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    Todos somos el Sultán. El único festival de cine social que se celebra en Marruecos. Una radiografía

    Texto y fotos: Adaia Teruel - 14-04-2016

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    El barrio de Aouama se edificó en un terreno situado por debajo del nivel del mar. Por eso antes, cuando llovía –y en Tánger llueve mucho– se producían grandes inundaciones. De ahí el nombre, que en árabe significa zona de agua. “Mira: este es el nuevo teatro municipal. Todavía no está terminado –iba contándome Hanane–. Aquí han construido la segunda comisaría más grande de la ciudad”. Hanane tiene treinta y cuatro años, una energía sin fin y muchos sueños. Vive sola y no tiene televisión. Durante los próximos tres días se olvidará del mundo para asegurarse de que todo salga como es debido. No le queda otra. La persona encargada de hacerlo abandonó el proyecto hace poco más de un mes. Mientras ella seguía explicándome cosas yo observaba las calles limpias y las fachadas de los edificios sin manchas de humedad. Ni rastro de agujeros en las aceras. Lo que sí había eran farolas, papeleras y semáforos.

     

    Todo en Aouama es nuevo. Pero no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en que no era más que un descampado con algunas casas sueltas aquí y allá. Han bastado diez años para transformarlo en un barrio periférico más. La última década han proliferado como setas. Donde antes el paisaje era marrón y verde, ahora es blanco y gris. Donde escuchabas el mugir de las vacas y el rebuzno de los burros ahora solo se oye el ruido de los coches y las bocinas de los motocarros. En esta ciudad del norte de Marruecos viven actualmente casi dos millones de personas. En algún lugar tenían que estar.

     

    Aparcamos el coche en una gran plaza donde se alza imponente una mezquita. Frente a ella, la casa municipal, un proyecto piloto, inaugurado hace menos de un año y donde se imparten los talleres que organiza el Festival TanjaZoom.

     

    9:52 am. Llegamos puntuales pero no las primeras. En la puerta, un grupo de chavales conversa animado. Este es el único festival con temática social y para jóvenes que se celebra en Marruecos. Hanane se pierde entre la multitud. Todos la reclaman. Todos le preguntan. Es lo que tiene ser parte de la organización. Abandonada a mi suerte, me siento en las escaleras y espero mi turno para entrar. A mi lado, un chico moreno, corpulento y de rasgos indígenas me pide fuego. “¿Sabes qué? No sabía que Salam Aleykum era árabe. Pensaba que era el idioma de los paquistaníes porque en los badulaques de mi barrio, que son todos pakis, siempre lo escucho. ¿Tú sabes qué significa?”. Se llama Kevin y es de Ecuador.

     

    —Llevo cinco años viviendo en Barcelona, tres de gamberro y dos portándome bien. Hemos venido porque hemos hecho un cortometraje pero no nos han dado permiso para proyectarlo.

    —¿Por?

    —Hay una escena donde dos jóvenes se besan y parece que no les ha gustado.

    —¿De qué trata?

    —Del embarazo juvenil.

    —Que interesante…

    —Sobre todo porque yo tengo dos hijos.

    —¿Cuántos años tienes?

    —Veintiuno. A los quince tuve a mi varoncito. Hace tres semanas que murió. Sufría de asma. También tengo una nena de dos añitos pero vive con su madre en Perú.

     

    El padre de Kevin falleció cuando él era un niño. Su madre emigró a España y lo dejó al cuidado de una tía. Kevin contaba cinco años. Con siete abandonó el colegio. “No tenía a nadie que me ayudara con las tareas y con el dinero que mandaba mi madre no nos llegaba. Dejé la escuela y me puse a trabajar. A los catorce me fui a la ciudad. 'Si te vas, no pisarás otra vez esta casa', me amenazó mi tía, y yo le contesté: 'Ok. Me voy y no regreso'. En esa época era muy malote. Bebía alcohol, fumaba, tomaba de todo. Siempre estaba metiéndome en líos. Empecé a trapichear. Con quince años ganaba cuatrocientos dólares a la semana. Mi madre, preocupada, me vino a buscar a Ecuador para llevarme con ella a España”.

