2016/05 — Uriarte

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"Al leer a estos articulistas de otros tiempos, sacas la misma conclusión que con los de ahora. Que eran muy charlatanes y que la mayor parte del tiempo escribían porque tenían que ganar dinero llenando su columna cada día, con lo que fuera".

 

Lunes, 25 de enero

 

* Una vez escribí para el periódico: “La observación es de Nietzsche: ‘Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez. Ello incumbe a la moral’. Es fácil señalar unos cuantos defectos morales que empujan a ser grandilocuente. El primero es la falta de aplicación. A quien escribe con descuido se le llena la página de expresiones que tal vez fueron elocuentes en su origen, pero que hoy son tópicos grandilocuentes. Otros enemigos de la escritura sencilla son la vanidad y el miedo. Quien escribe para publicar y ser leído tiende a adornar o proteger su pensamiento con grandes palabras”.

 

* Supongo que plagiar algo de vez en cuando no es tan grave. Supongo, incluso, que habrá algún gracioso que diga que nadie es un buen escritor si no ha plagiado nunca.

 

* Huyo de desarrollar las ideas. Como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud. Sólo es falta de talento. No sé quién ha dicho que escribir es hablar sin ser interrumpido. Pero yo me interrumpo de continuo a mí mismo. Tampoco soy lo suficientemente charlatán, ni me gusta mucho escucharme. Hablo a trompicones. Escribo de la misma manera. Y como dijo Machado: “Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario”.

 

* Vuelvo a hablar con Miguel sobre lo de escribir o no escribir. Resumo lo que le digo: yo no escribo bien, no he escrito cuentos ni se me ha ocurrido empezar una novela, no tengo voluntad, talento ni ambición suficientes para meterme en ese berenjenal de angustias y montaña rusa de vanidades y humillaciones que supone intentar publicar un libro. En fin, que no dispongo del arsenal necesario para ir a esa guerra.

 

* Al leer a estos articulistas de otros tiempos, sacas la misma conclusión que con los de ahora. Que eran muy charlatanes y que la mayor parte del tiempo escribían porque tenían que ganar dinero llenando su columna cada día, con lo que fuera.

 

* Ahora que anoto esto, recuerdo a Orwell, quien, cuando le preguntaron si había algún libro que hubiera cambiado su vida, respondió que sí, que uno donde aprendió que un aficionado al té debe tomarlo siempre sin azúcar.

 

* Que la literatura es un arte en decadencia lo demuestra el significado habitual al que ha llegado el término ‘literario’. Hace tiempo que ‘poético’ quiere decir cursi, y ‘teatral’ equivale a ‘afectado’, pero ahora empieza a estar claro que el epíteto literario significa estrictamente ‘pelmazo’.

 

* He quedado encasillado en el periódico como reseñista de best sellers y novelas policiacas. Por lo menos es lo que más me encargan. No me viene mal, porque así tengo un hueco especializado y además me lo paso bien en el 80% de los casos. Si reseñara literatura de la otra no creo que llegara al 20%.

 

* Corregía entonces mis artículos borracho, cuando llegaba a casa de madrugada con un montón de copas encima. Si el borracho no era capaz de leer muy rápido y de un tirón, había que corregir.

 

* El estilo directo, claro, llano, tiene su riesgo. Es como llevar poca ropa. Hay que estar muy bueno o muy buena para decidirse a usarlo en público. La mayoría de la gente ofrece mejor aspecto cuando va vestida. Algunos sólo se salvan disfrazados.

 

* Escribir de mal humor, corregir de buen humor. Sólo debería quedar lo que ha sido aceptado en un momento de buen humor, eliminados o depurados los quejidos de los días de mal humor, que son más de las mitad de aquellos en los que me siento a escribir. Los diarios tienen una tendencia incorregible a la melancolía, que habría que intentar disimular.

 

* Con lo que fácil que es no escribir un libro malo.

