegadas calles que se inundan a la mínima precipitación, a las primeras muestras degradantes de la exitosa comida rápida americana que aquí llena estómagos y vacía bolsillos por dólar y medio.

 

Resmey me citó a las cinco. Dijo que tenía que ser “obligatoriamente” en mi casa. Y yo, que necesito el dinero como el comer, acepté el allanamiento de morada no sin antes haberme casi plantado haciéndome el dolido: “Oye, mi casa no es mi lugar de trabajo. Normalmente quedo en los hogares de mis clientas o en hoteles. ¿Por qué no podemos ir a un hotel?”. Resmey me prometió que había una razón y que a las cinco en mi casa “ya no habría más dudas sobre el porqué”. La intriga quebró mi siesta dejándome sin ella mientras pensaba en las múltiples formas físicas que formarían parte de mi merienda a cincuenta dólares. ¿Sería gorda? ¿Alta como una jirafa? ¿Jorobada? ¿Tal vez una famosa de la televisión local que no quiere ser pillada in fraganti con un extranjero? ¿Acaso una de mis ex empleadas? Demasiadas opciones que hicieron imposible una mísera cabezadita por lo que me puse a leer ‘La República’ de Platón que ahora se entiende mucho mejor que en aquellos años bachilleres.

 

Sonó el timbre y corrí raudo y veloz a saludar a mi clienta no sin antes echar un ojo por la mirilla. Cuando era putero siempre hacía lo mismo, habiendo llegado a desechar a mis presas por el simple hecho de que parecían, a través de esa minúscula lupa, feas o muy lejanas de lo que decía el anuncio por palabras. El caso de Resmey era diferente: parecía un monstruo.

 

Mientras divagaba entre atrancar la puerta con la fregona, saltar por la ventana, corroborar que no me habían metido tres dosis de LSD en el muesli, o llamar a la policía, volvió a sonar el timbre que esta vez venía unido a su magnifica voz que hasta en esos instantes de nervios me resultó familiar: “Por favor, no te asustes: soy Resmey”. Conté hasta siete y abrí la puerta, corroborando lo que la mirilla ya me había advertido, que no era ni más ni menos que una mujer con el rostro completamente desfigurado. Y entonces recordé ‘Abre los ojos’, aquel éxito en taquilla de Alejandro Amenábar que me hizo pasar, en mi inconsciencia cultural veinteañera, dieciocho veces por varios cines de la capital dándome cuenta demasiado tarde de que estaba ayudándole a financiar sus siguientes películas, cosa de lo que luego me arrepentí. Esencialmente por ‘Mar adentro’, un bodrio en toda regla.

 

¿Entiendes ahora por qué teníamos que quedar en tu casa?

 

¿Qué te ha pasado?

 

Tengo 36 años y fue hace más de tres décadas… Por cierto, ¿puedo pasar?

 

Resmey poseía un cuerpo supremo: esbelto, con curvas por doquier, espalda ancha como de nadadora, a lo que había que añadir un olor estupefaciente por lo loco que me dejó. Tomó asiento con prodigiosa finura y antes de comenzar a justificar lo llamativo exigió una cerveza. Y por primera vez en mucho tiempo me sentí como en casa, una extraña sensación que la gente no descubre hasta momentos como ése, con Resmey desfigurada facialmente y perfecta en el resto de su cuerpo, mientras elegantemente sentada esperaba su zumo fermentado de cebada.

 

¿Angkor o Cambodia?

 

¿No tienes importada?

 

¿Asahi o Sapporo?

 

Sapporo.

 

¿La conoces?

 

No. Por eso la he pedido. ¿De dónde es?

 

Japonesa.

 

Fue servirle la cerveza, en esa estilosa lata de casi tres cuartos de litro –repetición calcada de su cuerpo entrando en casa y su paseíllo hasta el salón provisto de andares de pasarela– y comenzar a explicar su problema que según me dijo “es lo primero que debo contar a la gente incluso antes de cómo me llamo porque o si no nadie me prestaría atención”.

