Ensayando Yerma en la escuela Corazza/Jorge Alvariño.

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    Tienes madera de artista

    Patricia Gardeu - 06-01-2011

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    No estoy viendo su cara. La conversación transcurre por teléfono. Pero sé que sus ojos están chispeando como cuando uno está a punto de echarse a llorar, pero de felicidad, que es el mejor llanto. Sé también que su voz, que parece tan frágil, es capaz de abarcar todo un patio de butacas. Sé que está sonriendo. Sé todo eso porque lo he visto en otros, porque es lo que distingue a los buenos actores de los mediocres y, por supuesto, de los malos. La pasión y la entrega con las que afrontan un personaje. Las que afloran de sus ganas de aprender.

           Jorge Plaza estudia tercero de interpretación en el Estudio Corazza, una de las escuelas de formación de actores más prestigiosas de España y cantera de actores tan internacionales como Javier Bardem. Si le pregunto por la escuela, contesta: “Ha cambiado mi vida de arriba abajo. Estoy como del revés”.

           “Espera... Aún no. Vuelve a entrar. ¿Qué te pasa cuando miras? No, no hables... Contente.  ¿De dónde vienes? ¿Cuáles son tus circunstancias? No, no te tenses. Fuera bloqueos. Relaja. Equivócate. Vuelve a empezar...” Estas expresiones son habituales en las clases de interpretación. Son recuerdos compartidos. Latiguillos que se repiten en la cabeza de los que pasaron por aquellas aulas. De antiguas promesas que hoy son figuras reconocidas en el mundo del espectáculo. De jóvenes utópicos que todavía siguen levantando el mundo con sus alas. Actuar es como una fuente de vida, en la que el agua que corre alimenta sus ilusiones. La seguridad de saber que han nacido para ello en constante enfrentamiento con el miedo a dejar su futuro en manos de la suerte. Más que nervios, inquietud. La fuerza que arrastran las profesiones que, más que un trabajo, se convierten en una forma de vida. Pero nada es comparable al temblor que experimentan encima del escenario. Con los ojos muy abiertos. Perdidos en el caos, en el intento de canalizar sus energías.

           Cristina Rota, directora de la escuela que lleva su nombre, sabe mucho de esta pasión: “Estaba tan convencida de haber nacido para esto —dice al recordar su primera prueba, con 14 años, para Electra—. Me cogieron por impune, por puro arrojo”. Rota asegura que para convertirse en actor o actriz, lo primero es tener vivo un sentimiento de “esto es lo mío”, y que eso “genera compromiso”. Pero añade que para desarrollarlo es esencial el contacto con el público. Por eso en su escuela actúan desde primero gracias a su espacio de muestras, la Sala Mirador. “No actuar anula tu criterio de realidad”, explica Rota y añade: “Se supervisa el trabajo del alumno, pero también se le da mucha libertad”. La salud de una escuela depende de no generar dependencia, se les debe preparar para un sistema “cada vez más perverso y competitivo”.

           Un sistema que nace de un deseo. Un deseo que se materializa en un impulso. Un impulso que te lleva a una necesidad, la de la formación. La mayoría siente la pasión de actuar desde muy niño. A otros, la vocación les llega tardía pero con la misma fuerza arrasadora. Una vez decididos a convertirse, cueste lo que cueste, en actores y actrices toca dar el segundo paso: ingresar en una escuela.

           Algunas pruebas de ingreso consisten en un examen y un casting, otras en un curso de entrenamiento. Jorge Plaza recuerda las suyas con un nerviosismo que fue desapareciendo con el trabajo: “Pasé de ‘¡Uy, qué miedo!’ a sentir que no tenía presiones, que podía ser libre... Todo me sorprendía”. El mismo nerviosismo que señalan sus colegas. Ya llevan meses de trabajo pero el frío invierno no les hace olvidar las duras pruebas de una jornada calurosa de septiembre en Madrid.

           Aquella tarde, Lorena —quien se impacienta mientras habla— esperaba su turno para realizar los exámenes de ingreso en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (Resad), junto a más de 300 aspirantes. Rezaban porque en esta prueba teórica sobre la Historia del teatro les cayese una pregunta que se supieran. Tuvieron suerte, fue La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, un clásico. El mismo autor que preguntaron hace ya varios años en la Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla (Esad). Son momentos que no se olvidan.

