Vivir y morir en Benarés

Texto y fotos: Pablo Cerezal - 21-01-2016

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Las horas se deslizan con dificultad anciana por entre la algarabía exterior. Miras una y otra vez ese reloj de material indefinido que descansa su tedio de segundero hastiado sobre el tablero que hace las veces de mesilla de noche. El ventilador sigue jugando a componer Picassos con las salamandras y las manchas de humedad que componen el techo de la habitación.

 

Estás en Benarés, la ciudad santa por excelencia de la India, y te resulta difícil encontrar, en la habitación de este destartalado hotel aledaño a la estación de trenes, ni una pizca de la supuesta santidad que debería exacerbar el ambiente. Batalla de cláxones, trifulca de motores de automóvil, combate de aromas de vertedero, escaramuza de insectos proponiendo batalla a la vereda de la única ventana que oxigena los cuatro metros cuadrados en cuyo centro geográfico se ubica tu camastro. Se supone que la noche ha comenzado, hace tiempo, su verbena de sueños incómodos y pesadillas grotescas. Pero, a juzgar por la variedad de señales acústicas y aromáticas llegadas del exterior, la vida parece haber continuado su devenir sin permitirse el más mínimo descanso.

 

Es imposible dormir. Afortunadamente, no queda mucho para que el reloj marque las 04.00 AM y debas dirigirte al cuarto de baño compartido, al final del pasillo, para adecentar un poco tu aspecto antes de salir a la calle en busca del conductor de tok tok con quien acordaste tu traslado hasta las a la orilla del río Ganges a su paso por la ciudad. Consciente de ello, decides anticipar el instante. Olvidas el cepillo de dientes, y odias no haberte podido olvidar de las necesidades más perentorias del cuerpo y tener que internarte en ese cuarto de baño que se diría sala de matadero industrial después de una larga jornada de exterminios. Regresas a la habitación para cargar la cámara de fotos e introducirla en la mochila, junto a otros tres carretes, Ilford HP5. Lo analógico, aquí, en la India, no desentona. Estás destrozado. Aún no te recuperaste del día anterior. Te tumbas por un instante en el jergón.

 

Llegaste a Benarés hace horas, en un atardecer asesinado por la polución y la estridencia. En el tren que te acercaba a la ciudad sagrada, en segunda clase, acompañado por numerosos indios ansiosos como tú por llegar a la inmortal urbe, tuviste tiempo suficiente de repasar tu cuaderno de notas. Y esa guía que te recordaba una y otra vez lo que ya sabías de memoria: Benarés, Varanasi en sánscrito, Kashi, “la espléndida”, en los idiomas ignotos de la antigüedad, situada entre los ríos Varana y Asi, regada por las aguas sagradas del Ganges, la Mama Ganga: diosa sagrada de los hindúes que quita y da la vida como lo hace la Pacha Mama con los habitantes del altiplano andino. Varanasi te gusta, suena más melódico. Pero eliges seguir nombrándola Benarés, más popular. Benarés, entonces, una de las ciudades pobladas de mayor antigüedad que la ciencia y la historia se permiten conocer, más de 3.000 años de edad –se supone–, lugar de peregrinaje de hindúes ansiosos por purificar su cuerpo, etcétera, etcétera, etcétera, datos, curiosidades, mitos, toda esa retahíla exótica con que gustan de engalanarse las guías de viaje que nada cuentan pero todo pretenden enseñar.

 

Aunque tu primer impulso, tras descender del tren y sortear los cuerpos apolillados de enfermedad y miseria que se arremolinan en los andenes a la busca de limosna, fue intentar acercarte al Ganges, la noche ya cercana y el cansancio de las 12 horas de viaje desde Delhi te hicieron cambiar de idea una vez sentado en el tok tok, esa especie de motocicleta con destartalada carroza incorporada que hace las veces de taxi en este inabarcable país. Preguntaste al conductor si conocía algún hotel barato cerca. Por supuesto, lo conocía. Y, tras casi media hora de intrépida conducción entre coches, viandantes y espesas volutas de humo, te dejó aquí, a un par de calles de la estación de trenes. Podrías haber llegado antes caminando, si hubieses logrado sortear el infernal tráfico sin morir en el intento. En principio pensaste que intentaría estafarte. La carrera ha sido de media hora, la gasolina es cara, y argumentos por el estilo. Los tok tok no tienen taxímetro, ni nada parecido. Pero ni te intentó estafar ni siquiera llegó a proponérselo. El precio fue ridículo. Tal hecho se te antojó muestra de honestidad y, tras preguntarle por la mejor hora para salir con tiempo de llegar al Ganges antes del amanecer, acordaste con él que te recogería a las 04.30 AM, a la puerta del hotel.