     

    (Nos interrumpe una chica. Se llama Consuelo y con catorce años recién cumplidos es la más pequeña del grupo. Consuelo le pide prestados los auriculares a Kevin. Le pregunto qué va a escuchar. “Reggaeteon”, contesta, y acto seguido, enchufa el móvil, se coloca los cascos y se va como ha venido).

     

    —Los dos primeros años en Barcelona me junté con malas compañías. Mi padrastro no me gustaba. Mi madre siempre lloraba. Un día llegué a casa y estaba pegándola. Yo venía del trabajo, había empezado en una carnicería y llevaba mi mochila con todos los cuchillos. Mi reacción fue sacar uno y ponérselo en el cuello. Mi madre gritaba, me pedía que lo soltara. Y en ese momento lo tumbé. Vino la ambulancia, la policía… Ese día marcó un antes y un después. Ahora, gracias a los servicios sociales y a Cáritas tenemos nuestro propio piso y las cosas nos van mejor. Ya no ando todo el día en la calle. Voy mucho con los chicos de El parlante.

    —¿El parlante?

    —Es una asociación del barrio donde vivo. He conocido a otros chavales de mi edad, he aprendido cosas… Este es el tercer país que visito con ellos. Estuve en Andorra y también… ¿Cómo se llama? ¡Joder! No me acuerdo. El país donde hacen los coches…

    —¿Alemania?

    —Sí, eso. Alemania.

     

    (El ruido nos impide continuar hablando. Un grupo de chicos acaba de ocupar la plaza con sus tambores. Los demás dan palmas a su alrededor. El ambiente es alegre y relajado. Cuando miras desde lejos, desde el plano general, te das cuenta de que las personas nos parecemos mucho. Nos detiene la voz del almuédano llamando a la oración. El festival se da por inaugurado).

     

    En un rincón, de pie frente a la entrada, veo a Claire. Esta francesa, por la que corre sangre española, es una de las impulsoras del festival. Bajita. Delgada. Guapetona. Claire ronda los cuarenta y los chicos la adoran. Hace muchos años que vive en Marruecos, habla árabe a la perfección y trabaja para la asociación catalana Casal dels Infants.

     

    —Todo comenzó porque El Casal quería trabajar en Marruecos. Querían desarrollar actividades de sensibilización para jóvenes sobre temas migratorios y mientras pensábamos qué hacer vimos que el tema audiovisual es una herramienta fabulosa para atraerlos. Pensamos en organizar unos talleres para los chicos en esa línea y funcionó bien. Fue cuando, buscando personas para el equipo, encontré a Hanane. Estaba supermotivada, era en plan: “Es el trabajo de mis sueños”. Me gustó enseguida. La quería en este proyecto. Luego, contactamos con la gente de No solo cortos. Nuestra idea no era montar un festival, sino intercambiar experiencias, pero cuando vimos lo que hacían dijimos: ¡Nosotros también queremos uno!

    —Rebobina, que me pierdo.

    —Desde El Casal colaboramos con asociaciones locales del barrio de Berchifa, una zona muy popular, con mucha gente que ha venido del campo, un alto índice de analfabetismo y desempleo. Las asociaciones con las que trabajamos son ocho. Las hay que trabajan con mujeres, menores, inmigrantes, el medio ambiente… Nosotros formamos a la gente de las asociaciones pero son ellos los que trabajan en los talleres con los chavales. El objetivo no es tanto convertirlos en cineastas sino utilizar este medio para dar visibilidad a lo que sucede en el barrio. No hay que olvidar que nosotros somos educadores, hay muchos chavales en riesgo de exclusión social y el festival es una oportunidad fantástica para crear redes.

