15 años después del Apocalipsis

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Fiesta en una azotea de Manhattan. Verano de 2006. El personaje de la foto apenas si se acuerda de lo que pasó después.

 

¿Por qué perdimos tanto tiempo de niños pensando en el Fin del Mundo? Aún recuerdo a José Antonio Morales, el Pollo, con La Biblia sobre las piernas, un grupo de mocosos de siete años sentados a su lado en la banca del pasillo entre primero y segundo grado, interpretando las últimas páginas de ese libro con el que acaba el Nuevo Testamento. “¿Si viene el Ángel de la muerte el día del Juicio Final y entra al cuarto, se lo lleva a mi hermano o me lleva a mí?”

*

El otro final era la bomba atómica. Me despertaba con esa pesadilla de que estalla, se arma el hongo y todo se empieza a quemar. Ese trauma de la inutilidad del presente: ¿para qué estoy estudiando, trabajando, haciendo historietas, escribiendo?¿A quién le importa eso si hoy se acaba todo, si no hay futuro?

*

Tal vez por eso me identifiqué tanto con el punk. Las formas no importan, lo “importante” no es importante. Todo se va a acabar, cojudo. Deja de preocuparte por el Sida, los embarazos, haz lo que tengas que hacer: agárrate a la hembrita, tíratela si se puede. Se feliz.

*

Algo que apuntar: yo nunca quise vivir en los Estados Unidos (acá se aplica eso de “escupe al cielo y te caerá el escupitajo en la cara”). Pero durante mi viaje a Europa, la primera vez, en la escala neoyorquina, me encerraron en un cuarto con otra docena de losers. Sin visado, en tránsito, me quitaron el pasaporte y pusieron un policía a vigilarnos. Juré que si volvía a Europa, sacaría mi visa norteamericana. Para obtenerla tuve que mentirle a los de la Embajada de Monterrico. Sobre mis estados de cuenta y mis buenas intenciones. 

*

Ahora sí, es verdad, –hay que decirlo–una vez que estuve en Nueva York, me gustó. Cuando me pagaron 400 dólares a la semana por no hacer mucho, con un número de Seguro Social inventado, me gustó. Y con la plata –que nunca tuve en abundancia– llegaron otras tentaciones. Que en mi caso, eran sencillas: trabajar lo mínimo para leer, para ir al cine, suscribirme a la Rolling Stone, al New Yorker. Trabajar lo mínimo para rascarme mucho las bolas sin que nadie me joda.

*

Ojo. Ese fue el engaño. La zanahoria. En algún momento alguien te dice (en mi caso, mi esposa) que no se pude vivir en los Estados Unidos sin tener seguro médico, sin pagar el seguro del carro, sin un trabajo estable, sin casa. Y ahí estás jodido porque eso cuesta un ojo de la cara. Mucho trabajo. Entonces es cuando le vendes tu alma al diablo. O a Sam. Al menos eso es lo que me pasó a mí. Y aquí se los recuento. Año por año:

 

2000

Un aeropuerto en Nueva York. 10 de julio del año 2000:

Iba en tránsito hacia Europa. Había inventado el cuento del “tengo que mirar el mundo” y dejado tres trabajos que, juntando los tres, eran bien pagados. El estrés atrás, Europa adelante. Pero yo quería mirar Nueva York por unos días. La tía Nancy y el primo Eric (que parecía tres primos juntos: ya no era el flaco que vivía en La Punta, que practicaba remo conmigo y con mi hermano en los veranos) habían sido alertados por mi madre y fueron a recibirme al JFK. A la tía Nancy yo la reconocí. Ella no a mí. Sospecho que se pensaba encontrar con el niño idiota con cara de dormido que era yo a los 9 años y no con el gordo atorrante de la barba candado que era yo a los 27.

Imagen de ese año: Eric me lleva en su Tiburón Hyundai rojo, sospecho que a más de 150 kilómetros por hora, sobre el puente George Washington. Desde Nueva York hacia Nueva Jersey para que mirara la línea de los rascacielos desde el malecón de Hoboken. En la disquetera del Tiburón venía sonando “En camino” de Soda Stereo. Ese era el futuro: el auto rojo, el puente, el río, el camino. No sé cómo no lo supe entonces. Esa noche, mi destino me estaba tirando el Tarot.

