1959

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Betty Draper llegó a visitarme. Comía yo solo en el restaurante de un hotel Holiday Inn. Un guitarrista dejaba escuchar sus versiones al estilo George Benson de algunas piezas de cool jazz de medio siglo atrás. El comedor, minimalista, elegante y frío, ofrecía la atmósfera exacta para nuestro reencuentro.

 

“Hey, tus anteojos me recuerdan mi época”, dijo Betty a modo de saludo. Llevaba en la mano un cigarrillo sin encender y en la otra una cajetilla de Salem mentolados. Se deslizó en mi gabinete y se acomodó. Lucía un vestido camisero de verano color durazno. Extendí el encendedor y ella dio una fumada larga. Sonreía. “¿Qué te hace tanta gracia?”, le pregunté. Señaló hacia mi anteojos Prada de plástico negro y gran tamaño. “Me gustan”, añadió, “me recuerdan a los de Dave Brubeck, creo se los robaste a tu papá”. Reímos al mismo tiempo.

 

Recordé que los lentes de Dave Brubeck se pusieron de moda desde que el pianista de California apareció en la portada de la revista Time en 1954. Quizás fue al revés: se trataba del tipo de anteojos que llevaban los jóvenes intelectuales y que poco después  el cantante de rock tejano Buddy Holly volvería muy populares.

 

Le explico a Betty que mis anteojos no los saqué del ropero de mi padre, son nuevos. Están de moda otra vez. Fuma, sopla a un lado el humo y me pregunta: “¿de moda? Pensé que ustedes andarían con vestimenta espacial, cascos de plástico transparente y a bordo de coches voladores”, se burla de mí.

 

Mientras Betty me mira, inquisitiva, doy un sorbo a mi café americano. Y escucho al guitarrista del restaurante puntear las cuerdas para imitar el fraseo de “Take Five”.  Imagino al cuarteto de Dave Brubeck cuando hizo su gira por colegios en Estados Unidos para ofrecer la nueva tendencia del jazz. El cool jazz de la costa oeste, del que el saxofonista Paul Desmond era con Brubeck uno de sus mejores exponentes. Comparaban su música con el sabor de un martini seco.

Betty me dice: “me dan ganas de bailar”. Le respondo: “¿de verdad?, cómo podrías bailar ‘Take Five’ si no es una rumba ni swing”. Sonríe: “podría enseñarte a bailar Take Five”. Le replico que no lo dudo, pero que el jazz jamás logró imponerse en Estados Unidos ni en otra parte justo por eso, porque no se puede bailar. En cambio el rock and roll impactó en todas partes por ser cantable y bailable. Betty me acota: “no estoy de acuerdo con eso”.  Añade: “el jazz nunca fue pensado para ser popular”. No sé qué responderle.

 

Las mujeres hermosas me intimidan. Sobre todo las mujeres hermosas de cincuenta años atrás. En lugar de permitir que Betty tome el mando de la plática, me apresuro, torpe de mí, a tender un puente entre ambos a partir de las evocaciones. Tengo fresca la lectura del libro 1959 (Wiley, 2010) de Fred Kaplan, una historia cultural extraordinaria del aquel año seminal que acabo de comprar en Barnes & Noble de la avenida Broadway y la calle 66 en Nueva York. Le espeto: “¿recuerdas el long play titulado Time Out?” La rubia hace el mohín de fastidio de sus labios que tanto me gusta de ella. Aspira su cigarrillo y expresa: “por supuesto, cuando era modelo e iba a las fiestas después de las sesiones fotográficas, lo oíamos todo el tiempo, incluso compré el extended play de 45 rpm que trae ‘Take Five’ y Blue Rondo à la Turk, uhm’”.

 

Veo ante mis ojos la portada de Time Out, la ilustración abstracta y multicolor de Neil Fujita. Estoy a punto de comentarle que, cuando era niño, mi hermano mayor me llevó al Palacio de Bellas Artes a escuchar al cuarteto de Dave Brubeck. Betty Draper se me adelanta: se pone de pie, apaga su cigarrillo en el cenicero y me extiende el brazo. Me invita a bailar. Me intriga saber cómo bailará ella una pieza de cool jazz. Sonreímos. Me levanto, le tomo la mano cálida y ligerísima. En ese momento entro en sus sueños poco a poco. Take Five.

 

 

Sergio González Rodríguez estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y obtuvo la licenciatura en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Es narrador y ensayista. Entre otras obras es autor de Huesos en el desierto (Anagrama), y acaba de publicar una novela titulada Infecciosa (Mondadori). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México y mantiene su blog Multiverso contra viento y marea.

 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.