     

    (Me despido de Claire, entro en el edificio y subo las escaleras al primer piso. Aquí se imparten los talleres, que son todos gratuitos. Uno, de composición musical; otro, de súper ocho y el que yo voy a dar, sobre documental. Reconozco que estoy algo nerviosa, espero que no se den cuenta de que soy un fraude).

     

    10:15 am. En el interior del aula solo hay una mesa, una pizarra y unas cuantas sillas. En la pared, una vitrina con algunos libros: un ejemplar de Victor Hugo, otro de Baudelaire, dos obras de Agatha Christie y unos cuantos más de Amín Maalouf. Poco a poco, la sala se va llenando. Cuento catorce personas. Once chicos y tres chicas. Todas vestidas con camisetas de manga larga, falda hasta los tobillos y pañuelos en la cabeza. Los miro. Me miran. Silencio. Tú empieza, me digo. No. Imposible. No puedo. ¿Dónde está mi intérprete? “No te preocupes, yo encuentro a alguien”, me dice Sofía, una de las educadoras, que inmediatamente desaparece para volver un rato después con Aya, una chica de origen marroquí, que desde hace tiempo reside con su familia en Barcelona. Tiene catorce años y muchas ganas.

     

    12:35 pm. Terminada la clase, me dirijo al comedor. De camino, me cruzo con una chica. Su cara me suena. Aparece en uno de los cortos que compite en la sección de documental. Un vídeo sencillo, compuesto a base de entrevistas con distintas víctimas de la violencia de género. Me presento y le pregunto si puedo hablar con ella. Me dice que sí. Se llama Intissar y tiene dieciséis años.

     

    —¿Te costó grabar la entrevista para el documental?

    —Lo más difícil fue ponerme en la piel de la otra persona. Es complicado ponerte en una situación así cuando tú no la has vivido.

    —¿Cómo?

    —Yo estaba actuando.

    —¿Lo que cuentas no es verdad?

    —Sí, pero no me pasó a mí.

     

    Me despido de Intissar, veo a Hanane sentada en una mesa, cojo una silla y me coloco a su lado.

     

    —¿Cómo lo llevas?

    —Cansada. Y no hemos hecho más que empezar, pero es que con los preparativos llevo unas semanas…

    —Acabo de hablar con esa chica.

    —¿Cuál?

    —La guapa de los dientes torcidos. Es una de las que aparece en el documental Stop y me acaba de decir que estaba actuando. Perdona, pero no entiendo nada.

    —Es que es difícil encontrar a gente que hable de esas cosas a cara descubierta…

    —¡Pero no puedes mentir!

    —No es mentira, lo que cuenta es verdad. Le pasaba a una chica de la asociación. Llegaba cada día llorando porque a su hermana la había violado un vecino del barrio, ahora está embarazada y el hombre sigue en la calle, como si nada.

    —Ya, pero no le pasó a ella… La chica estaba actuando. Esto no se puede hacer. El único requisito del documental es que lo que cuente sea real.

     

    “Ha sido fallo mío”, se disculpa Hanane. “Quizás deberíamos trabajar más la teoría y no tanto en técnica”. Ella es quien se encarga de formar a los educadores. “Al principio fue difícil. Yo venía de otra ciudad, soy una chica y me costó ganarme su respeto. Poco a poco, la cosa ha ido mejorando. Son ya cuatro años…”. Hanane les enseña las bases del lenguaje audiovisual, cómo manejar una cámara y, también, el programa de edición. Luego, ellos, hacen lo mismo con los chavales. El objetivo es que cada asociación realice un cortometraje, ya sea de ficción o documental.

     

    (El camarero trae una gran fuente de cerámica y la coloca en medio de la mesa. Tajín de cordero. Huele fantásticamente bien pero nunca me he acostumbrado a comer sin plato. Me cuesta utilizar solo las manos y cuando trato de llevarme un trozo de carne a la boca cae en el interior del vaso provocando la risa de los demás comensales. El resto de la comida apenas pruebo bocado y me alimento a base de pan).

