Pasaporte de Virginia Woolf.1923. (Cortesía "The Grolier Club")

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    Virginia Woolf no era una persona

    Maite Larrauri - 10-02-2011

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    Así es, Virginia, Virginia Woolf, no era una persona, como bien dice Nadia Fusini en la magnífica biografía que ha escrito sobre ella: Poseo mi alma. El secreto de Virginia Woolf (Siruela, 2008). Nadia Fusini ha rebuscado entre los ingentes escritos de Virginia Woolf —cuadernos, diarios, novelas, cartas, artículos— hasta encontrar su voz, como si se tratara del “experimento de un ventrílocuo”, dice ella misma. Ha perseguido, entre los miles de palabras escritas, una pista que la llevara al núcleo mismo de su vida.

           ¿De qué se trata cuando se escribe una biografía? Sin duda de decir la verdad sobre alguien, de darle de nuevo vida ante los lectores, de reconstruir una existencia a la altura misma que ella se merece. También Virginia Woolf fue biógrafa: directamente de Roger Fry, indirectamente de Vita Sackville-West. Pero no solo. Sus relatos están llenos de fragmentos de las vidas de los demás, que ella observó y escuchó con mucha atención. Nos lo recuerda Nadia Fusini: en sus libros están todos sus familiares, todos sus amigos, todos sus paisajes, todas sus conversaciones, todos sus perfumes. Su sensibilidad es tan aguda que con solo un gesto parece que capta la esencia misma de ese momento: Mrs. Dalloway cruzando una calle de Londres en un día soleado del mes de junio, cargada de flores, pensando en la fiesta que va a celebrar en su casa ese mismo día o Mrs. Ramsay mirando a través de la ventana que da sobre el jardín, por el que camina apresuradamente su marido, profesor de filosofía.

           Puede resultar singular afirmar que la esencia, la verdad de algo real y concreto, está toda ella en un gesto, en una frase, en un movimiento. Nuestra cultura y nuestro lenguaje se basan en la creencia de que las esencias son universales, y que los particulares —tú y yo, y ese árbol y esta ciudad— están comprendidos y explicados en ellas. La esencia, decimos, está por debajo de las apariencias, y es la causa que explica los movimientos y las acciones de algo o de alguien. Espontáneamente somos aristotélicos. Pero Virginia Woolf no sucumbió a esa espontaneidad. Leyera o no a Hume, lo bien cierto es que comparte en la práctica gran parte de los postulados del filósofo escocés. La mente es imaginación, está llena de imágenes, de impresiones que se acumulan, se mezclan, se conectan, no es más que ese sinfín de momentos, de luces, de acontecimientos. La conexión hacia atrás es memoria, hacia delante es fantasía, puede ser delirio. Todas las impresiones son verdaderas, forman una miscelánea, un calidoscopio, pero no son una identidad, una unidad. O si se quiere la identidad está en fuga, siempre hacia delante: sigue la lógica del “y…y…y”, nunca la del verbo ser. Dos conclusiones se derivan de esa lógica: que la verdad está en la superficie de concatenación de unos acontecimientos con otros y que lo que esa verdad revela son esencias particulares, superficies de encuentro diferentes unas de otras. Ninguno de nosotros somos una persona, una unidad, una identidad sino un flujo de impresiones. Un pliegue del exterior, dice Gilles Deleuze. Virginia lo supo porque así lo sintió. Nadia Fusini lo descubre para nosotros, lectores de su biografía.

           El mundo, las cosas carecen de profundidad. La realidad está a la vista, no está escondida, su secreto yace en superficie. Pero hay que estar entrenado para verla. Es como la carta robada del relato de Poe, del seminario de Lacan: estaba ahí, entre las demás cartas, pero nadie iba a buscarla en ese sitio. Solo se puede contar con los sentidos, y si uno se deja penetrar por la experiencia, los sentidos se convierten en conocimiento. Hay que multiplicar la experiencia, ampliarla. He recordado leyendo esta biografía lo que decía Virginia Woolf acerca de las mujeres y la literatura en Una habitación propia, a saber, que las mujeres no carecían de inteligencia, que no era eso lo que les impedía ser buenas escritoras como Shakespeare, sino que lo que les faltaba era experiencia, alimento de los sentidos. La intuición que penetra la realidad de las cosas, la mirada del águila, es un refinamiento, fruto de la experiencia.

           Si cada ser humano es único, conocerse a sí mismo es una aventura en la que hace falta ser perseverante, valiente y honesto. Todo eso fue Virginia Wolf, nos dice Fusini, y por eso obtuvo como conquista su alma. “Poseo mi alma”, escribió en su diario en 1938. Tanto Woolf como Fusini son demasiado materialistas como para entender por alma algo incorporal. Me inclino por lo que otra pensadora materialista, la filósofa Simone Weil, explicó: el alma es el cuerpo humano en tanto que dotado de valor, o sea es el valor de un cuerpo, lo que hace de ese cuerpo algo particular, la esencia particular de ese cuerpo.

