2007: Introducción a nuestra forma de odiar*

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Tomemos un primer índice de nuestra ideología, una pequeña muestra en la que realizar una fenomenología en crudo de nuestra intolerancia estructural, este integrismo que, según algunos, constituye el cemento de nuestra pluralidad. ¿Qué ha de ser excluido para que se mantenga nuestra epistéme moderna? Siguiendo el método de Foucault con la locura, indaguemos qué campo interior se fortalece desde el exterior representado por el humo y la lucha contra el tabaquismo.

 

Nadie debe preocuparse. No se trata de una investigación histórica que se remonte a la lista de las distintas prohibiciones con las que el poder ha mantenido sus prerrogativas. Tampoco se van a discutir los efectos nocivos del tabaco en el organismo, muy distintos para cada fumador y para cada cuerpo. Lo que se discute es el sentido metapolítico de esta alucinante campaña incriminatoria que está en marcha, incluyendo la catalogación de un nuevo tipo de apestados y su concentración en zonas especialmente marcadas. Con el tabaco, en algún sentido, el sistema tiene razón. Lo prueba el hecho de que es imposible desentrañar el significado de esta iniciativa intimidatoria sin sacar a la luz todos los fantasmas de nuestro orden de poder. En suma, es imposible hacerlo sin «afrontar un espectáculo inesperado: el striptease de nuestro humanismo»[1].

 

Por supuesto que, no menos que el automóvil o el trabajo, el tabaco puede estar vinculado a un tipo bastante estúpido de autoagresión, incluso de suicidio. Pero, qué se le va a hacer, hasta Freud sabía que la libertad es peligrosa, pues incluye en último término la forma de morir. La cuestión es otra. Imagínense que se demuestra científicamente que la televisión produce una nueva especie de cáncer, cosa no descartable a juzgar por el color macilento del televidente medio. Pues bien, ¿podemos en verdad creer que ese descubrimiento pasaría los primeros filtros de la censura? «El tabaco mata». De acuerdo, pero es que la vida mata: ¿no odiamos la vida, la vida elemental, precisamente porque mata? Y además, ¿qué hay de nuestra exhaustiva jornada laboral? ¿No mata? ¿Y el uso escénico de la infancia? ¿Y la contaminación general, empezando por la informativa? ¿Y la carretera?

 

Por otro lado, ¿desde cuándo la publicidad tiene alguna relación con «la verdad»? ¿Se imaginan el mismo letrero, mata, para toda la basura legalmente enlatada que tragamos en forma de comida? O bien: «La empresa le anuncia que Gran Hermano le convertirá en un perfecto idiota». O bien: «El laboratorio le comunica que este antihistamínico puede hacer de su hijo un alérgico crónico». En fin, sería el fin del negocio tardoindustrial.

 

También el sexo en demasía hace daño, y el exceso de rezos, de informática, de estudio o deporte. Cada cual debe arreglárselas como pueda en ese equilibrio difícil entre uso y abuso, siempre inestable. Ahora bien, con la cantidad impresionante de productos nocivos que ingerimos a diario, empezando por la materia nauseabunda de nuestra «seguridad alimentaria», ¿por qué le ha tocado al tabaco estar en el centro de una campaña coactiva sin precedentes? El autor de este libro, que casualmente no fuma, está impresionado por esta repentina preocupación del Estado por la salud de sus súbditos, a los que sin embargo machaca por doquier. Tal vez la cuestión clave se localiza en la única idea fija implícita a este genial encubrimiento de la ideología que es la sociedad tecnológica. La crispada empresa social contra el tabaco (¿la aliviará la crisis económica?) nos permitirá localizar el envés de nuestra transparencia, el espectro que recorre los bajos sombríos del consumo. A diferencia de los tiempos de Marx, pueden suponer que ese fantasma no es el del comunismo. Sin embargo, nadie garantiza que no afecte a una especie de comunismo de los sentidos.

 

El tabaco ha pasado a ser crecientemente intolerable sólo en nuestra atmósfera de transparencia total. Ha concentrado, en medio del culto a la alta definición, nuestra intolerancia radical a la indefinición que es esencial a vivir. La exposición obligatoria de las vidas en toda clase de pantallas ruidosas, y su reverso dialéctico, el blindaje silencioso de la privacidad (¿qué sería del mito de la comunicación y de la informática sin esta doble coerción legal?), explica que el tradicional humo del tabaco interrumpa la visión panóptica, la inmanencia de nuestros espacios traslúcidos. Las exhalaciones del cigarro representan un insoportable resto analógico en un mundo correcto, que no ha dejado de ser correcto incluso con el terrorismo, o el fantasma de la crisis, como envés del sistema. El humo señala un cadáver, un resto del viejo mundo de la dualidad, del exterior natural. Fumar recuerda la relación del hombre con las plantas, con las emanaciones del sector primario, un resto agrario subsistiendo en nuestra sociedad de infinitos interiores azulados. Este resto de opaca trascendencia representa un vaho no simbolizable de lo real que, en una planicie social que quiere ser fluida, tan plural como la vida misma, ha de ser eliminado. El humo es el signo de un material no digitalizado, no reciclable. Y el reciclado, desde los seres humanos hasta los residuos industriales, es la única ideología de una sociedad endogámica. Hablamos del consenso infinito que ha de liquidar cualquier resto de singularidad, todo lo no deconstruíble por la informatización total.