     

    —¿Nos vamos? Tengo que preparar un montón de cosas.

    —Ok.

     

    Hanane y yo cogemos el coche y deshacemos el camino que hemos hecho esta mañana. Tardamos unos veinte minutos en llegar al centro pero apenas nos dirigimos la palabra. Ella habla mucho, pero solo con su teléfono, que no para de sonar. Bip bip. “¿No han ido a recoger a los invitados? No te preocupes, ahora mismo mando a alguien”. Bip bip. “¿Quién está enfermo? Ah, que le duele la pierna. OK. Dame un minuto y te envío el teléfono de un médico”. Bip bip. “¡Cómo que no tenemos los premios! Déjame que hable con Claire y veo cómo lo solucionamos”. (Esta vez, dirigiéndose a mí): “Ser mujer en Marruecos y dedicarse a este oficio es difícil. Me encanta mi trabajo pero mírame, todo el día currando. Mis amigas también son así. O están solteras o separadas. Los hombres no lo entienden, que telefoneen del trabajo y tengas que salir corriendo. Que tengas un rodaje en sábado. No lo entienden… Ahora estoy saliendo con un chico. El otro día me llama para salir y le digo que no puedo porque estoy liada con los preparativos del festival. Luego, otro día vuelve a llamar para invitarme a una boda y le tengo que decir que no, otra vez, porque era justo este fin de semana. Siempre me pasa igual. Al final me va a dejar…”.

     

    Aparcamos el coche frente al cine Rif. El local donde se levanta fue originariamente un hotel, uno de los primeros que se abrieron en Tánger a finales del siglo XIX. No fue hasta los años cuarenta que se convertiría en un cine. Con el tiempo fue perdiendo clientes y, finalmente, cerró. Estuvo años abandonado y a punto de caer en manos de una franquicia francesa que quería convertirlo en un supermercado. En el año 2000 se puso a la venta y fue entonces que empezó a gestarse lo que es hoy. Conocido popularmente con el nombre de Cinemateca. Proyecta desde clásicos de la historia del cine hasta los films más actuales rodados en el mundo árabe. El cine Rif es el reflejo del Marruecos más contemporáneo e independiente. Durante tres días este será el escenario principal del festival, donde los chavales podrán ver los cortometrajes que compiten a concurso y otras obras de actualidad.

     

    15:13 pm. Música. Niños. Barullo y baile. Varias personas nos juntamos alrededor del grupo y animamos. Un par de chavales se acercan acarreando dos grandes cajas de madera. En cuanto uno de ellos abre la primera, un montón de palomas blancas salen volando y se pierden en el cielo. La imagen es bonita. La realidad, no tanto. Uno de los pajaritos se me ha cagado encima. Hay quien dice que esto trae buena suerte, pero a mí lo único que me ha dejado es el pelo hecho un desastre. Mientras trato de minimizar los daños el grupo de músicos accede al interior del local, pero esta vez no los sigo. Prefiero quedarme fuera tomando un poco el aire. Me acerco a Claire, que en estos momentos conversa con una pareja de franceses.

     

    —¡Me van a reventar los tímpanos!

    — (Riéndose) Es que a los chicos les encanta. Cuando empezamos parecía que venían más por la música que por las películas. Era difícil que estuvieran concentrados durante la proyección. Se levantaban, hablaban, se entretenían mirando el móvil… Ahora ya no. Ahora vienen a ver pelis. Hay más silencio. Más respeto. Piensa que la mayoría de los chavales no están acostumbrados a espacios como este. Para ellos todo es nuevo.

     

    (Una media hora antes he ido al baño. En el interior, dos chicas se peleaban con el grifo. Es uno de esos aparatos que debes apretar con la palma de la mano y mantenerlo así para que salga el agua. Se lo he mostrado, me han sonreído y me han dado las gracias. Yo también les he sonreído y les he dicho: “No hay de qué”. Luego, he hecho pis, me he lavado las manos y he vuelto a salir).

