
Ya lo ha dicho la periodista y crítica de danza Mercedes L. Caballero en El País, Calentamiento de Rocío Molina convierte el Centro Danza Matadero (CDM) en the place to be. Siempre y cuando se consiga una entrada porque están agotadas para todas las representaciones en Madrid. Así que habrá que estar pendiente de la gira para pillar una y no ser la única persona que se quede sin verlo.
¿Qué es lo ha atraído en masa a tanta gente, incluido un Pedro Almodóvar que se rindió a sus pies de forma literal? Primero la propia Rocío. Desde hace varios años no hay espectáculo suyo en Madrid que no lo pete porque siempre ofrece mucho. Pero aún hay más.
Un plus que ponen artistas como Pablo Messiez, codirector del espectáculo y responsable de los textos que dice Rocío durante la función. Que son bastantes. Que la dirección musical está a cargo de El Niño de Elche, y no hay que decir más sobre la música para saber que nos van a cambiar el paso (flamenco). Que la escenografía es de Cabosanrroque y su visión musicalmente performativa de un espectáculo. Y la iluminación del siempre sutil y artístico Carlos Marquerie.
Solo le falta que la Liddell se hubiera prestado a colaborar, cosa que no puede hacer porque está en el Festival Temporada Alta suicidándose, y ya estarían todas. Con el permiso de Israel Galván, por supuesto.
¿El resultado? Un espectáculo extraño. Lleno de regalos que hace Rocío. Y como tal se lo agradece el público, que responde casi como en un concierto de pop, aplaudiendo cuando se acaba un número. Y hay que avisar que el espectáculo comienza con un calentamiento de treinta y cinco minutos taconeando sobre ese suelo para la danza tan bueno que ha puesto la Pagés (Rocío dixit) en el CDM. Al que acompaña de un texto dicho a micro, mientras calienta, se duele, equivoca el paso y suda la camiseta hasta dejarla calá. Y sin nada de música. ¡Olé!
Esto es solo el principio. A partir de ahí se asistirá a este tipo de proezas. Entendidas estas tanto como esfuerzo físico como atreverse a parar y empezar. Un empezar para que nada se acabe, porque si siempre se está empezando nada se puede acabar.
Proezas en las que le acompaña José Manuel Ramos “Oruco”, como compañero de baile y sparring. Y Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández que ponen la fiesta musical, cantándose un medley de éxitos populares, flamencos o aflamencados como el Gato que está triste y azul, para que no decaiga la fiesta al estilo del fin de fiesta de la Feria de Abril, de tablao flamenco o de terraza de chiringuito a las tantas de la mañana.
El problema surge cuando se da un paso atrás y se toma distancia. Sin duda, y más teniendo en cuenta todo el equipo artístico, todo lo que se ve y se oye tiene un sentido artístico. Y, como ya se ha dicho, es un regalo. Sin embargo, es un regalo con el que la mirada crítica no sabe qué hacer más allá de dar las gracias.
Es tal el acúmulo de propuestas coreográficas, que incluye hasta una pequeña coreografía para las Variaciones Goldberg de Bach, que es difícil no sentirse desbordado. Incluso a la salida se está tentado de sumirse en el más absoluto de los silencios o entregarse a la loa generalizada, que también es silencio. Lo que sería injusto.
Un espectáculo con este nivel de ruido, tanto visual como sonoro, reclama palabra, interpretación, pensamiento. Incluso romper la baraja y empezar a construir otra baraja, otro juego.
Quizás como ha hecho la Molina. Quizás como ha hecho este equipo artístico. Calentando y empezando para lo que venga, que no acaba de llegar, pero que hay que ponerse en disposición de que llegue. Por eso hay que calentar y quedarse en el teatro calentando, sin parar. Y si como espectador quieres parar y reflexionar sobre lo que has visto, lo tienes claro, que ni la Molina, ni sus compañeros en este viaje, ni el público te van a dejar.