 

La materia prima de nuestra industria terciaria es, en última instancia, la nueva humanidad numerada, la plasticidad misma de lo social. De la oficina al automóvil, del apartamento al McDonnald’s, de la televisión al ordenador, vivimos en una sociedad de continuos interiores que intenta cortar cualquier relación directa con la exterioridad, un mundo primario que dejamos para los parias inmigrantes. En los centros públicos y de trabajo, es preciso salir fuera para fumar. Justamente, el problema del tabaco es la prohibición social del afuera, de un exterior que siempre “humea”. Esta sociedad prefiere el mal humor al humo, necesita ciudadanos todo el día cabreados, drogodependientes, sociodependientes, que es lo que se persigue para mantener el negocio del ocio. El fumador tenía el peligro de poder estar a gusto consigo mismo, consumiendo su propia sustancia, sin depender de las redes. ¡Fuera con ellos! La aldea global es una sociedad de sucesivos nichos, un continuum de cobertura técnica. La emisión continua debe interrumpir la relación con lo real, salvarnos de ella. Por tanto, en este capitalismo terciario también las enfermedades deben ser otras, sofisticadas, ondulatorias, complejamente especulativas. Frente al posible tórax ennegrecido, que recuerda demasiado a la resistencia de la conciencia en el mundo industrial, nuestra opción es el cerebro blanqueado del bienestar digital. La muerte, está claro, se colará por otro lado, en las nuevas enfermedades silenciosas, pero se trata precisamente de que el sujeto desaparezca de manera correcta.

 

Antes el fantasma era el sexo, fuente problemática de experimentación, interruptor del recogimiento higiénico. Ahora ha de serlo el tabaco, mientras el sexo obligatorio realimenta el autismo interactivo del sujeto. Lo importante es localizar en cada caso una figura del mal, que se sepa dónde está la metáfora principal de la exterioridad, de una existencia que debe quedar fuera. Localizar su significante principal, como decíamos antes. Pronto será el alcohol, la obesidad o la depresión, nos aseguran.

 

Primero el fumador fue un modelo industrial del individuo-chimenea, a imagen de la fábrica. Después, el ritmo postindustrial (cigarrillos rápidos, impregnados con amoníaco y alquitrán para que no se apaguen) fabricó fumadores compulsivos, con una dependencia química inserta en los pulmones saturados. Aún hoy en día el precio y la calidad de los cigarrillos con filtro, excepto alguna marca rara (¡los deliciosos American spirit!), no guarda ninguna proporción con el tabaco que se vende suelto. Pero el ritmo de este tabaco que hay que «liar», sea en cigarrillos o de pipa, es demasiado lento. En esos casos, el consumo rápido e indiferenciado es prácticamente imposible. De modo que tales modalidades se dejan para los caprichos de la elite intelectual, mientras el cigarro puro (Cuba en el punto de mira) queda directamente para las bodas.

 

En un ambiente climatizado, la contaminación del tabaco es intolerable ante el modelo perfecto de la contaminación electrónica; la producida por la velocidad de las informaciones, por la televisión, los ordenadores y, en general, la contaminación bacteriana que sufrimos por lo social. De manera que, debido a esta sensibilidad refractaria a la heterogeneidad de lo externo, el coste médico del hábito de fumar está contabilizado hasta el céntimo. Ahora bien, como en el caso del alcohol, en la cuestión del tabaco no está en juego un mero cálculo de lo que cuesta a las arcas del Estado el vicio de fumar, aunque sea un factor sin duda importante. Los detectores generalizados de humo, la histeria contemporánea en torno al cigarrillo, en una cultura donde se producen al año, por suicidio o en la carretera, una cantidad monstruosa de muertes violentas, es resultado del modelo de desaparición que destina el capitalismo para sus miembros. Hay que morir como Dios manda, como exige la religión mayoritaria de la época: de estrés, de infarto o metástasis cancerígena, de sobredosis de trabajo, practicando deportes de riesgo o conduciendo. En otras palabras, es preciso morir a causa de la velocidad, no de la lentitud propia de la vida, de las drogas, el alcohol o el humo, mucho menos de la melancolía que produce el pensamiento.

 

Nada, en suma, de muerte natural. Mejor una eutanasia que, con la velocidad química inyectada en el cuerpo, está a las puertas como una oferta más para mantener la moralina incuestionable del control social. Así pues, estamos en una vieja historia. El mismo Estado-mercado que nos ha envenenado, nos castiga ahora por estar «enganchados». Es lo que decía con cierta gracia un empresario hace dos años, hablando con entusiasmo de la «guerra» de Irak: es necesario crear un problema para poder después crear una solución al problema. De esta manera, el círculo del poder social sigue en bucle hasta el infinito, alimentando la religión que, como decía Lacan, al final debe triunfar.