           Una vez pasado el atracón de fechas y nombres, sigue la fase práctica: un monólogo, una canción y lo que a un tribunal se le antoje. “Lo que sea: imitar a una urraca, eructar, hacerte la borracha...”, comenta Lorena, que es de Madrid. Con 26 años, y tras cuatro intentos, lo tiene claro: “Si esta vez no entro, renuncio”. Piensa que los profesores buscan un perfil preconcebido. Algo que el director de la Resad, Ángel Martínez Roger, niega: “Lo que pasa es que no todo el mundo está capacitado. Aunque en esta profesión cuenta mucho la voluntad”.   

           Esa voluntad, esa impaciencia, ese empeño fueron los que lograron que un chico, del que la directora Cristina Rota no quiere dar el nombre, quedase grabado en su mente, como fijos quedaron los miles de mensajes que le dejó en el contestador de su casa después de no haber superado las pruebas de ingreso en su escuela. O era un loco o su vocación le carcomía. Y fue lo segundo. Fue tal su empeño, que lo citó un domingo en una cafetería. “Me decía: ‘Tiene que ser…Y mañana me vuelvo a mi pueblo, pero tiene que ser…’. Y lo cogí. Y vamos sí valía. Ahora está trabajando”, explica Rota.

           Aunque con el empeño no basta. Juan Antonio Vizcaíno, profesor de Dramaturgia de la Resad, añade “inteligencia, personalidad e individualidad” a las capacidades que deben poseer los aspirantes. Y agrega: “Debemos proteger a los buenos alumnos; tuvimos el caso de uno que decía que se presentaba porque le habían dicho que siendo actor se ligaba mucho”.

     

     

           Manuel Morón, actor y profesor del Estudio Corazza matiza: “No es una banalidad. Nuestro trabajo no es aprenderse un texto y dar la cara y llorar tres veces o cabrearse…. Este oficio requiere seriedad y responsabilidad. Y, a veces, el tesón, el compromiso, la actitud para investigar… suplen parte del talento”. A lo que su compañera en la escuela, la actriz Rosa Morales, añade: “También es necesario poseer cierto olfato dramático”. Aunque no todo es moldeable. “De donde no hay, no se puede sacar. Ni instinto ni raza se pueden aprender”, apunta la actriz Luisa Martín, inmersa ahora en la serie Gran reserva.

           Otras aptitudes, las que sí se pueden enseñar, son las que los profesores pretenden potenciar a lo largo de los años de estudio. Cuando lo consiguen observan como estos evolucionan no solo a nivel interpretativo, sino emocional. “Lo que ocurre —explica Morales— es que se entusiasman con su propio proceso, con su propia capacidad para emocionarse, con el placer de crecer”. “Por eso importante —indica Rota— el bagaje de vida que cada uno trae. Después hace falta sacarlo, pero es que esto es más que una profesión. Es una pasión, y la pasión indica un grado de madurez. Para apasionarse hay que sentir”.

           Sin embargo, algo que desde las diferentes escuelas insisten en señalar es que, a pesar de que se parta de la experiencia individual, el trabajo del actor es siempre grupal. “Es algo de lo que un actor nunca puede olvidarse: su trabajo, como la vida, es grupal, es colectivo”, destaca Rota. “Se potencia en el alumno su capacidad de autonomía para desarrollar una tarea y para relacionarse, pero la escuela debe disolver todo narcisismo. Se trabaja con técnicas grupales, es lo que se conoce como el encuadre.”

           Este es el motivo por el cual, ya desde las pruebas de admisión, muchas escuelas optan, en lugar de por el examen, por talleres y seminarios en los que el aspirante vea cómo se trabaja en la escuela, y los profesores observen qué aptitudes trae el alumno. Es lo que se conoce como un espacio para investigar.

