Fragmento de 'El círculo del infierno', mural sobre el acoso sexual pintado por E. Zeft en una calle de El Cairo

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    Speculum, el otro hombre. Ocho puntos acerca de los espectros de Colonia

    Alessandra Bocchetti, Ida Dominijanni, Bianca Pomeranzi y Bia Sarasini - 11-02-2016

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    Una mano negra se insinúa entre las piernas, enfundadas en unas medias blancas, de Angela Merkel hasta tocarle el sexo; la parte superior de su cuerpo todavía está cubierta por una de sus archiconocidas chaquetas coloreadas, pero ahora la imagen significa que la reina está desnuda, que ha sido puesta en jaque por la molesta intrusión del hombre negro. Se trata del dibujo publicado por el Süddeutsche Zeitung para comentar los hechos de Colonia. Al sexismo de los “hombres negros” que la noche de fin de año molestaron sexualmente a las “mujeres blancas”, los “hombres blancos” responden con el mismo sexismo contra su presidenta.

     

    Respuesta obscena pero, en su extremismo, verdadera. ¿Tendría razón Michel Houellebecq en su, por otra parte, misógino libro Sumisión? Por debajo del odio de los machos europeos hacia los invasores islámicos encontraremos la envidia. Envidia por la sumisión de las mujeres de la que los invasores, al contrario de los invadidos, todavía pueden disfrutar. Envidia perfectamente especular a la que los invasores tienen de la libertad sexual femenina a disposición de los invadidos, que puede fácilmente intuirse bajo el “deseo de Occidente” que empujó a los agresores de Colonia a imitar a su modo, violentamente, el alegre y alcoholizado disfrute que se adueña de muchas ciudades europeas en fin de año.

     

    Desde el 11 de septiembre tendríamos que haber entendido de una vez por todas y gracias a la escenografía hollywoodiana de los dos aviones que enfilaron las Torres Gemelas y violaron Manhattan (también entonces, mira por dónde, se recurrió a la metáfora de la violación), los actos de violencia y de terror, que en Occidente se interpretan como si vinieran de otro mundo, y que están repletos de huellas, técnicas, usos y costumbres que provienen del nuestro. Algo muy diferente del retorno de la tribu que algunos han querido ver en acción en Colonia: la superioridad de Occidente se resiste a morir, y si bien ya no pone orden en el mundo real, sin embargo dicta todavía leyes en el imaginario global. Los otros se reflejan como en un espejo en él, incluso cuando se comportan violentamente.

     

     

    Hechos

     

    En el juego de los espejos, los fantasmas, ya se sabe, son los de casa. Y quizá por ello, en la plaza de Colonia, tomaron  forma y consistencia mucho más rápidamente que los hechos reales. Sobre los cuales, todavía hoy, un mes después, hay mucha oscuridad. Acerca de lo que sucedió esa noche sabemos lo esencial, pero muchos particulares no secundarios los ignoramos y probablemente no los conoceremos jamás. Una manada de hombres jóvenes, quizá 500, quizá 1000, “de aspecto árabe o norteafricano”, borrachos y reunidos dentro de la estación, se diseminó por grupos en la plaza de la Catedral rodeando, robando, palpando y molestando sexualmente a un centenar de mujeres blancas, que además eran alemanas, solas o en pareja con una amiga o con un hombre o en grupo, todo ello ante la absoluta pasividad de la policía que se quedó mirando sin darse cuenta de lo que estaba pasando, o en todo caso incapaz de impedirlo.

     

    Las reconstrucciones, basadas en los testimonios femeninos y en los informes de la misma policía, describen detalladamente las molestias y los robos sufridos por las mujeres; algunas víctimas cuentan que temieron por su integridad física. Quedan, sin embargo, muchas incógnitas. ¿Quiénes eran, de dónde venían, cómo habían llegado allí aquellos hombres y por qué se les permitió reunirse en la estación? Si todos tenían “aspecto árabe o norteafricano”, ¿cómo es que, entre los 31 arrestados por agresión y robo, figuran también un estadounidense y tres alemanes? ¿También eran norteafricanos trasplantados a Estados Unidos y a Alemania, o su presencia señala que hay que ir despacio a la hora de las identificaciones hechas sobre el color de la piel? De entre esos 31 arrestados, 19 están pendientes de una petición de asilo, y de entre estos tan sólo uno es sospechoso de agresión sexual; además, según un testimonio recogido por el New York Times, esa noche una turista americana fue salvada por un cordón de sirios demandantes de asilo; algunos días después, unos centenares de refugiados sirios se manifestaron contra la violencia, el racismo y el sexismo. ¿Estos números justifican las acusaciones contra la política de refugiados de Merkel?

