Tambien los niños leen historietas

José María Conget - 28-01-2010

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En nuesta sociedad, la historieta se ha asociado durante cerca de un siglo con un público exclusivamente infantil o de escaso nivel intelectual y se ha tardado mucho en asumir que el cómic puede ser arte y un vehículo de historias originales, ideas y mirada crítica, igual que la novela o el cine.

Sin embargo, es paradójico que el mercado ha ido abandonando a los lectores más jóvenes y reduciendo su oferta a mínimos -aparte de las eternas reediciones del viejo material Bruguera, sobre todo de los personajes de Ibáñez y, en menor medida, los Zipi y Zape de Escobar-, como si se avergonzaran de su antiguo exclusivismo o, lo más probable, en respuesta a una supuesta falta de demanda por parte de unos chavales que prefieren entretenerse con los videojuegos, la tele o, desde muy temprano, el ordenador.

La famosa fotografía anónima del niño que, sentado en la acera, lee tebeos en las Ramblas de Barcelona allá por los años cuarenta del siglo pasado, sería hoy inimaginable. Es verdad también que, acostumbrado a cierta sofisticación tecnológica, un chico de nuestros días despreciaría por toscos, ingenuos y ridículos los cuadernillos que constituyeron una parte de la educación sentimental de sus mayores. Ni el más nostálgico de los señores maduros podría convencer al menos espabilado de nuestros pre-adolescentes de que Roberto Alcázar, digamos, posee un atractivo mínimo más allá de los dudosos elementos camp que sólo a cierta edad se pueden percibir. Porque en nuestro pasado de lectores incipientes (y con ese plural me refiero a todos los que fuimos niños durante el franquismo) se produjo otra paradoja: nosotros leíamos unas novelas –Karl May, Salgari, Edgar Rice Burroughs, Verne— que, si en general no exigían gran preparación literaria, se escribieron pensando desde luego en receptores adultos. Sin embargo, en el terreno de las historietas nos conformábamos y disfrutábamos con productos, salvo excepciones, estéticamente nulos, por emplear un adjetivo generoso, y de una puerilidad argumental que debería habernos hecho reír a los que admirábamos a Miguel Strogoff o las hazañas del noble Winnetou.

Ahora, sin embargo, los menores leen libros expresamente (pre)fabricados para ellos, una literatura que desde la portada clasifica a sus destinatarios -“para niños de 6 a 9 años”, “a partir de 12 años”, etc.-. Pero los editores de tebeos no se arriesgan a tantear los gustos de unas generaciones de infantes mucho más resabiados en la cultura de la imagen. Tampoco, los llamémosles críticos de cómics nacionales, prestamos demasiada atención a las viñetas que se ofertan a los menores. Aunque todos en nuestros altares secretos encendemos velas al recuerdo de Cuto, Apache o el Doctor Niebla del recientemente fallecido Francisco Hidalgo, nos sentimos tan deslumbrados por Chris Ware o David B. y tan comprometidos a difundir las que consideramos obras maestras de un arte habitualmente menospreciado, que olvidamos que a veces los niños de hoy también leen historietas de nuevo cuño y que éstas pueden ser excelentes.

Quiero dedicar unas palabras a dos experimentos en este campo que me parecen singulares. El primero está publicado por la editorial Puerto Norte Sur. Es una novela de casi 350 páginas y título indeciso: Kasandra en el lomo, Kasandra y la rebelión en la portada, y Kasandra y la rebelión de los niños en el interior y en la ficha de la Biblioteca Nacional. Su creador es Fernando Dagnino, un joven ilustrador y autor de cómics dentro de nuestra depauperada industria y, de forma destacada, para el mercado franco-belga y para la norteamericana DC de superheroica fama. La historia de Kasandra, que está bien contada, recuerda al Michael Ende de Momo, al inevitable Harry Potter, vagamente a Tolkien e incluso al Mago de Oz y Enid Blyton: magia, fantasía desbordada y niños aventureros que deben salvar al mundo y a sus familias (no sé en qué orden). En fin, un relato convencional dentro de un sub-género que no ha encontrado tantos cultivadores en España, y no tan buenos como Dagnino, pero un poco manido al fin y al cabo.

