003 Ricky “El hombre de los relojes”

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La experiencia de su regreso a Cuba se había saldado con una profunda desilusión. Estaba desolado. Fue, entonces, cuando decidió seguir el consejo del conde de Keiserling para encontrar el camino hacia sí mismo, aún sabiendo que este pasaba por dar la vuelta al mundo. Entonces, recuperó una de sus antiguas personalidades, se embarcó en un viejo planeta y como freelancer llamó a su antiguo compañero de Stanford que ahora dirigía una Agencia de colaboraciones periodísticas en París. “Roy, ¿qué haces tú ahí?” “Ahora me llamo Paul”, respondió sin ocultar una sonrisa “¿Me creerás si te digo que esta mañana, al salir de la ducha y envolverme en una toalla mullida y blanca, no me atrevía a descubrir la cabeza porque temía que se reflejase tu rostro en el espejo? Parece absurdo, pero cuando sonó el teléfono no me extrañó que fueras tú. Fue como una paramnesia, como si lo que estaba sucediendo ya lo hubiera vivido otra vez, y hasta esto que te estoy diciendo me da la sensación de que lo estoy diciendo como si lo repitiese… debe de ser agotamiento, pero estoy pensando que debo pensar que no me importaría abrirme un poco y vagar sin rumbo y sin tiempo, sin tener un por qué ni tampoco un para qué, puff, debo de estar delirando”.
Un murmullo de caobas y de membrillos, de mulatas y de toallas de grueso algodón blanco, le hicieron cerrar los ojos mientras escuchaba, desde muy lejos, desde más allá de una cama de doble colchón de miraguano, ese fruto de ciertas palmeras semejante al algodón y que se emplea en los trópicos en lugar de lana, “¿Quién me compra este ternero? ¿Quién me compra este ternero?”
“¿Continúas estando al otro lado del teléfono o es todo una ilusión? “Sí, estoy ahí y no se trata de una ilusión ¿podremos alguna vez hacer algo porque sí?” “¡Ya lo creo! Como dicen en los telefilmes hoy es nuestro día de suerte.” “Y si no lo es, haremos que lo sea. Te aseguro que flipo y me da lo mismo subir que bajar… pero preferiría abrirme y largarme al lugar donde nacen los vientos.” “Anda, vente a pasar unos días conmigo. Te llamo desde La Habana. Diles que te tomas un tiempo sabático.” “Eso está hecho. Ya verás la cara que ponen cuando lean mi mensaje en la pantalla del ordenador. En lugar de una isla parpadeando en medio del océano les voy a dejar el rastro de un águila en vuelo.” “Te espero en el Hotel Comodoro y ya me harás saber cómo te llamas.” “Mi nombre es Roy, el amigo de Ricky.”
Ricky colgó el teléfono y bajó a la piscina. Recordó la conversación con los dos cooperantes de una ONG que había encontrado en el aeropuerto de Santo Domingo. Ricky los escuchó en silencio mientras apuraba su mojito y daba largas chupadas a su cigarro mientras esperaba el avión para La Habana. Le habían llamado la atención por la insignia de la ONG que llevaban en las mochilas. Eran muy jóvenes, hacía poco que habían terminado sus estudios.
Había sido en Santo Domingo la primera vez que Ricky entrara en contacto con esas organizaciones que, movidas por sentimientos de solidaridad con los desheredados del tercer mundo, intentaban suplir los desastres de las políticas de los grandes apoyados en la codicia de muchos ciudadanos de esos mismos países. Esos respetados ciudadanos dueños de las más suculentas cuentas bancarias producto de la fuga de capitales. Ya no se trataba de la confrontación Este‑Oeste ni de la tensión Norte‑Sur. Era un problema de intereses y de especulaciones que ignoraban al hombre como persona y sólo lo consideraban como instrumento de su avaricia. La cabeza de Ricky daba vueltas. Todos sus esquemas políticos, sus estructuras mentales, sus categorías se fundían como en un caleidoscopio a la deriva. ¿En qué había gastado su vida, empleado su tiempo?

 

XXX

“Por favor, hagan sus maletas.” “¿Qué pasa?” Preguntaron sobresaltados, los dos hombres.” “Hagan el favor de hacer las maletas y de acompañarnos.” Eran dos hombres vestidos de paisano. Ellos miraron el reloj. Las cuatro de la mañana. No entendían nada. Se habían acostado pronto, sobre las diez, y aún recordaban cómo, después de cenar en “La Bodeguita de en medio”, tomaron un taxi que los condujo al hotel.