 

Tecnología punta, alta precisión, imagen definida, lenguaje correcto, guerra justa. Por todas partes, el integrismo ideológico que no deja resto, ni siquiera de ideología. Lo sobrante (el fumador, la juventud violenta, el inmigrante, las naciones rebeldes), una vez castigado, será reciclado. Mientras el Estado obtiene sustanciosos beneficios fiscales de los pocos fumadores interiores que quedan, y de la exportación del mismo veneno industrial a los países no desarrollados, el tabaco será crecientemente prohibido entre nosotros porque su humo es signo de lo no económico del tiempo, de una comunión casi agraria con el tiempo muerto. El humano que fuma, que se enciende y apaga con el tabaco, de alguna manera se equipara al resto de la materia terrena, de la humanidad exterior. Y nosotros, salvo el caso de los jóvenes y la población de las barriadas inmigrantes (parientes de los que pueden morir como ratas en los barrios de Nueva Orleans o en Gaza), hemos elegido el modelo de una vida transparente que nos aleja del pasado y de todo lo elemental. Modelo que nos aleja también de una relación dual con la naturaleza que aún tolerábamos en otras fases de la modernidad.

 

Sólo está permitido «fumar» comunicación, paquetes de mensajes integrados a la velocidad de la luz. Antes de pararse a pensar, la información ya se ha volatilizado. Por contra, el humo es lento, siempre deja una nube. Así pues, los blancos demócratas deben inhalar información. La gente chocolate y los inmigrantes, que fumen lo que quieran. Al fin y al cabo, nunca serán cristalinos.

 

Como el alcohol, el tabaco provoca repulsión en el aire climatizado de una sociedad que ha perdido la relación con el exterior, incluso con la naturaleza que se rozaba a través del esfuerzo físico y el sudor. La criminalización del tabaco proviene del cara a cara obligatorio en la cultura masiva (metro, ascensor, oficina, restaurante), con un ciudadano que quiere estar aislado y, al mismo tiempo, conectado en una promiscuidad autista. Conectado a cualquier lejanía, pero hipersensible a los efluvios del prójimo, para el ciudadano actual el fumador apesta: lo que antes se decía de los negros.

 

Añadamos a esto una cuestión sutil, la tácita prohibición de la parada que, a través de la velocidad del recambio consumista, imponen nuestros medios de formación de masas. El problema, dentro de una sociedad carnívora que vive de la enfermedad de sus miembros, no es la salud de los ciudadanos, sino el “tiempo muerto” que el tabaco facilita, esa detención improductiva que posibilita una comunidad puntual. Pensemos hasta qué punto en el mundo moderno el cigarrillo estaba ligado a la calma de un tiempo vacante, a un alto en la cadena de producción, a un tiempo propio y una forma de confraternizar incluso con el rival. El pitillo entre los presos y entre los obreros, la conversación, las preguntas sobre la familia, la ojeada al entorno. El último cigarro del condenado a muerte: el recuerdo de una vida entera, la despedida de los padres, la oración, los ojos vidriosos. Con la ceniza del cigarrillo es como si uno aceptara también fundirse con el tiempo mortal. Al fumar es como si muriera el tiempo entero, pero ahora es precisamente rozar un término lo que está prohibido por la cultura de la infinitud obligatoria.

 

Quizá también se teme que al hombre le puedan asaltar ideas que no están en los medios, que brotan de los recovecos de la existencia, y no de la sociedad. ¿Los meandros del humo están prohibidos porque lo están también los meandros de la vida misma, demorarse en las esquinas no productivas? Es posible, pues las luces postmodernas deben circundar la tierra, protegernos con una cobertura «global». El Sur está en entredicho. Está prohibido atender al demonio del reposo, habitar un meandro del tiempo donde podría colarse algo, donde podría invadirnos alguna idea no codificada. ¿Qué es la cultura del entretenimiento más que un dispositivo masivo para evitar eso, para invadir el ocio?[2] ¿No estará también el pánico al paro relacionado con el miedo a la desconexión social, a no poder emplear el tiempo de la existencia, a no poseer la cobertura de la interactividad pública?

 

El humear de una parada, en medio de las prisas diarias, es un pliegue opaco del tiempo, símbolo además del vacío que puede dar lugar al pensamiento. Es normal que esto resucite todos los demonios de nuestro integrismo sociotecnológico. A la vez, decíamos, el cigarro es un resto del viejo mundo, un signo de la autosuficiencia de la persona singular, del Dasein que consume su propia sustancia. Mientras esperas, sentado en el atardecer de una escalera a que llegue la hora de la cita, la ceniza del cigarrillo se confunde con la ceniza del tiempo que muere. La persona que fuma, aspira en su fondo sombrío y comulga con el espíritu de la materia. No deja de ser el emblema de la finitud, de una humanidad que humea, como si no estuviera del todo aquí, como si viniera de otro lado y fuera hacia otro lado. Y esto está hoy prohibido, al menos, mal visto. Para empezar, el humo recuerda excesivamente al virus de la duda. Lo cual es excesivo para la inmanencia de nuestro capitalismo especulativo, para el aligeramiento vital que pretende. Se diga lo que se diga, produce inquietud un individuo que no se socializa, que no interactúa constantemente, que se guarda una segunda existencia. Y el tabaco recuerda a eso. Hasta Internet se ha inventado para que la privacidad, incluso la más escabrosa, se pueda conectar rápidamente a la circulación general. Lo mundial es un efecto de la privacidad expandida. Una vez más, nada de restos opacos.

