2. Por qué tiemblan las estrellas

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Aunque el delfín más cercano a esas aguas no reía sino que nadaba con ansiedad. Si de vez en cuando daba saltos fuera del agua, saltos de Olimpiada, era por si veía a otros delfines. Y para detectar posibles peligros: aletas de tiburón o lanchas con hombres.

 

Cierto que sentía ganas de reír. A diferencia de los tiburones, que tienen un sentido trágico de la existencia, o de los pececillos de acuario, que lo tienen existencialista, los delfines ríen sin necesidad de chistes y de pura delicia de estar vivos, igual que los niños.

 

Los saltos eran pues también para calmar esas ganas de reír, aunque es cierto que esa alegría, por fuerte que fuese después de… de… no sabía cuánto tiempo, no era del todo pura. La estropeaba el miedo. El que sentía a las orcas y a los tiburones Toro… y también el miedo a estar vivo. A veces ocurre, al menos entre los más sensibles.

 

Miedo, sobre todo, a que lo volviesen a capturar.

 

Pues El Piojo -que así se llamaba el delfín- se había escapado la tarde anterior del Acuario de los Siete Mares en el que durante años fue una de las principales atracciones con el nombre de El Gran Piojo Australiano. Y ahora se alejaba todo lo rápido que podía de la costa tras una noche de ansiedad guiándose por la luna y las estrellas. Y si tal vez saltaba más de lo necesario era porque le parecían la irrefutable demostración de que ahora sí estaba libre.

 

¿Acaso no había visto a la luna y las estrellas durante su cautiverio en el acuario? Sí, las había visto, pero siempre desde debajo del agua, temblorosas de frío, o de miedo. Y ello porque en el acuario nunca les hacían saltar de noche sino de día, con público y grandes aplausos. Saltar de noche para recortar el cuerpo por puro placer contra la luna es el tipo de cosas que no se les ocurren a los prisioneros. Con la pérdida de libertad se suele escapar la imaginación, sobre todo la de crear y jugar, y entonces se llama imaginación a lo que es en realidad nostalgia.

 

Pese a la alegría que le agrandaba el corazón, Piojo sentía el vértigo de unas profundidades sobre las que hacía mucho tiempo no nadaba. Las simas del mar intimidan a los delfines más que el cielo de la noche a las gaviotas, no sólo por más oscuras sino porque, gracias a sus radares, saben lo profundas que pueden llegar a ser: lo que tardan en regresar sus silbidos, tras rebotar en el fondo. Y en alta mar, los silbidos se van tan lejos que no regresan, o se pierden entre los desfiladeros de las profundidades. Son, en cierto modo, mensajeros degollados al entregar su noticia. Comienzos de sinfonías sin final. Promesas incumplidas. Las gaviotas, en cambio, se duermen confiadas en que las estrellas son otros tantos millones de juramentos de que el sol volverá a salir por el Este.

 

Mientras huía de la costa, Piojo disfrutaba de la mañana casi tanto como los peces voladores que, según viejas crónicas de medusas, despegan cuando aún es de noche para arrastrar el día sobre el mar e iluminarlo. Ahora bien, Piojo disfrutaba… sin terminar de creérselo del todo. Eso es lo que tiene la libertad, que cuesta creérsela cuando se recupera. Se ve como algo demasiado grande, improbable y quién sabe si inmerecido.

 

Además Piojo no había cumplido su pena, que era de cadena perpetua. Los hombres que lo capturaron siendo un cachorro y lo vendieron al Acuario de los Siete mares no tenían previsto que regresase nunca al mar. Por eso lo educaron como a un trapecista, con premios y palmaditas, pero sin una sola lección sobre la vida en libertad.

 

El único que se las dio fue Ramón Medardo Octavio, un pulpo al que vio por última vez hacía unas horas y cuyo solo recuerdo bastaba para acelerarle el corazón. Para calmarlo, Piojo enlazó un par de saltos que parecían un ocho.

 

¿Por qué te llamas Ramón Medardo Octavio? –le preguntó al fin un día. Fue el primer síntoma de que se le comenzaba a pasar un poco la depresión del recién capturado y pudo interesarse por algo. Un nombre es ya un comienzo.

 

Oh, son sólo algunos de mis nombres –dijo el pulpo–. Tengo muchos brazos y cada uno de ellos se llama de una manera. –Esa era la excusa falsa que ponía para no tener que mencionar el abolengo de su familia, de las que llenan de nombres a sus hijos para que parezcan más grandes que los demás, y ponerse al nivel del delfín, que apenas comenzaba a salir de la depresión– Y para que mis amigos puedan llamarme Ramón.