 

Tendría tres años y unos vecinos entraron en casa con ácido sulfúrico. Lo siguiente ya te lo puedes imaginar. Como no recuerdo nada, nunca supe si me dolió mucho o poco. Tampoco sé si antes del ataque era guapa o fea ya que éramos pobres y no teníamos cámara de fotos. Qué desgracia la mía que ahora que me hago mayor y además con la cara desfigurada, no quede ser humano sobre la faz de la tierra sin un artilugio que no tire fotos: ordenadores, móviles o simplemente una cámara digital. Parezco el mono del zoo.

 

¿Por qué lo hicieron?

 

Mi padre y el vecino peleaban por unas lindes. Luego todo se complicó porque alguien atacó a mi madre. Mi padre dice que fueron ellos pero nunca quedó claro. Así que un día, tras tantos dimes y diretes, los vecinos entraron con palos y ácido sulfúrico. Y a mí me tocó la peor parte. A los años me enteré que días antes mi padre intentó quemarles la cosecha. Él lo negó hasta su muerte. Pero el orgullo, para la inmensa mayoría de la humanidad, siempre ha sido más importante que la verdad.

 

¿Por qué me has llamado?

 

Imagínatelo. ¿Te acostarías conmigo gratis?

 

Por supuesto.

 

No lo creo. Pero aunque fuera así te aseguro que no sois muchos los que estaríais dispuestos a besarme, a acariciarme, a dormir conmigo.

 

Nosotros dormiremos juntos. Y mañana te prepararé el desayuno.

 

¿Quién te ha dicho que me quiero quedar a dormir? ¿Por qué te apiadas de mí si en el fondo yo soy la que paga y tú eres mi cliente?

 

Si de verdad quieres que te besen, te acaricien y te arropen tendrías que ser más dulce.

 

Aspersor, soy muy dulce. Pero esta vida perra te va restando el azúcar; te acabas avinagrando. Ni mi humor, ni por supuesto mi cara, eran así. Hay que comprenderme.

 

¿Me dejas preguntarte algo?

 

Puedes preguntarme lo que desees. No suelo tener muchas oportunidades de hablar con personas, y menos extranjeras. Estoy harta de hablar conmigo misma, haciéndome entrevistas y cambiando los tonos de voz según a quién interprete, ahora a mí misma y luego a la entrevistadora.

 

Es una deducción: si llevo medio año con el anuncio puesto en el ‘Cambodia Times’ y creo ser el único hombre en toda Camboya que cobra por sexo, ¿habías disfrutado antes de actos sexuales?

 

Sí, claro. ¿Pero tú eres un hombre o un extraterrestre? Ah, que eres extranjero. Occidental. Ya. Y los occidentales no disponéis el pragmatismo asiático. Allí todo lo rodeáis pero nunca lo atravesáis. Nunca llamáis a las cosas por su nombre. Mira Aspersor, desde que tenía seis años diversas oenegés se han preocupado por mi caso, salud mental y futuro. Americanos, australianos y japoneses, entre otros. Todos me prometieron el oro y el moro. Que si visado por aquí y te vienes a los Estados Unidos, que si te haré una oferta de trabajo para que vengas a trabajar a mi casa en Tokio… hasta que un día cumplí dieciséis comenzando a mostrar esas cualidades que toda adolescente carga sin saberlo llamando la atención de los mismos que me querían salvar la vida. Y bueno, qué quieres que te diga, un día, una mañana, antes de almorzar, un profesor americano de 45 me dijo que tomara asiento. ¿Y sabes cuál era el asiento? Su pene. Me desvirgó. Pero el muy cabrón creó un buen trauma en mí, ya que ni me besó ni me acarició. Yo no entendía nada. Pero era feliz. Porque yo, se puede decir, que nací con esta cara; y no dispongo de recuerdos de cuando mi rostro era normal. Lo que sí te puedo asegurar es que desde mi primera menstruación mi mundo interior trabaja incesantemente haciéndose preguntas y archivando todo tipo de registros: desde olores a sabores pasando por acciones y desprecios. Lo peor me ocurrió a los veinte: un japonés de otra oenegé para la que trabajaba me ofreció 30.000 dólares por hacer de ogra en una película porno nipona. Dije que no, para que veas. Y ahora me ves aquí, seis años después, intentando encontrar a alguien que me penetre que no sea mi tutor, un campesino borracho que se marcha de la ciudad asqueado y violentado, o un policía drogado que aunque me fuerce a hacerlo será incapaz de darme un mísero beso.

