Ilustraciones mostradas en las paredes de la Plaza Majkama de Bengasi, frente al Tribunal que han convertido en sede del Consejo Nacional Libio.

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    La revolución libia se estrella contra Gadafi

    Carla Fibla - 15-03-2011
    Fotografías de las ilustraciones: Carla Fibla

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    Ultima hora: las fuerzas aéreas leales a Muammar Gadafi han bombardeo el aeropuerto de Bengasi. “DEAR CARLA, NOT 2 WORRY, I'M SURE THAT EVERY THING WILL  B FINE VERY SOON. KIND REGARDS, M.” (Querida Carla, no te preocupes, estoy seguro de que todo irá bien muy pronto. Saludos cordiales. M.).
            Un escueto e-mail enviado desde la “capital de la Revolución” no tranquiliza pero sí que tiene el valor de los que son conscientes de que su viaje es sólo de ida. No habrá rendición, ni se aceptará el fracaso que durante esta semana se ha respirado con intensidad en el Este de Libia, en las “ciudades liberadas” donde hace un mes que ondea la bandera de la Independencia (roja, negra y verde; con una media luna y una estrella blanca en el centro) en lugar de la aséptica enseña color verde del autor del Libro Verde.
            Mohamed Busnaina tiene 28 años, estudió filología inglesa y trabaja en una empresa privada de importación de alimentos. Tiene un coche desordenado: un paquete de un kilo de macarrones en la parte de atrás, entre papeles con las frases de la Revolución, los mensajes para Gaddafi y su régimen, y botellas de agua medio llenas.
           Tímido, servicial y discreto, Mohamed Busniana, como decenas de jóvenes en Bengasi ha decidido contribuir a que la revuelta popular que esta protagonizando su pueblo tenga el mayor eco posible en los medios de comunicación occidentales. En lugar de quedarse durmiendo en su casa, refugiado hasta que pase la tormenta, quiere ser uno de los que empuja el cambio obligándose a estar en la calle, a utilizar a amigos y familiares para que los informadores que han burlado al líder libio accediendo al territorio sin visado por la frontera con Egipto no dejen de trabajar y pensar en Libia ni un segundo.
           Desliza el cursor de su móvil por los nombres mientras reflexiona sobre el tema propuesto, haciendo un ejercicio verbal público en el que expone sus pensamientos sin tapujos, sus dudas, hasta que da con la solución.
           Los primeros días los rebeldes saborearon su éxito. En menos de una semana habían logrado acceder a la Kativa (base militar) Al Fadil Abu Omar de Bengasi, donde también se encontraba la residencia del dictador libio. Arrasaron y destruyeron su contenido, no sin antes localizar y hacerse con las armas y munición, y permitieron que la población acudiera en peregrinación para hacerse dueños del lugar.
           Los edificios donde a principios de año se estudiaba el documento de cabecera de la ideología de Gadafi (su omnipresente Libro Verde, publicado por primera vez en 1977), como la Mazaba, también fueron incendiados; igual que las casas de los colaboradores más cercanos al régimen, los que supervisaron la ejecución en la horca de decenas de personas en los años ochenta, los que instilaron el miedo a través de la represión en estado puro, y ocultaron desde 1996 que unas 1.200 personas, presos en la cárcel de Abu Salim (en Trípoli), fueron asesinados mientras hicieron creer a sus familiares que seguían con vida, pero incomunicados por oponerse al régimen.
           “Es la primera vez que los familiares pueden exponer las fotografías de sus seres queridos, de los desaparecidos de Abu Salim en un lugar público. Les están rindiendo homenaje y velándoles aunque aún no hayan recuperado sus cuerpos”, explica Mohamed respetando el perímetro establecido únicamente para las mujeres, rodeado por una improvisada valla de tablones de madera para que no exista la posibilidad de ningún contacto físico entre sexos contrarios.
            El símbolo de la Revolución libia es la sede del Tribunal, a donde los familiares de los detenidos de Abu Salim acudieron para pedir la liberación del abogado que defendía su caso, el letrado Abdelhafiz Ghoga, hoy portavoz del Consejo Nacional libio (el organismo creado por los rebeldes para organizar los servicios básicos de la ciudad de Bengasi, con más de un millón de habitantes, y de las otras poblaciones de la zona del país conquistada en las que rápidamente se establecieron comités locales de trabajo).
            En los 1,77 millones de metros cuadrados en los que se extiende el territorio (la mayoría desierto) viven 6,5 millones de personas. Con una esperanza de vida de 70 años, la edad media apenas supera los 24 años. Con una tasa de alfabetización del 88%, el producto interior bruto, según datos publicados por el Banco Mundial en 2009,  asciende a 12.020 dólares.