Igual me fui a Europa, “vi mundo” y decidí que no podía quedarme. Volví a Nueva York.

2001

Antes de las 8 de la mañana yo esperaba el autobús para ir a trabajar en un centro médico administrado por un urólogo israelí. El doctor Shalit y su esposa se habían comprado terrenos baratos entre Vermont y Nueva York. Ahora los dos vivían en una mansión, de su trabajo como doctor y de las rentas.

Eran 25 minutos de viaje en autobús. Cuando llegué a la ciudad de White Plains, en los semáforos, una voz grabada me anunció que podía cruzar la calle.

Nunca había vivido en el frío así que tengo las fotos usuales, paleando la nieve, sonriendo con cara de idiota. Seis meses después empecé un trabajo de fin de semana. De lunes a viernes me iba a estudiar inglés y a mirar Manhattan.

Estaba en la calle 34 esa mañana de otoño, pero no vi las torres cayéndose sino hasta muchas horas después, llegando a mi cuarto en los suburbios. Ese 11 de septiembre de 2001 me la pasé intentando ayudar a una brasileña de cachetes bonitos, que quería llamar a sus padres y llegar a Brooklyn sana y salva. Solo vi el humo desde lejos. También vi a mi profesor de inglés, que mirando el televisor con las imágenes de uno de los edificios incendiándose, volteó y me dijo: This is war.

2002

Acepté la vida en Nueva York. Estados Unidos le declaró la guerra al terrorismo. Me la pasé aprendiendo inglés, enamorándome de una checa, jugando fútbol en la grama de Central Park, probando la comida turca, la española, la senegalesa y la venezolana. Le di un beso a una chica de Malasia.

Ese año probé el sushi. Ahí va la imagen:

Francisco, mi amigo venezolano, hijo de unos inmigrantes chinos que llegaron a Cumaná, come algo de un pequeño contenedor de plástico transparente. Estamos sentados en una plazuela detrás del edificio de Cooper Union, a dos cuadras de Saint Marks Place, en el East Village. Yo le pregunto qué es eso. Me dice que sushi. Me explica cómo se come. Ahí veo por primera vez las rodajas de gengibre. Francisco me invita un rollo y pruebo el wasabi. Comemos en silencio mientras se hace de noche.

2003

Recién graduado, sobre el pasto del Bronx.

Me mudé a Brooklyn. Recuerdo a la incertidumbre aplastándome, mientras caminaba desde la salida del metro en Clinton-Washington, hacia mi nuevo edificio en la calle Dean. Se veían signos de una incipiente gentrificación, también las chatarreras y el desorden. Había mujeres blancas empujando coches de bebé, bicicletas camino a Prospect Park, y también gente negra muy gorda que se sentaba al lado mío en la lavandería –cruzando Atlantic Avenue, en Fulton Street– a donde yo llegaba  siempre pasada la medianoche.

Ese verano me gradué en Lehman College, en el Bronx. Patricio Lerzundi me había convencido de llevar algunos cursos de periodismo. Entonces aún me emocionaba la posibilidad de vivir de esa carrera: la que mi familia me había pronosticado, cuando a los 6 años leía primero que todos El Comercio del domingo y llenaba –con esfuerzo– los Geniogramas del sábado.

Mis amigos de la escuela de inglés fueron a verme desfilar con el birrete y la toga, a tomarse fotos conmigo y mi diploma de Bachiller en Comunicaciones. Para ellos yo era la reencarnación –medio mal hecha– del sueño americano.

2004

Mi padre hizo su primer viaje a los Estados Unidos. Dormimos un mes arrimados en un futón que, abierto, apenas si cabía en mi cuarto de Dean Street. Mi padre cocinó el primer bisteck de su vida (mal acostumbrado a su madre, la mía y las sirvientas),  se hizo amigo de mis compañeros de piso cordobeses, viajó a Washington DC en autobús y volvió a casa sano y salvo, lleno de anécdotas. La imagen más clara y hermosa de ese viaje es la de mi padre sobre las escaleras del Metropolitan Museum, comiéndose el hotdog de carretilla neoyorquino con el que había soñado a lo largo de muchas películas de Hollywood.

