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Veinteañeros

Por María Iverski

 

Veinteañero por pura cuestión gramatical. Apenas acaba de dejar atrás sus dos primeras décadas de vida. Nos montamos en su coche presidido por un tremendo crucifijo que cuelga bamboleándose del espejo retrovisor. ¿Llamativo para un occidental…? Bueno, al igual que uno puede ser del Madrid o del Barça, marcar pezones, independentismo, una idiotez galopante o la afiliación a algún partido político, aquí en el Líbano la gente se reafirma en su condición de cristiano o musulmán.

 

Es el chico malo, el chulito que despunta en medio de tanto gordito manushero o seáse, cebado a unas pizzas llamas manushes, porque el metabolismo y la cara aún juegan en su campo. Me enseña la petaca de whisky que lleva en la guantera, por si en algún momento, en medio de una invasión israelí o de un accidente en cadena provocado por una velada sin suficiente amplitud de mira a los lados, necesita echarse un trago la boca. "Uau", suspiro yo embelesada como si me hubiera nombrado la correspondencia amorosa de Nietzsche con Lou Andreas Salomé.

 

Me pongo el cinturón por cumplir con mi papel de mujer responsable y madura que pretende dar ejemplo a la desbocada juventud. Suelta la omnipresente pregunta y es que por qué todavía no me he casado si no parezco tener ninguna tara genética que me impida parir.

 

Pobres los hombres libaneses… dice con una sonrisita de vago fenicio que sabe latín. Yo lo animo a que primero se deleite con la colorida experiencia de amenizar el salón de casa con un loro peinado como Sherezade, cuatro hijos, una suegra metomentodo, y varias amantes esperando a que les regale osos de peluche por el día de san Valentín, y que luego ya hablaremos de cosas serias cómo dónde está el punto g masculino. Pero él insiste, quiere demostrarme que conoce los entresijos de la convivencia, ha pasado los fines de semana con su novia en un chalet que sus padres poseen en Faraya, una zona montañosa donde la gente utiliza el verbo esquiar en múltiples acepciones. Allí ha disfrutado horas y horas con la compañía de una consola y de su chica cristiana, por supuesto, a la que piensa dar pronto pasaporte porque ella se marcha a estudiar a Londres. No es un hombre de relaciones a distancia, tiene sus necesidades.Yo asiento comprensiva, lo mismo le ocurría a Stalin, que necesitaba liquidar gente.

 

Suena una machacona música techno de fondo. Mi acompañante es dj resident algún fin de semana, como Paquirrín, aunque mucho más agradable de ver y más políglota. Me hace prometerle que la próxima vez que pinche subiré a la cabina, saludando al público, poniendo cara de haber encontrado, al fin, un objetivo en la vida. "I promise you", juro yo con la misma solemnidad con la que Hariri sostiene que un día dejará de ir de putas en Francia para volver a su amado Líbano a ser primer ministro.

 

¿Te gusta el speed? pregunta él. Me miro asustada en el espejo temiendo ya no solo haber cumplido más años sino, aún encima, tener cara de que me va la metanfetamina. Schumacher acelera después de quince minutos de absoluto coñazo en los que se ha visto obligado a respetar los semáforos por mi presencia. Sí, el speed, la velocidad, plantarse un viernes por la noche en Biblos en diez minutos a 300 kilómetros por hora, beber whisky black label, volverse loco y hablarle a un musulmán como si fuera un hermano, tragarse cinco kilos de hummus de una sentada, no leer un libro ni de puta casualidad… vivir peligrosamente, eso es devorar a bocados la vida…

 

Le sonrío con ternura; todos somos bastante imbéciles de jóvenes, a algunos les desaparecen un poco los síntomas después. Él ya vuelve a torpedearme, esta vez con la política. Asegura, como lo haría su padre, que entre todos los cabrones siempre hay que elegir al menos cerdo. En su caso es el líder de las Fuerzas Libanesas, un pollo que se merece cierta consideración por la exuberancia aportada a la historia libanesa, bien sea ametrallando familias en la guerra civil, quemando iglesias, enfrentándose a Hizbolá o porque algún desalmado quiere cargárselo. Yo prefiero meterme en otros cenagales antes que osar indicarle a un libanés de qué lado debería situarse en su propio país.

 

Anda… vuelve a contarme eso de que una vez que te hagas millonario regresarás a Beirut a comprarte una esposa…

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