 

* Exigencias de edición me obligan a reducir en un tercio los dos folios del artículo que acabo de escribir para el periódico. Al principio, me parece imposible y, desde luego, perjudicial para el texto. Poco a poco observo que tal vez podrían suprimirse ideas repetidas y alguna frase escrita por inercia. Las tacho y me sorprendo al ver que mi artículo ha mejorado. Sin embargo, aún me falta reducir el espacio de cinco líneas. Decido eliminar varios adjetivos. Su ausencia enriquece la precisión del artículo. Pero no es suficiente. Todavía debo sustraer tres líneas. Recurro al consejo de Valéry: “Entre dos palabras semejantes, escriba usted la más corta”. Sinónimo a sinónimo, sílaba a sílaba, abrevio el escrito hasta la longitud solicitada. El resultado es excelente. Por fin, cuando veo el texto publicado por el periódico, compruebo que se ha convertido en un artículo mejor que el que entregué. Han cortado el último párrafo entero.

 

Diarios (1999-2003), de Iñaki Uriarte.

 

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Martes, 26 de enero

 

“¿Cuál es la diferencia entre un reportero de News of the World y uno de The Guardian? La diferencia está en la oficina, en la jerarquía, en el Coeficiente de Acoso… Si te van bien las cosas en la sala de redacción de un periódico sensacionalista te darán grandes historias y magníficos viajes al extranjero, montones de artículos con tu nombre en el encabezamiento, permiso para amañar tus gastos, agradables almuerzos personales con el director y aumentos de sueldo a título privado. Si te van mal, te sentarás solo en un rincón, nadie te dará historias o solo te darán historias de mierda que nunca se publicarán; te despertarán al amanecer y te harán trabajar hasta la medianoche; te mandarán al quinto pino justo cuando te estabas marchando de la oficina para celebrar tu cumpleaños; si resulta que escribes algo que acaba saliendo en el periódico, no te darán ni el nombre en el encabezamiento, ni las gracias, ni un respiro; desearás ser otro… ¿Cuál es la diferencia entre un reportero de News of the World y uno de The Guardian? ¿Desde el punto de vista del reportero? El Coeficiente de Acoso. En realidad solo eso. Yo tengo permitido que las cosas salgan mal”.

 

En ‘Los ejércitos de la información. Murdoch y los abusos que llevaron al cierre de News of the World‘, de Xabier Fole.

 

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El mismo día que Adolf Hitler se suicidó en su búnker de Berlín, la reportera de guerra Lee Miller se limpiaba el fango en la que fuera la bañera del dictador. […] Después de pasar por Dachau, Miller y Scherman fueron directos al número 16 de la Prinzregentenplatz, donde Hitler había vivido desde los años 20. Hacía semanas que Miller no se bañaba y su amante le tomó una fotografía que ha dado la vuelta al mundo. Miller quería que el barro que sus botas dejaron en la alfombra del dictador fuera un símbolo de la suciedad con la que el nazismo había cubierto Europa.

 

De Carmen G. de la Cueva en Ahora.

 

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Miércoles, 27 de enero

 

Hace mucho tiempo que la escritora india más famosa del mundo, Arundhati Roy, no siente alegría al escribir. Después de ganar el Premio Man Booker en 1997 por su aclamada novela El dios de las pequeñas cosas, pasó a la no ficción. “Si quiere saber la diferencia entre los libros de ficción y las de no ficción, en ficción escribo con alegría, mientras que en no ficción escribo después de haber hecho todo lo posible para no hacerlo”.

 

Entrevista a Arundhati Roy en Babelia.

 

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El método Sorkin es encerrarse en su oficina —“o en casa cuando no hay nadie”—, encender la televisión (“siempre en la CNN sin sonido, como si fuera parte del papel pintado”) y escribir. “Bueno, me paso mucho más tiempo pensando que escribiendo, paseándome, subiéndome por las paredes. Soy muy bueno para no escribir”.

 

Entrevista al guionista Aaron Sorkin en Babelia.

 

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El sábado pasado, Chapu Apaolaza entrevistó a la diputada por Málaga en los regionales de Vocento. había más tensión ahí que en la conversación de Oriana Fallaci con Jomeini. Lástima que Fallaci esté muerta. Lo que habría soltado de que las estatuas con desnudos de los Museos Capitolinos se hayan cubierto para la visita del presidente de Irán. Por respeto. Ella que se quitó el chador en su presencia cuando el imán le dijo que esa prenda era sólo para mujeres decentes. «Eso es muy amable de su parte. Y ya que me lo permite, me voy a quitar este estúpido y medieval pedazo de trapo». El Ayatollah se levantó como un gato y abandonó la habitación. La entrevista se reanudó días después y la Fallaci hasta hizo reír a Jomeini.