     

    —Me gusta mucho ver el entusiasmo de los chavales. Es contagioso. Pero todavía les cuesta… tener el rigor para llevar una idea de A a B. Se cansan. No tienen constancia. Tienes que estar detrás de ellos. Exigirles. Tirar del carro, vaya.

     

    (Pido un café y me siento en una de las mesas que hay en la terraza. El cine Rif está en la plaza 9 de abril. Aquí se encuentra la puerta de entrada a la medina y, también, el zoco. A mi derecha, un limpiabotas lustra los zapatos de un hombre trajeado. A mi izquierda, un vendedor callejero ofrece cigarrillos sueltos, chocolatinas y pañuelos. Frente a mí, en la plaza, unos niños dormitan en el césped. Junto a ellos, un jardinero fuma kif en su pipa de madera. El humo que sale de su boca se junta con el del restaurante que hay justo detrás, donde un hombre asa unas sardinas).

     

    16:23 pm. Ayoub, al que he conocido esta mañana, ocupa una silla a mi lado. Ayoub es tangerino, tiene veintidós años, unos ojos risueños y una mochila que lleva a todas partes. Participa en el festival con su cortometraje, Enigma, que rodó con 18 años junto con un grupo de amigos. “Fue un solo día. Un día que cambió mi vida. Tenía 19 años y empecé unas clases de fotografía, como un hobby, ¿sabes? El profesor era buenísimo. Me enganchó con su entusiasmo. Siempre nos decía: 'Nuestra historia no solo se define por lo que hacemos, sino, sobretodo, por lo que no hacemos'. Gracias a él estoy aquí. En realidad, yo antes estudiaba derecho”.

     

    —¿Qué es lo que te gusta del cine?

    —Que me sirve para aprender sobre la vida de un modo muy sencillo, al mismo tiempo que me ofrece la posibilidad de contar mis propias historias a la gente.

    —¿De qué trata vuestra peli?

    —Es la historia de un hombre que está preso. Un día el jefe de la cárcel lo llama y le plantea un acertijo: hay dos puertas cerradas, una que le devolverá la libertad y otra que lo llevará de nuevo a su celda. Custodiando las puertas, dos hombres. Uno que siempre miente y otro que siempre dice la verdad. Si el protagonista logra resolver la adivinanza será libre.

    —Parece complicado…

    —No, qué va, es un simple problema matemático. Eso es lo que muestra la peli.

    —¿Estás trabajando en algo ahora?

    —Empezaré a rodar en enero. Estos días ando liado porque me traslado a Tetuán. Voy a empezar en la escuela de cine, por fin, después de tres años, voy a estudiar lo que realmente me gusta.

     

    Me despido de Ayoub sin decirle que soy parte del jurado. Ya he visto su cortometraje. En dos días he visto veinticuatro cortos. Vuelvo dentro y le pido la cuenta a Zhora, que hace tanto tiempo que trabaja en el bar que ya es parte de la cinemateca, casi igual que su mobiliario. Butacas de piel de distintos colores, lámparas de la época y retratos en blanco y negro de artistas a los que no conozco y que ya deben estar bajo tierra. También, carteles de películas que se rodaron en la ciudad: Viaje a Tánger, Misión en Tánger, La mujer de Tánger, Tánger y tú… Mientras espero a que Zhora regrese con el cambio, me fijo en los demás clientes. Junto a mí, en la barra, hay un hombre de unos cuarenta años sentado en un taburete. Tiene un cuaderno de dibujo y unas ceras. Pinta retratos de la gente. También hay una chica trabajando en su portátil, un chico leyendo un libro y una mujer que hace punto. Mires adonde mires, el rollo es este. Gente joven, smartphones, tabletas y portátiles. Veo entrar a Aya. La acompaña otra chica. Las dos vienen hacia mí y empezamos a charlar. La amiga de Aya es catalana, tiene 23 y se llama Carla. En menos de diez minutos me cuenta que debido a un problema de sordera, que los médicos detectaron tarde, perdió dos cursos en el instituto. “Caí en una depresión”. Ahora estudia desde casa para sacarse el bachillerato artístico y sueña con irse a Madrid a estudiar cine.

