Los últimos arrieros de la Cordillera Central colombiana

Texto: Camilo Alzate. Fotografías: Rodrigo Grajales - 31-07-2014

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Tolda y amarres

 

Para trepar a la Laguna del Otún se requiere como mínimo una jornada completa de diez horas, arañando una borrasca de cascajos donde el sudor es aliado del barro. Por momentos la trocha toma el aspecto de una escalera retorcida colgada del abismo. Antes hay un recorrido de veinte kilómetros por una vía rural, cruzando reservas naturales y caseríos montañosos de cultura cafetera. Entre El Cedral, recodo final de la carretera, y la famosa laguna, hay por lo menos 2.000 metros de diferencia en altitud, subiendo la Cordillera Central colombiana. Pendientes verticales. Pasos estrechos tallados en la serranía, bien sea por andadura de los hombres o por las gotas de rocío. Las quebradas se vierten sobre el camino y el camino, invirtiendo roles, sobre ellas. Musgo y lluvia. Para alcanzar la alta montaña casi toca inclinarse y agarrarla con pies y manos. Casi, pero existen mulas.

 

La cuenca alta del río Otún albergó más de ochenta familias de colonos que llegaron de Boyacá, Tolima y Antioquia; todos liberales huyendo del holocausto del 9 de abril. Los Montenegro. Los Rivera. Los Obando. Los Corredores. Los Cañón. Los Pinillo. Los Salinas. Desde Pereira, Manizales, Santa Rosa o Salento, hasta el borde de la nieve, culebrearon caminos de herradura que conectaban las alturas del agreste nudo montañoso con accesos carreteables en las partes medias. Papa, carbón y madera en cantidades descomunales rodaron trocha abajo en muladas. A la vuelta trepaban fustigadas, repletas de panela, herramientas, sal y pólvora para espantar pumas y cazar venados.

 

Con la declaración de algunas áreas protegidas en la zona (el Parque Nacional Natural de los Nevados, la mayor de ellas), hacia la década de los sesenta se inició un despoblamiento que apagó por completo el proceso colonizador. El Estado compró terrenos a precios por encima del valor comercial, desincentivó la construcción de vías terciarias, incluso promovió la salida de la gente dejando caer puentes. El Bosque, El Jordán, Cortaderal y Tolda Fuerte, en el páramo; y la cuenca del río San Juan, a media hora de Pereira, contaron quizá con más de doscientas o trescientas familias campesinas de las que apenas si quedará una veintena. Numerosos caseríos en mapas de los años cincuenta, situados en partes altas de Salento, Villa María y Santa Rosa de Cabal, ahora no existen. A todos los tapó la montaña.

 

Los últimos colonos sobreviven en claros del bosque, conservando la arriería para bajar cosechas de papa y subir remesas a las fincas aisladas a cinco, ocho, diez o hasta doce horas de trecho desde las carreteras. Ocasionalmente hacen travesías de dos o tres jornadas al Tolima, brincando la cordillera. Las cargas de madera y carbón desaparecieron, pues su extracción fue prohibida en los parques naturales. La cacería se volvió ocasional. Sin embargo, las recuas de mulas todavía patean la trocha, fastidiadas con una encomienda tan valiosa como singular: turistas que quieren ver la Laguna del Otún y, si alcanzan, sacarse fotos en el nevado de Santa Isabel. Por el Valle del Cocora se repite la escena con montañistas hacia la cumbre nevada del Tolima o sus arroyos termales. Rostros tostados. Mulas amarradas con morrales de treinta o cuarenta kilos. Sofisticados equipos de alpinismo, tiendas de campaña, sacos de dormir.

 

El Cedral –por los lados de Pereira– es lo más parecido a una fonda caminera, el nombre que se daba a los cruces de senderos de la arriería. Una sola casa vieja con dos potreros, adornada por montañas espesas, sirve a la vez de tienda, bodega para descargar, cantina y fin de la carretera. Ahí empieza la trocha. Allí desensillan los arrieros del páramo cuando arriman con sus bultos de papa, mientras aguardan transporte para la ciudad. Sujetan los animales a unos troncos que le sostienen el techo a la casona y comienzan a beber cerveza tras de cerveza, parados, porque ni asientos hay.

 

Andrés Machete está emborrachándose a primera hora en El Cedral. Es hijo (o nieto) de un boyacense que se quedó abriendo manigua en un hueco de la cordillera formado por el río Otún, todavía diminuto. Sus primos, sus tíos, sus hermanos, se dedican cada vez con mayor frecuencia al arreo de turistas hasta la Laguna del Otún o el Nevado, cobrando fletes que oscilan entre cincuenta y cien mil pesos por animal. Con una recua grande ganan en una o dos jornadas lo que nunca les dará el cultivo de papa.

