17. Las cosquillas en la escala del valor

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Apenas un valle y medio más allá del suyo, Cangrejo había comprendido poco antes que él solo no podría llevar a cabo la misión. Demasiado peso para su caparazón rosa. Y no sólo por su escasa práctica en las grandes distancias –siempre había visto pasar las ballenas a lo lejos, nunca se le había ocurrido que un día tendría que ir a perseguirlas- sino por el mayor obstáculo de todos: él, como el coral y como los barcos naufragados, estaba pegado al suelo. Igual que los hombres. Para hablar con los delfines, ballenas o los peces espada, tendrían ellos que bajar a verle.

 

Cangrejo soltó una breve carcajada amarga, o lo que fuese, ante la posibilidad de que una ballena bajase a verle.

 

Bueno ¿y por qué no? Las ballenas son las que van más allá y más profundo.

 

Se entretuvo un momento imaginando la escena, pero no había tiempo que perder, la situación urgía. Los últimos cantos repetidos por las gambas eran tan inquietantes o más que los primeros.

 

        Somos los más viejos del lugar

        los más azules

       Somos los más antiguos

       ¡Nuestro es el azul!

 

     (aunque las primeras versiones que le reportaron decían más o menos

 

      Somos los más ciegos del lugar

      los más gandules

     Somos los más amigos

     ¡Nuestro es el gandul!)

 

y él ya no tenía muchas fuerzas. Las patas le temblaban de cansancio y tenía muchas ganas de dormir, aunque sabía que si se echaba a dormir, allí, en ese valle desconocido, lo más seguro era que no se levantara nunca más.

 

Y fue entonces cuando una de las gambas –nunca sabía cuál le había dicho qué- le reportó que un delfín se encontraba en la superficie, en la vertical desde ahí, y no nadaba.

 

Y qué hace.

 

Juega.

 

Cómo sabes que juega.

 

Da saltos.

 

Los delfines siempre dan saltos. Para eso nacieron. Es su modo de ser, de estar en el mundo.

 

Sí pero estos saltos son de juego.

 

Pero cómo lo sabes.

 

Lo sé porque lo son.

 

Hacía rato que Cangrejo estaba lidiando con las limitaciones lingüísticas de las gambas, y ya casi se había acostumbrado. Lo dejó.

 

Pero como no podía dejar pasar ninguna oportunidad, le dijo a la gamba:

 

Ve y dile que quiero verle.

 

La gamba le miró con lo más parecido a un brillo posible en los ojos de una gamba, que es poco.

 

¿Cómo dices?, preguntó, y su cuerpo parecía formar todo él un signo de interrogación.

 

Que vayas a hablar con el delfín y le dices que quiero verle.

 

La gamba vaciló un buen rato ya que las gambas no son listas pero sí dóciles. Trataba de entender el mensaje. Finalmente, haciendo un gran esfuerzo, preguntó:

 

¿Tú no sabes que los delfines comen gambas?

 

Cangrejo fingió sorpresa.

 

¿En serio?… Bueno, tú te las arreglarás para que comprenda que no le conviene comerte.

 

Eso resultaba tan difícil, tan infinitamente difícil de comprender para la gamba que ésta, llamémosla Gamba 14, prefirió subir hacia la tempestad. A hacerle cosquillas al delfín, lo que en la escala del valor equivale a que un cervatillo se las haga a un tigre o que una sardina se haga pis sobre una merluza. El valor de la gamba era tan excepcional que hasta el delfín tuvo que pararse a pensar por qué lo estaba haciendo.

 

Pues porque, siguiendo instrucciones, le estaba intentando decir a Piojo que un cangrejo, allá abajo, quería decirle algo.

 

Y Piojo no la oía.