 

Tu cansancio diluye el estruendo callejero, el perfume de manteca rancia y organismos fermentados, el correteo incesante de los insectos sobre el piso de la habitación, y caes en un breve pero reparador sueño. Aúlla el despertador. Amaneces a una noche preñada de amanecer, presta a reventar nuevamente de estruendos y aromas que no te permitirán pensar y cerca estarán de enloquecerte, como lo hace el niño recién nacido ante el trepidante espectáculo de las luces del paritorio y los amorosos alaridos de la mamá y el resto de familiares. Recién nacido en Benarés. Así te sientes. Y no es agradable. Ahora entiendes por qué lloran los humanos al nacer.

 

No tenías mucha esperanza de que ocurriese pero, efectivamente, el taxista te espera. Ahí está, sosteniendo, con su escueta musculatura dorsal, la desvencijada puerta del hotel del que agradeces salir al fin, tras una noche de insomnio y pesadilla.

 

La mirada del joven conductor revela la misma instantánea de sonrisas que la noche anterior, cuando le conociste, e intenta explicarte, camino hacia la ribera del Ganges, con un inglés difícil de comprender, el porqué las calles comienzan de nuevo a poblarse de personas, autos, bicicletas. A punto estás de contrariarle asegurando que han estado ahí, en la calle, toda la noche, que en ningún momento han desaparecido. Tal vez el cansancio te obliga a callar y sonreír, nada más.

 

Aún no salió el sol. Para cuando lo haya hecho, los habitantes de la ciudad podrán hacerle frente con la mejor de sus sonrisas. Esa sonrisa oriunda que no es sincera ni ficticia sino todo lo contrario. Muchos de ellos, al igual que tú, pero a pie, comienzan su peregrinación hacia las orillas del río sagrado. Allí, como en una lavandería humana, sumergirán sus cuerpos en un centrifugado de abluciones carentes de detergentes y espumas.

 

El trayecto finaliza antes de lo previsto. Ahora tienes que caminar en línea recta. Poco más de 500 metros, según te indica el afable taxista. Sólo sigue a la gente, es su última recomendación. Abonas el escueto monto del viaje y él te toma entre sus brazos para despedirte, namasté, namasté, como queriendo vestirte de bendiciones.

 

El camino hacia la ribera se efectúa con lentitud debido a la profusión de caminares que pretenden, como el tuyo, desembocar en las aguas calmas del místico caudal. Comprendes que estás en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, casi 3.000 habitantes por kilómetro cuadrado, y por un momento te atenaza algo que identificas como un ataque de ansiedad. La promiscuidad de los cuerpos semidesnudos de hombres, mujeres, niños, enfermos, rateros, policías, monjes, mendigos, todos en consonante y silencioso peregrinar, hace que te preguntes si no quedarás definitivamente rodeado por ellos, varado en esta marea humana, si no será falsa la seguridad de poder llegar a espacio abierto, y respiras desacompasadamente ansiando el final del recorrido. Junto a ti, dos hombres cargan un cadáver, mientras las mujeres que parecen acompañarles lanzan pétalos de rosas sobre la túnica que cubre ese cuerpo que espera ser incinerado en alguno de los ghats de cremación a orillas del río sagrado. A tu espalda se repiten, incesantes y monocordes, las plegarias de un grupo de sadhus ataviados con nívea túnica e indolente serenidad. Frente a ti, lo que parece el séquito festivo de un recién celebrado matrimonio compite en afónica sonoridad con el desconcierto de los cláxones. Intentas descubrir, en alguno de los soportales que muerden las fachadas de los edificios colindantes, algo que no sea una tienda de saris o de utensilios de plástico, un lugar al que poder escapar para recobrar el aliento, un café tal vez, un portal. Pero sería labor imposible. Respiras hondo y te atenaza un inequívoco perfume a descomposición. Por un instante casi deseas caer desmayado en el asfalto confiando en que alguien llamará una ambulancia que te saque de allí con urgencia.

