Las montañas Simen, localizadas al noroeste de Etiopía y al norte de la ciudad de Gondar, forman parte del macizo de Abisinia, y en ellas se localiza el pico más alto del país, el Ras Dashen (4534 msnm)

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    Tal vez una noche en Addis Abeba

    Texto y fotos: Guillermo Rivas Pacheco - 29-01-2015

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    Sé que en el mes de julio de 2013 estaba pedaleando en un tour ciclista solidario por el noroeste de Etiopía. Releo la frase anterior. El enunciado parece un sueño, es decir, irreal, y por lo tanto no tiene sentido verbalizarlo, pues nunca será realidad. Pero sé también que tengo un diario de ese viaje que, sin embargo, lo veo ahora y no va más allá de una página. Reviso mis fotos, entonces. En ellas hay algo de acción (un incidente, mejor dicho), también hay armas y, sobre todo, costumbrismo. A su pesar, es el color quien las delata: un negativo desaturado con dominante magenta. Por tanto, pueden no son reales. He consultado esta aberración en la imagen con fotógrafos más sabios y existen varias posibilidades. Ninguna descarta, todavía, que mi paso por Etiopía sea un sueño.          

     

    Así que intentaré escribirlo como real. Y empieza así:

     

    Éramos una cana en una barba negra. Una sensación de timidez que nos acompañaría todo el viaje. Huidizos, poco a poco, dejábamos a nuestra vista saltar de rostro en rostro, pasajero a pasajero de nuestro avión, buscando algo con precaución. Los etíopes aparecían diferentes, una mezcolanza exótica en África: masa madre con perfiles mediterráneos, narices semíticas formando triángulos isósceles de piel oscura, del tono ennegrecido de la madera de sabina.  

     

    El aeropuerto Bole de Addis Abeba en torno a las 3 de la mañana es una fila india de blancos desorientados, sólo ojos para los guardias de seguridad sin uniforme que nos miraban con rutina: en parejas encapuchadas, trenzando sus manos a la manera de los árabes, como amigos.

     

    Boqueamos a 2.300 metros sobre el nivel del mar. Es un domingo, 4 de la mañana y el aire es cálido. Ignorando el reloj, hay miles de personas en la calle, al calor de la estación húmeda. Es una invasión que charla en cuclillas. Arrastran sus sombras, caminan: bebiendo, rumiando el qat. Los ojos amarillos de esta droga local iluminan la noche.

     

    Addis Abeba, la capital, parece una siniestra jenga, como la torre. Donde cada nueva pieza pone en el alambre a hombres, animales y a la propia ciudad, en un juego de construcción y destrucción infernal. Addis crece de forma injusta y asimétrica, incapaz ya de contar sus vecinos desde que en 2008 se reconocieron 3 millones y poco. Pero hay más, tiene que haber más. Por las noches, siluetas negras sin brillos se pierden en las calles embarradas, donde se arrejuntan las casas de chapa y los andamios de caña. Son descastados de los campos que se mezclan en esta ciudad sin alma con los burros, los carros y el tráfico de furgonetas y motos. Desconocido en el resto del país, el vehículo privado es reciente en Addis.

     

    Nuestro primer taxista nos enseña ufano su móvil. Es mejor que el mío. Su primo, el que emigró a Abu Dhabi, se lo ha traído. También tiene dos trabajos: mañana y tarde.

     

    En el recuento del caos hay calles que recuerdan el proscenio de una guerra: cascotes, piedras, sacos de arena... Y como altar, la avenida Bole, que conduce del aeropuerto al centro (un centro, imaginado, pragmático y nominativo). Un proyecto colosal que cumplió a tiempo con la historia y su propaganda, de tal manera que la arteria se finalizó la noche previa a su inauguración, el 23 de abril de 2013, conmemorando el 50 aniversario de la Organización para la Unidad Africana (OUA), hoy llamada Unión Africana. Bajo la silueta de los nuevos centros comerciales prosperan las chabolas, las vacas y los perros. Y el barro, el barro eterno que cubre las calles, el lodo negro de la vida que se impregna en las esquinas. El dios de los etíopes se sigue peleando aun cada sexto día con la materia de su creación.

     

    A partir de esa noche completo de memoria lo que me queda de Addis Abeba.

    A media tarde, en una esquina que forman el Merkato y la calle Uganda, se me cruza un chaval y me retiene. Tiene la cara llena de manchas y un inglés correcto. Por la hora y sus pupilas, concluyo que el qat u otra droga lleva rato haciendo su efecto. “¿Vienes con una ONG? Dame dinero. Vosotros venís en avión y os iréis en avión. Sólo estás rellenando tu cupo de caridad con nosotros, vuestra ayuda no crea riqueza”. Con disimulo, impongo un metro de separación entre él y yo. Entonces me enseña de refilón un cenicero agrietado, como un sílex moderno. “Mira, yo puedo pedirte dinero hablando o así”, e inclina el arma para que vea la punta. Echo a correr.

     

    Después no volví a escribir nada más, sólo tomé fotos. 

     

     

     

     

     

    Guillermo Rivas Pacheco es periodista. En FronteraD ha publicado: ¡Aúpa, Delibes! En Twitter: @grivaspacheco

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