La que ya no es tan manida, ni mucho menos convencional, es su estructura formal. Tenía que haber comenzado recordando qué extraordinario dibujante es Dagnino. Quién mejor que él mismo para ilustrar el texto y que sus personajes tengan el rostro que él les había imaginado y los monstruos y aparatos mecánicos adquieran sus exactas proporciones. Sólo que estos dibujos, que salpican como una explosión las lentas parrafadas, de repente se transforman en viñetas y la narración pierde su mero carácter textual para convertirse en un cómic que dejará paso de nuevo a la estricta prosa sin que estos cambios respondan a ninguna mecánica rígida: la propia dinámica del relato los estimula.

Un lector no joven habrá evocado aquella popular colección Historias con la que la editorial Bruguera eliminó de la competencia a la rival colección Cadete de la editorial Mateu. Ésta se había creado una buena clientela publicando versiones adaptadas de los clásicos juveniles -Verne y Dumas, Corazón y Sin familia, las obras más fáciles de Dickens y Mark Twain, etc.-. Así, Historias ofreció los mismos títulos con el añadido de que cada tres páginas de árido texto una cuarta sintetizaba las anteriores en formato de cómic, de manera que un lector perezoso podía saltarse lo más farragoso de Los tres mosqueteros e ir directamente a las viñetas donde, además, D’Artagnan tenía el mismo rostro que el capitán Trueno.

Pero no es esto lo que Kasandra nos presenta: las irrupciones del cómic no resumen el discurso sino que lo continúan, sustituyéndolo cuando al autor le parece más conveniente para sus intereses narrativos, al igual que las ilustraciones le ahorran la descripción tradicional de personajes y objetos. Me pregunto cómo reaccionarán los jóvenes lectores ante este método híbrido. Me atrevería a adelantar que lo aceptarán con perfecta naturalidad. Queda por ver si en otras manos y en otro género la combinación que Dagnino maneja con tanta destreza resultaría igualmente efectiva.

No sé si el autor y el editor (Edicions del Ponent) de la segunda obra que quiero recomendar pensaron dirigir su publicación a los niños. Es cierto que Julia y la voz de las ballenas de Álvaro Ortiz trata de piratas, tesoros escondidos, castillos con secretos, un hombre enamorado de una sirena, y también de la familia, los amigos y las lealtades. Ortiz tenía sólo 21 años cuando dio a luz el álbum Julia y el verano muerto (2004) que se podía leer como una melancólica despedida de la infancia. Cinco años más tarde retoma los mismos personajes, y se acoge al recuerdo de Andersen, Melville, Stevenson y Lewis Carroll, y mucho más atrás, a la sombra amistosa de Tintín. Con un dibujo de trazo tan sencillo como sugerente, nos habla del placer de contar cuentos y de escucharlos. Todo es aparentemente infantil menos, en realidad, la evocación de la infancia que un niño no puede evocar porque vive en ella. Y aquí nos encontramos con la tercera paradoja de este artículo. Cuando Baudelaire afirma -y tantos artistas, no sólo poetas, lo han secundado posteriormente- je suis du pays de mon enfance, está trazando los límites de un exilio.

Si nuestra patria verdadera quedó allá lejos, en nuestros primeros años, todo lo que evocamos de esa región privilegiada (e irrecuperable) no nacerá de la experiencia directa de aquel paisaje perdido sino de su nostalgia, con todas las amables falsificaciones a las que la nostalgia es proclive. Garfio, Campanilla y Peter Pan habitan verdaderamente en la tierra de Nunca Jamás que nosotros abandonamos -y ay del que no supo salir de ella- y así podemos apreciar su aproximada evocación en las obras de arte y de la literatura o en tebeos como el que da pie a mis palabras.

He dejado para el final el aspecto más atractivo de esta segunda Julia: el color. En su anterior álbum, Ortiz se limitó a jugar con los bitonos. Aquí la riqueza de colores, nunca estridentes, y el uso de la oscuridad (porque la niñez tiene sus lados oscuros y no pocos) constituyen un gozo para la vista. ¿Es una historieta para niños? Sí, es una historieta para niños que, sospecho, será más apreciada por sus padres.

 


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