Por la noche, se habían sentado a fumar sendos cigarros Montecristo mientras intentaban contemplar las estrellas bajo un cielo brumoso, pero muy bello con el calor del trópico. No entendían nada, mientras se levantaban y comenzaban a vestirse. Uno de ellos, Juan, le dijo al que parecía de mayor autoridad “¿Quiere explicarnos qué es lo que sucede? Nosotros pensábamos estar en este hotel hasta el domingo” “Les repito, hagan las maletas cuanto antes y acompáñennos abajo”.
Ricky, más reflexivo, sin decir palabra, se vistió con rapidez y fue metiendo en su maleta el contenido de los cajones del armario, sin orden ni concierto, como había visto hacer en tantas películas americanas. Se daba cuenta de que no estaban ante personas corrientes del hotel, sino ante lo que parecían ser policías.
Roy se resistía a aceptar aquella intromisión en plena noche. Estaban en 1992, en la Cuba de Fidel Castro, bloqueada no sólo por los Estados Unidos, sino por todos aquellos países que habían seguido su orden de embargo e impedían cualquier envío de materiales de repuesto a la isla, de petróleo, medicamentos… de todo aquello necesario para la subsistencia de un país.
La Habana, con su hermosura de perla y puerta del Caribe, “la ciudad de las columnas” al decir de Carpentier, con sus fachadas de colores desmochadas y comidas por el salitre, tenía ese dejo de tristeza de las ciudades amenazadas en las que sólo circulaban viejos autobuses destartalados, con las gentes colgadas de las puertas y de las ventanas. Gentes que habían esperado dos y tres horas la llegada de una guagua, y cuyas vidas habían cambiado por completo. Los niños ya estaban acostumbrados, a la salida del colegio, a esperar a sus padres de tres a cuatro horas. No se veían coches particulares, salvo en emergencias, puesto que el gobierno no daba más que unos pocos litros de gasolina al mes. Los taxis sí que circulaban para los turistas, pagados con dólares. El Malecón, uno de los más hermosos y conocidos paseos del mundo, se veía vacío de coches y de autobuses, pero, como siempre, lleno de una juventud alegre, ardiente y jubilosa. Hablaban, reían, se abrazaban y mezclaban los sudores de sus cuerpos a la espera de mezclar sus sangres “tras las blancas paredes de cal”.
Ricky recogió atropelladamente sus cosas. Entró en el cuarto de baño y se paró ante el espejo. Se miró fijamente como preguntándose si aquello era un sueño. ¿No habían estado aquella tarde en el Floridita tomando varios daiquirís con su amigo Oscar, acodados en la barra, en el sitio preferido de Ernest Hemingway? ¿Qué había ocurrido? ¿Qué había podido llamar la atención de policías o de militares? Porque ya no le cabía duda de que aquellos hombres eran militares o policías‑militares. ¿Qué había pasado?
Habían recorrido la Habana vieja, entrado en la Catedral, visitado el Museo Nacional con las hermosas piezas de caoba del tiempo de la colonia. Se habían demorado en la fábrica de tabacos Partagás, junto a la plaza de hombres ilustres. Habían entrado en la casa que sirvió de escenario para El siglo de las luces a Alejo Carpentier, hoy convertida en museo. Se habían acercado hasta el Capitolio, hasta el Gran Teatro y hasta el hotel Ambos mundos, en el que Hemingway había vivido tantas veces. Habían caminado por la calle del Obispo, contemplado con tristeza las tiendas vacías, en las que había que hacer cola, de acuerdo con un número y un día especial que le daban a cada persona, para poder adquirir lo que no existía. Bares desiertos. Lo que fuera una tienda, aparecía completamente vacía.
Roy, mientras se cepillaba los dientes, como si estuviera preparándose para ir al trabajo o para ir a pescar, se olvidó, por unos momentos, de que estaban los policías esperándolos. Seguía interrogándose en el espejo ¿Qué había pasado? ¿Por qué, de repente, tal como sospechaba, iban a ser expulsados del país sino les ocurría algo peor?