 

Por primera vez en toda mi vida me vi paralizado. No podía mover las piernas. Ni los brazos. Ni abrir la boca. Ni temblar. Y eso que me hubiera encantado. Resmey se encendió un cigarrillo –“con esta cara te diagnostican un cáncer de pulmón y te duele menos”, me dijo en algún momento de su visita, con un humor ácido inmenso– y esbozó una sonrisa más sonora que visual porque aquel ataque con ácido casi le había fulminado el labio inferior de su boca así como cualquier rasgo con el que familiarizarme.

 

Lo bueno es la pasta que me ahorro en cremas hidratantes –apuntó.

 

A continuación salté sobre ella, besándola profundamente. Se lo merecía. Y yo más. Al principio me devolvió a mi trozo de sofá y me sugirió que me tomara las cosas con más tranquilidad.

 

El otro día vi una película inglesa en la que él decía amarla sin descanso y ella que se lo cree cuando al segundo fin de semana a él se le apagó la mecha. Cómo sufrió aquella mujer. La vida está llena de torpes. Los sentimientos son, sin duda alguna, algo que el ser humano maneja bastante peor que la carrera aeroespacial. Que no sé para qué queremos llegar a Marte si nos deja la pareja por otro y no somos capaces ni de comer.

 

¿Te has enamorado alguna vez?

 

Sí. Y fue precioso. Tenía dieciséis años y soñaba, despierta y dormida, con que el hijo de puta de mi tutor americano me quería de verdad. No sé, cada vez que nos quedábamos a solas me penetraba. Pero nunca me daba la mano en público ni dormíamos juntos. La excusa: “¿Qué podrían pensar tus compañeros?”. Como yo me lo iba creyendo cada vez menos, me comenzó a prometer matrimonio y una pronta mudanza a los Estados Unidos. Y entonces yo me volvía a sentar. Hasta que un día desapareció. Luego me enteré que simplemente sus jefes le habían mandado a Filipinas; y que estaba casado y tenía cinco hijos. Para mayor broma era católico. Pero lo que más me dolió fue que en la oenegé que él dirigía se dedicaban a ayudar a niños con problemas por extremidades amputadas a causa de las minas, o a niñas como yo. Y él nunca me besó. Le daba asco. Tenía 45 años y cinco hijos y sabía menos del ser humano que yo. Y eso que hasta se dedicaba a ayudar a la gente. Y por un gran sueldo. Si lo supiera su mujer…

 

Resmey se bebió la Sapporo a una velocidad insultante. Afortunadamente no tuve que beber, por lo que volví a medir mi capacidad sexual que se ve eternamente mermada por el reciente abuso de alcoholes varios, Cialis, cafés y cigarrillos. Y mira tú por dónde que aquello se convirtió en aspa de molino manchego por el simple roce de sus muslos contra los míos. Porque Resmey no era fea. En todo caso única. No hay dos como ella.

 

Tras el acto y llena de orgullo –como su padre: de tal palo tal astilla– se marcó un órdago que por supuesto le salió mal.

 

Oye, que ya está. Que me voy. ¿Puedo ducharme?

 

Si te quedas a dormir te voy a cobrar lo mismo.

 

Y se quedó. Jadeamos otro par de veces y me cercioré de que a la mañana siguiente se fuera a su casa con un buen traspaso de mis babas hacia su boca. Era feliz. Pero como casi nunca lo había sido, aún le era difícil interpretarlo. Antes de cerrar la puerta de casa, por la que el día anterior entró de manera monstruosa –cara deformada y andares prodigiosos–, sació su curiosidad.

 

¿Y tú por qué cobras por hacerlo?

 

Necesito dinero.

 

Pues trabaja.

 

Esto es un trabajo.

 

Si cobras por amar estarás perdido. A mí es que no me queda otra que pagar. Mírame a la cara.

 

El olor de su estela al cerrarse la puerta me volvió a dejar obnubilado. Por lo que como un niño, me fui corriendo para tirándome en plancha sobre la cama, acabar con los últimos resquicios de su perfume corporal que me los esnifé de manera inmisericorde. Luego di una cabezadita. Y al volver a levantarme corroboré que todo había sido cierto.

 

Joaquín Campos, 19/01/14, Phnom Penh.

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