 

Es cierto que el actual orden terciario es curvo, comparado con la línea rígida de la modernidad clásica. Pero se trata de una red de curvas diseñadas, en definitiva, una trama de rectas complejas (el misil inteligente, la matemática fractal, la lógica difusa, la maraña informática) que en absoluto cuestiona la cultura platónica en la que nos movemos. La alta cultura de las vidas trazadas como una trayectoria, guiadas por una cabeza buscadora que excluye el sentido de la tierra (Nietzsche) y la “esencia”, sin concepto, de la existencia. En esta cuestión elemental, bajo las líneas geoestratégicas de las distintas potencias nacionales, sigue consistiendo la naturaleza del actual choque cultural. En el 11 de septiembre, de hecho, sigue chocando la recta despiadada de las Torres con la curva reactiva del humo y la bola de fuego. Y en Madrid y Londres se repite la historia, la línea del ferrocarril rota por la curvatura terrorífica de las explosiones. El terrorismo no deja de ser un regreso letal de la curva mortal abandonada, ese humo de vivir que hemos demonizado.

 

Con la hostilidad hacia el tabaco se trata también de demostrar que la Ley se cumple, incluso a rajatabla, a bajo coste… y sobre la espalda de una gente más o menos despreciable. Por ejemplo, en los Institutos de enseñanza secundaria europea las aulas pueden estar repletas de estudiantes y el presupuesto para profesores y libros puede ser ridículo. Ahora bien, está prohibido tajantemente fumar en los baños, recreos, patios, y esto se cumplirá al dedillo. En algún Tercer Mundo la Ley ha de cumplirse ejemplarmente para así mantener su ideal y que su realización pueda ser absolutamente flexible en primera línea, en la corrupción de alto nivel.

 

Y por encima de todo, una moraleja que se ha recordado cien veces: no podemos vivir sin judíos, sin una estirpe de humanos a los que se pueda marcar como sustancializadores del mal, del atraso, de la irregularidad opaca. En suma, no podemos vivir sin una clase de gente a la que concentrar, reeducar y “ayudar” a reciclar. Como en el caso de los palestinos, los serbios o los musulmanes, el ideal es presionarlos, cercarlos; así hasta que se rindan y pidan ayuda. Recordemos que también los nazis numeraban a los judíos para «ayudarles», incluso con la colaboración de las propias víctimas, a dejar de ser lo que eran (Arbeit macht frei!). De acuerdo, la diferencia es abismal: se gaseaba a los que ya no eran útiles, mientras ahora el reciclaje es infinito. Hasta el enfermo terminal, el asesino masivo, el deprimido profundo, el cadáver, son útiles y largamente reutilizables. En un caso y en otro la propaganda previa, gigantesca, es clave para que la campaña tenga éxito. Una campaña fácil, demagógica y ganada de antemano, hay que decirlo, igual que las guerras justas a las que últimamente estamos acostumbrados. Con ellas nuestra sociedad tiene la oportunidad de blanquear su malestar y aliviar un poco su presión interna, dejando «pasar al acto» la violencia que estaba latente por todas partes, esta hostilidad sorda que brota de la neutralización de la vida.

 

Veamos. Si los nazis no han ganado la guerra, ¿por qué todo el mundo quiere ser rubio? Hasta la gente morena, por su brillo niquelado, parece rubia. Pues bien, es en este ambiente de fascismo de balneario, cargado de pantallas azules y virtualidades ario-digitales, donde la opacidad del humo resulta repugnante, groseramente analógica del espectro de una existencia atrasada. ¡Incluso en Galicia, en agosto de 2006, mientras el humo de los incendios impedía respirar a la gente! Y también en la estadounidense Zona Verde de Bagdad, mientras el resto de la ciudad temblaba por las explosiones. Al parecer, el tabaco representa algo que asociamos a lo irregular de la tierra, a las curvas del afecto, al misterio preocupante de una comunidad que no interactúa, que no se conecta. En este punto, comparada con la relativa tolerancia de la modernidad clásica, el dinámico racismo de la postmodernidad «débil», alérgica a todo lo que huela a subdesarrollo comunitario, es infinitamente más eficaz, más ágil, más integral. Esta nueva violencia consensuada expresa la histérica aversión al vacío, a la imposibilidad que está en el centro de lo real. De manera que la multiplicidad consumista, con variantes incluso «étnicas», rellena constantemente el uno de la indiferencia, auténtico motor de la información y del nihilismo de mercado. Como decía Nietzsche: Ningún pastor, un solo rebaño. ¡Qué premonición, cuánto tiempo llevamos en esta ortodoxia!

 

Llevamos también mucho tiempo en esta idea fanática: la existencia no existe. Al menos en Europa, la filosofía (y la izquierda) han hecho lo que han podido para apoyar este dogma cultural del capitalismo. Tal es en todo caso el pensamiento único que sostiene continuamente las espectaculares ondas de la moda. Por si fuera poco, junto a los meandros de la vida, el humo tal vez recuerda demasiado a la caligrafía un poco terrorífica de las culturas exteriores, árabes, asiáticas o eslavas. Las volutas del tabaco sugieren demasiadas emanaciones orientales. ¿No es el humo un poco fundamentalista, no recuerda demasiado a las medinas de Marruecos, de Siria? De ahí que una especialista, con preclara intuición, pueda decir sin empacho: hay que erradicar el tabaco como el terrorismo.

