#14 Coristas, periodistas y burofaxes

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Parecía que todo iba a quedar en una huelga y alguna cacerolada, pero está a punto de ocurrir lo que ya no tiene remedio: el coro de la English National Opera está a punto de desaparecer. La orquesta también está en entredicho, y el cuerpo técnico, por supuesto: a alguien se le ha ocurrido que es mejor contratarlos unos meses, mientras cantan y tocan, y mandarlos a casa el resto del año.

 

I

 

 

Parecía que todo iba a quedar en una huelga y alguna cacerolada, pero está a punto de ocurrir lo que ya no tiene remedio: el coro de la English National Opera está a punto de desaparecer. La orquesta también está en entredicho, y el cuerpo técnico, por supuesto: a alguien se le ha ocurrido que es mejor contratarlos unos meses, mientras cantan y tocan, y mandarlos a casa el resto del año.

 

 

Bueno. Y a mí, ¿qué? Londres está lejos de aquí y ya tienen a la Royal Opera House. ¿No pueden compartir coro? ¿Cuánto cobran? ¿Cuánto dinero les dan de subvención? ¿No hay problemas más urgentes que pagar a una gente que se dedica a cantar? No, en serio, ¿qué narices me importa? Que lo paguen los ricos, etc.

 

 

Antes de evaluar si importa o no, vamos a pensarlo un momento, y vamos a pensarlo bien, porque hay cosas que cuando se destruyen no se pueden reconstruir.

 

 

La ENO llevaba años en barrena económica. En el Reino Unido —que son así— las subvenciones no proceden directamente del Estado, sino de los ingresos de la lotería y de partidas especiales recaudadas al efecto. Luego, con todo este dinero en un enorme saco, el Arts Council lo distribuye entre las compañías, teatros y solicitantes. En caso de que la gestión económica se disparate, como ocurrió en la ENO, se les coloca bajo «special measures», que viene a ser como una intervención de su gestión para que no se autodestruyan.

 

Esto fue hace un año. Se le exigía a la ENO un replanteamiento de su «modelo de negocio» y la adopción de un sistema más empresarial en su funcionamiento. Lo que siguió fue una sangría de dimisiones —incluyendo cartas de altos cargos llamándose de todo entre sí— y ahora, un año después, estar al borde de la desaparición. Como balance quizás no sea el mejor: aquello que tan bien sonaba del «modelo de negocio» se ha traducido, como suele ser costumbre, en el desembarco de siniestros personajes que saben mucho de ganar dinero y muy poco de hacer teatro. O sea, complicadísimos sistemas de venta de entradas, ingeniería aeroespacial con los catérings y cero nuevas producciones. Ah, y bajar sueldos a todo el mundo.

 

 

Rupert Christiansen, el avinagrado crítico del Telegraph que más leña le ha dado a la ENO, tiene una teoría sobre cómo salvarla: Que se reinvente como una «compañía pobre» y deje de lado sus «aspiraciones mundiales». (Lo dice sobre todo por dejar de ver puestas en escena que no le gustan nada.)

 

 

Conclusión: el coro está al borde del precipicio, recabando tantos apoyos como puede del medio artístico —aquí sería impensable— y estudiando una huelga; y la ENO se inmola poco a poco. Así que, en efecto, hay que pensar muy bien si realmente no importa. Repito: cuando ocurra, ya no habrá vuelta atrás.

 

 

 

II

 

 

Da la casualidad de que aquello que le está ocurriendo a la ENO se parece sospechosamente a lo que lleva prácticamente diez años sucediendo en el periodismo español. Últimamente, con más intensidad: cuando se ha laminado al 70% de una plantilla, da igual cargarse otro 5% o 10% si con eso se puede volver a una situación de ganancias.

 

 

Digo que se parece sospechosamente porque los periódicos, de pronto, dejaron de ganar dinero. Empezaron a perderlo, y empezaron primero a descremar lo superfluo: que si en lugar de 120 páginas salgo con 80, que si en lugar de 80 salgo con 50, que si la rotativa se puede subcontratar, que si Deportes me lo puede hacer un colaborador-becario gratis… Así hasta llegar aquí, a la condescendencia final: celebrar en páginas interiores la recuperación económica mientras que se ejecutan despidos a lo salvaje, sin contemplaciones y sin ningún tipo de miramiento para con el o los interesados. Da igual que sea un becario que lleva diez minutos y no cobra ni cuatrocientos euros que un veterano: a casa.

 

 

Y a mí ¿qué? ¿Cuánto cobran? ¿Cuánto dinero les dan de subvención? Los periódicos que los paguen los ricos, etc.

 

 

Vista la situación del periodismo español en la actualidad, que oscila entre el guirigay ideológico y la chapuza inmisericorde, está claro que no nos da igual. Y no nos da igual porque por mucho Twitter, mucha democratización y mucho periodismo ciudadano que haya nacido, empezamos a intuir que la bilis por la bilis no es periodismo, sino opinión; y que la opinión y la información no son la misma cosa; y que sin información somos un poquito menos libres.

 

 

El director musical de la ENO, Mark Wigglesworth, ha escrito esta mañana una emocionada carta en la que defiende el poder de la música y la importancia capital de la ópera. Con todo, lo más importante de su razonamiento es esta frase: «Cutting the core of the company – musicians and technicians alike – would damage it irreparably», esto es, «recortar el núcleo de la compañía (tanto músicos como técnicos) la dañaría de manera irreparable». Y ahora, la edito yo a mí aire y fíjense lo que resulta: «Recortar el núcleo de la redacción (tanto periodistas como becarios) la dañaría de manera irreparable».

 

 

Vaya, ¡quizás sí importe, después de todo!

 

 

 

III

 

 

No tengo ni idea de cuánto cobra un corista de la ENO. No sé si se lo merece porque apenas los he escuchado, y no soy quién para evaluar cómo debe gestionarse. Solo sé que sin un coro y sin una orquesta y sin un cuerpo técnico en condiciones, es complicado «construir» un teatro, hacer cantera y ser excelente, y que ya solo por eso la marca ENO Chorus no debería desaparecer bajo ningún concepto.

 

 

¿Cantan bien? ¿Cantan mal? ¿Cantan regular? Eso no importa mucho. Lo único que importa es que son, que existen y que forman parte de un todo que poco o nada tiene que ver con burofaxes, libros de contabilidad y balances económicos. Eso es lo esencial.

 

 

Así, en el caso de las redacciones de periódico no importa que estén sobredimensionadas o escasísimas de efectivos; no importa que haya más becarios que redactores profesionales. No importa nada: solo importa que tengan alma y que estén dirigidas por un periodista —o al menos, alguien con sensibilidad hacia el oficio— y no por un asno encorbatado que no sabe hacer la O con un canuto.

 

 

Lo mismo con la ópera que en el periodismo: lo esencial es el alma. Y poco a poco, parece que la vamos perdiendo. Son de esas cosas que una vez perdidas, no se recuperan.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.