18. El placer de gritar «¡Nosotros!» «¡Nuestro!»

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Pese a que el mar se había calmado un poco y es posible que en ello tuviese que ver el que la asamblea de tiburones había dejado de lado cierta agitación y transcurría más ordenada.

 

Ya se habían establecido los grandes principios, los que había terminado por recoger la primera estrofa del himno, simple pero clara. El arte se había dejado para más adelante:

 

Somos los más antiguos,

los más azules

Esto es nuestro

lo nuestro es el azul

 

Y ahora se trata de ir concretando –dijo el tiburón Limón, maestro de ceremonias.

 

Qué –preguntó un tiburón Martillo que, por culpa de su cabeza, tarda un poco más en pensar.

 

¡Pues las fronteras! –le dijeron, no sin impaciencia.

 

Pero luego resultó que eso justamente no resultaba tan fácil. Pues fronteras… ¿entre qué y qué?

 

Y parecía fácil. Dado que allí sólo había tiburones, aunque de muy diverso tipo, Martillo propuso:

 

Pues entre nosotros y el resto. Nos reservamos la mejor parte del azul, y nos instalamos allí. Y nadie podrá pasar.

 

En la asamblea se produjo un gran silencio que parecía meditativo. Martillo se felicitó por ello.

 

Existe un problema –dijo Limón–: ¿qué comemos?

 

Fue un momento difícil. Una especie de caricia eléctrica recorrió la asamblea, los tiburones se agitaron y se dieron la vuelta, para vigilarse las espaldas, y la desconfianza estuvo a punto de cargarse hasta el comienzo de orden que les había permitido nadar en círculos, como en una sociedad civilizada.

 

En cualquier caso es un principio muy acertado –dijo Limón con buenos reflejos-. La idea de que el mar es nuestro y punto. A partir de ahí ya podremos decidir a quién dejamos pasar. Pues tenemos que comer.

 

¡Las merluzas!, ¡dejemos pasar a las merluzas! –dijo un tiburón Azul, que se había creído lo de que son el plato más exquisito.

 

Un viejo y algo achacoso tiburón Blanco lo miró con desprecio.

 

A mí las merluzas no me sirven ni de aperitivo. Cuántas te puedes comer tú: ¿diez? Yo me como veinte y me quedo como antes… Lo que tenemos que traer son focas y leones marinos.

 

Parecía una opinión honrada pero en realidad el Blanco había tenido una mala experiencia con unas espinas que se le atravesaron en la garganta.

 

¡Y pulpos! –dijo un tiburón Sierra al que le gustaban las exquisiteces…

 

Y así cada uno, hasta el punto de que no tardaron en establecer un catálogo de todos los animales apetitosos de los mares, exceptuados los mejillones y otros seres babosos encerrados en conchas.

 

¿Y para qué queremos las fronteras si luego vamos a encerrar en ellas todo lo que ya tenemos?

 

Un nuevo silencio frenó las vueltas circulares de los tiburones y alentó las miradas de reojo.

 

Sí –dijo Limón mientras pensaba a toda velocidad–, pero es que con las fronteras todo eso es nuestro y del otro modo no lo es.

 

¿Nuestro? ¿Y de qué nos sirve si el resultado final es el mismo?

 

No, no exactamente –dijo Limón y se oyó no, no-e-xac-ta-men-te-. Antes cada pez nadaba en libertad, o eso creía, hasta que se encontraba con su destino.

 

¿Des… des-tino?, preguntó un tiburón Marrajo, un joven que, como sucedía con todas las especies, tenía grandes lagunas en su educación.

 

Sí, destino: el destino de los otros peces suele ser uno de nosotros –dijo Limón. Y continuó:– Somos el destino de los demás y ahora todos lo sabrán sin lugar a duda: nos pertenecen y si nadan por nuestro mar es porque somos lo bastante generosos para permitírselo… Además podremos ir planeando el destino de cada cual y ahorraremos en energía. ¡Porque el azul es nuestro!

 

¡El azul es nuestro! –gritaron los tiburones, que descubrían el placer de gritar ¡Nosotros!, ¡Nuestro! y el escalofrío de mirarse y reconocerse unos en los otros mientras se corean himnos y consignas.