 

Peinado y maquillaje. Pantallas planas, vientres planos, perfiles definidos. Todos contra la indefinición del tabaco. Que nadie humee, como si estuviera descontento, como si no estuviera del todo aquí, en esta pulsación instantánea de la actualidad social. ¿Como si fuera un «intelectual»? Deleuze hablaba constantemente de aprovechar las consignas para buscar un punto de fuga, huyendo minoritariamente de cualquier mayoría instituida, incluida la de «las mujeres». Pues bien, la cuestión es que la fuga es inconcebible en una sociedad al fin plural, cuyos espacios de encierro se confunden, punto por punto, con la imagen del exterior. Así es el fin de la historia[3]. Nuestro orden social es tan democrático que todos los que se quieran fugar de él son inmediatamente sospechosos de enfermedad, desvarío, violencia.

 

Por lo demás, esta furiosa campaña en curso (es un escándalo la cara que le llegaron a poner a los fumadores «culpables» en los carteles del metro madrileño) obedece a lo que podíamos llamar el “toque de queda” postmoderno. ¿Qué sería del negocio mundial de la comunicación sin el actual arresto domiciliario del ciudadano medio, arresto para el cual vienen como anillo al dedo los constantes miedos inducidos que son eje de la información? ¿Qué sería de la interactividad sin esa previa interpasividad inyectada? Se trata de que el individuo se encapsule, se insularice en la cáscara de su privacidad. Sin ir más lejos, ¿qué es lo que el irónico Rorty le echa en cara al trágico Foucault sino que extienda al plano público de la democracia las tortuosas ideas de su privacidad? Éste es el punto: la intocable separación, curiosa palabra, de lo público y lo privado. Sobre este pivote, de infinita violencia simbólica, convergen izquierda y derecha como si fuera el eje mismo de su alternancia.

 

Se trata únicamente de mantener la voluntad de separación, la ilusión de discriminación. «Cada desarrollo de la sociedad mercantilista exige la destrucción de cierta forma de inmediatez, la separación lucrativa en una relación con aquello que estaba unido»[4]. La cuestión clave es elevarnos, uno a uno, como ahora ordena un poder capilar, por encima de la repugnante cercanía, también del común de las naciones aún ligadas a la tierra, al atraso del sector primario. En vez del humo, demasiado grosero y significativo de la inmediatez terrena, la «nieve» de las pantallas, la «nube» de los ansiolíticos. La religión de la transparencia total sólo tolera una opacidad adelgazada, flotante, táctil.

 

La derecha civilizada y la izquierda clonada, las dos fluyendo hacia el centro. Un centro infinito, por cierto, como una inagotable pista de patinaje, tan única como plural. Entre las dos caras de la alternancia, se trata de mantener encerrado al individuo en su atomismo, atado a su atomización. Ya se ha dicho en otros sitios: en más de un sentido, esta época ecológica sigue siendo nuclear. La política del entretenimiento, la combinación de miedo apocalíptico y espectáculo orgiástico, no tiene otro fin que el de incidir en la pulpa misma de la vida. La triunfante comunicación es la veloz interactividad de átomos aislados. Y el tabaco estorba en esta pantalla total porque contamina al prójimo, comunica directamente con él, hiriendo el dogma de la mediación sin fin.

 

Sobra decir que un profundo pesimismo sobre la vida es la base de nuestra euforia técnica, de la socialización a ultranza que promueve. Vivimos en una ampliación del campo de batalla: de la lucha de clases a la agresividad de la comunicación, de los grandes bloques a una rivalidad interminable en red, cuerpo a cuerpo, perfil a perfil, sexo a sexo. El Estado-mercado sólo es el árbitro de esta actualización hobbesiana de la guerra de todos contra todos… y de cada uno contra sí mismo. Lo cual explica que el prójimo deba protegerse en su mutismo, en una reserva inescrutable, en esa inmediatez ambigua que brota de la renuncia a la singularidad en nombre del consenso. Estruendo hacia lo público, mutismo en la cercanía: ser espectacularmente visible es la forma de camuflarse, de hacerse invisible. Los humanos que nos rodean son cada día más amorfos porque han traicionado su intransferible forma-de-vida, que nacía de un diálogo con el «humo» de la muerte, en nombre de la fluidez informativa, del pluralismo transparente del mercado. Frente a esta ideología sin ideas, el tabaco recuerda demasiado a la sombra de una comunicación directa, a una singularidad que vive de lo incomunicable, con su invitación a entrar en el rostro del otro.

 

Y esto es lo prohibido, manchar al otro con las emanaciones elementales de la existencia, sin pasar por la red medial de homologación. Del mismo modo, dicho sea de paso, que a las chicas musulmanas que llevan el velo en las escuelas de nuestras sagradas naciones democráticas, les decimos: que se metan su religión, como el humo, donde les quepa. Nada de «signos ostentatorios» que atenten contra la sacrosanta distinción de lo público y lo privado, esto es, contra el imperio público cuyo motor son siempre poderosas sectas sumergidas. Mercado y Estado sepultan en lo privado todo lo sobrante de la transparencia, lo reenvían a un Tercer Mundo de opacidad que pronto alimentará el escándalo de lo público. Los nuevos vicios privados que resulten de esta coacción seguirán moviendo las virtudes públicas, el morbo del espectáculo, el circuito semiclandestino de la diversión. Nosotros, como intelectuales, profesores o periodistas, apenas sabemos nada de esto. Pero interroguemos al consumidor clandestino que se esconde bajo nuestra identidad. Interroguemos a algunos psicoanalistas y psicólogos, también a algunos policías, acerca de cómo la violencia toma actualmente derroteros intrincados, extremadamente aberrantes, jurídicamente indescriptibles.