 

Rosa Belmonte en ABC.

 

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Jueves, 28 de enero

 

* ¿El fondo y la forma? Claro que existen y que son diferentes. Las mismas insensateces farfulladas por un borracho en un bar a las tres de la madrugada cobran respetabilidad al día siguiente por venir impresas, con una adecuada sintaxis, en la sección de opinión de un periódico.

 

* El otro día hablábamos de si era correcto o no criticar salvajemente un libro. Miguel decía que no, que siempre hay que guardar respeto hacia alguien que ha empleado varios años de su vida tratando de escribir uno. No estoy seguro. Ya sé que hay modos y modos de criticar algo que no te gusta, pero a veces acabas hasta las narices de un libro que te han encargado y dan ganas de decírselo con todas las letras a los lectores, que al fin y al cabo son los destinatarios de tu crítica: “Esto es un asco. Ni se les ocurra comprarlo”.

 

* He pasado dos semanas corrigiendo y, sobre todo, quitando páginas. “He creado mi obra por eliminación”, dijo Mallarmé. Pero, al paso que iba, yo me estaba quedando sin “obra”. He parado y he decidido ir a la tienda de una vez.

 

* ¿Qué se relee? Aquellos libros que te han interesado y de los que sabes que te has dejado mucho por el camino. Aquellos que te produjeron un placer intenso y singular, que no podrías encontrar en ningún otro libro.

 

* Para asustarme de mi ignorancia no tengo más que echar un vistazo a mi biblioteca. Miles de libros leídos de los que no recuerdo nada. Pero continúo comprando y leyendo. Debe de ser algo como eso tan criticado de “el sexo por el sexo”.

 

* “Tienes que leer esto”, me dicen a menudo. Saben que leo bastante y, por lo tanto, me recomiendan libros. Es el equivalente a eso tan pesado que escuchan a menudo los escritores: “¡Si yo te contara vida! Ahí sí que tendrías una buena novela”.

 

* A veces no soy como el que escribe estas páginas. Incluso me produce extrañeza su autor. Pero releo algo de lo que dice y ya puedo seguir hablando como él.

 

* Ayer leí una de las “notas dispersas” de Pla: “De joven tuve una dentadura discreta, por no decir una buena dentadura. A partir de los treinta años tuve que ir de forma intermitente al dentista…”, y así durante unas quince líneas hablando (¿a quién?) de su dentadura. Yo lo leí interesado.

 

* A X le parece incomprensible que alguien (yo, por ejemplo) escriba sin intención de publicar. “Es como hablar solo”, dice. Pero he adoptado la costumbre de escribir como una actividad más de mi vida. Como comer, o leer, o dar el paseo habitual de la mañana. O hablar con el gato. No pretendo nada con ello. Me parece normal hacerlo.

 

* Cuanto más lees un libro y más se le deteriora el físico, más vivo parece. No entiendo a los que se empeñan en leer libros procurando maniáticamente que no se estropeen.

 

Diarios (2004-2007), de Iñaki Uriarte.

 

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Viernes, 29 de enero

 

En las facultades de Periodismo ¿aún enseñan a titular noticias? Lo pregunto porque veo que muchos diarios on line pasan de explicar brevemente la información, con cuatro palabras, para que el lector decida si le interesa leerla o no. Ahora, en vez de titulares hay juegos de trampas. […] Si clicase, comprobaría que seguramente tengo razón, pero no lo haré porque un titular así quita las ganas de seguir leyendo. Debe de ser el nuevo perio­dismo. Lo único que les interesa es que cliquemos. Matarían a su madre por un clic.

 

Quim Monzó en La Vanguardia.

 

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Sábado, 30 de enero

 

* He borrado de estos archivos bastantes páginas en que criticaba a algunas personas. Siempre he sentido malestar al releerlas. Además, provocan otro efecto pernicioso. Ocurre con ellas lo mismo que cuando publicaba críticas de libros. Una vez escribí una reseña terrible de una novela de Fernando Schwartz y luego me sentí obligado a tenerle ojeriza. Cada vez que contemplaba a Schwartz por televisión (y era a menudo), o leía su nombre en algún periódico, más manía le tomaba. Buscaba indicios que me reafirmaran en mi mal concepto de él. Los encontraba, pero me perdía lo que ese señor pueda tener de bueno.

