‘13 Tongues’, energía y sensibilidad asiáticas

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Las oportunidades de ver espectáculos procedentes del Lejano Oriente no son muchas. Por eso se agradece que los Teatros del Canal hayan programado 13 Tongues de la compañía Cloud Gate Dance Theater Que solo lo hayan hecho dos días, ya no gusta tanto, porque da poca oportunidad a difundir lo que se ha visto y a animar a verlo.

Aquellas personas que se hayan acercado al teatro para verlo se han encontrado varias cosas. La primera, unas formas de hacer muy occidentales. Sobre todo, si se habla en términos contemporáneos. Formas que han hibridado con otros movimientos que parecen catas de artes marciales y con la construcción de imágenes que parecen esas películas chinas de guerreros o guerreras que flotan en el viento.

La segunda un gran conocimiento del espacio. Esta vez una caja negra sobre la que se jugará con las proyecciones y la iluminación. Un juego que aportará luz y color en los cuerpos y en los trajes de los bailarines. Además de marcar espacios, abriendo o cerrando.

La tercera una ejecución milimetrada de la coreografía de unos bailarines a los que se ve con ganas. Ganas de hacerlo bien. Ganas de disfrutar haciéndolo. Y eso se nota desde el patio de butacas haciendo que los espectadores estén atentos a lo que pasa en escena.

Si bien es cierto que es posible que también se esté produciendo algo parecido en un lost in translation. Debido fundamentalmente al desconocimiento de la cultura china. Sus referentes y tradiciones. Hay que tener en cuenta que en la página Web del teatro dice que la coreografía de Cheng Tsung-lung está basada en los recuerdos que el coreógrafo tiene de su infancia. Un tiempo en que ayudaba a su padre en la pescadería que tenía en el mercado y donde un anciano se ganaba un dinero contando cuentos chinos, los pertenecientes a las trece lenguas del título.

Algo que se ve, como ya se ha dicho en esas princesas o guerreras, que llevan vestidos fosforescentes y que llevan en volandas sus compañeros. Y las que también ascienden hacia el cielo subiendo la escalera que sus compañeros han hecho flexionando el tronco y colocando la espalda. Como en todas esas películas que nos han llegado tras el éxito de Tigre y Dragón.

Sin duda, esto es lo más espectacular. La introducción de colores fosforescentes de estilo pop. Pero sería una anécdota si no se acompañase de un trabajo corporal impecable. Desde un inicio donde la energía infantil y aparentemente desorganizada con la que se mueven se convierte en sujetos o caracteres que se pueden ver ocupando las calles.

O sin que ese conocimiento de la luz con el que ha creado Shen Po-hung, se usase para marcar los gestos de los bailarines que, cuando llevan sus trajes negros, dejando al aire brazos y el rostro, estos consiguen presencia danzística gracias a la luz blanca que reciben. Lo mismo que cuando se viste con trajes fosforentes, se los tiñe de un color azulón. Convirtiendo la representación en una fantasía pop que viene del otro lado del mundo.

Una luz que añadida al movimiento sincronizado y, también, desincronizado del cuerpo de baile junto con proyecciones permite jugar con los sentidos del espectador. Una especie de sinestesia lisérgica que produzca la sensación de que el escenario se empequeñece y se mece.

Añádase la música de Lim Gion que, partiendo de lo tradicional, del ruido folclórico de Asia para los oídos de un occidental, va transformándose en una partitura electrónica perfectamente reconocible. Que suena más a rave, incluso a clásica contemporánea, con toques asiáticos y del piano del recientemente desaparecido pianista Ryuchi Sakamoto.

Con todo esto, la hora y cinco minutos que dura el espectáculo sabe a poco. Aunque es posible que, de ser un espectáculo más largo, el cuerpo de baile no fuera capaz de mantener esa energía, ese nivel de concentración y precisión que desplegó en esos sesenta minutos.