 

Sigue caminando. Esto es lo que querías, te dices. Te sobrepones. Respiras. Continúas caminando, casi llevado en volandas por la muchedumbre.

 

Tras un peligroso encuentro con uno de los cientos de monos que pueblan la ciudad y que ha adherido sus garras a la correa de tu cámara fotográfica, desembocas, junto con todo el torrente humano que acompañaba tu aún nocturno paseo, en Dashashwamedh Ghat, una de las cientos de escalinatas que conducen a las turbias aguas del Ganges, la más popular, custodiada por Brahma y Shiva, y el lugar de reunión, al amanecer, de aquellos que no comprenden su vida sin agradecer cada día el despertar del Astro Rey. Desciendes un par de escalones y, no sabes si por necesidad de descanso o por pura postración mística, tomas asiento en la gradería y contemplas las apacibles aguas de la Mama Ganga, teñidas a lo lejos de un rubio oxigenado que advierte del amanecer.

 

La impresión es la misma, piensas, que la del adolescente que se enfrenta a su primera experiencia sexual, al contemplar el cuerpo desnudo de la persona que perpetrará con él ese iniciático rito de nacer al amor. Algo así como adoración. Una veneración que evita las miserables cicatrices de hambre, suciedad y pobreza que esconden las aguas del río y alrededores, al igual que el adolescente decide ignorar, admirado y fervoroso, esos kilos de más que decoran la geografía corporal de su primer amante, por ejemplo. Tan embelesado estás por todo lo que de supuestamente espiritual tiene el espectáculo. Casi llegas a comprender el hecho religioso, y prefieres no preguntarte por qué.

 

Frente a ti, un joven delicadamente ataviado con ropajes de esplendorosa seda comienza a disponer los utensilios con que ofrendará al sol naciente la primera puja u oración del día. Mientras él prende fuego a los carbones que reposan en el interior de una vasija con forma de beligerante cobra, tú decides prender fuego a un cigarrillo al que apenas acertarás a dar un par de caladas, sobrecogido como estarás ante el rito que el oferente llevará a cabo entre musicales salmodias para dar la bienvenida al nuevo amanecer. Te invade una especie de frenesí que, al apartar la mirada mientras giras la cabeza (cuando comienzas a observar a los hombres y mujeres que bajan las escaleras hasta dar con sus cuerpos desnudos en el agua), casi te impulsa a acompañarles y sumergirte. Afortunadamente, has abandonado ya al joven que te sentiste al contemplar por vez primera el espectáculo del Ganges, y entras en una fase de pubertad que te hace recordar que sus aguas, a su paso por Benarés, son de las más contaminadas del planeta. Tanto que las propias bacterias se autofagocitan sin dar tiempo a que la enfermedad se aposente en el légamo promiscuo que golpea las escalinatas. Eso aseguran, al menos, los estudiosos.

 

La contaminación parece no afectar a los cientos de hindúes que se acercan cada mañana a sumergir sus cuerpos en el bendito flujo de este río que nace en los Himalayas pleno de pureza y cristalina corriente, antes de comenzar a perder salubridad en su deambular por las diversas ciudades de la India, y abandonar su torrentera de mugre, lodo y plegarias en el mayor delta del mundo, una vez unido en sacrosanta cópula con el Brahmaputra, ya en las inmediaciones del Golfo de Bengala. Se supone que fue el dios Shiva quien, tras una copiosa lluvia que amenazaba acabar con la vida de todos los humanos, decidió salvaguardar su existencia recogiendo aquel caudal entre sus cabellos. De la húmeda cabellera de Shiva nacieron los hilos de lluvia domada que conformaron las riberas del río Ganges. Por eso los hindúes se acercan hasta sus aguas: para agradecer la benevolencia de aquel dios y purificar allí sus cuerpos.

 

Has asistido a uno de los cientos de rezos al sol, el fuego y el universo todo, que se celebran a diario en Dashashwamedh Ghat. Algo ha nacido. Tal vez un hombre.

 

Decides abandonar la ya saturada escalinata y emprendes un paseo a lo largo de la ribera, pasando de uno a otro ghat y asistiendo en cada uno de ellos a un espectáculo diferente.