Dos golpes secos en la puerta lo sacaron de su estado. Maquinalmente accionó la cisterna del water y salió. Todavía tuvo arrestos para decirles “Por favor, creo que se trata de una equivocación. Nuestros visados están en regla. Tenemos una estancia de turista de diez días, y mañana salíamos para ” Cayo Largo”. Debe de tratarse de un error” No le contestaron. Él insistió “Si como usted me hace suponer, después de sacarnos de la cama a las cuatro de la mañana, esto es una expulsión, le ruego que me ponga en comunicación con nuestra embajada” “Les repito que bajen cuanto antes y que nos sigan”.
Cogieron sus maletas. Se dirigieron al ascensor. Segundos después, cuando estaban a punto de accionar el ascensor, uno de los hombres dijo “No, por aquí no”. Y salieron por la puerta de servicio, conducidos a lo que debía ser la lavandería del hotel. “Perdone, ¿no íbamos al hall a retirar nuestros pasaportes? ¿Es que no tengo derecho a llamar a mi embajada y, sobre todo, a arreglar la cuenta? Este hotel está reservado por una semana” “No se preocupe por los pasaportes”.
Entonces, sintió en los riñones la presión de un objeto inconfundible. Sin decir palabra bajó y ya no le cupieron dudas. Abajo estaba una furgoneta del ejército junto con varios hombres de uniforme, indudablemente, de policías del ejército. Les tiraron las maletas en la parte trasera y les empujaron para entrar. Flanqueados por dos policías cada uno salieron del garaje. Fue, entonces, cuando vieron recortada en la penumbra la figura de Oscar. Algo se agolpó en sus mentes, algo como una nebulosa caliente, como la lefa de la desgana.
Oscar era el camarero que les había servido en el desayuno. Parecía una persona amable y educada. Y lo era, en efecto. Hasta tuvo la atención, desayunando en el buffet, de traerles por dos veces vasos rellenos de zumo. No recordaban cuándo ni cómo le preguntaron el nombre. No recordaban de quién había sido la iniciativa. Trataban de recordarlo desesperadamente en aquellos momentos.
Habían quedado, a las cuatro, en la puerta del hotel, para dar una vuelta y recorrer la Habana vieja. Habían ido en un taxi para turistas. Después, habían caminado por las calles. Todo había sido tan normal, el camarero tan educado. Les había contado tantas cosas de sus estudios, de su antigua militancia en las juventudes comunistas, de su padre, casado en segundas nupcias con una escultora. Parecía desilusionado.
Ahora le parecía ver más claro por qué aquella confidencia. Por qué aquel explicarles que el régimen parecía tocar a su fin. La verdad es que no lo había criticado abiertamente. Fue como una mezcla de confidencia y de comentario intrascendente. Su rostro juvenil, su sonrisa… ¿Cómo podía ser? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿No les había hecho aquellas confidencias, hasta el punto de que Roy le había contado que realmente no eran turistas, sino miembros de una organización no gubernamental, con el fin de hacer algunos contactos, en ningún caso políticos? Quedó muy claro. Venían a aquel país para prestar ayuda al desarrollo, a los minusválidos, a los ancianos, a quien lo necesitase, como en el resto de países del denominado “tercer mundo”. Para estudiar qué posibilidades podría para llevar a cabo proyectos de cooperación para el desarrollo. Habían dejado claro que su deseo, como el de tantas gentes en el mundo libre, era que se produjera una transición pacífica en el país, sin derramamiento de sangre.
Sí, ahora se hacía la luz. Ellos habían contado algo tan elemental como preparar la ayuda a un país cuya experiencia comunista tocaba a su fin.
De repente, el coche iluminó la figura de Oscar, recortada junto a una palmera. Instintivamente dirigió su mano derecha a la muñeca izquierda, en la que lucía el reloj que Juan le había regalado durante la cena en “La Bodeguita”. Quizás con un gesto de solidaridad, de simpatía, de amistad. No entendían nada. El mismo Oscar le había regalado, a su vez, el suyo como en una especie de pacto. Pero sí, ahora recordaba. Roy hasta le había sugerido casi sin darse cuenta que, si las cosas iban mal en Cuba, en su tierra habría amigos que lo recibirían para ayudarles a reconstruir su país.
¿Fue imaginación? ¿Fue un deseo o le pareció ver en la cara de Oscar algo así como una lágrima? ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué Oscar les había traicionado?
El coche arrancó, pasó veloz delante de Oscar y se perdió en la noche. No conocían mucho La Habana, pero se daban cuenta de que aquella no era la carretera del aeropuerto.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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