19. Quéhabríaocurridosi

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Un poco de lo cual alcanzó a escuchar Piojo con sus oídos-radar, aunque no prestó atención por estar absorto con las contorsiones de Gamba 14. A esa escala le parecía la desesperada gimnasia de un gusanito en el extremo de un anzuelo.

 

Aterrorizada ante el monstruo que la observaba con un ojo curioso, ya que la tenía demasiado cerca para mirarla con los dos, Gamba 14 encontraba coraje para enfrentarse a él porque no tenía otra posibilidad. Con sus pocas palabras, se preguntaba algo parecido a por qué narices había tenido que aceptar el encargo de Cangrejo. Y se esforzaba por gritar antes de que el monstruo la devorase. Se esforzaba mucho.

 

Pero si los cangrejos hablan bajito, hay que imaginarse las gambas. Esta se desgañitaba. Abría la boca tanto como un hipopótamo, pero sin mayores resultados pues la tormenta había amainado pero el viento seguía silbando y llevándose por delante todos los esfuerzos de Gamba 14. La espuma de las olas borraba sus grandes gestos de náufrago frenético sobre una balsa.

 

Quién sabe qué habría ocurrido de no haber conocido Piojo a Delfina, y la duda queda para los historiadores, que son los que se ocupan de los “quéhabríaocurridosi…”. Sin que se hubiese producido nada concreto, el haber conocido a Delfina le había marcado mucho más de lo que él hubiese podido sospechar. Por las diferencias: ella era mayor, más grande y más larga; le llevaba como una cabeza. Sin duda Delfina le atraía, había comprobado Piojo por un lado, aunque por otro era demasiado para él: demasiado mayor, demasiado grande y demasiado triste, con una tristeza que imponía como una muchedumbre en silencio a la salida de un funeral…

 

Pero el haberla conocido influyó en que Piojo se interesase por Gamba 14, un ser tan pequeño que no podía mirarlo más que con sólo un ojo al tiempo pues si lo veía con los dos veía doble. Sin Delfina ni siquiera hubiese reparado en él. Con su tamaño y la tristeza, que no cabían en el acuario, Delfina le había enseñado a interesarse por los otros, así fueran muy pequeños. Hasta ese momento las gambas no habían sido más que breves episodios en la lengua de Piojo, tan leves que casi hacían parte de la respiración, pues los delfines tragan, no mastican. Ni siquiera hubiese podido decir si le gustaban.

 

Quedaba el problema de la casi mudez de las gambas ya que su voz no llega ni a murmullo. Dicen, por ejemplo, “¡Ay!” y suena “ai” o incluso “ ” . Y de sus ademanes: los de Gamba 14 eran gestos de miedo, que reconocen los niños y los perros, y hasta de terror. Sucede sin embargo que las gambas con sólo miedo se quedan rígidas, igual que tantos otros dentro y fuera del mar. Como también entre ellas no gustan los muertos, se fingen cadáveres para que las dejen en paz y las demás hacen como si no las vieran. Y sin embargo esta gamba se retorcía para uno y otro lado, como una anguila, y de seguir así iba a terminar por hacerse daño.

 

Y Piojo, que a su inteligencia ya alta de delfín añadía su paso por el presidio -y la desgracia afila la paciencia y suma inteligencia si se la sabe leer-, terminó por comprender que la gamba quería decirle algo. Aunque ni siquiera él, con su oído de músico, alcanzaba a escucharla: el viento de la tormenta se llevaba todos sus esfuerzos.

 

Llegó el momento en que Gamba 14 pensó que ese monstruo de un solo ojo se había cansado de jugar con ella y había decidido acabar. Igual que una foca frente a un tiburón Martillo, que primero toquetea y empuja a su víctima con el morro. Y casi sintió alivio cuando vio que el morro del delfín se precipitaba sobre ella.

 

Gamba 14 recibió en efecto el mayor golpe de toda su vida, mayor aún que cuando la cola de una morena la azotó y arrojó contra un muro de coral, y permaneció aturdida durante un tiempo. Hasta una almeja la hubiese tenido entonces a su merced. Y cuando ya creía despertarse en el otro mundo de las gambas, tras haber sido digeridas por un delfín o asadas a la plancha y devoradas en aperitivo junto con un vino blanco en una terraza, lo que se encontró fue de nuevo con el ojo de Piojo.

 

Que había cambiado. El delfín no podía ocultar cierta preocupación.

 

Y de algún modo Gamba 14 ya no sintió miedo. ¿Por qué habría de sentirlo si ya estaba muerta y había llegado a otro mundo con los mismos personajes de la otra vida? Gamba 14 suspiró, relajó los músculos y se dejó caer al fondo. Tenía la esperanza de, con un poco de suerte, llegar hasta abajo sin que nadie se la comiese y quedar enterrada en el fondo, entre los suyos.