 

En fin, como dice Badiou, no se debe mostrar aquello que no es mercancía; cada hombre y mujer debe enseñar sólo lo que está en venta. Y el humo se lo lleva el viento, es un despilfarro que no circula, como el tiempo muerto que no se emplea en nada. Es la insignia de una fracción temporal despilfarrada dentro de una religión de pleno empleo del tiempo. ¿Acaso es otra cosa la comunicación, la cultura del entretenimiento? ¿Es otra cosa la complejidad constantemente renovada de la informática, con el enredo durante horas y horas en problemas absurdos que ningún especialista entiende? De paso, se puede levantar otra sospecha: ¿la basura que circula en la Red es algo más que una versión suave del regreso de lo reprimido, del viejo humo de la existencia expulsado de lo común por el filtro implacable de las nuevas tecnologías? Al poner éstas la distancia por doquier, la cercanía queda inerme, al albur de toda clase de regresos. Regresos para los que ya no tenemos instrumentos, aquella tecnología punta de la vida desnuda que formaba parte del «atraso» de la existencia, de su intuición primaria.

 

Tenemos que estar aislados y mutilados para poder ser multiconectados, para que nos pueda contaminar hasta la médula el dispositivo mundial de la información, de esta integración de Mercado y Estado dirigida por una nueva elite. No quisiéramos exagerar más de lo imprescindible, pero igual que el que va a ser electrocutado en Texas necesita antes ser curado de la gripe, de otra manera parece que no es ejecutado del todo, ¿pasará lo mismo con el consumidor, que antes de ser ultracontaminado por la publicidad, la información, los sedantes y estimulantes, necesita ser librado de sus pequeños vicios? La vida de cualquiera puede ser taladrada, penetrada, endeudad por toda clase de macro-ofensivas. Le contamina la estupidez televisiva, la “presión de los mercados”, el estrés general, el tráfico, el ritmo laboral, los miedos inducidos regularmente… Ahora bien, yo, que soy fumador, no puedo contaminarle directamente. Conclusión: la existencia no puede contaminar a la existencia. Ésta tiene que ser únicamente polucionada por las instituciones, por los grandes monopolios, por la autoridad competente.

 

No me digan que esta posibilidad carece de gracia y que no nos trae además los más entrañables recuerdos. De ser cierta, sólo sería una expresión más de esta transferencia perversa de la existencia a lo social, de este imperialismo insólito de lo histórico que caracteriza al actual «fin de la historia» occidental. El parloteo sin fin de la información, que no se ahorra ninguna zafiedad, expresaría la potencia de una Historia capaz de penetrar bacterianamente en la vida. Un historia biopolítica, celosa de cualquier poder que le discuta su correcto totalitarismo.

 

Transferencia perversa, decíamos. Acabar con las viejas formas de comunidad, desarraigar al sujeto de su humus personal, caracterial, familiar, sexual, nacional, cultural. Buscar un individuo definido, sin sombra, que pueda ser rápidamente reterritorializado en las ofertas de identificación colectiva. Para lo cual, dicho sea de paso, son geniales las provocadoras minorías alternativas. Socializar escandalizando: genial. Vivimos rodeados de un continuo trasvase de lo natal a lo social, que se hipertrofia ocupando el día entero. A la contra de esta metástasis, el humo recuerda siempre lo que de arraigo (patología, género, carácter, familia, nación) hay en el individuo. Se fuma desde el pecho, con el cuerpo entero: en cierto modo, consumiendo la propia sustancia. El cigarrillo que termina es un símbolo demasiado obvio de la finitud, de las vidas que se encienden y se apagan, que se consumen lentamente. Es preciso erradicar esto, pues vivimos en una exultante cultura de la infinitud. Hasta el simple tirar el cigarrillo, de apagarlo, se enfrenta con nuestra cultura del recambio perpetuo, de la incesante conexión.

 

En este aspecto el tabaco ha logrado concentrar todo el odio que genera nuestra impotente relación con la dureza, un poco humeante, de vivir. Tras Deleuze, Badiou y Bourdieu ya han demostrado que es preciso desterritorializar, erradicar todo lo que huela a comunidad primaria, para reterritorializar al sujeto en las identidades reconocibles. El referente indiscutible de la ideología contemporánea es el individuo numérico, nativo digital integrado en el autismo hacia la cercanía, aislado de la tierra y de sus comunidades primarias… que el tabaco fomenta. A cambio, se permitirán comunidades más o menos vergonzantes de fumadores, a la manera de los drogotas, pero concentrados en zonas infectas y arrepentidos de su condición, mendigando su dosis para subsistir. Se tolera al fumador que se reconoce como un enfermo, que se declara una víctima necesitada de ayuda. Lo recordaba Zizek cuando insistía en que necesitamos víctimas, víctimas por todas partes. Curiosamente, ésta es también la imagen del musulmán bueno, acoplado al modelo humanitario de la víctima. En cualquier caso los Estados facilitan antidepresivos y ansiolíticos en lugar del tabaco, drogas conectadas a la Red que facilitan el encefalograma plano, no emitir, lo que se dice, ningún humo propio, ningún pensamiento propio.