           El actor Jan Cornet, que ha rodado recientemente a las órdenes de Pedro Almodóvar, recuerda “como un juego” sus pruebas en el Estudio Corazza. Ana Gracia, su compañera de reparto en la serie Motivos personales, y profesora del centro, le instó a presentarse. Fue un antes y un después: “El estudio es mi punto de referencia básico, me mantiene con los pies pegados al suelo; por eso seguí en contacto con ellos tras terminar mis cuatro años de formación. Me enseñaron a enfrentarme a mis miedos, a saber qué tipo de actor quería ser, a investigar”.

           Xenia, también antigua alumna del estudio, recalca lo mismo: “Me abrieron la mente, me enseñaron que hay muchas formas de hacer teatro. No importa tanto qué escuela eliges, sino qué escuela te sirve a ti”.

           Tanto en las escuelas privadas como en las públicas, uno de los aspectos que más valoran los alumnos es la necesidad de sentirse arropados. Jose Rua terminó sus estudios en la Esad de Sevilla hace tres años y recuerda que durante aquella etapa se sintió muy protegido: “Me sentí motivado, observado, aconsejado por la mayoría de los profesores… A veces incluso demasiado, y creo que eso tampoco es bueno. Porque después sales al mundo real y no tienes ni idea de qué hacer”. Después de su paso por la formación pública que, a veces le resultaba demasiado estricta y academicista, pero que ahora cree necesarias para aportar al alumno una disciplina y una actitud constantes, dio el salto a Madrid y a las escuelas privadas. Su experiencia no fue tan buena y sintió cierta orfandad cuando, una vez terminados sus estudios, nadie se preocupó por saber cuáles eran sus proyectos. Es, de nuevo, el choque con la realidad.  

           Los profesores, por su parte, también destacan que la relación con sus estudiantes va más allá de un mero trámite. Ser sus profesores implica darles un apoyo, al menos, mientras dure la formación. “Tenemos mucho contacto con cada alumno; atendemos a la persona: es escuchada, percibida, mirada… Y, al mismo tiempo, se le deja espacio para expresar qué tiene dentro”, indica Morales. “Además —añade el actor Manuel Morón—, le insistimos mucho en que se apasione: con lo que lee, con lo que ve por la calle…”  “Eso logra —agrega Morales— que se apasione con su propio proceso de aprendizaje, que añada compromiso y dedicación, que disfrute de su vocación y mire su trabajo con seriedad y responsabilidad.”

           No todos llegan a cuarto. No todos terminan. Algunos desisten. Otros descubren que esa pasión no era tan grande. Y hay a quienes, simplemente, se les cruza la vida. Pero también los hay que salen de allí y forman su propia compañía. O encuentran trabajo. Crean espectáculos. Y ratifican que habían nacido para eso. El actor Juanjo Artero aterrizó en la Escuela Cristina Rota con 22 años. Traía consigo haber sido uno de los niños de Verano azul. “Son tantos años haciendo casting —explica Artero— que confundo los recuerdos de las pruebas. Aunque en [la escuela] de Cristina Rota no recuerdo haberlas hecho”.

           El que sí se acuerda de sus pruebas, y eso que corría el año 1967, es el actor José María Pou. Esa “etapa maravillosa, en plena ebullición, en el edificio del Teatro Real” donde montaban “espectáculos transgresores” condicionó su carrera. Pou asegura que su paso por la Resad cambió su futuro. A Madrid le trajo el servicio militar. Ingresó en la escuela dispuesto a mejorar la técnica vocal de un veinteañero decidido a ser locutor de radio. Sus profesores le descubrieron su vocación escondida: la interpretación. El día después de terminar la carrera, José Luis Alonso le contrató para Romance de lobos en el Teatro María Guerrero. Desde entonces hasta hoy, recién nombrado director del Teatro La Latina.

           Muy en contacto con los jóvenes actores, admira la capacidad y formación con la que llegan, “tienen mucha preparación y ganas de comerse el mundo”, pero echa de menos un mayor bagaje cultural: “No concibo cómo pueden saber tan poco sobre actores, autores y el oficio que quieren desempeñar”.