2005

Yo enseñaba tres cursos en la Facultad de Comunicaciones de Lehman College. También estaba metido en mis estudios de Literatura Inglesa. Escapaba sobre la mitad de mi clase de Epic Poetry (Virgilio, Yeats, Pound, Eliot, Williams) en el cuarto piso, y bajaba corriendo a dictar el curso History of Broadcasting en el tercero. Camilo Torres se puso como misión educarme. Creó una lista en la que estaba George Steiner, el Mimesis de Auerbach,  Anábasis y muchos otros libros.

Hice un viaje ese verano, con Miguel Parodi, hermano de Lucho y compañero de días muy largos estacionando carros en Knollwood Country Club. Rentamos un Ford Fiesta y manejamos desde Seattle hasta San Francisco, por la ruta 1. Se han perdido nuestros videos descubriendo la costa de Oregon (tan parecida a las playas de Pasamayito y León Dormido en Lima), manejando entre los túneles abiertos en los troncos de las secoyas de California.

2006

Conocí a mi esposa. Frances y yo compartíamos una clase de literatura afroamericana del siglo XX. Le enseñé al profe Jacques, tal vez para congraciarme con su lucha, la portada de Obama en Time con el texto: Why Barack Obama could be the next president. Jacques me respondió, con algún grado de soberbia: this country is not ready for a black president.

Este último año de soltero viene con la imagen de una carrera Nascar en Pensilvania. Fuimos en el Cavalier negro del primo Manolo. Ese que, tras su vuelta a Lima, yo heredaría. Nascar eran parrilladas sobre monster trucks, entre camionetas pick up gigantes: las Ford F150. También banderas estampadas, flameando con sentimiento anti-árabe, panzas enormes de gente de piel muy roja, latas y latas de Budweiser.

Otra imagen mejor: ese verano de la foto encima de esta entrada. Amigos inmigrantes reunidos en la azotea de un edificio de Manhattan. Tomábamos y bailábamos, mirando cómo la ciudad oscurecía.

2007

Siempre me reí de mis nuevos parientes: italianos de Long Island, tíos, primos y sobrinos de mi esposa. En algún bautizo sonaba muy al fondo una tarantela. Los parientes de ella estiraban la mano sin mirarme, para que se las estreche y selle el pacto, como en El Padrino. Yo fascinado. Mis suegros me obligaban a llamarlos Mr. and Mrs. pero poco a poco se iban soltando, haciéndose a la idea de este peruano retaco que hablaba demasiado, y empezaba a sentarse, más cómodamente, en su mesa.

A fines de ese año, un juez canoso y corto de vista –que dijo haber presidido la boda de Kim Basinger y Alec Baldwin en tiempos mejores– con nuestros padres y hermanos de testigos, nos hizo firmar los papeles del matrimonio.

2008

Volví al Perú luego de 8 años. Mientras Estados Unidos sufría una crisis, mi país celebraba el crecimiento económico, la fuerza de su comida, la pujanza de lo imposible. En las calles de Lima solo se hablaba de negocios. Las tiendas reventaban de gente. Había escrito una novela y mi Perú, el de la ficción, parecía una sombra medieval.

Imágenes:

-Un autobús de dos pisos sale de Lima.

-Las casas sobre pilones al atardecer, en ese pueblo de mar muy al norte llamado Colán.

-La sopa caliente sobre la Plaza de Armas, antes de la boda de mi hermana en Cajamarca.

-Caminando apurado entre las piedras de Machu Picchu, sintiéndome peruano.

2009

Vivía en Riverdale, el bastión judío. Manejaba mi viejo Cavalier de cambios para trabajar los viernes, sábados y domingos. De lunes a jueves dictaba clases. Tomaba clases de latín en Hunter College. Asistía de mirón a una clase sobre Góngora. Compraba ingredientes en un pequeño supermercado subiendo las escaleras desde la calle de mi casa: Kappock Street. En un viaje a Phoenix vi el Grand Canyon.

2010

Nos mudamos a una casa con jardín. Dos árboles. Un riachuelo que pasaba muy cerca de la cocina. Un bosque cruzando la calle. Garrapatas que dejaban los venados cuando cruzaban nuestro patio por las tardes. Algún sábado vi a una marmota comiéndose las manzanas que caían desde mis árboles.