     

    Hay más. La policía, incluso estando en alerta contra el riesgo de atentados, se mostró absolutamente incapaz de contener y dispersar a la manada de agresores, y guardó silencio sobre lo acontecido durante cuatro días, como asimismo hizo la televisión alemana. ¿Esa incapacidad y ese silencio se deben a un puritanismo “políticamente correcto” pro inmigrantes, como se ha vociferado en Alemania y en Italia, o más bien a la minusvaloración de la violencia sexual en un país en el que una mujer de cada tres declara que la ha sufrido a manos de hombres que, en un 70%, no son árabes sino alemanes, en el que en la noche de fin de año, al igual que durante el Oktoberfest, se hace la vista gorda ante algún que otro tocamiento?

     

    Por último: violencias análogas se verificaron al mismo tiempo, aquella misma noche, en otras ciudades alemanas y en Suecia, Finlandia y Austria, y esto hace sospechar legítimamente que se ha tratado de una provocación concertada –una sospecha que hasta cierto punto se ha convertido en una certeza, aireada en los periódicos en primera página tanto en Alemania como en Italia, para ser desmentida unos días después–. ¿Es posible que los potentes medios de la inteligencia alemana y europea no sepan responder afirmativa o negativamente a esta sospecha, que es además crucial para valorar la clase de hechos sucedidos? Y de nuevo, ¿minimizan para favorecer la política de integración de Merkel, como sostiene la opinión de derechas, o porque consideran que lo sucedido son bagatelles pour dames, como es lícito suponer?

     

     

    Fantasmas

     

    No obtendremos nunca respuesta a estas preguntas, por la sencilla razón de que la noche de Colonia ha tenido ya el efecto que tenía que tener, prescindiendo del desarrollo detallado de los hechos. Y el efecto consiste en una rápida y potente movilización del imaginario europeo, así como del islámico, en materia de sexo y de raza: dos factores que cuando se entrelazan, y hoy en día en el escenario global se presentan siempre entrelazados, son capaces de producir una mezcla explosiva.

     

    En la parte islámica, es de desear que no progrese la convicción del imam de Colonia de que las mujeres, aquella noche, se la estaban buscando, vestidas más de perfume que de ropa: ciertamente sus declaraciones “extremas” hablan por sí solas acerca de la autorización a la segregación femenina que proporciona quien debería ser guía espiritual (por otra parte, ¿de qué escandalizarse? ¿Cuántas veces el “se la estaba buscando” se pone como justificación, entre nosotros, de la violencia sexual?). En el lado occidental, el antiguo fantasma colonial de la mano negra que viola a la mujer blanca, bien representado por el dibujo del Süddeutsche Zeitung, ha vuelto a materializarse, puesto al día, en una Europa obsesionada por fronteras vacilantes, migraciones incontenibles, caída de la natalidad, peligro terrorista, declive económico, impotencia neoliberal, fracaso político. La puesta al día del fantasma colonial significa, en este cuadro, su reclutamiento automático en el presunto “choque de civilizaciones” en marcha. El hombre negro se convierte en el islámico que inferioriza a las mujeres, a las propias y a las otras, y a través del ataque a las mujeres blancas ataca a toda la civilización occidental que, en cambio, ama a las mujeres, las emancipa, las libera, las tutela con los derechos, las protege con “sus” hombres, dispuestos a pelear para defender a “sus” mujeres.