 

En Assi Ghat se agrupan, en pequeños racimos, como temiendo desprenderse de la raíz de la vida, numerosos turistas que, como tú momentos antes, recién nacen a la ceremonia de la vida. Allende sus gradas se acumulan los más populares hostales, aquellos en que acaban las víctimas de los touroperadores que, en no pocos casos, pasan a ser víctimas también, al caer la tarde, de los pícaros y carteristas que pululan por Benarés. Que la religiosidad no libra del hambre, y cada cual se busca la vida como mejor puede. También, entre los grupos de incautos viajeros, un nutrido conjunto de músicos, ricamente ataviados, afinan los instrumentos a los que arrancarán voluptuosa fanfarria en honor a Shiva. Festividad del recién nacido, sorpresa de las resonancias y pigmentos primigenios… los mismos que atisbamos durante el alumbramiento.

 

Hasta Mana-Mandir Ghat se llegan numerosos jóvenes cuya testa, hábilmente rapada, recoge los destellos con que el sol ensaya cubismos sobre las aguas del Ganges. Este radical corte de cabello simboliza el abandono de las impurezas que pudiese haber acarreado cualquier vida pasada. Recorren ya este mundo con la inocencia propia de todo chaval, y disponen los utensilios de una nueva ofrenda a Shiva, que les tomará del único mechón de cabello que aún atesoran para conducirles por el camino correcto. Un buen puñado de adultos con idéntico aspecto les acompaña escalinatas abajo. Posiblemente fieles del movimiento Hare Krishna, el único que mantiene como obligatorio, incluso en la edad adulta, tan peculiar corte de pelo. Contemplarlos concentrados en sus abluciones es lo más cercano a ver saltar los niños en un parque infantil de cualquier urbe occidental.

 

Brahma Ghat es el lugar reservado a los estudiantes de una de las más afamadas escuelas espirituales de la India. Ignoro –y seguiré haciéndolo– a cuál de los millares de creencias hindúes pertenece dicha escuela. Pero acerca de su renombre ya se cansarían de insistirme los simpáticos camareros de un restaurante cercano, un par de días después. Los brazos muriendo hacia el cielo, la mirada coloreando vacíos. Pareciera que repasan las lecciones que les servirán para pasar con nota la incomprensible asignatura de la vida. Caminan hacia el río como lo haría una estatua. A su orilla, se postran. Y su esqueleto parece querer jugar a los títeres. Eres consciente de que estás comenzando a olvidar la noción de lo espacio-temporal. Te recuperas pensando que, al fin y al cabo, sólo son estudiantes. Luego comprendes que tal vez son los únicos estudiantes a quienes gusta el ir a clase.

 

En los alrededores de Lalita Ghat abundan los hostales de cuestionable calidad. Pocos son los turistas que se hospedan en ellos. Son alojamientos para muchas de las populosas familias que llegan desde el interior del país, tras arduas jornadas de viaje, con la intención de ofrecer sus preces a la Mama Ganga. En las escalinatas, los trabajadores de los establecimientos hoteleros enjabonan las sábanas que aún retienen, como fósiles sorprendidos, los perfiles de los huéspedes. Frotan la ropa con detergentes de procedencia equívoca, arañando sus manos en la caricia borrascosa de la piedra. Sumergen las prendas ya lavadas en las aguas del Ganges, y luego las extienden sobre las escalinatas, donde acaban conformando un fascinante carnaval cromático. Ningún otro ghat evidencia así los esfuerzos de la edad adulta, los sinsabores del trabajo.

 

Continúas caminando, pasando de uno a otro ghat, casi deseando que no se acabe nunca este recorrido por las edades del hombre. Por algo será.

 

Sorprende tu caminar la profusión decorativa de los templos que escoltan el cauce del río y dan inicio a las escalinatas de los ghat. Observas a los devotos de cada una de las innumerables preferencias religiosas que el hinduismo aporta a sus fieles en dedicado rezo, mañanero ejercicio físico, e incluso haciéndose afeitar la cabeza por barberos armados de mugriento cuchillo e inexistente higiene. También contemplas a quienes rezan en estática postración, a los niños que corretean tras los monos, a los turistas japoneses que ametrallan con sus cámaras fotográficas (e incluso se atreven a desvestirse para, momentos después, bañar sus cuerpos en el río, inconscientes de los múltiples parásitos que pueden comenzar a habitar su interior desde ese momento para acompañarles durante el resto de sus días), a los vendedores de flores y a los de plegarias, a esas mujeres más ancianas que la vida que desnudan sus osamentas de clase de anatomía antes de entrar en las aguas del Ganges para purificar los escasos restos de carne que aún les pertenecen, a los hombres que se lavan unos a otros con profusión de exclamaciones y sonrientes cachetadas, a los pintores que buscan inspiración sentados en cualquier escalón, a los mendigos que permanecen con la mano extendida mascullando arcaicas jaculatorias... Aunque recorrieses durante más de cien años los más de cien ghats jamás llegarías a comprender Benarés. Y ahí es donde reside parte de su magia: lo inaprehensible de esta cultura ancestral que fluye por entre los escalones, paralela al fluir del Ganges a su paso por la ciudad.