           “Café y cigarrillos es lo único que voy a dejar que paguéis”, sentencia risueño Mohamed. Ni el uso de su vehículo, de su tiempo, de sus conocimientos, de su elaborado inglés aprendido de forma autodidacta, en el aislamiento al que Gadafi ha sometido a su pueblo durante más de cuarenta años, ni siquiera los escasos dinares que cuesta rellenar el depósito del coche… no nos deja pagar nada.

            Casi una semana después del 17 de febrero, la fecha del renacimiento para los habitantes del Este de Libia, del momento de libertad absoluta en el que empezaron a tomar decisiones propias, a construir su presente y decidir su futuro, la actividad cotidiana empezó a recuperar cierta normalidad. La posibilidad de utilizar de nuevo la red de internet, de poder hacer llamadas al extranjero, hizo que Mohamed fuera requerido por su trabajo.
            El día antes designó a un sustituto, otro Mohamed, con actitud similar pero el doble de su tamaño físico. Mohamed “el grande”, como se autodefiniría de forma sencilla y sin aludir a referencias históricas, tiene 32 años y se dedica a la importación de vehículos. Pertenece a una familia en la que la mayoría de sus 20 hermanos trabajan en el Ejército, una denostada institución que un desconfiado Gadafi infravaloró y dejó oxidar a conciencia durante más de cuatro décadas.
            Al pasar los días, entre bromas y discusiones sobre su futuro inmediato, Mohamed también confesará que es guardaespaldas “de alguien muy importante, un político que vive en Washington, pero que podría ser el próximo presidente de Libia”. No irá más allá para evitar ponerle en peligro, por la seguridad de la que él es responsable mientras esté en Bengasi sea cuestionada, pero durante los últimos días que trabajé en Libia, Mohamed “el grande” estaba deprimido y decepcionado incluso con esa figura importante del exilio que debía haberles echado una mano antes.
            “He hablado con mi hermano mayor y creo que vamos a dejar de apoyar la movilización social. No somos ni de la Revolución ni de Gadafi, somos de nosotros y tenemos que empezar a pensar de forma individual”, se atrevía a decir Mohamed con los ojos vidriosos, mientras avanzaba lentamente en un gran atasco, con la mirada fija en el inactivo puerto donde en apenas dos semanas había perdido más de 40.000 dinares libios (23.539 euros).

     

     