     

    —Nos conocimos en la asociación El parlante.

    —Había este taller de cine y las dos nos apuntamos.

    —Sí, hemos ganado un premio y ahora resulta que no nos la dejan pasar en el festival.

    —¿Cómo se titula?

    Un instante, puedes verlo en internet.

     

    Carla y Aya, al igual que Kevin y Consuelo, viven en Nou Barris, un distrito de la periferia de Barcelona. Nou Barris, como Aouama, no aparece en las guías turísticas ni en las campañas publicitarias. Ha sido una de las zonas más castigadas por la crisis. De hecho, ostenta varios tristes récords: es el distrito más pobre de la ciudad, el que cuenta con más paro y donde ha habido más desahucios.

     

    —¿De dónde surgió la idea de hacer un corto sobre del embarazo juvenil?

    —[Aya] En nuestro barrio hay muchas chicas que tienen hijos y dejan los estudios. Mi vecina se quedó embarazada con trece años.

    —[Carla] Yo tengo una amiga que tuvo al niño con dieciséis. Me acuerdo perfectamente que estábamos en clase y nos lo dijo la tutora. Sus padres eran muy religiosos y la echaron de casa.

    —Y después de tener la idea, ¿cómo la desarrollasteis?

    —[Carla] Éramos seis personas y empezamos a quedar para hablar del tema, de los mitos que hay…

    —¿Qué mitos?

    —[Aya] Lo típico. Que si la primera vez no te quedas embarazada, que si antes de llover chispea, esas cosas…

    —Y el trabajo ¿cómo os lo repartisteis?

    —[Aya] Todos hicimos un poco de todo. No escribimos ningún guion, solo la idea general, luego los que hacían de actores improvisaban. Un día estábamos grabando una escena donde la pareja está sentada en el sofá. Es el típico momento de mimitos y ella le pregunta: “¿Cuánto me quieres?”. Y él responde: “Como dos terrones.”

    —[Carla] ¿Lo pillas? Como dos terrones de azúcar, le decía.

    —[Aya] Nos partimos de la risa. Tuvimos que parar la grabación.

    —[Carla] Cuando nos dijeron que habíamos ganado en el festival No solo cortos no me lo podía creer. No sé como pude llegar al escenario, me temblaban las piernas. Era como si hubiera ganado un Goya. Yo no he ganado nada en la vida.

    —[Aya]: ¿Y yo qué? A mí no me dejaron ir. Mi madre no se fiaba y, además, me decía: “¿Para qué? Si no vais a ganar”.

     

    ¿Una película censurada? ¿Hecha por jóvenes y para un festival educativo? Con la intención de arrojar algo más de luz sobre el asunto, preparo mi libreta y abordo, de nuevo, a Claire.

     

    —¿Por qué no se ha podido pasar Un instante?

    —Todas las películas, no solo las extranjeras, se han de enviar al Centro Cinematográfico de Marruecos, que está en Rabat. Ellos visionan las cintas y te devuelven un listado con las que obtienen el visado cultural, así se llama. Esta ha sido la única peli a la que no se lo han dado. Pero no podemos arriesgarnos a proyectarla. En cualquier momento nos pueden hacer una inspección sorpresa.

    —¿La autorización para celebrar el festival también pasa por este centro?

    —No. La solicitud para celebrar el festival se hace en la wylaya. Es un organismo que depende del Ministerio de Interior. Cada ciudad tiene el suyo. En cada barrio hay, también, una delegación. En España no existe una institución de estas características. Cualquier actividad o acción que quieras hacer debe pasar por ahí; es el mandamás, muy, muy controlador.

