Sal ahí y juega. Y trata con la misma indiferencia al éxito que al fracaso

Alejandro Díaz Agero

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Este frenético y absurdo lugar en el que vivimos tiene entre ceja y ceja poner frente a nuestras narices sutiles analogías que nos permitan entender los mecanismos por los que se rige. Están por todas partes, pero a menudo un mohín desdeñoso que a muchos nos sirve como parapeto frente a las desdichas nos empaña la mirada y anestesia la razón.

 

Andre Agassi, uno de los grandes deportistas de la modernidad, filtró una de estas triquiñuelas vitales que merece la pena descifrar. La detalla así en su biografía Open (Duomo ediciones), escrita por el premio Pulitzer J. R. Moehringer: “No es casualidad, me digo, que el tenis recurra al lenguaje de la vida. Ventaja, servicio, falta, rotura, nada, los elementos básicos del tenis son los mismos que los de la vida cotidiana, porque todo partido es una vida en miniatura. Incluso la estructura del tenis, la manera en que las piezas encajan unas dentro de las otras como las muñecas rusas, reproduce la estructura de nuestros días. Los puntos se convierten en juegos, y éstos en sets, y éstos, a su vez, en partidos, y todo está tan íntimamente conectado que cualquier punto puede convertirse en punto de partido. A mí me recuerda la manera en que los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas, horas que, además, pueden ser, todas ellas, las mejores de nuestras vidas. O las más oscuras. La decisión es nuestra”.

 

Habrá quien aquí intervenga para apuntar, con toda la razón, que feo estaría que un hombre que no guarda recuerdos en los que no haya una raqueta de por medio no sea capaz de elaborar un símil existencial con el tenis. Como el tenis viene a ser su vida –el único requisito que su padre, un boxeador olímpico iraní, puso para escoger su nueva casa en Las Vegas fue que en el jardín hubiese espacio suficiente para construir una pista de tenis en la que plantar la máquina que lanzaba hasta 5.000 pelotas diarias a un Andre que no medía más que su raqueta–, el asunto queda empapado de mundanidad, como también el reto que sobre cada uno de nosotros se plantea. Todos tenemos una vida.

 

Exteriorizar un sufrimiento como el de Agassi, que jura no haber disfrutado ni un solo segundo de cuantos pasó sobre una pista de tenis, todavía es visto como un símbolo de debilidad. No ocurre sólo en el tenis: es uno de los grandes tabús del deporte de élite, especialmente del masculino, que todavía arrastra peligrosos tópicos con los que la sociedad disfraza a sus ídolos a base de atributos sobrehumanos. Si no tu propio padre: el de Agassi llegó a suministrarle speed a una edad en la que éste ni siquiera sabía lo que era para potenciar su rendimiento en un campeonato nacional.

 

Todo esto volvió a dar vueltas por mi cabeza mientras veía Borg McEnroe, la película de Janus Metz que a través de la rivalidad entre ambos tenistas despelleja a dos estrellas de los años 80 hasta rebajarlas a la condición de personas. “Nadie recordará que gané Wimbledon cuatro veces consecutivas. Sólo que perdí la quinta vez”, reclama en las últimas instancias de la edición de Wimbledon de 1980 Björn Borg, número uno del mundo, a su entrenador, Lennart Bergelin, que le contesta: “¿Qué te importa lo que piensen?”. “Parece que todos lo están esperando. Esperan que caiga”, lamenta el tenista sueco.

 

Borg sabe que el mundo entero espera de él lo máximo, y nunca menos que eso. Las expectativas son el abono de las decepciones. Borg no había elevado las suyas hasta las nubes. El desea poder permitirse fracasar porque ya ha colmado todas las que tenía, no había forma de ver el mundo desde más arriba de donde él lo hacía. Las expectativas contra las que él lucha son las de todos los demás, de la misma manera que a quien teme decepcionar es a los cientos de miles de ojos que se posan sobre su raqueta partido tras partido. Su entrenador y su novia, que quieren lo mejor para él incluso más que él mismo, tratan de facilitarle las cosas: “Sal ahí y juega”. Borg, que sabe que en cada partido lucha contra un oponente mucho más peligroso que quien ocupa el otro lado de la red, explota. Si fuera tan fácil sería sólo un juego.

 

Para vencer a McEnroe en la gran final, Borg acaba aferrándose a una máxima con la que Bergelin ya había conseguido domar el carácter volcánico que conducía su pubertad, cuando únicamente quería ganar: “Sólo importa el próximo punto”. El remedio parece de difícil digestión una vez se ha consumido la lección de Agassi. Vendrá un punto y sobre él volcaremos todo lo que tengamos. Lo mismo con el siguiente, y con el siguiente. Así hasta rozar el éxtasis. Ya sabemos que el tenis no da respiros: “Los puntos se convierten en juegos, y éstos en sets, y éstos, a su vez, en partidos, y todo está tan íntimamente conectado que cualquier punto puede convertirse en punto de partido”. ¿Oxígeno? También lo suministra, aunque con suma delicadeza, la película de Metz. Borg y McEnroe esperan sentados en el mismo banco a que la organización de Wimbledon les reclame para empezar la final. Sobre la pared en la que se apoyan, una frase tan incompatible con su dimensión como fundamental para la de cualquiera: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”.

 

 

 

 

Alejandro Díaz Agero (Oviedo, 1993) es graduado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Hizo prácticas en La Nueva España y ABC, donde después hizo su máster y ahora ve “cómo los días mueren y nacen”. En FronteraD ha publicado Empate a nada.

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