 

Hasta la dulce Irlanda y Argentina han entrado en esta vía de laminación. Ellos también quieren ser modernos, incluso postmodernos, rompiendo de una vez con el virus amorfo del tiempo. Y por supuesto España, donde también queremos ser homologables, fluir en la información, en una informática tan deconstructiva (de la existencia) como reconstructiva de las identidades. Nada, pues, de puntos de opacidad. Estamos a favor de la depilación total, eliminando el vello de las zonas activas y cualquier sombra que recuerde al hombre primitivo. Debemos parecernos a edificios traslúcidos. Cada ciudadano, un destello, un punto de luz en la pantalla total. No hace falta mucha maldad para ligar esta ideología a la que late en las nuevas tecnologías, sin resto de indefinición o incertidumbre. Hablamos de la precisión puritana de lo digital, sin sombra de una materia prima, sin penumbra entre el original y la copia, entre una pieza y otra del fotograma. La limpieza étnica, groseramente analógica, debe pasar a limpieza técnica e infiltrarse en la cercanía. En las tecnologías de moda (al final, todo es cuestión de moda) la sombra debe estar resuelta en la alta definición de un complejo integrado. ¿De un racismo integrado? En cualquier caso, el humo es indefinido, es un signo de la indefinición. Y hay que acabar con ese resto analógico.

 

Aparte de que esta ideología numérica tenga un origen militar y continúe trabajando a favor de la guerra, prolongando nuestra aversión al humus de la tierra, ¿es imaginable algún creador, sea María Zambrano, Sylvia Plath o John Berger que comparta esta enfermiza noción de la salud? Solamente en el heterofóbico clima tardomoderno se puede llevar adelante una campaña integral de criminalización del fumador, con su consiguiente esterilización en zonas especiales. Como si el sistema hubiera leído a un Nietzsche de pacotilla y decretase una guerra sin cuartel al prójimo analógico, que siempre apesta, mientras se dan mil facilidades al limpio lejano virtual, que solamente nos puede acosar electrónicamente. Aunque un conocido diario progresista se declarase en su día «en contra» de esta campaña de criminalización, atendamos a cómo se presentaba la batalla, mucho antes de la última solución final que después decretó el Estado español: «liberar de humo los espacios de convivencia públicos, incluidos los centros de trabajo, haciendo recular a los fumadores a zonas específicas donde cultivar su vicio (…) garantizar el derecho a la salud pública de la población e impedir que terceras personas no fumadoras sean intoxicadas contra su voluntad por quienes asumen el riesgo individual, en el ejercicio de su libertad, de intoxicarse placenteramente con el humo de su cigarrillo (…) se trata de impedir, por ley, que el fumador haga fumar a su prójimo (…) que las administraciones pongan a su disposición programas de deshabituación gratuitos (…) la financiación de estos programas de desintoxicación»[5]. Esto es sencillamente asombroso. Ahora resulta que somos libres de elegir, que el ciudadano no es violado por la cultura del consumo, por la información, por la escuela obligatoria, por el Ministerio de Hacienda. La publicidad nos pide permiso para estafarnos, igual que la empresa privada, la Unión Europea y el Estado. Y es en este marco de pluralismo azulado, pulsante, interactivo, donde resulta insufrible la coacción arcaica que ejercen los fumadores. Sólo nos puede contaminar la aldea global, nunca el hombre de carne y hueso.

 

Dentro del imperio mundial de un mercado salvaje al cual los Estados dejan hacer (estamos viendo en la actual «crisis económica» el penúltimo capítulo de esta serie), de vez en cuando es estupendo que el Estado pueda aparecer otra vez con un aire patriarcal. Mejor aún, para compensar un mercado caníbal, el Estado se presenta matriarcal, preocupándose por nuestra salud, no permitiendo que nos lesionemos ni que el prójimo nos haga daño. Y un Estado que se puede presentar así, casi como una nodriza hogareña, no puede ser malo, tiene derecho a tener razón incluso cuando más podríamos dudar de él. Deliciosos tiempos postmodernos donde el sujeto mismo es puenteado por un Ello del mercado que se casa día a día con el Superyó del Estado. Es por este camino que se llega, como recordaban Debord y Badiou, al estado espectacular integrado: así el canalla, así su batalla. Los canallas mundiales bombardean países exangües. Los canallas medios operan con crímenes selectivos. Los pequeños canallas locales persiguen a los fumadores, a las chicas con velo, a los personajes incorrectos.