     

    (Empiezan las proyecciones. Junto a Tarik, un realizador tangerino, que también es miembro del jurado y con el que hemos hecho buenas migas –quizás porque los dos vestimos como unos pringados– accedemos a la sala. Está hasta los topes. Luego, cuando le pregunte a Hanane, me enteraré que tiene capacidad para trescientas personas y que estará llena los tres días. Tarik y yo vemos un corto tras otro. Salimos a tomar el aire. Pedimos una Coca-Cola. Volvemos a entrar y continuamos viendo pelis).

     

    17:17 pm. Vemos una pieza que han hecho unos jóvenes de Marsella. La historia es sencilla: Una pareja, cristiana ella y musulmán él, se conoce, se enamora y quiere casarse. Y como toda historia necesita un conflicto para mantener la atención del público… la familia de él no aprueba la unión. Al final se escapan juntos. Pero no es el final lo que importa, sino lo que sucede justo antes, cuando empieza el flirteo. Hay una escena en qué él la llama para pedirle una cita y ella accede. Al colgar, el chico se levanta de un salto haciendo el gesto de la victoria y la sala entera se emociona. Sonrisitas, codazos y palabras dichas por lo bajo. El siguiente plano es una imagen de ella frente al espejo, arreglándose, nerviosa ante el inminente encuentro. Y otra vez, en la sala, sucede lo mismo. Cuando, finalmente, se encuentran y pasean cogidos de la mano… un clamor invade la sala. “Hay que ir con mucho cuidado”, me explica Hanane en una de las pausas. “El primer año proyectamos una película donde un chico y una chica se daban un beso. Sin lengua ni nada. Un pico. Algo muy inocente. Se oyeron abucheos en la sala y ese mismo día, empezamos a recibir algunos mensajes bastante chungos en nuestro Facebook. Nos acusaban de estar corrompiendo a los chavales. Piensa que aquí la gente no muestra afecto en público. Incluso dentro de la misma casa es raro ver a los padres en actitud cariñosa. El sexo en Marruecos es un tema tabú”.

     

    18:00 pm. El siguiente documental que pasan es de una realizadora de Londres, Rosa Rogers y se titula Casablanca calling. A lo largo de setenta minutos, la directora hace un retrato de tres mujeres que trabajan como líderes religiosas. Un cargo, creado recientemente en Marruecos con el propósito de dar más poder a las mujeres y que se conoce con el nombre de Morchidat. Cuando termina el pase hay un debate. Anoto en mi libreta algunas de las intervenciones.

     

    Espectador 1 (De pie, micro en mano y sin que le tiemble la voz): “Creía estar viendo el canal del rey Mohammed VI, solo esperaba a que salieran los anuncios. Esto no es un documental. Es solo propaganda del islam”.

    Espectador 2 (Muy, pero que muy indignado): “Soy asistente social, trabajo con mujeres y las ayudo pero no les digo lo que tienen que hacer y nunca, nunca, hablo de religión”.

    Espectador 3 (Calmado y muy serio): “Me parece que el documental ofrece una visión muy limitada, como si solo la religión fuera capaz de dar respuesta a los problemas de nuestra sociedad”.

     

    (Una vez en el exterior, hablo con la realizadora y su productora, una mujer marroquí. Las dos admiten estar sorprendidas por las críticas pero no disgustadas. “Que se genere debate, eso es lo que importa –comenta Rosa–. Me parece bien que los jóvenes sean críticos. Ese es el espíritu del cine social, remover conciencias”).