Una vecina resultó siendo del Callao. La piel negra y la voz carrasposa: “tira tus árboles que están enfermos y se van a caer sobre mi casa”. Trajimos a un especialista en árboles, que cobraba muy bien y que dijo: “están muy sanos y fuertes”.

Otro vecino había salido de prisión. “Crazy Eddie” –así lo llamaba mi esposa– tenía más de cincuenta años y tocaba la batería en el sótano de su casa. Trabajaba el turno de noche en un supermercado.

 

2011

Es verdad que los pueblos de este país son todos iguales. Vivimos contando los pasos entre la casa y el supermercado. La mía era una buena casa. El parque cruzando la calle tenía un lago. La primera vez que entré, un sapo me cruzó el auto, con un salto de un lado a otro de la pista.

La vida íntima se metió en mis historias. En 2011, tras flirtear con Alfonso Armada, empezó Newyópolis. Mi primera crónica era sobre la batalla del castellano en unas calles escritas en inglés.

2012

La luz que entra en una sala de Budapest. Foto del autor.

Tenemos que ir a Europa antes de tener hijos. Antes de que venga el cochecito y el biberón, le dije a mi esposa.

Armamos un viaje pensando en casas de amigos. Mi esposa ya le dio la vuelta al mundo en barco, también pasó una temporada en Florencia. Armamos juntos el lado B de nuestros viajes, por ciudades que no habíamos visitado. Imágenes:

-En Berlín mucha gente parece dirigirse hacia metas inciertas. Me sobrecogieron los interiores de sus museos, en especial esa pared de Babilonia, la puerta de Ishtar, y el mercado romano.

-Un balcón en Budapest. Una calle estrecha y gente vieja, como la que puedes ver en el centro de Madrid y en Recoleta por Buenos Aires. Esa viejita que se bajaba del bus y que nos dirigió a la casa de Sándor Márai. Yo iba porque había leído sus novelas. La visita me llevó hacia sus memorias. Hacia ¡Tierra, Tierra!

-Una cocina en Praga, con la luz natural. Un paseo en bicicleta por Nordinci, en Eslovenia. Una bola de helado en una calle de Vienna.

2013

Santiago de Chuco al amanecer. Desde el cerro Quillahirca. Foto del autor.

En mayo de 2013 llegué a Santiago de Chuco.

Nota: A los 12 años, al ganar unos juegos florales con un poema sobre el fin del mundo, los profesores me premiaron con la Poesía completa de César Vallejo. Y yo crecí imitándolo.

Esa madrugada casi no voy, pero Yini Rodríguez insistió en tocar el timbre del hotel y mi papá me despertó diciendo que me esperaban en la puerta, para caminar hacia el cerro. La tierra estaba húmeda. Nos sentamos en círculo. El Taita Shanti nos contó una historia de su niñez. Bendijo unas hojas de coca mientras amanecía. Desde el cerro Quillahirca se podía ver Santiago de Chuco.

De regreso a Lima, con mi padre, nos metimos a la Huaca del Sol y de la luna en Trujillo, y me topé con una pared muy similar a la de Babilonia que vi en Berlín. Unos días antes, en Chorrillos, escuché a Jaime Guardia tocando el charango. Me lo imaginé cantando en quechua, alguna vez, con su gran amigo José María. Todos los viajes: el viaje.

 

2014

Un chiquillo soñaba con ser editor. Un muchacho llegó a Nueva York, olvidándose de su sueño. Un hombre escuchó mencionar un poema de Kavafis en la misma oración que Reyes, Enríquez Ureña y Borges. Y en 2014, en la puerta de una librería, en el SoHo de Nueva York, está su nombre al lado de la portada de su revista de literatura. El chiquillo, por fin, es editor.

2015

Ya escribí sobre esto. Parece un lugar común: todo cambia. Nacen tus hijos y lo que hiciste y harás, pasa en silencio a la ruma de pendientes.

Los mellizos nacieron en una cama de Pensilvania, rodeados por campos de maíz, auscultados por los Amish. No fue un parto fácil. Volvimos a Nueva York con escala en un lago. Ahí empezamos a ser algo más que hombre y mujer. Algo menos también.

 

 

 

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