10. La soledad, vieja, pálida y visible como la luna

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Y de ahí el desconcierto de Piojo. En el acuario, los días de tormenta los calamares se arrebujaban en el fondo con una tristeza dominical, en tanto que allí en el mar en libertad él sentía más ganas de saltar que nunca. Y de ahí que sus series de ochos parecieran cortados por la mitad, al clavarse el Piojo contra olas más y más grandes y más altas.

 

Los días de lluvia, en el Acuario se escuchaban los juramentos de Jonás contra el mal tiempo y los delfines. “¡Si es que no servís más que para la lluvia! ¡Estáis hechos de lo mismo! ¡Mal rayo os parta!”, les decía. Como si de los delfines dependiera que lloviese, y del matiz de gris de las nubes, que saltasen los delfines. En cambio allí en el mar abierto una orquesta de viento y truenos saludaba con ruido y entusiasmo el regreso de Piojo.

 

En el acuario apenas disponían de sitio para moverse. Si querían dormir tenían que ponerse de medio lado. Resultaba muy incómodo y quizá esa promiscuidad de cárcel era lo más difícil, peor aún que la nostalgia del afuera pues la promiscuidad corta la imaginación y empequeñece el mundo y lo convierte en un lugar mezquino, indigno para vivir. En cambio, desde que se había escapado del acuario Piojo tenía para él solo todo el mar, sin límites. Desde el Este hasta el Oeste no se veía en todo el horizonte un volcán, ni palmeras, ni la silueta de un solo petrolero.

 

Por cierto que Ramón no había pagado con su vida la fuga de Piojo, y ni siquiera con la punta de un tentáculo. Al menos hasta entonces.

 

Pues ni Jonás ni ninguna de las chicas que acudían para que les tatuara pequeños delfincitos en el cuerpo –la otra actividad de Jonás- se hubiesen podido imaginar que un pulpo pueda levantar una reja para que un delfín recobre el mar y la libertad. ¿Para que un delfín recobre la libertad? Los pulpos no hacen eso. Los pulpos sólo sirven para ser cocidos y servidos al dente sobre una plancha de madera y con abundante pimentón. Sólo así sirven para estar riquísimos.

 

Tras la fuga de Piojo, Ramón volvió a colocar con cuidado la reja, con su ojo vigilante comprobó que nadie lo había visto y se fue y se hizo plasta en el rincón menos iluminado de la piscina de los delfines. Nadie lo vio esa noche, todos dormían los unos sobre los otros, como en literas. Desde el borde de la piscina se podía muy bien confundir con una mancha de mugre, que a nadie importaba, o como un residuo de la tinta de los calamares que había llegado hasta allí. Desde que se la perfumaban y teñían, como uno de los atractivos del espectáculo, la tinta de los calamares hacía a veces grumos muy difíciles de quitar y soltaban un fuerte tufo a pachulí que ocultaba el de los peces. Por otra parte, si alguien lo reconocía hecho una plasta que parecía de caca en el fondo de la piscina, muy bien podía pensar: “El pulpo. Tiene una depresión”.

 

Y en cierto modo así era. ¿Con quién hablaría ahora? ¿Quién le escucharía? Durante días el pulpo se dejó ir a la melancolía que afecta a los animales en los monzones –monos y ganado cebú de largos cuernos bajo la lluvia-, cuando parece que, esta vez sí, lloverá siempre.

 

Pero es que además a nadie le importaba ni una gota de lluvia la tristeza de Ramón ni de nadie que habitase por debajo de la superficie del mar. Una frontera tan decisiva que divide el mundo en dos, y hasta cambia la visión de un lado a otro.

 

Piojo no podía comprender ese vértigo del espacio, ni por consiguiente terminar de creerse que el mar fuese suyo. Para moderar su corazón, que corría a toda velocidad, daba los saltos que había querido dar en el Acuario en los días de tormenta y que por falta de público no le habían permitido. No saltan, los delfines, cuando no hay público. Eso sólo lo hacen en el mar.

 

Pero algo pasó, que se fue calmando. O tal vez la tormenta arreció. A lo mejor era que tardaba más en atravesar las olas, más gordas. O que las olas, ya altas como árboles, lo hacían más pequeño. Y sin embargo no sentía miedo. No sólo porque las tormentas no intimidan a los delfines, ni a ningún otro pez. Es como si el mar se fuese al asalto del cielo. La exaltación de volver a ser él y el espectáculo del cielo siempre cambiante le habrían hecho llorar en el caso de que los delfines pudiesen llorar, que no pueden. Al menos no se sabe cómo son sus lágrimas. A cambio, cantan.

 

Luego, poco a poco, a medida que nadaba más lento, se fue dando cuenta de que algo faltaba. ¿No le gustaban los grises oscuros de las nubes? Al contrario, le asombraba su elegancia. ¿Desafinaba el viento? No, nunca había escuchado un músico tan preciso, que junto con la lluvia y los relámpagos conseguían hacer bailar hasta las olas, las nubes… el mundo todo. Le hacían bailar a él con el mundo.

 

¿Entonces?

 

Piojo tuvo que detenerse para escuchar. También para mirar. Saber qué estaba pasando. Por qué el corazón le latía pero con otra cosa.

 

Y sólo al cabo de un rato comprendió. Ahí arriba, en el techo del mar, estaba solo. Algunas gaviotas y albatros se dejaban arrastrar por el viento pero pasaban rápido y, lo más extraño, sin fijarse ni recrearse en el paisaje como en otros momentos. Parecían ir a algún sitio, buscar algo. Tal vez huían.

 

En el acuario Piojo la había sentido muchas veces pero nunca la pudo nombrar porque, ¿cómo iba a sentirse así si estaba rodeado por los cuatro costados? Si el problema era justo que estaba rodeado…

 

Y sin embargo sí, era lo mismo y ahora no tenía a nadie que le equivocase el nombre de lo que sentía, y que reconoció de inmediato pues se nace y desde luego se muere ya sabiendo lo que es: la soledad, tan vieja, pálida y visible como la luna.