            Este primer indicio de que la revolución libia es diferente a la tunecina y la egipcia -igual que lo está siendo la de Bahrein-, se traducirá en menos de una semana en un imparable retroceso de los rebeldes en el campo de batalla.
            La superioridad en instrucción, en armamento, junto con la inacción de la comunidad internacional (algo que sólo beneficia a Gadafi), ha sido la combinación que está permitiendo al régimen hacerse de nuevo con las riendas en el Este del país y que, lo más probable es que concluya, por el momento, con una matanza basada en el ajuste de cuentas.
            Para viajar a Darna, más de 300 kilómetros al este de Bengasi, una población volcada al Mar Mediterráneo, que parece descolgada de una verde montaña repleta de curvas, se unió otro amigo de Mohamed el grande: Ramadán.
            Conservador en el trato, amable y atento, expresándose en un inglés cultivado que más tarde confesaría que perfecciona desde hace años para ser capaz de escribir poemas sobre sus sensaciones, Ramadán está marcado por la Revolución del 17 de febrero porque durante los primeros días de las revueltas uno de sus hermanos, de 28 años, murió cuando se manifestaba frente al Tribunal de Bengasi.
            La fotografía del hermano está en la luneta de los coches de este grupo de revolucionarios. El hermano y amigo arrebatado pesa sobre todo en Ramadán, que está completamente convencido de que su vida termina o empieza en el éxito de esta revolución.
           “No tengo miedo, podemos ir al frente de la batalla, preguntar a los compañeros y acercarnos hasta el lugar donde se están librando los enfrentamientos”,  afirmaba sonriente cuando pasábamos Ajdabia, Brega, Aqibla, en dirección a Ras Lanuf. Unos días antes nos presentó a varios “conocidos” dispuestos a ejecutar operaciones suicidas contra Bab Azizia (el bunquer del dictador libio en Trípoli) que participan en ejercicios de preparación mental y física en la mezquita de Darna (con una población con 130.000 habitantes), donde Abdelhakim al Hasadi, un salafista al que el hijo de gadafi, Seif el Islam, se refirió como el “que se cree el Emir (príncipe) de Darna que pretende instaurar un califato islámico” en su discurso del pasado 20 de febrero, reflexiona sobre la determinación de esos más de mil jóvenes dispuestos a entregar sus vidas por la causa.
           La casa familiar de Ramadán está rodeada de terreno cultivable. Una estructura de una sola planta, repleta de mujeres y niños, forma un hogar en el que la fotografía del hijo perdido obliga a centrar de nuevo todas las miradas. “Era el mejor, se han llevado al mejor”, repite resignado el padre de Ramadán en una rica conversación política en la que es capaz de expresarse con facilidad en inglés e italiano.
            A Ramadán le acompaña de forma inseparable Atiaa. Cuando los rebeldes estaban ganando posiciones en Ras Lanuf, cuando la euforia y sensación de victoria aún invadía Bengasi, Ramadán hizo una ronda exprimiendo al máximo su agenda de teléfonos para conseguir que algún amigo recorriera los más de 400 kilómetros hacia el oeste para llegar al frente a la mañana siguiente.
            Con el día recién estrenado, Atiaa, de poco más de 20 años, apareció sonriente, tranquilo y dispuesto a mentir a su familia para llevarse por unos días el coche y dirigirse hacia donde su padre le prohibió terminantemente que lo hiciera.
            Al pasar las horas las llamadas de los hermanos y amigos de Atiaa eran cada vez más insistentes. “No me creen. Saben que estoy mintiendo. Les he dicho que me he ido unos días a Darna, pero están convencidos de que no es verdad”, comentaba con media sonrisa aunque inquieto e insatisfecho por no estar diciendo a los que se preocupaban por él lo que estaba pasando. Ya por la noche, la batería del móvil se apagó y Atiaa respiró tranquilo: “Se acabó. No tengo cargador y no voy a buscar uno. Cuando regrese les explicaré porqué lo he hecho”. Durante las siguientes cinco noches, las dos primeras en Ras Lanuf y después en Ajdabia, Atiaa siguió conduciendo con destreza el coche de la familia por la carretera que llevaba al frente, en la que valientes rebeldes con nula preparación accedían sin dudar al campo de batalla.
            De la revolución, impulsados por el éxito en Túnez y Egipto, a la guerra civil, porque cada sociedad árabe que se está atreviendo en este 2011 tan intenso para el Magreb y el Machrek, es diferente, con recorridos históricos, ideológicos y sobre todo con líderes autoritarios y represores únicos en su especie.
            Sin dejarnos bajar del coche, tras más de media hora para acabar dando el visto bueno, en la antigua sede de las Fuerzas Especiales, hoy reutilizada como cuartel general de los más de 5.000 militares que se han sumado a la revolución, Ali Seidan, jefe de operaciones, nos invita a entrar en un modesto despacho cuyo eco sólo amortigua una mesa, dos sillas, un sillón y un archivador del tamaño de una persona con los cajones entreabiertos.
           “No quieren que hable contigo. Tienen miedo de que desvele lo que están planeando, que dé detalles sobre la estrategia militar para alcanzar Sirte y después la capital”, me susurra Mohamed “el grande”. Seidan es parco en palabras, se muestra algo tenso y repite una y otra vez, a veces con los ojos mirando fijamente sus manos entrelazadas, que sin la ayuda internacional no podrán desarrollar la “hoja de ruta”, el plan militar que “por supuesto existe” y para el que cuentan con los voluntarios civiles a los que han impartido un curso intensivo de apenas unas horas sobre conocimientos básicos: cómo cargar el arma, apuntar y disparar.
           Le comento las imágenes de los civiles disfrazados de militares, con pantalones verde caqui recién estrenados y gorras revolucionarias marrones, verdes o rojas, cargados de adrenalina, que al grito de ¡Ala hu Akbar! (¡Alá es grande!) se entregan desaforados a la batalla, sólo conscientes de que su vida no vale nada.
           Seidan escucha atento, pero no hace autocrítica. Asegura que están intentando controlar la situación, que ya no se reparten de forma aleatoria las armas requisadas al régimen en las kativas, y pone como ejemplo la ofensiva “no autorizada” por el Consejo Militar de la Revolución para que los rebeldes avanzaran más allá de Ras Lanuf. “Mientras la comunidad internacional no termine con la fuerza aérea de gadafi no tendremos nada que hacer. Es imposible avanzar por tierra cuando nos atacan desde el aire”, asegura en una ecuación insultantemente sencilla.
            “Es una guerra de emociones. Con momentos de euforia y de miedo, una situación complicada en la que no existen los militares. Los rebeldes se mueven por sentimientos”, analizaba impresionado el periodista Plàcid García Planas en Ajdabia, pocas horas después de haber estado en el frente, de haber compartido espacio con los rebeldes en un pick up que pisaba el acelerador en dirección a Ben Yauad.