 

Andrés empina la octava cerveza con una mano, mientras con la otra empuña el celular:

 

—Véngase con cuatro bestias y tráigase una tolda finita, porque va a haber tempestad. 

 

Conversa con el hermano que no ha salido de la finca, arriba. Hace décadas la familia se dedica a la arriería. El más famoso, Walter Machete, un anciano rosado al que le cuelgan pelos blanquísimos por toda la cara, inició el negocio con turistas. Nunca han querido vender la tierra, ni salir del páramo. Mauricio Machete es de los menores. Abandonó el colegio en la ciudad a los quince años para regresar a la montaña. No lo convencen ni la tecnología ni el ajetreo urbano ni las comodidades ni las muchachas. Al que nació para carga del cielo le cae la enjalma, dice el estribillo antioqueño.

 

Unos universitarios que van a coger la cuesta andan atareados con bultos de comida. Negocian el transporte del equipaje. El campesino comienza a amarrarles peso a las bestias. Un segundo antes había cubierto los ojos de una de las mulas con la ruana. Ahora le suelta un atroz manotazo en la cara al animal porque se resiste. Después le dice algo con ternura. No mira las vueltas que da, ni la forma del amarre que brota por instinto.

 

—Malparido nudo…

 

La carga es redonda, apretada como café negro. Andrés está invitando a cerveza. Se le alcanzan a ver los dientes torcidos donde brilla un enredo de alambres, algún moderno tratamiento que se paga en algún consultorio de algún edificio de quince pisos, con la plata de los turistas. No debe de tener ni treinta años, pero se nota que ha trepado y descolgado centenares, quizá miles de madrugadas, por esa borrasca de pantano que se empina ahí adelante. Ese intestino de la selva andina que figura en los mapas con el pomposo nombre de camino a la Laguna del Otún y al Parque de los Nevados. Empieza el camino. Qué tortuoso y culebrero eufemismo. Si la mula pudiera hablar como el arriero, de acá para arriba todo sería un desfiladero de insultos.

 

 

Enjalmas 

 

En el occidente del Gran Caldas, la cordillera baja de Antioquia al sur cortada con machete. Puntas de aguja como el Caramanta, el Batero, el Tatamá. A partir de Támesis, Andes y Valparaíso, hasta El Águila, en el Valle; cruzando pueblos de Caldas como Marmato, Riosucio o Belalcázar, también Guática, Mistrató o Santuario, en Risaralda, la geografía es tendida de valles y filos, cuchillas y vegas. Los ríos se escurren al Cauca. Al otro borde, los cañones desembocan al Pacífico, al torrente del Atrato o al del río San Juan. Repetiré un lugar común: esta tierra exalta la dificultad. Es una promesa a la reciedumbre.

 

Escribiría que esas puntas de aguja sirvieron a los colonos para tejer con encrucijadas la historia de las minas, las guacas, el café. Pero no vale la pena. Sería volver al mito: los arrieros, héroes de gesta; los colonos, semidioses, puros, nobles, eternos; el hacha, figura celestial, redentora; la colonización, epopeya magnífica, sin mancha de pecado. La arriería que “hizo grande a este país”.

 

Este no es, ni fue, un gran país. Los arrieros sólo hicieron grande el tormento de las mulas y las arcas de los mercaderes. Mitología paisa lo demás. Se dijo que ferrocarriles y automóviles sepultaron el oficio de los arrieros. También es falso. La montaña se la disputan a las bestias dos vejestorios enemigos de la Guerra Fría: el Willys y el Carpati. Donde no consigan subir esta pareja de jeeps, sólo treparán las mulas.

 

El oficio que “hizo grande este país” sobrevive en Antioquia y en el Gran Caldas, acorralado por carreteras o usándolas en ocasiones. Es una actividad marginal que predomina en partes agrestes, por lo mismo las más atrasadas y alejadas. En algunos lugares la arriería es apéndice que conecta tierras altas de difícil acceso con vías rurales. En otros casos resultan más baratas las mulas que los jeeps. Es frecuente ver campesinos descolgando con sus animales al poblado los días de mercado. Las mulas son de apreciable utilidad moviendo insumos al interior de las fincas, cargando caña o café en trayectos cortos. Trastean corotos de una loma a otra: armarios, neveras, colchones, sacos de cemento, arena o piedra para la construcción de viviendas rurales, guaduas y tablones que se usan en trabajos agrícolas, costalados de maíz, de yuca, de arracachas. En Marmato la arriería es de minerales, gravas, herramientas, cilindros para moler piedra y lixiviar oro. Todo lo que se pueda amarrar, se puede arrear.