     

    Consigue así enrolar a las mujeres en la defensa de la susodicha civilización occidental, con una relativa acusación hacia las desertoras: las que no están por enrolarse, las que sobre la civilización occidental y su amor por las mujeres tienen alguna duda, las que ven la violencia hacia las mujeres también en Occidente y no sólo en Medio Oriente, las que sobre la defensa de “sus” hombres emiten alguna que otra sospecha, las que frente a las mujeres musulmanas no alzan el muro de los derechos conquistados o la montaña de los vestidos comprados en los últimos saldos sino que lanzan el puente de un entramado común de libertad femenina. Nosotras, feministas, sustancialmente inscritas de oficio en el frente enemigo de la hipocresía “políticamente correcta” respecto del fanatismo islámico. Salvo cuando después nuestros acusadores se encuentran con las estatuas del Campidoglio tapadas por decisión de estado o de gobierno, como regalo a Rohuani.

     

     

    Brujas

     

    “¿Dónde están las feministas?”. Cuando todavía llegan las noticias de Colonia gota a gota ha comenzado la caza de brujas. Una vez encontrado el culpable número uno, el hombre negro, el bombo mediático, masculino y femenino, ha empezado a buscar al culpable número dos, la feminista blanca. Rea de callar, de esconderse, de no condenar, de confabularse con los inmigrantes y con la izquierda que defiende (¿defiende?) a los inmigrantes, de dar la lata a “sus” hombres sobre cualquier tontería como si fuese una barbaridad y de cerrar los ojos sobre las abominaciones de los “verdaderos” bárbaros.

     

    Entretanto las feministas, en Colonia, ya estaban en las calles manifestándose contra el sexismo y contra el racismo al mismo tiempo. Y en todas partes, en Europa y fuera de Europa, se habían puesto a hacer lo contrario de las tertulias y de los periódicos más importantes: entender una situación nueva y complicada, e interpretarla no histéricamente, dos cosas que la histeria de los medios no contempla. Y hablaban donde podían, o sea, fuera del círculo oficial de la información que no las interpela como para poder acusarlas de estar en silencio, de estar disipadas, de no existir, de haber perdido. Hablaban y decían lo que en todas partes, al Este y al Oeste, al Norte y al Sur, están diciendo desde el 11 de septiembre hasta ahora: que no se dejan enrolar en ningún choque de civilizaciones por la sencilla razón de que las civilizaciones en cuestión están ambas marcadas por el patriarcado, ambas fracturadas en su interior por la contradicción entre los sexos y ambas marcadas, positivamente, por el conflicto entre los sexos desencadenado por las mujeres. Razón por la cual la viga en el ojo del otro no nos exime de mirar la paja en el nuestro. Y el orgullo por nuestras conquistas como mujeres occidentales no nos exime de reconocer las batallas de libertad de las mujeres no occidentales.

     

     

    Monopolios

     

    No existe el monopolio islámico de la violencia y de la inferiorizaación femenina. Y tampoco existe el monopolio occidental y democrático de la libertad femenina.

     

    Las agresiones sexuales de la noche de Colonia evocan en todas nosotras situaciones muy familiares. Las miradas excitadas y cómplices de los hombres que se encuentran solos en un bar de nuestros pueblos. Las manadas de jóvenes varones que molestan sexualmente a las estudiantes, y hasta en ocasiones las violan, en nuestras escuelas. El sentimiento de inseguridad y de vulnerabilidad que nos acompaña especialmente por la calle de noche, como si fuera una segunda piel. Los relatos de violaciones, violencias, feminicidios que llenan las páginas de las crónicas de nuestros periódicos. Los sobrentendidos masculinos sobre la disponibilidad sexual femenina que llenan el correo de nuestras revistas del corazón. Podríamos continuar pero no sirve: la violencia de los hombres hacia las mujeres es desgraciadamente uno de los pocos ejemplos de comportamiento universal que el mundo global aún conoce. Y no disminuye, más bien tiende a aumentar en los países en los que la emancipación femenina está más consolidada. La hybris masculina no se detiene ante los derechos constitucionalmente garantizados, ante la igualdad de género, ante la ciudadanía, ante la actividad laboral y el protagonismo político de las mujeres: al contrario, parece como si se alimentase de ello, quizá porque tiene miedo.