     

     

     

    La voz de Radio Libia Libre

     

    "Antes de esta revolución, Muammar Gadafi cada mañana encendía la radio y cuando escuchaba lo que ocurría en Bengasi, que se hablaba de él, consideraba que todo estaba normal; sabía que toda Libia estaba controlada. Pero esa mañana, el 17 de febrero, cuando escuchó la radio dijo: Ohhhhh! Es otra voz, ya no estaba la voz de Muammar gadafi. Y montó en cólera diciendo: ¡Es mi emisora, es mi ciudad, es mi pueblo!", relata entre divertido y orgulloso Jalid Alamari, ingeniero y técnico de la radio y televisión públicas durante casi 30 años, que hoy desafía al régimen libio manteniendo sólo una frecuencia por onda media y FM, la de Radio Libia Libre.
            Situada 10 kilómetros al este de Bengasi, Alamari se conviertió en el guardian del lugar cuando gadafi ordenó que se liberase a los casi dos mil presos de la cárcel principal de la ciudad para que el caos llevara a sus conciudadanos a “entrar en razón” y pedir la ayuda oficial del Estado. Alamari logró convencer a los delincuentes y asesinos para que “sólo” destrozaran y robasen todo lo que consideraban que tenía valor, a cambio de que no prendieran fuego a las instalaciones y la antena.
           El trato funcionó y dos semanas después Alamari sigue reparando las mesas de mezclas y micrófonos que fueron pisoteados mientras ordena su propio taller, arrasado por los que tenían la orden de esparcir desasosiego, demostrar que no había ni ley ni orden.
           Dos técnicos, 4 redactores con más de 20 años de experiencia y 4 locutores, trabajan para llenar las 12 horas de programación diaria (música, noticias y recomendaciones de los líderes religiosos, del Consejo Nacional y de los comités locales de la revolución). La improvisada redacción se ha instalado en la oficina que ocupaba la secretaria del censor del régimen, que huyó al comenzar las revueltas, cuyo despacho se ha convertido en el estudio. Un técnico selecciona las canciones en un ordenador, comprueba cómo entra el sonido en una mesa de mezclas, prepara una cinta grabada el día anterior, sin dejar de estar atento a la señal del locutor que le pide con un gesto facial que le abra el micrófono para retomar su monólogo.
           La primera radio que ejerce la libertad de expresión en Libia tiene hermanos gemelos en varios periódicos, creados horas después del 17 de febrero, y una televisión.
            Los ilustradores, artistas en plena explosión de libertad, están recuperando de forma acelerada la dignidad que sentían pero que no podían exteriorizar. Ha resurgido con fuerza en cada una de las revoluciones árabes que estamos viviendo. En el caso de Libia, los muros de ciudades como Bengasi, Darna, Beida o Tobruk se han llenado de frases, de reivindicaciones y desafíos, y también de mudas ilustraciones cargadas de intención.
            En la plaza Majkama los universitarios fueron completando las paredes de tela de una jaima utilizada para debatir, para que todos opinen y planteen las reformas que esperan que también lleguen a la educación. Unos pasos más allá apenas queda espacio libre en otro espacio instalado por los dibujantes libios de la revolución. Kais, de 32 años es uno de ellos: “A Gadafi siempre le he visto como un animal huyendo, muerto de miedo, y así es como le estoy dibujando desde el 17 de febrero. Me siento libre, en paz, porque hace mucho tiempo que esas imágenes estaban en mi cabeza y no había podido dibujarlas. Y ahora mira, están aquí, a plena luz del día, y las puedo compartir con la gente”.