     

     

           Nadia Fusini se pone en la misma longitud de onda de Virginia Woolf y muestra las conexiones laterales, adelante y hacia atrás que Virginia Woolf hace entre sus impresiones vitales: están ahí a la vista, en sus escritos. Es tan fiel a ese espíritu rizomático que rechaza todo intento de interpretación, de buscar un sentido oculto por debajo de lo que sucede. ¿Por qué Virginia Woolf no mantuvo relaciones sexuales con su marido Leonard Woolf? ¿Por qué padecía esos delirios paranoicos? ¿Por qué a pesar de que perdiera en la cama de Vita Sackville-West, como ella misma dijo, sus pendientes y su frigidez, no se multiplicaron las ocasiones de goce? ¿Por qué se suicidó? Fusini sabe que los Woolf podían haber contactado con Freud y no lo hicieron. Sólo lo visitaron en Londres, durante la guerra, poco antes de la muerte de Virginia. Los Woolf rechazaron una cura que conocían mejor que nadie, dado que la Hogarth Press (su propia casa editorial) había publicado los escritos de Freud. En los grandes momentos de crisis, cuando la enfermedad mental de Virginia la arrastraba a la postración más absoluta, Leonard optó por no internarla, por poner freno tan sólo a la potencia destructiva de su enfermedad. Y así Virginia no mutiló su mente, no suprimió sus delirios sino que contó con ellos para seguir viviendo y escribiendo. Virginia Woolf no quiso ir al fondo de su personalidad porque ese fondo no existe, creer en él no es sino un remedio tranquilizador para gentes menos audaces. Por eso sus diarios no son una confesión. Más bien podríamos decir que Virginia Woolf escribió, con su vida y sus libros, una especie de Anti-Edipo, ya en la primera mitad del siglo XX.

           La curación —dice Fusini parafraseando a Virginia Woolf— no es comprender las raíces del mal; la enfermedad, al remover la tierra en torno a las raíces, ayuda a crecer. A su propio método curativo se refería con la expresión de writing cure. Freud había hablado en sus libros del método psicoanalítico como una talking cure. ¿Cuál es la diferencia? ¿Escribir sería más una acción de superficie frente al discurso hablado? ¿Una hoja de papel permite un encuentro más límpido entre los acontecimientos? Sin embargo, la asociación libre de la cura psicoanalítica parece también una concatenación que no sigue más regla que el fluir de las impresiones. Fusini no nos dice nada de esto, pero a mí me parece que la talking cure es un hablar al que ya le espera al final un sentido unificador, que se lo da el experto al que está dirigido: es un árbol aunque parezca un rizoma. En cambio la writing cure no tiene ante sí más que el anonimato de los lectores y por ello su final y su límite se debe al agotamiento de la energía propia del escrito y nada más. El secreto está siempre en el “y…y…y”.

           Tampoco a la muerte, tampoco al suicidio debemos encontrarles explicación por debajo de lo que pasa. Nadia Fusini nos describe prolijamente todos los detalles de la vida de Virginia Woolf en sus últimos meses: las carencias materiales, sin mantequilla, sin calefacción, casi sin papel, no pudiendo invitar a nadie a comer, no viajando a visitar a los amigos por falta de gasolina, sin saber quiénes eran sus lectores en tiempos de guerra, con Leonard a su lado cada vez más patriótico, Leonard, que había manifestado su disgusto por Tres guineas no entendiendo el vínculo que Virginia establecía en ese escrito entre el patriarcado, la guerra y la misoginia; todo eso y mucho más hasta llegar al punto en el que Virginia deja de escribir porque ya no sabe lo que tiene que escribir. La muerte es siempre exterior, no viene de dentro, es un mal encuentro, la vida no encierra a la muerte. Tanatos es una fuerza de destrucción que se genera en las relaciones humanas, no es el principio de muerte que quieren ver los pesimistas en el seno mismo de Eros. Cuando Jack London narra el suicidio de Martin Eden dice, como toda explicación, que los vientos alisios del Noroeste le llegaron a aburrir, esos vientos que habían sido para él fuente de vida y de entusiasmo. La vida de Virginia Woolf era su escritura, sin ella la vida se agotó.

           La verdad no la descubren los filósofos. Ellos teorizan sobre la verdad. Pueden decir que es universal o particular. Lo dirán, pero no mostrarán ni un solo caso. Son, en cambio, los escritores-pensadores los que lo hacen, los que tejen ese entramado en el que capturan la realidad. Fusini dice que Virginia Woolf compró una lupa el mismo día en el que en su diario escribió “poseo mi alma”. Puesto que de conversión habla Fusini al referirse a ese momento de la vida de Virginia—y convertirse aquí no puede significar nada más que volver sobre una misma, en espiral, sobre su esencia—, una lente de aumento tenía que servir para perfeccionar su visión, ahora que ya sabía cuál era su punto de vista.

           Me siento agradecida hacia Virginia Woolf por haber escrito tan buenos libros, en los que la vida crece y se extiende como la hierba, potente y arrolladora; y por no haber sido una impostora, por haber sabido sostener lo que sabía, por haberlo escrito sin ceder ante nada y ante nadie. Y cuando una biografía nos devuelve esa misma intensidad, mi gratitud no puede sino extenderse también hacia su autora.

     


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