     

    Esto significa que no hay ningún parentesco automático, ninguna relación causa-efecto entre la civilización occidental y la libertad femenina. La civilización occidental y los estados modernos nacen, nos toca recordarlo con Freud y Hobbes, de un pacto entre hombres violentos que se emancipan de la autoridad paterna y se reparten la herencia excluyendo a las mujeres de la vida pública y sometiéndolas a la vida privada. A lo largo de la modernidad, la libertad no les ha sido regalada a las mujeres por la civilización occidental: son las mujeres las que la han conquistado con sus luchas incluso contra la civilización occidental. A las democracias contemporáneas les cuesta registrar esa conquista, traduciéndola y a menudo traicionándola con el lenguaje de la igualdad y de los derechos. Pero entre la libertad femenina y las normas occidentales permanece abierta una tensión: la libertad femenina se deja en manos de las propias mujeres, de sus luchas y de su autonomía. Mucho menos es posible identificar la libertad femenina con la libertad de mercado o con un no muy precisado “estilo de vida occidental”, como la ideología martillea desde las columnas de los principales periódicos italianos. Vestirse, o ir al cine y a la discoteca cómo y cuándo a una le da la gana son cosas placenteras e irrenunciables, pero pueden sobrentender condiciones de dependencia del mercado, del dinero, de los cánones impuestos, de la mirada ajena que tienen poco que ver con la libertad existencial y política que hemos ganado con el feminismo. Occidente no es el Edén de la libertad femenina y sólo asumiendo esta posición crítica respecto de “nuestra” civilización podemos asomarnos a otros mundos o al impacto de otros mundos sobre el nuestro.

     

     

    Diferencias

     

    Diciendo o escribiendo estas cosas algunas amigas nos reprocharán que usemos el patriarcado como categoría universal indiferenciada, a bulto, sin ver que el patriarcado se enlaza con diferentes sistemas de dominio, se cristaliza en diferentes grados de opresión a las mujeres y de prepotencia masculina, exige diferentes estrategias de lucha. No es así. Somos muy conscientes, tristemente conscientes, de que hoy la radicalización político-religiosa empeora la vida de las mujeres en los países islámicos, legitimando con bases ideológicas el dominio masculino. Somos conscientes de que la violencia sobre las mujeres se ha convertido, para ISIS y para Boko Haram, en un despiadado carrusel publicitario, de que sobre las mujeres de la plaza Tahir se descargó la frustración masculina de una revolución perdedora, de que, en países como el Afganistán de los talibanes, las mujeres se ven obligadas de nuevo a una segregación que parecía que hubiera sido superada. Y sabemos que somos inadecuadas frente a estos o a aquellos efectos de las guerras y del desorden mundial de hoy, porque las guerras impiden de raíz esa práctica de relación con la otra que en la política de las mujeres es irrenunciable y que la indignación y las declaraciones de solidaridad, aún cuando se vociferen, no pueden sustituirla.

     

    Por otra parte, sabemos perfectamente que la inmigración no resuelve sino que multiplica el problema de las relaciones entre los sexos. Se nos atribuye hoy la carga de la prueba de que para nosotras la defensa de la libertad femenina está antes que el buenismo de la política de la acogida. Les devolvemos esta petición a sus remitentes. No hemos sido nosotras las que hemos hablado, durante años, de inmigrantes o de refugiados de manera neutra, como si la condición de inmigrantes o de refugiados cancelase la diferencia sexual. No la cancela y no hacían falta los hechos de Colonia para darse cuenta de que la acogida y la así llamada integración no son dos platos de gusto. No hacían falta los hechos de Colonia para darse cuenta de que las normas y los hábitos de las comunidades extranjeras se dan de bofetadas casi siempre con los nuestros, que las dificultades de la integración a menudo empeoran cuando se agrava la segregación femenina en su interior, que las mujeres, tanto en la guerra como en la paz, son siempre lo que está en juego en el intercambio social que se vuelve arduo y a veces impracticable por las fricciones culturales.