           A pesar de la contundencia en las palabras del e-mail de Mohamed Busniana, de su convicción y autoconvencimiento, durante la última semana la revolución libia ha perdido el control de Ben Yauad, Ras Lanuf y Ajadabia. Si las tropas leales a gadafi (compuestas por la élite del Ejército que forma parte del régimen, miles de mercenarios africanos pagados y afincados en territorio libio desde el año 2006 y por las brigadas que dirigen 7 de los hijos del dictador libio) mantienen el mismo ritmo es probable que en pocos días controlen la conocida como la carretera saharaui, que comunica por el desierto Ajdabia con Tobruk. Eso supondría el acceso a la frontera con Egipto, y por lo tanto, la posibilidad de sitiar los núcleos duros de la revuelta (Darba, Beida y Bengasi) que serían sometidas a bombardeos y restricción de alimentos, medicamentos y agua hasta que se rindan.
          Esta situación, este plan, es una realidad que hace semanas que el régimen de Gadafi está poniendo en práctica. Lo ha hecho ante la desesperación de los preocupados militares que se han unido a la revolución, ante la valentía y determinación de los rebeldes sin miedo, y también ante una comunidad internacional que vuelve a fallar por su incapacidad para defender los derechos humanos que aplica en sus “democracias occidentales”.
          “¿A qué están esperando? Pedimos, rogamos, suplicamos a la comunidad internacional que instaure una zona de exclusión aérea, que termine con los ataque de las fuerzas aéreas de Gadafi que están masacrando al pueblo libio”, solicitaba Essam Gheriani, portavoz para los medios de comunicación del Consejo Nacional Libio, hace más de diez días desde una de las oficinas de la corte.
          Un elevado porcentaje de la población libia quiere el cambio, quiere terminar con el régimen represivo y autoritario que les ha obligado a vivir en el miedo, que les ha condenado a la ignorancia y el atraso siendo un país rico en recursos naturales. Están dispuestos a pagar el precio en sangre e incertidumbre que se les imponga. Así lo demostraron los días previos al 17 de febrero y lo han mantenido en este largo mes en el que han logrado frenar, quizás modificar, la maquinaria del régimen aunque aún no hayan acabado con él. Los rebeldes están solos, más solos que nunca, y solo de ellos dependerá que finalmente logren imponer su voluntad de cambio.

     


     

    Carla Fibla es periodista. Su último artículo en FronteraD se titulaba Y llega la revolución del Nilo.

     


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