 

En veredas como El Oro, Villa Clareth y Alto Andágueda la extracción de maderas finas, leña en astillas y cargas de carbón se hace exclusivamente amarrando mulas. No hay carretera que alcance aquellas selvas ni máquina que las penetre. En San Lorenzo, uno de los caseríos indígenas que le quedan a Riosucio, los fletes van desde seis mil pesos (unos 2,4 euros), lo que cuesta bajar a la carretera, y se incrementan hasta cuarenta mil (16 euros) al acarrear leña desde lejos. No más meterse a la cordillera, asoman los caminos de herradura. Y cuando se descuelga al otro borde, hacia Chocó, el arriero es amo y señor de la serranía. Por esas soledades no ruedan los Willys ni los Carpati.

 

Paisas caratejos, mestizos manchados, indios rubios y negros de ojos claros se madrugan colocando la enjalma a sus niñas mimadas, así no sufrirán con el peso de astillas ásperas, ni incómodos bultos de café. El peso del atraso. La arriería hace la vida más llevadera a los habitantes de una Colombia profunda, secuestrada por las montañas. El camino es culebrero, dice un refrán que aprendí de mis abuelos. Ellos lo aprendieron de los suyos, colonos antioqueños. Arrieros. Cargaban razón los viejos: la historia es trocha enredada. Ese oficio pasó de conectar nuestra nación con el progreso, con la ilusión del desarrollo, del futuro, a ser justo todo lo contrario: una encrucijada al pasado. Hoy no queda otra ruta de coronar esas profundidades, en las que se divisa muy lejos el espejismo turbio de la modernidad.

 

 

Aparejos y arrobas 

 

Comienzo la alfabetización pensando en Paulo Freire: leer primero la realidad cotidiana y así conocer las letras. De leer la realidad saben bastante quienes no saben leer, más que los letrados. Don Luis Eduardo Álvarez llegó a su clase de lectura y escritura sin conocer las vocales. A ver cómo funciona lo de Freire, pienso: una combinación silábica con M y L, la palabra mula.

 

—De eso debe saber usted que vivió en el campo, don Luis. 
—Hombre, si es que yo fui arriero…

 

Empieza el tremedal. El ignorante será el profesor. Luis Eduardo Álvarez es de Ansermanuevo, un pueblito del Valle donde empiezan las cuestas de la Cordillera Occidental. Lloró por primera vez en 1948, cuando mataron a Gaitán. En aquella época no había puente sobre el Cauca, y la mercancía arribaba en ferrocarril a Cartago o a Puerto Caldas, pasando a lomo de humano por tablones atados con alambre, hasta ser requintada sobre los otros animales que aguardaban en la orilla opuesta. Desde unas casas grandes con bodegas, amarraderos para las bestias, quizá burdeles, se repartían remesas, licores, combustibles o enseres por todos los enclaves cafeteros a la margen izquierda del río. El Águila, El Vergel, El Cairo, Argelia, San José del Palmar, Esparta. Manadas de animales regados por esas lomas, al grito de otros animales salvajes. La arriería redujo el hombre a la condición de la bestia, y viceversa.

 

—¿Cómo suena ésta?
—Esa es la de mamá… 
—Muy bien: la eme.

 

“Me fui de la casa a los ocho años; no aguanté que mi mamá me pusiera un padrastro”, dice. El verdadero padre de Luis Eduardo tuvo que volarse de Ansermanuevo y regalar la finca antes de que le cortaran el pescuezo por colores políticos. Arrancó a descuajar montaña por Coconuco, entre Cauca y Huila, donde de todas formas lo mataron las calenturas sacando bultos de carbón. Luis nunca conoció al padre. Al padrastro, sí: “Me zurraba y me daba duro, entonces me largué a jornalear por las fincas”. Por el 61 o 62 se arrimó a El Dovio, una población del suroccidente colombiano encumbrada en las montañas que separan al país del litoral pacífico, en ese entonces zona tan activa de la colonización antioqueña como del desangre partidista. Lo primero fue buscar trabajo. En la plaza le dijeron que un comerciante rico, dueño de granero y finca, andaba necesitado de un arriero. No lo pensó dos veces. Tenía catorce años.

 

—Lea la palabra: eme con la u suena mu… 
—Mula. Los animales son muy nobles profesor, se les da todo el garrote del mundo y nunca le cogen odio a uno.

 

“¿Y usted sí sabe amarrar?”, preguntó desconfiado el del granero, un terrateniente de apellido Acosta. Enseguida soltó ese estribillo que todavía suena en la tierra cafetera: “Agarre pa’arriba, váyase a la finca mijo, fíe lo que quiera acá de cuenta mía y póngase a trabajar que después arreglamos”. Arriba era la hacienda Costa Rica, tan grande que tenía lotes en potreros, lotes en cafetales, lotes en caña, lotes en monte y lotes en comida. Con entable de sacar panela. “El lunes empiezan con las mulas a engarillar la caña al trapiche. Miércoles y jueves muelen. El viernes se me vienen con la panela al pueblo”. Caer de El Dovio al cañón de Las Garrapatas primero, cruzar el río, remontar la margen opuesta, en un trecho de ocho horas si la cosa estaba andable.