 

Que nadie se quede sin su presa, sin su particular ración de eje del Mal a fumigar. El cuarto poder y su «alarma social» se convierte para ello en la múltiple cabeza buscadora de este único combate occidental. Y pobre del que caiga del lado del mal, sea fumador, homofóbico, machista o fundamentalista islámico. Mientras tanto, nuestras armas estratégicas de largo alcance enviarán el humo sobrante lejos. En efecto, se da en este tema una venerable ley física: el humo que se dispersa aquí tiene que concentrarse allá. Además, esa masa de apestados que nos rodea en las naciones lejanas, fuma; por lo tanto, que se trague también el vapor de nuestras explosiones de alta precisión y nuestras guerras humanitarias. Para nosotros el catolicismo social del consenso infinito. Para ellos, el humo sobrante. El fin de la historia es así: convierte en fumadores forzosos a todos los que intenten hacer historia bajo este decreto del nuevo orden. Sólo quien posea armas atómicas (Rusia, China, India, ¿Irán?) será admitido como una potencia moderna a pesar de ser una comunidad milenaria. Así pues, parece que repartimos esta consigna a las naciones: si queréis seguir aspirando el humo de vuestra diferencia, buscad el hongo nuclear. En este caso, un humo cubrirá al otro.

 

La campaña sobre el tabaco es finalmente un ensayo de la convergencia terciaria de derecha e izquierda, esta clonación hacia el centrismo fluido (¡querido Tony Blair!) que tan maravillosos resultados está dando. La derecha pone el feroz pragmatismo de mercado, más el ocasional complemento del fundamentalismo cristiano. La izquierda, el fundamentalismo social, más esa deconstrucción cultural en virtud de la cual hay que negociarlo todo, completando el capitalismo como cultura de la liquidación infinita. La misma filosofía (un poco de Derrida no hace ningún daño a nadie) no ha dejado de colaborar en esta tarea de liquidar todo referente, el humo de cualquier exterioridad. ¡Viva la transparencia total! No es extraño que ante el poder de esta consigna, en medio de la resignación, se extienda en Occidente una simpatía soterrada y una pequeña esperanza en los bárbaros exteriores, que casi siempre humean.

 

Cierto, si eliminamos el humo entre nosotros, señal del desierto, de la indefinición que es suma total de nuestras posibilidades (en este sentido, Oriente siempre late bajo Occidente), eliminamos todo lo que tenemos en común con los chinos, los eslavos, los árabes, el resto de la humanidad exterior. Incluida, es posible, buena parte de Latinoamérica. Sólo quedará entonces el choque brutal, sin ganador fácil, entre el fundamentalismo puritano del rascacielos, nuestro integrismo de acero y silicio, con el pardo «atraso» de la tierra, con sus pueblos milenarios, no traslúcidos ni atomizados. ¿Dejaremos el humo únicamente para las víctimas, para los verdugos? Pero entonces el polvo de nuestras trágicas zonas cero, cuando arrasamos una franja de la tierra, o cuando los otros disparan a la vez contra nuestros militares-fumadores y nuestros ejecutivos-ecologistas, tendría un incómodo significado político. Mantengamos en vilo esta espinosa cuestión para sopesar lo que debe quedar del humo entre nosotros. En suma, para calibrar lo que en la comunidad impolítica de la existencia queda de una universalidad que debe ser urgentemente pensada.

 

* Este texto es una versión de la Introducción a Votos de Riqueza (A. Machado Libros, 2007). Obsérvese cómo la descripción del gigantismo de la opulencia, que toma la histeria en torno al tabaco como síntoma, anuncia indirectamente la catástrofe que vendría después, el tipo de corrupción superestructural en la que seguimos. 

 

 

Notas


 

[1] Jean-Paul Sartre, «Prefacio» a Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, F.C.E., México, 1986, p. 23.

 

[2] «La información, producto residual de la no permanencia, se opone al significado como el plasma al cristal; una sociedad que alcanza un grado de sobrecalentamiento no siempre implosiona, pero se muestra incapaz de generar un significado, ya que toda su energía está monopolizada por la descripción informativa de sus variaciones aleatorias. Sin embargo, cada individuo es capaz de producir en sí mismo una especie de revolución fría, situándose por un instante fuera del flujo informativo-publicitario. Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con relación al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos». Michel Houellebecq, El mundo como supermercado, Anagrama, Barcelona, 2005, p. 72.

 

[3] Con tal expresión no nos referimos en particular a la tesis de Kojève sobre el fin de la historia y la consiguiente instauración de un Estado universal homogéneo, o una cultura global del consumo, como defiende Fukuyama y otros epígonos de Kojève. Dado que se repite por doquier (también en múltiples delegaciones vicarias: el fin del arte, el de la pintura, el de los géneros sexuales, el de la muerte misma), sólo tomamos esta idea como topos de una modernidad tardía que pretende haber acabado con la dualidad historia/vida (lo que es lo mismo: Estado/sociedad civil) gracias a que el Estado se ha transformado en mercado ágil, diseminando la contradicción clásica del poder con la vida en la multiplicidad mercantil, local, privada. El tema del fin de la historia ya aparece en Marx como un intento de naturalizar el Estado, esto es, de divinizarlo (Cfr. Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, Libro Primero, Volumen 1, Siglo XXI, Madrid, 1984, p. 99). En esta línea, toda la lógica del presente ensayo va en la dirección de mostrar que la contradicción subsiste, tanto entre la superestructura social (el estruendo de cada anuncio) y la vida anónima que tapa, como entre lo que llamamos Occidente y el resto del mundo. Cfr. Giorgio Agamben, Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, Valencia, 1998, pp. 81-82.

 

[4] Tiqqun, Teoría del Bloom, Melusina, Barcelona, 2005, p. 42.

 

[5] El País. Editorial del 16 de enero de 2003.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.