El concepto de la existencia del logos como ancla del discurso humano ha sido radicalmente desestabilizado por la Deconstrucción, identificada con el nombre del filósofo francés de origen argelino Jacques Derrida (1930-2004), que estudió en la Escuela Normal Superior francesa en París.

Su hermenéutica choca frontalmente con el planteamiento del Logos bíblico como origen de todo lo que hay, y en mi propio camino de la fe supuso todo un desafío intelectual, por lo que con la venia de mis lectores haremos una breve pausa para considerar sus implicaciones para el creyente.
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Jn. 1:1-5).
En su Prólogo al cuarto Evangelio San Juan sitúa la creación del Universo, el origen de la vida y el desarrollo de la inteligencia humana en el Logos divino que se encarnó en Jesús y mostró el carácter de Dios: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn.1:14).
La voz griega Logos, traducida como «Verbo» en nuestra RVR60 (la Biblia original de Reina era conocida como La Biblia del Oso por la imagen de su portada) o como «Palabra» en otras versiones (en la Vulgata se traduce como Verbum, y en ocasiones como Sermo) aparece en conceptos como «lógica» o «logística» que señalan el origen del discurso racional o las matemáticas, por ejemplo.

Comenzamos esta serie de artículos a partir de la pregunta de George Steiner de si hay algo en lo que decimos, una presencia real, y las palabras de Juan confirmarían esta hipótesis. Según el autor de Hebreos el Hijo de Dios «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (He. 1:3) por lo que podemos tener confianza en la estabilidad de nuestro mundo en medio de un cosmos en expansión, reconocer estructura y finalidad en nuestras propias vidas a pesar del caos aparente que rodea, a veces, nuestro quehacer diario, y confiar en el uso de la razón.
El «mito» del llamado «logocentrismo» fue atacado con contundencia por Jacques Derrida (1930-2004) para quien no hay nada en las palabras, solo aplazamientos, trazas, huellas de huellas, remisiones sin significado último. Si el Logos originario fuera una ficción, Derrida tendría razón, y agradezco la radicalidad de su titánico esfuerzo por «deconstruir» la escritura para descubrir una radical ausencia «detrás de» todo intento de conceptualización.
Los textos de Derrida son extraordinariamente difíciles, y algunos pasajes citados a continuación resultarán especialmente arduos, incluso no estoy seguro de haberlos entendido del todo. Pero como testimonio a un ingenioso pensador que se propone analizar el fenómeno del lenguaje humano en un mundo sin Dios (o donde la palabra «Dios» no es más que una metáfora caduca), su programa estratégico resulta enormemente iluminador.





