101 Cuentos de todos los tiempos. «A ver, a ver»

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009 ¡A ver! ¡A ver!
Regresaban una tarde de llevar a un matrimonio anciano y enfermo sopa caliente con unas carpas asadas de las que habían pescado por la mañana. También les dejaron un pan que Sergei había sacado de la cocina, junto con el burro de los monjes con el pretexto de hacerles unos mandados. Sobre el asno habían aparejado dos alforjas para colocar la comida que les dejaban a diversas familias necesitadas y con niños. El anciano siempre entraba y les saludaba, se interesaba por ellos y los confortaba escuchando sus historias de cuando trabajaban los campos, o hacían artesanías. Al joven le llamaba la atención que nunca les hablaba de sutras ni de otras escrituras ni les daba consejo alguno, ni siquiera les contaba cuentos. Los escuchaba hablar de sus cosas. Pues bien, mientras ascendían por el camino le dijo:
– “Maestro, tú que tienes poderes, ¿por qué no haces un milagro para que siempre estén llenas las artesas y las orzas de los pobres?”
– “¡Vaya con la liebre vaga! ¿De dónde sacas tú que yo tengo “poderes”? Estás tú bueno. Escucha lo que le sucedió a un ermitaño que, ese sí, tenía poderes como tú dices. Sucedió en nuestra antigua China, allá por la dinastía Tang. De joven, en su pueblo, se ocupaba de los enfermos.
Su porte era natural y sus maneras armoniosas. Hacía todo con sencillez y siempre con una sonrisa que sostenía su mirada de afecto hacia las personas que sufrían. Su secreto residía en actuar con toda naturalidad. Se inclinaba ante el enfermo, musitando el Jai Ram («me inclino ante la divinidad que te habita»), después, permanecía un rato en silencio absorbiendo todo el dolor del paciente mientras éste hablaba. Luego, se levantaba, tomaba agua clara, y la vertía sobre el miembro afectado, o sobre la cabeza o las manos del que lo había llamado. O les frotaba con energía las plantas de los pies sobre las que aplicaba aceite de oliva, manteca de leche de vaca primípara, o hierba buena con raíces de jengibre. Hacía emplastos de líquenes y aplicaba cataplasmas de mostaza. Hervía hierbas aromáticas y hacía aspirar sus vahos a quienes manifestaban dificultades para respirar. O los bañaba en un abrevadero de animales en un agua tibia en la que había dejado macerar durante una noche de luna flores y plantas aromáticas. O quemaba diversas plantas en el baño de vapor con piedras calientes sobre las que derramaba granos de cáñamo macerados en agua con algunos hongos. Después, velaba sus sueños para matar a los demonios según iban saliendo del cuerpo del doliente, mientras la familia esperaba conmovida en los porches de las casas.
Todo esto lo hacía el joven hablándoles en voz baja.
Cuando entendía que el enfermo de melancolía o de ira o de miedo o de celos o de hastío, se aquietaba y se dejaba hacer, volvía a inclinarse ante él, mientras juntaba sus manos y mirándole a los ojos con su apaciguadora sonrisa, le decía «¡Namasté!» («tú y yo somos uno mismo»)
Recogía sus cosas y regresaba a su huerto o se subía al monte en busca de plantas y de silencio.
Llegó un momento en que su fama se extendió de forma que acudía gente con enfermos desde los lugares más remotos. Su vida sencilla y austera, regalada con el cuidado de su jardín y con sus paseos por el bosque, se fue haciendo difícil.
Intentó formar a discípulos, pero la avidez y codicia de estos, les hacían desistir y comenzaron a propagar que el joven maestro tenía poderes mágicos, que seguro que tenía tratos con espíritus del bosque o con algún diablo o con los cazadores de la noche.
Un día, uno de los más prometedores aprendices, incapaz de asumir su fracaso, amotinó a las gentes acusando de brujería al sanador venerado.
A pedradas salió el buen hombre del pueblo mientras las gentes gritaban «¡Ya nos temíamos algo! Así regalaba todo lo que le daban y su casa no tenía puertas ni su despensa descansaba. No podía ser nada bueno. ¡A ver!» Y seguido de esos gritos de «¡A ver! ¡A ver! ¡A ver!» se fue hacia la montaña seguido por un perro que lamía la sangre de sus heridas y borraba su rastro en las piedras del camino.
Pasados los años, el rico hacendado que había pretendido ser su discípulo se enteró por unos pastores de dónde residía el Maestro y acudió a pedir su bendición, arrepentido por haberle causado tanto daño.
El anciano lo acogió con la sonrisa de siempre, le preparó el té y le acomodó un estrado en su cabaña con unas pieles para que se abrigara.
A la mañana siguiente, antes de la partida del rico hacendado, el anciano Maestro quiso hacerle un regalo y transformó con su dedo una piedra en oro puro. El comerciante no quedó satisfecho y permaneció en silencio mientras el joven curador señaló con su dedo una roca que también se convirtió en oro. El adusto personaje no sonrió.
– ¿Qué deseas, pues? – preguntó triste el hombre de bien.
– Quiero ese dedo, ¡córtatelo!

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