     

     

           Y es que, como resume Luisa Martín: “Durante muchos años, la formación consistió en ver a los grandes”. La actriz recuerda unas pruebas duras en la Resad debido a que aquel año, 1977, “se despertaron muchas vocaciones”. Un monólogo de El oso de Anton Chéjov, una fábula de La tortuga y la liebre, un fragmento de La casa de Bernarda Alba y escribir una autobiografía fueron sus pruebas. Asegura que ahora sabe que un actor lo es hasta cuando sueña, pero que entonces, carente todavía de formación, su única baza fue su confianza. No sabía de dónde le venía la vocación, pero desde muy niña siempre se había sentido actriz. Al fin y al cabo, su padre ya se lo había vaticinado dejándolo anotado en el reverso de una foto de la época: “No sé si será bueno o malo para ti, pero tienes madera de actriz”.

     

    La importancia del reciclaje

    No basta el talento. Tampoco la pasión. Ni es sólo cuestión de suerte. Interpretar es un oficio que exige constancia. Es la palabra que coinciden en señalar todos los actores que llevan un buen y largo camino andado.

           “Los actores no pueden dormirse en los laureles. La sociedad pide respuestas. Por mucho éxito que tengan, deben ser conscientes de que la formación es esencial”, explica el director teatral José Carlos Plaza. La actriz Silvia Espigado, que está de gira estos días con La fiesta de los jueces de Ernesto Caballero, lo sabe. De hecho, su papel en esta obra le surgió a raíz de cursar un seminario con el director: “Al conocerme, sabe cómo trabajo, no te la juegas a una prueba”. Ella, que provenía de la danza, inició sus estudios en el campo de la interpretación en el Laboratorio de William Layton. Desde entonces no ha dejado de formarse. Se le escapa, sin embargo, una sonrisa al evocar esos primeros momentos: “Yo tuve la suerte de que me diera clase Layton. Él entraba en clase y nos echábamos a temblar de la emoción. Él te miraba y te daba indicaciones. Y ya solo haber vivido la experiencia de verlo dando pautas…”. Desde entonces han pasado muchos años. Los mismos que le han demostrado que “la disciplina  y el compromiso” son las armas fundamentales que debe manejar un actor. Por eso, aunque cree que la mejor escuela te la dan los escenarios, considera que este oficio es una carrera de fondo.

           Además, al seguir en contacto con la formación, el profesional puede tener a alguien que le guíe. “Los actores siempre necesitamos una dirección porque uno no se ve a sí mismo”, añade la directora Cristina Rota. Es el papel del coach, el entrenador personal del actor. La necesidad de una búsqueda constante. Desengrasar la máquina. José María Pou localiza el ejemplo en los actores norteamericanos e ingleses: “Ellos tienen muy claro que reciclarse es imprescindible y por eso están siempre amigados con su coach. Ellos nunca esperan que les llegue un trabajo sentados en su sofá. No hay nada peor que cruzarse de brazos”.

           La actriz Ana Gracia lleva 32 años actuando y formándose. Para ella, que es profesora del Estudio Corazza, seguir al mismo tiempo ejerciendo de alumna es algo clave: “Es mi modo de abrir posibilidades, de ampliar el abanico artístico y buscar un criterio”. Ella, que ingresó en la Resad con 17 años, está convencida de que a medida que pasan los años, uno se enfrenta a dificultades nuevas y a cambios. Por eso no concibe que un actor no tenga curiosidad por su trabajo y por otras artes. Y asegura: “Yo quiero seguir investigando, probar... Si no, uno se queda estancado”. Aprender siempre. De todo, de todos. Curiosidad insaciable. La del actor.

           La actriz María Botto estudió también en la Escuela Cristina Rota. Con una peculiaridad, es la hija de la directora. Eso, como recuerda en el vídeo promocional que la escuela tiene colgado en su página web, no le facilitó el trabajo: “No hice cuatro años, hice ocho o nueve… Repetí primero, repetí tercero, repetí cuarto…”. Suficiente tiempo para entender lo básico. “Pero lo que siempre recuerdo —continúa la actriz— es que nunca se termina de aprender, que aunque termines los cuatro años tienes que seguir estudiando, entrenándote y aprendiendo”. Actor, actriz. El oficio de aprender. Como en tantos otros oficios.

     


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