     

    Tampoco hacían falta los hechos de Colonia para darse cuenta, qué caramba, de que una política de acogida que no tenga en cuenta la diferencia sexual es una mala política. Ahí donde se crean guetos de sólo varones, ya sean islámicos o no, el peligro de la manada está siempre al acecho. Ahí donde se organice y se tolere la trata de mujeres, la prostitución y su explotación están garantizadas. Y sin embargo, habrá que reflexionar sobre el hecho de que es de la parte masculina de los inmigrantes de donde emerge el problema de una amenaza violenta a la convivencia social. Son más hombres que mujeres los que reaccionan agresivamente al choque del impacto con los países de acogida. Y son más mujeres que hombres –téngase en cuenta las miles de cuidadoras que viven y trabajan en Italia, o las mujeres que trabajan en los centros de acogida o en la mediación cultural o en la enseñanza de las lenguas a los inmigrantes– las que se encargan  del cuidado de la vida o de las relaciones entre mundos diversos, continuando así la obra femenina de la civilización que la violencia machista esconde y deshace.

     

    Esta al menos es una buena noticia; y no es la única, si miramos lo que sucede cuando consideramos a las mujeres como sujetos activos, y no como objetos pasivos, del cambio que está en marcha.

     

     

    Coros

     

    Ha bastado la agresión de una noche en Colonia y en las demás ciudades implicadas para arrastrarnos fulminantemente a todas, occidentales y norteafricanas, a la casilla de las víctimas señaladas, inseguras y perdedoras del supuesto “choque de civilizaciones” en acto. Pero la victimización de las mujeres es una de las más frecuentes estrategias de domesticación: sirve para esconder y deprimir la subjetividad femenina y las prácticas sociales, políticas y artísticas en las que se expresa.

     

    En todas partes hoy en día, en un cuadro planetario atravesado por fallas, guerras y mutaciones inéditas, las mujeres luchan por su propia libertad, en todas partes se abren conflictos con el otro sexo, en todas partes aparecen esquemas impuestos, en todas partes desobedecen las órdenes normativas que pesan sobre su existencia, en todas partes tejen relaciones con mujeres de culturas y proveniencias diversas. Este “en todas partes” vale desde hace medio siglo hasta ahora mismo, lo recordamos a todos aquellos que en los medios de comunicación, cada vez que pueden, nos dan por muertas o por vencidas en las democracias occidentales.

     

    Pero sobre todo vale hoy para el mundo musulmán. Lo sabemos gracias a analistas competentes, a las que no se las escucha pero que, sin embargo, nos explican las diferencias, las articulaciones, las combinaciones entre leyes religiosas y leyes estatales internas en ese mundo, y las diferencias relativas a la condición, a la subjetividad y a la rebelión femenina. Lo sabemos gracias a las inmigrantes que encontramos en nuestra vida cotidiana, gracias a las historias que escuchamos en los centros contra la violencia a los que se dirigen las más desafortunadas para extraer la fuerza suficiente para rebelarse frente a un padre, un marido o un hermano, gracias a las que son testigos supervivientes de las guerras, gracias a las protagonistas de las revueltas. Lo sabemos gracias a los relatos de las escritoras, a las obras de las artistas, a las películas de las directoras, a los pensamientos de las filósofas, a las lecturas del Corán de las teólogas. Y también sabemos que el camino de la libertad de las mujeres musulmanas no pasa siempre ni necesariamente por su occidentalización, o sea por una emancipación laica, jurídicamente asistida por la sintaxis de los derechos y de la retórica de la igualdad, tan rebelde con la orden de velar el cuerpo femenino como obediente con la opuesta orden de descubrirlo.

     

    Por todo ello, nos disociamos netamente del coro que ha acompañado los hechos de Colonia en los medios de comunicación. La voz de las mujeres, cuando se escucha y no se acalla, cuenta una realidad mucho más articulada que la de una regresión generalizada al patriarcado tribal de los hombres morenos y barbudos que desde el Oriente Próximo alarga su sombra amenazadora sobre las mujeres europeas. Habría que darle la vuelta al diagnóstico. Hay una generalizada crisis del patriarcado porque, en todas partes, al Oeste y al Este, al Norte y al Sur, pierde crédito ante las mujeres. Que se queden tranquilos quienes fantasean al modo de Houellebeck, que la sumisión femenina ya no está garantizada ni bajo la insignia del islam ni bajo la cristiana u otras religiones. Y la libertad femenina no pasa sólo por la magnífica fortuna y progreso de la democracia laica.