 

* “Nació, vivió y murió, y sus obras pasaron a la posteridad”. Es una definición bastante ajustada a lo que significa ser un clásico.

 

* A veces se echa en falta un poco más de agresividad en las críticas literarias que se publican en los periódicos y un poco menos en las conversaciones sobre los mismos libros.

 

* Leer a Proust debe de ser un mazazo para un escritor. Ahora está de moda leer a Chéjov, a Hemingway, a Carver, y pensar, engañosamente: “Esto lo hago yo”. Al leer a Proust no creo yo que haya muchos que no se digan: “Esto no lo hago yo ni loco”.

 

* Tras contemplar a una vecina cuidando sus flores, Virginia Woolf escribió en su diario: “Madame Charasse en su jardín: tal vez eso sea la verdad”. ¿Cómo va a ser eso la verdad? Hubo épocas de mi vida en que frases como esa me ponían de los nervios. Ahora ya no.

 

* Cuando escucho a alguien expresar como elogio de un escritor que basta con leer uno de sus párrafos para saber que es suyo, me acuerdo siempre de X, el peor escritor del mundo, pero del que me basta una frase para saber que le pertenece

 

* Pedro me dice que soy bastante indulgente con mis lecturas. Le respondo que no soy indulgente. Lo que no soy es tonto. Cuando veo que ensalzan a algún autor, aunque a mí no me guste, lo leo y lo leo con la intención de encontrar aquello que supuestamente se me escapa. He empleado en este ejercicio muchas de las horas más tontas de mi vida. Porque, al final, suelo seguir en mis trece.

 

* A menudo se dice que nadie escribe para no ser leído. Esto es falso. Somos muchos los que a veces escribimos solo para ordenar nuestros pensamientos, guardar memoria de algo, calmar los nervios, o por mil razones que no tienen nada que ver con la ambición de ser leídos. Probablemente entre los diaristas neuróticos somos mayoría.

 

* A veces prolongo hasta muy tarde la lectura de un libro para acabar de una vez con él y no tener que continuarlo al día siguiente.

 

* “Yo ya no leo. Solo releo”. Parece una pedantería. Pero no lo es. A cierta edad uno, por lo menos yo, se da cuenta de que apenas recuerda nada de lo que leyó en otros tiempos. Y siente una especie de temor, y se pone a releer.

 

* Ahora que voy a publicar entiendo por fin algo que dicen muchos escritores: “Uno siempre se queda descontento. Lo que ha escrito siempre queda lejos de la idea que uno tenía en la cabeza”. En realidad, lo que desazona es ver que “lo que uno tenía en la cabeza” no era más que eso.

 

* Termina diciembre de 2010, el mes durante el que menos líneas he escrito desde que comencé estos archivos. Propósito de enmienda. Escribir algo cada día. Es absurdo el miedo que le he tomado a escribir. Como si cada línea que yo escribiera fuera a ser leída, escrutada y juzgada por todo el mundo. Corregir del 2004 al 2008, cuando todavía tomaba notas como si no fuera a publicar nunca. Comprobar si se puede hacer un segundo libro con ello. Y seguir anotando como si ese segundo libro fuera el último. Entrar aquí otra vez de forma habitual. Copiar citas, contar cosas que me afectan, escribir bobadas, banalidades, mis banalidades, pues sé que puedo haber leído veinte mil palabras en un día, pero me voy más contento a la cama si he apuntado en cualquier sitio una mía.

 

Diarios (2008-2010), de Iñaki Uriarte.

 

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Domingo, 31 de enero

 

Al promocionar la lectura confundimos el objetivo y terminamos promocionando la compra, el intercambio o fetichismo por los libros. […] Para intentar darle la vuelta al lugar común: leer no abre los ojos de nadie, pero sí ayuda a que nos demos cuenta que ya los teníamos abiertos.

 

Jorge Téllez en Letras Libres.