     

    20:23 pm. Fin de la jornada. No para mí. Esta noche tenemos cena con los miembros del jurado. El lugar escogido es un precioso y encantador riad en medio de la kasbah. Sentados en la azotea, con una vista fabulosa del puerto y acompañados de una jarra de sangría, discutimos nuestras puntuaciones. Yo lo tengo claro. De entre todos los trabajos hay dos que me han gustado mucho. El primero, una pieza muy corta, de apenas cinco minutos, que comienza con un plano general del interior de una clase. En ella, vemos un profesor que escribe una suma en la pizarra. Los alumnos lo observan desde sus pupitres. Él les pregunta la respuesta. Una niña levanta la mano. El profesor no la ve y sigue preguntando. Ella continúa con el brazo levantado. Él sigue sin percatarse. Entonces, la cámara vuelve a enfocarla. El plano corto se abre, transformándose en uno general y cuando vemos que no forma parte de la clase. La niña está arrodillada, en medio de un lujoso salón, limpiando una alfombra. Detrás, sentada en el sofá, la hija de la casa, de su misma edad, juguetea con el móvil.

     

    El siguiente corto comienza con un plano general de unas estudiantes charlando a la salida del instituto. La siguiente imagen muestra a un chico, que se despide de ellas y empieza a andar. En la calle es abordado por dos chicas que lo siguen durante un rato diciéndole obscenidades. Él, cabizbajo, sigue su camino sin decirles nada. Ellas se cansan y se van. El chico llega a un descampado y lo cruza caminando, cada vez más deprisa. No le sirve de nada. Una chica se le acerca y le roba el móvil. Él ni tan siquiera intenta defenderse. Solo corre hasta llegar a la carretera. Al hacerlo, un coche se detiene frente a él. En el interior, dos chicas que no paran de decirle groserías. El chico se levanta y se marcha. Finalmente, llega a su casa. Allí, vemos como le sirve la merienda a su hermana, algo más pequeña y vestida con un traje de taekwondo. Cuando termina de comer, ella sale a la calle a juntarse con sus amigas y él se queda a fregar los platos.

     

    22:11 pm. La gente del riad nos ha preparado la cena y, al mismo tiempo, un encuentro con gente del Tanjazz, un festival de música que se celebra en la ciudad. Una de las mujeres de la organización, de mediana edad y vestida con una camiseta de tirantes se define –sin que nadie se lo pregunte– como moderna para acto seguido comentar: “Si una chica se pone un short, una camiseta que deje ver parte de su pecho y se pinta los labios de rojo, no brillo, sino rojo intenso, va a tener problemas. De eso no hay duda. Si la violan es porque ella se lo está buscando”. Y es que en la vida, al igual que en el cine, la realidad supera la ficción.

     

    23:48 pm. Me despido de la gente, salgo a la calle y paro un taxi. Le pido al conductor que me lleve a casa. De camino, voy repasando los elementos de esta historia. Tengo el escenario, los protagonistas y algunos de los sucesos. Dicen que lo más difícil es escribir el principio y el final. Personalmente, el final es lo que más me cuesta. Me gustaría ser como Sherhezade y decir, simplemente, continuará. Pero ni yo soy una princesa ni esto Las mil y una noches. Aunque, bien pensado, todos somos un poco como el sultán. A los humanos nos encanta que nos cuenten historias. De amor, de aventuras, de misterio. Historias que nos hagan reír o en las que es imposible no llorar. Admitámoslo, nos encantan. Porque las necesitamos para entretenernos. Las necesitamos para evadirnos de la realidad. Las necesitamos para entender el mundo que nos rodea. Mañana, en un intento de compensar la ausencia de estos días, veré una con mi hijo que, a pesar de medir poco más de un metro, es ya todo un cinéfilo. Escogeré Héroes, una historia sencilla sobre esa maravillosa época que es la infancia. Y me emocionaré. Y lloraré. Y entones él me preguntará: “Mamá ¿por qué lloras?”. ¿Cómo explicárselo?

     

     

     

     

    Adaia Teruel (Barcelona, 1978) es periodista de formación y escritora por vocación. Ha trabajado más de diez años como realizadora haciendo reportajes y documentales. Actualmente reside en Marruecos y escribe historias en su blog. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Entras enfermo y sales muerto. Visita a un hospital público en TángerViaje a KetamaNacer en África es tener mala suerte. Los marroquíes se refieren a los negros como “los africanos”. En Twitter: @adaia_teruel  

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