     

    En el mundo global la ley del padre, que en la modernidad ha asegurado su soporte simbólico a las normas políticas y estatales, ya no pone orden. En este desorden se abren muchas brechas para actos de violencia masculina nostálgicos y reaccionarios, pero también se abren otras para construir prácticas de libertad femenina y redes de relaciones entre mujeres que traicionan su pertenencia a esta o aquella civilización y a los respectivos fetiches, e inventan formas inéditas de política basadas en el intercambio, el conflicto y la mediación entre experiencias, historias, raíces, horizontes de sentidos diferentes.

     

     

    Bocas veladas

     

    Escuchar al otro o a la otra su experiencia y su historia, sus exigencias y sus deseos, sus traumas y sus recursos, es una condición necesaria para volver a tejer la trama de la civilización en una dirección opuesta a la del choque de las civilizaciones. No ayuda sino que más bien obstaculiza en todo esto el ruido ensordecedor de la máquina mediática italiana, toda ella programada no para escuchar sino para vociferar.

     

    Ya nos hemos referido a la caza de brujas que se desencadenó inmediatamente después de los hechos de Colonia, brujas acusadas, sin ser interpeladas, de silencio culpable, de connivencia con hipocresía pro inmigrantes políticamente correcta, de usar dos países y dos medidas contra los hombres de  casa y contra los extranjeros. Pero no es un problema que nace en Colonia: ese esquema se repite, insoportablemente igual, ante cualquier acontecimiento que apele a la relación entre los sexos. El resorte es siempre el mismo, el intento de liquidar al feminismo y a las feministas decretando que han perdido y distorsionando o minusvalorando sus posiciones.

     

    La futilidad programática que caracteriza, no sólo ahora mismo, al periodismo italiano se vuelve, cuando está por en medio el feminismo, más imprecisa y más vulgar. Como si para hablar de mujeres todo estuviera permitido, como si la crónica no tuviera precedentes, como si la palabra femenina no contase para nada, como si las posiciones políticas y culturales feministas no tuvieran derecho a las distinciones, al análisis, a la discusión que está reservada para la charla masculina: y sobre todo como si no existieran autónomamente sino sólo como apéndices subalternos de la izquierda o de la derecha, o en todo caso de tomas de postura y conflictos diseñados en otro lugar.

     

    Un imaginario misógino, masculino y femenino, toma así el lugar del análisis de la realidad. Y la deslegitimación del feminismo se convierte en una jugada para nada secundaria de cualquier “guerra cultural”: acompañada, por supuesto, de la promesa de que ya pensarán a partir de ahora “nuestros” hombres en defendernos de aquello para lo que no estamos preparadas.

     

    Esta práctica corriente de los medios de comunicación más importantes no es menos violenta que las manos masculinas que se metieron bajo los vestidos de las mujeres la noche de Colonia. Y significa, vuelve a significar, que hoy cada vez que el cuerpo femenino es atacado el verdadero objetivo es la palabra femenina, esa es la verdadera amenaza, el blanco al que hay que abatir: aquí, en el Occidente de la libertad de expresión, no en el Oriente Próximo de las bocas veladas. Hemos escrito este texto para mostrar que esa palabra está viva y no se deja silenciar.

     

     

     

     

    Alessandra Bocchetti es una de las fundadoras del Centro Cultural Virginia Woolf de Roma y figura destacada del movimiento feminista italiano. Escritora, es autora de libros como Lo que quiere una mujer. Historia, política, teoría. Escritos, 1981-1995, publicado por Ediciones Cátedra. En FronteraD ha publicado En casa (monólogo). ¿Qué estamos dispuestas a hacer por nuestra libertad? En Twitter: @alviboc.

     

    Ida Dominijanni es periodista.

     

    Bianca Pomeranzi es experta en políticas de género y cooperación internacional.

     

    Bia Sarasini es periodista y ensayista.

     

     

     

     

    Este texto aparición originalmente el pasado 3 de febrero en la publicación italiana Internazionale.

     

     

     

     

    Traducción: Maite Larrauri.

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