 

Durante el camino has abandonado el disfraz de joven sorprendido por el espectáculo de la espiritualidad para comenzar a vestir la indumentaria del maduro visitante. Sí, has alcanzado la madurez en el instante en que has desechado la magia para comenzar a cuestionarte los motivos primigenios de tanta miseria, tanta suciedad, tanta pobreza, abandonadas a la sombra espectacular del rito y la superstición. Como hombre maduro que ya eres intentas comprender, analizar, resumir y…, como cualquiera que lo hace, cuestionas lo que no alcanzas a discernir. Tal vez finalices simplificando todo lo observado, diciéndote que sólo se trata de que el ciclo de la vida, aquí, en Benarés, oculta sus miserias bajo distintos ropajes.

 

Hasta que llegas a la escalinata del Manikarnika Ghat, donde los fieles de Vishnu acercan los cuerpos ya sin vida de sus seres amados para depositarlos sobre una mínima pila de madera a la que, tras añadir un buen chorro de gasolina y una breve porción de bendiciones, prenden fuego los escuálidos empleados de la cremación. Ser incinerado en el Ganges asegura a los fieles hindúes el fin del ciclo de las reencarnaciones y, por tanto, el descanso eterno. Es por ello que se acercan a cientos, cada día, para reducir a cenizas los cuerpos de los familiares difuntos. Esas cenizas serán esparcidas después en la corriente. Allí se mezclarán con el resto de fieles, los todavía vivos, que toman baños de espíritu, légamo y enfermedad. No sólo las cenizas, también restos de cuerpo humano flotan en el río sagrado, proporcionando alimento a las tortugas mutantes de más de 30 kilos que sobreviven en sus aguas. Quien no tiene posibilidades de sufragar una bien surtida pira funeraria ha de conformarse con unos cuantos maderos que, por supuesto, no aseguran la cremación total. Los restos del a medias calcinado, como las cenizas del definitivamente incinerado, unen danza sin armonía al melancólico ritmo impuesto por las contaminadas aguas.

 

Es entonces cuando, sobrepasada ya la polifonía de colores, fulgores y sonidos imperantes en los anteriores ghats, asumes que el que reza, el que se baña, el que medita, el que ofrece sus plegarias a las aguas de la Mama Ganga, todos, finalizan en un puñado de huesos con jirones de carne quemada. Nada más. Sientes un escalofrío y casi deseas no haber nacido o, mejor, volver a nacer en la sucia y ruidosa noche de tu mugriento hotel. Sí, tal vez lo mejor sea regresar al hotel, tomar una ducha y coger el tren de regreso a Delhi, haciendo una parada, quizás, en Agra, para sentirte plenamente vivo ante la contemplación del Taj Mahal, por ejemplo. Cualquier cosa para evitar tomar consciencia de lo peligroso que es disfrutar el espectáculo de la vida y su pariente más cercano: la muerte.

 

Recuerdas que llevas una cámara fotográfica colgada al hombro. En Makarnika Ghat está prohibido tomar instantáneas. Respeto a los finados y sus deudos, velos de intimidad circundando la exposición pública de las sagradas exequias. Es la excusa perfecta para olvidarte de la cámara de fotos y emprender el camino de regreso, partir de nuevo hacia el nacimiento de la vida. Tal vez, entonces, puedas tomar alguna instantánea que sea torpe reflejo del espectáculo circundante.

 

 

 

 

Pablo Cerezal (Madrid, 1972) es escritor, articulista y fotógrafo. Se estrenó en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012). Escribe los blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en Vinalia Trippers. Colabora con La Razón (Bolivia), El País (España), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina). En FronteraD ha publicado Pequeño inventario de literatura yonqui. Drogas y literatura, un paseo personalPerdiendo el norte en Corea del Sur. Viaje al país de la eterna primavera. En Twitter: @pablo_cerezal 

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