 

—Mire bien que la letra eme se parece a dos montañas, con un río en la mitad. La recua: doce bestias unidas con sus aparejos. La mitad de las mulas amansadas, la otra mitad cerreras. Diez, quince, veinte, treinta arrobas de panela. Se despeñaban mulas por el voladero. Cortar los aparejos y tratar de recuperar la carga. Al animal se lo dejaba abandonado para buscarlo luego, si sobrevivía. Tres arrieros, Luis a la cabeza, espoleaban las bestias de la hacienda Costa Rica hasta El Dovio. Suerte si se salía a la madrugada y se llegaba por la noche, al mercado del sábado. Sin suerte, los tragadales envolvían las patas de las bestias cargadas; por el peso se atascan con facilidad en cualquier pantanero. El día que no era pantano, había muertos atravesados en el camino. Y cuando no eran muertos, bandoleros.

 

Al regreso igual: canastas de cerveza colgadas en los animales, racimos de plátano, carne, cajones con velas, aceite, botellas, medicinas. Lo que fuera. Después, el lodo. Los muertos. Los bandoleros.

 

—¿Cuál es qué es esta, profesor? 
—La letra ele, la misma de lazo.

 

Empieza a caer agua en Frailes, uno de los suburbios que rodean a Pereira. Primero fue monasterio, luego caserío de invasión. Ahora es comuna, con un barriecito diferente en cada calle. El destino final de quién sabe cuántos montañeros. La clase camina lenta, empantanada. Me provoca contarle a Luis Eduardo que por esa serranía del frente, a la que llaman Alto del Toro, bajaron arrieros como él hace siglo y medio, de Antioquia y Manizales, a Pereira, al Quindío, moviendo café en sacos por millones, cargando pianos como si fueran juguetes, arriando en turegas campanas de trescientos kilos para las iglesias. No le cuento nada. Enlaza el lápiz como cogiendo una rienda minúscula. Las manos le pesan la carga de todas sus mulas juntas.

 

—Esas mulas son muy tercas, oiga.

 

Más tercas son las trochas. Al cañón de Las Garrapatas ya penetra una carretera desde El Dovio. Caminadas cinco décadas, parece inverosímil que todavía haya niños arrieros analfabetos conduciendo por los cruces de herradura que lo atraviesan, bestias amarradas con canecas de ácido sulfúrico, con galones de combustible colgados a la silla de montar, con costales hinchados de precursores químicos para la cocaína. La región es, desde los ochenta, un importante enclave cocalero del norte del Valle del Cauca dominado por bandas de narcotraficantes que también mueven arsenales a lomo de mula. El cañón de Las Garrapatas es un estratégico corredor natural hacia el Pacífico.

 

Al regreso, igual. Cuando no hay pantano, son muertos atravesados en el camino. Y cuando no son muertos, son campos minados.

 

—No. No soy capaz. 
—Sí hombre, sí es capaz. Empiece de nuevo.

 

Niños desafiando abismos. Analfabetismo. Violencia. Si la mula rueda barranco abajo hay que cortar el aparejo, o arrastra toda la recua. Después intentar recuperar el cargamento. Luis Eduardo amarra otra vez el lápiz en los dedos. Bordea los 66 años y ese lápiz le irá pesando una vida completa. Intentará transportar su carga justo al final de la página, atando con nudos de requinte cada letra, a ver si logra arrear la palabra mula. La terquedad le galopa por dentro.

 

 

 

La versión original de esta crónica se publicó en Medellín en el número 55, de mayo de este año, del periódico Universo Centro.

 

 

 

 

Camilo Alzate es colombiano por convicción. Nació y vive en Pereira, una ciudad dónde las únicas letras valiosas son las letras de cambio. Enamorado de las montañas. Escribe porque no sabe hacer otra cosa. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Los sicarios bajos sospecha de Fernando VallejoSimón Bolívar contra Evelio RoseroMorir en los tiempos del cólera. Adiós a Gabriel García MárquezLa escritura y el viento y Como los cóndores. En Twitter: @camilagroso

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Excelente crónica, adobada al final con ese puntillazo que uno, siendo de aquí, imagina desde el principio.

Me encantam esses relatos. Me encanta esse maravilhoso país. Já estive na Colômbia algumas vezes, conheço menos do que gostaria. Espero poder voltar e encontrar um país com mais paz do que encontrei da última vez.
Crônica extraordinária!
Um enorme e fraterno abraço Camilo

ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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